Si mi madre se entera de lo que soy, me mata. Pero bueno, necesito expandirme, encontrar nuevas realidades para desarrollar todo lo que siento y que la razón pura de mi ser me da.
Recuerdo como como esto, durante mi adolescencia, solía repetirlo una y otra vez para justificar un problema que germinó y creció al calor de un padre ignorante de las cosas de su hijo, como no podía ser de otro modo, y completamente alejado de lo que era el buen ejercicio en su función como responsable de mis acciones. Un cabeza de familia nefasto, que no era más que la representación misma de la calamidad.
Y es que Julio García, es decir, mi padre, hijo único de los pastores Jaime y Narcisa, creció en un chozo cerca de Tula, cuidando el ganado de un señorito que solía malgastar sus ahorros en prostitutas y juergas. El Cabrón, así era conocido en casa, había heredado una hacienda de importante valor agrícola de una tía a la que una enfermedad desconocida se la llevó en menos de una semana – con los años, un sobrino de la familia que estudió medicina, diría que la señora murió de una leucemia fulminante -. Además del ganado, allí se cultivaba trigo, cebada, olivos y almendros, recursos todos que en aquella época hacían ascender socialmente a quien los poseía o, por lo menos, labraba. Por eso El Cabrón tenía y por lo mismo a la familia de mi padre no le faltaba.
Desde muy pequeño, el señorito Aranda, así llamaba mi abuela a mi padre, fue a una escuela rural situada a cinco kilómetros de su casa. Un trayecto que muchas veces hacía andando, otras tantas en bicicleta y las menos en alguno de los escasos vehículos que había en la zona. Cansado del esfuerzo que suponía el desplazamiento, y desesperado quizás por la tozudez innata a su naturaleza, pronto dejó aparcado el libro para dedicarse en cuerpo y alma a las cosas del campo y, con el tiempo, a joder la vida a mi madre. No sin antes, es cierto, protagonizar una serie de actos cuanto menos significativos para su historia vital. Y es que mi padre dedicó sus años mozos a hacer algo que continuaría haciendo el resto de su maltrecha vida: emborracharse. Solía decir, cuando el alcohol le superaba, que bebía tanto con el único fin de olvidar el recuerdo de las palizas que el pastor García le metía a su señora esposa, sobre todo en aquellos días en que las cosas del campo no habían salido como esperaba.
– El muy cabrón la golpeaba hasta casi matarla. Y esa imagen, sabes, la tengo aquí dentro.
Además de beber, también dedicó sus años mozos a hacer la mili en las Islas Canarias, a dudar de si no tenía por allí un hijo bastardo con una señora de origen árabe de la que no recordaba el nombre, y a trabajar el resto de su vida en una empresa cárnica en calidad de autónomo, en la que la corrupción y la coca engrasaban una maquinaria que años atrás había descarrilado por la falta de humanidad.
A pesar de la miseria moral y material que arrastraba, acabó casándose con una pobre chica, mi madre, a la que, con esta imprudente acción, arruinó la vida. Y es que lo único que consiguió en su matrimonio, aparte de arrumbar física y psíquicamente a la que era su mujer, fue contraer deudas con todos, con el único objetivo de parecer, construyéndose así una casa por la mitad, comprándose un coche que funcionaba por la mitad, queriendo a una familia por menos de la mitad y dando una educación a sus dos hijos que muy poco tenían que ver con lo mínimo que se le puede exigir a cualquier cabeza sólida ante una coyuntura vital como la que atravesaba.
– Las cuentas no salen, debo dinero en la compra, los niños andan sin control y tú sigues emborrachándote.
Decía frecuentemente mi madre a mi padre con los ojos sumergidos en lágrimas y sujetando todo el peso de su pena sobre el palo de una fregona raída.
– Elvira, no me calientes.
La respondía, por lo general, completamente borracho.
– Julio, no podemos seguir así.
Volvía a decirle todavía más hundida mi madre.
– ¡Elvira, no me toques los cojones!
La gritaba el muy animal envalentonado, con los brazos en tensión y preparado para efectuar la cosa más indigna que un hombre puede hacer a su esposa.
A día de hoy, con la distancia, no puedo culpar a mi padre de nada, es cierto. Creo que su falta de cultura, sumado a la cerrazón que supone vivir como un animal y el escenario de violencia gratuita que emanaba en cada rincón de su casa, fueron los factores de un producto que multiplicó exponencialmente el fracaso de todo aquello que rodeó o tocó; entre lo que estaba, como era obvio, mi madre.
Hija también de agricultores y nieta también de agricultores, a Elvira Aranda le hubiese gustado ir a la universidad, estudiar magisterio y militar en un partido político. Pero ninguna de las tres opciones le fueron permitidas a la quinta de seis hermanos, cuatro varones y dos mujeres.
Reclutada por Dios y por el odio visceral de mi abuela hacia el género femenino, pasó parte de su infancia castigada entre los muros de la iglesia, compartiendo los días y algunas noches con los santos y los curas, circunstancia que le valió para conseguir, a la temprana edad de once años, un puesto de catequista.
Su padre, Segismundo, era gañan de profesión y amante de los toros cuando salía a la caída de la tarde del tajo. Su madre, Petra, beata por la Santa Iglesia Católica Romana y Apostólica, y dependiente de un hombre desmañado, hacia además de ama de casa, de administradora de una familia que pronto tuvo que utilizar a sus hijos para recapitalizarse. Todo ello porque al pobre de Segismundo no se le daban bien los oficios y muchos menos las cuentas, y a la hora del pago, cuando el señorito repartía el jornal, siempre le solía tocar la peor parte de un pastel que ya de por sí era bastante austero.
Contaba mi madre, como al tonto de mi abuelo cada año le tocaba la peor suerte de la finca pública del pueblo. El día del Santo, como era tradición, se repartía una hacienda del Ayuntamiento entre los vecinos a sorteo en un encuentro al que solo podían asistir los hombres. Cada fiesta, mi abuelo, salía mal parado. Hasta que una de ellas, mi abuela, un tanto escamada de tan mala estrella, se escondió entre unos matojos. Entonces, a mi abuelo, le tocó una de las mejores partes, pero, como no sabía de números, es decir, leer números, el señor alcalde, hombre de régimen como Dios manda, le engañó. Mi abuelo asumió sin reparo la trampa, no sin antes salir mi abuela de la clandestinidad y gritar sin tapujos “tramposo y abusón” al que comandaba el bastón del pueblo.
Ese año tuvieron la mejor suerte, es cierto. Pero decía mi madre que no sacaron casi nada, porque, al parecer, y muy en su línea, cayó una granizada que se llevó por delante parte de la cosecha.
Cuando terminó la educación obligatoria, mi madre quiso seguir estudiando. Pero ni era la lista de la clase ni mucho menos la hija del señorito del pueblo. Por lo que se tuvo que conformar con seguir dando catequesis, con trabajar primero en una panadería y después como limpiadora, para terminar, casándose con mi padre y cometer así el mayor error de su vida.
Es verdad que poco antes Elvira García soñó. Sobre todo, cuando llegaron Felipe y los socialistas. Con ese discurso embelesador, hicieron creer a la tonta de mi madre que en España era posible un cambio y que la hija de Segismundo El Tonto podía dejar el trapo para decir a los de siempre: “hasta aquí hemos llegado”. Pero ni el puño ni la rosa evitaron que Elvira siguiese siendo Elvira la que limpia, y que las quimeras de libertad e igualdad, bajo una militancia que no pasó de un puñado de votos, cayesen en las garras del patriarcado y de la gran mentira de un sistema que pronto convertiría el sueño europeo en la pesadilla de tantas y tantas familias.
Ya en el matrimonio mi padre prohibió a mi madre trabajar y la restringió las salidas. La fuerte presión psicológica que ejercía sobre ella, cuando no la violencia física, inhibieron por completo a la mujer soñadora que quería dejar el trapo y emanciparse, encerrándola en una cárcel de granito, pizarra y contrachapado, bajo la dictadura de un tirano que pasaban los días enganchado a la botella.
Tuvo una boda a lo grande que, por desgracia, terminó en desgracia. A una misa aburrida le siguió un banquete de lo más pintoresco, cargado de risas, tradiciones y excesos de todo tipo, para continuar con un baile enfermizo que llevó a la pareja a un hotel en decadencia, en el que el muy cabrón de mi padre, según confesarían tiempo después, pegó por primera vez a mi madre y abusó de ella hasta lo que pude ser considerada una violación. Después estuvieron en las Islas Canarias de luna de miel, sitio donde mi padre había servido a la patria. Y allí, por las cuentas, engendraron a su primer hijo, es decir, a mí.
– Si tienes que cuidar al niño, no puedes trabajar. Es algo que cae por su propio peso.
Le dijo mi padre a mi madre meses después de haber nacido, cuando esta se dispuso a ganar algo para cubrir los gastos que el salario por la mitad de mi padre no cubría.
– Pero necesitamos más dinero. La vida ya no es como antes. Además, con tu salario no llegamos a fin de mes.
– Ahora tienes una responsabilidad. Ya más adelante trabajarás. Y que te quede claro: si no llegamos con mi salario es por culpa de las cosas tan absurdas que compras.
-Y si se puedes saber, ¿cuáles son esas cosas tan absurdas que compro?
-Pues la aspiradora de mierda tal y el producto pascual. Mi madre limpiaba de rodilla con jabón de lagarto. ¡Y ahí la tienes, como un roble!
– ¿Cómo puedes decir eso, Julio?
– Además, aunque no esté muy bien visto, como sigas así voy a tener que hacer como los maridos de la capital e ir contigo a la compra. No me fio de si te engañan o no. Y no lo digo sin razón, eres la hija de Segismundo El Tonto.
-Y tú eres un hijo de puta.
– Luego preguntas que por qué se me va la mano.
Esta última conversación, recuerdo que se la refrescó una vecina a mi madre – que a su vez le había contado en otro momento -, durante una matanza al calor de la chimenea, con el fin de hacerla ver que el gran culpable de su falta de perspectiva era el machista y maltratador de su marido.
-Si te entiendo. Pero, ¿dónde voy yo con dos niños?
“A denunciarlo”.
Eso es lo que tenía que haber hecho mi madre. Ese es el paso que le faltó para dejar una mierda de vida que año a año la acorralaba más en una mierda de casa y en una mierda de pueblo.
– Estos golpes ya no cuelan, Elvira. Pero tienes que ser tú quien lo denuncie.
Le dijo un día el doctor Fernando Delegado, médico de cabecera que para entonces andaba destinado en el pueblo y que poco después se hizo jefe de servicio del Hospital Provincial.
– ¿Por qué todos os empeñáis en lo mismo?
– Porque lo que te pasa es evidente. No puedes venir cada semana con un golpe que te ha ocurrido en circunstancias cuanto menos extrañas.
– Fernando, no es tan fácil.
Le respondió al médico para, éste, a continuación, preguntarla:
– A ver, ¿qué le pasa al chaval?
– ¿Qué te pasa, Julián?
– Me duele la garganta.
– Vamos a ver entonces.
Me viene a la memoria la noche que murió mi abuelo, Segismundo. No tenía más de cuatro años. Toda la familia nos habíamos trasladado al tanatorio, que para entonces estaba en la capital de la provincia. A lo largo del velatorio muchos vecinos del pueblo se pasaron a dar el pésame a sus seis hijos y a su mujer. Aquel día se habló de las virtudes de un hombre conocido como El Tonto. Se recordó su bonhomía, y como su carácter había condicionado muchos de sus movimientos a lo largo de su vida.
Cerca de las doce de la noche llegó mi padre.
Estaba completamente borracho.
En ese momento los hermanos debatían poco hábiles el futuro de la herencia. Es verdad que mi abuela no había muerto, pero su estado de salud no era el mejor, y antes o después, tendrían que finiquitar tal empresa.
Torpemente, mi padre tomó asiento y empezó a escuchar. Se dio cuenta de que mi madre estaba defendiendo pésimamente sus intereses, por lo que decidió intervenir. Esto provocó una reacción inesperada en mi madre, que continuó con una acalorada discusión en la calle. Sin llegar a las manos, raro en él, mi padre desveló a mi madre el prominente agujero financiero que tenía la familia. Hasta tal punto que el banco nos había amenazado con empezar a expropiar, sino amortizábamos los pagos atrasados del último coche que habíamos comprado años atrás y de una casa austera, es cierto, pero excedida en el precio para no ser menos que el resto de los vecinos.
Tras dar sepultura a mi abuelo, pocos días después de su primera misa, mi madre volvió a limpiar escaleras por un tiempo y mi padre dejó los bares hasta poder enderezar una situación viciada desde su inicio. Una situación que mi madre cuestionó una mañana con una simple mirada. La misma que hizo a una foto que descansaba sobre la cómoda y que correspondía al día que contrajo matrimonio con tal animal. Recordó entonces aquellos primeros besos y cómo perdió la virginidad con quien, para su asombro, se convertiría en su peor pesadilla.
Todo esto que cuento apareció escrito en una carta que encontramos durante una limpieza del armario de su habitación. Yo la leí atentamente, sin entender muchas partes, mientras ella no era consciente, seguro, de que, a pasar de tener cinco años y unos pocos meses, leía sin ninguna dificultad.
– Este tipo es un cara. Tan listo que dicen que es y solo se dedica a perder el tiempo.
Le dijo mi padre enfado a mi madre muchos años después de la escena del armario, ya en mi época en el instituto.
- Al chico le noto raro últimamente.
Le respondió mi madre dando así una contestación coherente a lo que planteaba el bruto de mi padre.
– Raro, ¿cómo qué?
– Como si tomase algo. Hay muchos problemas con el tema de las drogas entre los adolescentes. Y los chavales así, como tu hijo, suelen encontrar en la droga la respuesta a sus preguntas.
-Y qué pasa, ¿que ahora eres experta en estos temas o has hablado con alguno de los profesores que tanto saben y poco hacen por cambiar a toda esta generación de mierdas que nos viene?
– Lo leí en una revista especializada.
– Ah, ¿que también tienes tiempo para leer?
– Deberíamos llevarle a un psicólogo.
– ¿Otro médico de esos? Pero si lleva media vida en los psicólogos.
– ¡Las drogas son muy peligrosas!
Entonces mi padre miró fijamente a mi madre. Hizo ademán de no interesarle y, con paso acelerado, se dirigió hacia mi habitación. Cargado de rabia me sacó de la cama y, mientras chillaba, me condujo al cuarto donde estaba la pareja. Con fuerza me empotró contra el sillón y, elevando la voz, me preguntó:
– ¿Fumas porros? ¿Os es que eres un desgraciado y no quieres hacer nada?
Yo me quedé reparado, al tiempo que intentaba diezmar con mi mano derecha el dolor de mi oreja izquierda.
-Te estoy haciendo una pregunta.
Continué sin responder.
– ¿Qué pasa, que lleva tu madre razón? Sabes lo que te digo, que cuando acabes este curso vas a empezar a trabajar. Ya hablaré con quién sea para que te contrate. De tu madre podrás reírte, pero de mí, no.
– El niño debería seguir estudiando – inquirió mi madre -, recuerda lo que dijeron los médicos sobre sus capacidades. Y lo de la droga, te promete que lo deja. ¿A que sí?
Herrero, carpintero, vigilante de seguridad, vendedor ambulante y un largo etcétera de trabajos temporales y precarios vinieron tras esas palabras. Trabajos que poco a poco me fueron arrastrando hacia la frustración y socavando la autoestima. Hecho, este último, que incrementó la cantidad y la variedad de las drogas que consumía, y que me llevó a perder las riendas de la vida, si alguna vez las había controlado.
– ¿No te da vergüenza trabajar de melonero como un gitano?
Me preguntó un día mi padre malhumorado.
– No.
– Pues a mí tener un hijo que hace las cosas de un gitano, sí.
– Pues es lo que hay.
– Pues vas a salir zumbando de mi casa.
– Pues tú verás.
Le respondí, a mi padre, tras intentar hacerme ver que era una deshonra para la familia. Algo que, a decir verdad, no podía entender, y más teniendo en cuenta su historial.

