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Julián García, Capítulo 3

Uno que se cuela

Julio Fernández Gamboa, el profesor

Me llamo Julio Fernández Gamboa y fui profesor de Julián García en su etapa del instituto. Interrumpo esta historia porque quiero hacer públicas algunas puntualizaciones que atañen al susodicho y que quizás no está contando o seguro que no va a contar porque tampoco las reconoce.

Veo que la parte en que fui su tutor la pasa de soslayo. Pero no por esto, si el lector quiere conocer a fondo a mi alumno, debe obviar cómo y cuándo el chaval inteligente, conflictivo y, sobre todo, harto de su contexto social y emocional, se desvió de un camino que más o menos le llevaba a conquistar el éxito, para arrinconarse en un callejón sin salida del que nunca, por desgracia, consiguió salir.        

Julián, mi alumno, el chaval que podía estar cursando perfectamente cuarto de Educación Secundaria Obligatoria cuando estaba en Primero, el que con menos de tres años manejaba el lenguaje como un chico de ocho, el que los test sorprendían a quienes se los hacía, se presentó una mañana de invierno casi sin ropa. Al parecer, según me dijo, la lavadora de su madre había dejado de funcionar por un problema de la instalación eléctrica, que de igual forma inutilizó los pocos electrodomésticos que tenía en la cocina. Este fallo había provocado que la ropa de su hermano se doblase sin lavar y que la suya se quedase en el mismo canasto donde solía estar cuando había tenido varios usos. Entonces, su madre, siempre preocupada por la limpieza y el aspecto de sus hijos, prefirió que pasase la mañana con menos ropa a que la luciese con estampas indeseadas a ojos del resto de madres, las mismas que de vez en cuando se amontonaban en la parada del autobús a la llegada de sus vástagos del instituto.

Y fue por esto por lo que, extrañado y con cierto grado de incredulidad tras contármelo, le dejé una vieja rebeca de lana que solía ponerme en las tardes en que me quedaba a corregir exámenes, momentos del día en los que la calefacción no se encendía para ahorrar, o por lo menos eso nos decían del ayuntamiento.

Cuando terminó la clase, le pasé a mi despacho y le preparé un vaso de leche caliente con unas galletas, que los profesores solíamos tener para endulzar nuestros recreos. Con delicadeza, le pregunté por la lavadora y su funcionamiento y ya a aproveché para preguntarle también por el ambiente en su casa. De un tiempo a esa parte había observado como el alumno de diez, que a pesar de no esforzarse era prácticamente perfecto, estaba rebajando estrepitosamente sus resultados académicos. Él no me respondió nada claro, solo se limitó a relatarme varias historias domesticas que poco a nada tenían de reales. O así me pareció por la incoherencia de una y la falta de verosimilitud de la mayoría.  

Cuando se marchaba a paso lento por el pasillo, que conectaba mi departamento con el hall de la entrada, y tras dejar un olor intenso a sudor, propio de la edad, pude ver que en su bolsillo derecho guardaba un paquete de tabaco y que, dentro del paquete, asomaba lo que parecía una china de costo. No le dije nada, solo le pedí que se esforzase y que nunca olvidase que, por culpa de sus cualidades cognitivas y emocionales, estaba llamado a cambiar el mundo. También le recordé que en primavera volvían las clases de informática, una disciplina en la que, el curso anterior, en extraescolares, había llamado la atención de docentes y alumnos al asimilar conceptos de una forma sobrenatural e interpretar algunos más allá de lo que sabían los propios encargados de impartir el curso.

Días después de aquella escena, me puse en contacto con un viejo amigo psicólogo y le expuse el caso. Joaquín, como se llamaba, me explicó que andaba un tanto desconectado de la parte de la psicología que se centra en chavales de la edad de Julián, pues él era psicólogo forense, pero que contactaría con colegas para ver si me podría echar una mano. Al mismo tiempo me preguntó por qué estaba tan interesado por ese chico. A lo que yo le dije que porque era un alumno ejemplar y no quería que fuese directo al retrete.

Recuerdo que luego de esto Joaquín sonrió y una semana después me pidió más información y que le hiciese un seguimiento. Algo a lo que accedí. Hasta tal punto de importunar y hacer sospechar a quien estaba siendo vigilado. Actitud que complicó un tanto mis investigaciones hasta que, una mañana, después del recreo y mientras defecaba en el servicio de alumnos, a través de una oquedad que había en una de las puertas, fruto de la ira de algún colgado de turno, pude observar como Julián se echaba agua fría en una quemadura de importante envergadura que tenía en su brazo izquierdo. Mientras se lamentaba, dejaba que el agua enfriase una parte de su cuerpo que, por el aspecto, debía haber sido abrasada la noche de antes, posiblemente con una plancha.

No le dije nada.

Otro día, sobre la misma ahora, pero junto al gimnasio, en un espacio que había perdido entre unos setos y la sala de calefacciones, Julián se quitó una venda recubierta de yodo, con la que curó una herida amoratonada que seguro había sido producida por un objeto del tipo de un palo de madera o una correa de cuero.

Estando una mañana en la pizarra, con los ojos rojos por el costo, diagnóstico que atisbé rápido, mientras despejaba, como si estuviese jugando, una ecuación de segundo grado que acababa de explicar, calculado la raíz cuadrada de cabeza como si su cerebro fuese una calculadora, pude apreciar en sus riñones un importante moratón que contrastaba con el blanco de sus pantalones. Fue entonces cuando, al término de la clase, en un tono serio, le pregunté que qué le había pasado en la espalda. A lo que me respondió que nada. Que no sabía por qué le hacia esa pregunta. Seguidamente le dije lo que había visto y él, con un tono bronco, me pidió que no me metiese en su vida. Que, para eso, ya estaban sus padres.

Fue de esa pareja de la que hablé con mi amigo el psicólogo días después. Quien me pidió que les citase y les comentase lo que había observado de un tiempo a esa parte, el cambio de la actitud del muchacho y cómo tenía más que claro que fumaba hachís.

Cité al matrimonio una tarde. La madre, seria, bastante honesta y clarividente en sus afirmaciones, se presentó algo antes. El padre, más parco en palabras y con olor a alcohol, acudió después. Ambos me escucharon con esmero. O eso hacían ver entendiendo todo lo que les decía. Incluso la madre dijo estar un poco agobiada con la actitud de su hijo. Como queriendo dejarme ver con su forma de comportarse que algo no cuadraba. Vaya, ¡que en su casa las cosas no iban bien!

Ahora bien, lo sorprendente vino cuando se fueron.

En la calle, junto a un coche, que intuí que era el suyo, más que nada porque luego se montaron en él, el marido recriminó algo con cierta agresividad a la mujer, quien no dejó de santiguase y pedir, por lo gestos, silencio y cordura. Me pareció, incluso, que el pedazo de animal hizo el amago de pegarla en más de una ocasión.

Tras esta escena y unas averiguaciones supe que la mujer era la catequista y, armado de valor, me presenté en la iglesia.

Allí estaba la susodicha, arrodillada, pidiendo a Dios cierta cosa que, por lo que entendía, no le daba.

Cuando terminó, charlamos un rato en una habitación contigua a la bóveda principal del templo. En todo momento me dejó claro que no dijese nada a su marido. Que no le gustaba que la viesen con otros hombres.

Charlamos sobre Julián, sobre sus capacidades. Sobre lo importante que era que el chaval no abandonase los estudios. Le conté lo que opinaba sobre su situación. Le trasladé mis sospechas sobre la droga. Con tacto, le dije lo de los golpes, algo que le hizo cambiar la expresión de su rostro.

Dos horas después y tras varias reflexiones, dejé la iglesia pensando que, a partir de ese momento, todo iba a cambiar. Pero, por desgracia, no fue así.

La semana posterior a la charla, Julián no apareció por clase y para cuando lo hizo vino con un justificante médico bajo el brazo y sin articular palabra más allá de los saludos obligados. En el pasillo, comenté el caso con un compañero, quien me dijo que me alejase, que se rumoreaba que la madre sufría de malos tratos.

Como es obvio no le hice caso y, asesorado por mi amigo el psicólogo, intentamos denunciar el caso a servicios sociales. A pesar de nuestras intenciones, no conseguimos nada. Por lo que, harto de aguantar, una tarde, poco antes de que terminase el curso, le abordé a la salida de un entrenamiento de fútbol y le pedí hablar. Sentados en una grada del instituto, junto a unas pistas de fútbol sala o de baloncesto, da igual, Julián me reconoció que su padre pegaba a su madre cuando se colaba con la bebida y, de vez en cuando, hacía lo propio con su hermano Borja, que sufría de un trastorno mental, y con él. Era tal la asfixia que padecía en casa, me reconoció, que de un tiempo a esa parte había decido alejarse de todo y, para tal empresa, había utilizado primero los videojuegos y, posteriormente, los porros.

Yo le pedí que lo denunciase, que se lo contase a los servicios sociales. Pero él, por lo que fuese, me dijo que no se atrevía. Que si para algunas cosas era un valiente como pocos hay en el mundo, para otras, como la que nos traía, la cobardía se apoderaba de sus entrañas y le dejaba agarrotado sin poder hacer nada.

Recuerdo como se fue dándome las gracias por todo y pidiéndome que no dijese ni hiciese nada.

Tiempo después, en uno de los últimos claustros celebrados antes de terminar el curso, referí la historia, pero nadie, y digo nadie, dijo nada. Alguno, eso sí, insinuó que era una pena con el potencial que tenía. Pero que aquello, vaya, lo que ocurría en su casa, no iba con ninguno de nosotros. Y que, como él, otros muchos chavales fumaban porros. También hubo alguno que me insinuó que cuidase lo que decía de los malos tratos, que se habían dado casos, me contó, en que las acusaciones no fundamentadas de un docente habían terminado con la expulsión de éste del sistema público de educación.

Ese mismo año, pocos meses antes de este encuentro en la sala de profesores, me dieron destino para una localidad bastante lejos de donde estaba el instituto de nuestro protagonista.

No volvía a verle nunca más.

Si tengo que definir a Julián García, lo hago de la siguiente forma:

“Inteligente y competitivo, pero harto, como no, de su contexto social y emocional”.

Desde que me enteré de lo que le pasó, algo trágico, estuve dando vueltas para encontrar un lugar donde manifestar todo lo que sabía, opinaba y sentía por él. Poco después me encontré con este relato, y me vi en la obligación moral de participar. Sabía que Julián podría hablar del despojo que era, de su adicción a la droga, de la minusvalía de su hermano, de sus cualidades intelectuales, de sus amores, de sus historias de mierda, de los malos tratos de su padre a su madre… pero nunca, y remarco esta palabra, nunca, nunca diría la verdad del todo de un problema que, en parte, condicionaría el sino de sus pasos a lo largo intensa vida.

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