Perder de vista a Gabriel fue lo mejor que me pudo pasar en aquel momento. Sabía que, si me encontraba o lo hacía su gente, moriría, por lo que tuve que crear un mundo alejado de ese miserable lugar. Una dimensión social y emocional truncada en lo afectivo, no lo niego, pero construida a la medida del difícil arte que uno práctica cuando lo que busca es sobrevivir.
En la otra punta de Madrid, concretamente en Carabanchel, en un barrio tan decadente como mi trayectoria vital, construí lo que se puede tildar de hogar ambulante dedicado a financiar el único leitmotiv que para entonces sostenía el relato de mis pasos: la heroína. Así empecé trabajando en un pub como camarero, continué enamorándome de una vendedora callejera y activista política y terminé en un bar de los de toda la vida poniendo cafés y cañas.
Al propietario del pub, en concreto, le llamaban Zaco. Su nombre real era José María González. Estudió empresariales en la Universidad de Valencia, y a la edad de veintiocho años, este espárrago de casi dos metros tomó la decisión de emigrar a la capital de España en busca de una vida mejor. Allí encontró trabajo como auxiliar administrativo y se instaló con otros conocidos en una casa en la que todo estaba presente menos el factor humano. Y señalo esto último porque, Zaco, repetía que, aquellos compañeros, en teoría amigos, eran una panda de egoísta malhumorados que nutrían su bienestar a base de conductas puramente competitivas, fiando así su felicidad al juego vacuo de ser mejor que el vecino.
– Si a uno le subían el suelo, el otro no iba a ser menos y decía que le habían ascendido de categoría profesional – me contaba cuando, por lo que fuese, los recordaba -. Si uno promocionaba, el otro estaba desarrollando un proyecto multidisciplinar incomprensible para el común de los mortales. Y sabes, lo único que me quedó claro es que eran una panda de infelices por el simple hecho de no asumir que vivían una vida de mierda como el resto.
Según pasaron los meses, ya con la crisis económica asomando, los recortes graduales del entonces gobierno de Zapatero obligaron a Zaco a asumir involuntariamente importantes reducciones salariales, que fueron proporcionales al incremento de horas de trabajo.
Un día, cansado, el que fuera mi jefe se detuvo junto a una ventana de madera carcomida. Mientras miraba al cielo a través del cristal, según contaba, con veinte kilos más de los que llegó a la ciudad, menos dinero en el bolsillo y alguna arruga que otra pensó en cómo a su padre, arquitecto de profesión, no le había ido tan mal como a él a sus años, y como a su madre, bailarina, no le había faltado trabajo. Fue ahí cuando, ensimismado, se preguntó:
“¿Cómo podía ser que él, resultado de la generación mejor preparada de la historia, dedicase la vida a un trabajo que le reportaba poco dinero, aún menos felicidad y le restaba muchas horas de ocio? ¿Era normal que tuviese un constante sabor de boca a fracaso y una sensación perpetua de haber sido estafado? ¿Era lógico que cada amanecer, todavía sin luz, se despertase pensando en que a lo largo del día le esperaba lo mismo que ayer y poco más que mañana?
– ¡Pero si no tenía ni tiempo para disfrutar!
Me repetía con pesadez cuando describía la asfixia existencial que le había llevado al insomnio, la desidia, la desesperación y, muchas veces, a la necesidad imperiosa de quitarse del medio.
– Me pasaba la semana delante de un ordenador haciendo lo mismo horas y horas por muy poco dinero. Y conforme las cosas se iban poniendo peor, la situación se agravaba. Y la verdad, solo pensaba en una cosa: que llegase el fin de semana. Y una vez llegaba me encontraba con la mentirosa realidad de buscar alcohol, droga y sexo para retrasar la llegada del lunes. La putada es que el lunes llegaba y ese sueño hábilmente construido se derrumbaba sobre mis narices.
Me decía, para también añadirme:
– ¿Y sabes lo peor de todo? Que un día me planteé ir al psicólogo, pero pronto me di cuenta que no me daba el dinero para tanto. Así que busqué la cura en las pastillas. Pero sin receta médica no tenía nada y para que me diesen cita en la Seguridad Social falta la de Dios. Por lo que, una tarde, por suerte, y sin más, me detuve delante del ordenador, di un trago largo a un bote de Coca-Cola y le pedí a mi compañera un cigarrillo, muy a pesar de que no fumaba. Salí a la calle. Lo encendí. Me mareé. Fui a mi jefe y le mandé a la mierda. No sin antes escupir en la cara a la puta de su secretaria y a la pelota que cada mañana le ponía el culo para que, con o sin vaselina, toda la mierda que le arroja le entrase mejor.
Recuerdo como una noche, con cuatro rayas de coca sobre la barra del bar, me contó que sintió miedo tras despedirse de esa forma del trabajo. No obstante, seguidamente me explicó que pronto tiró de su familia y, a la edad de treinta años, y gracias al capital de su padre, alquiló el pub que en aquel entonces regentaba. Establecimiento al que yo entré tras leer un cartel en que se indicaba que se buscaba empleado y le conté la milonga de que conocía el oficio. Falsedad que compró pronto, sobre todo cuando se dio cuenta de que en la profesión de la noche estaba bastante curtido.
– No tienes familia – le pregunté en mitad del jaleo de una noche.
– ¿Te tengo que responder ahora? – me contestó malhumorado.
– Quizás he preguntado algo que no debía.
– Quizás.
Y es que Zaco, poco antes de empezar ese trabajo de mierda como administrativo, había tenido una vida también de mierda de la que nunca consiguió despegarse.
Días antes de tomar la decisión de venir a Madrid, mi antiguo jefe fue a dar un paseo por un parque de la ciudad del Turia. Excursión que comunicó a la que hasta ese momento era su novia: Julia. La misma con la que tenía pensado venir a la capital. En mitad del camino, cuando fue a tomar un refresco, se percató de que se le había olvidado la cartera. Tras tomar la decisión de volver, hacer el camino de regreso y entrar en su casa, se encontró con su compañera sentimental en la cama. Ella, completamente desnuda, estaba, para su desgracia, comiéndole el coño a otra tipa. En ese momento José María González no supo qué hacer, por lo que agachó la cabeza y se marchó como si nada hubiese ocurrido.
Tras varias horas andando sin destino claro, decidió parar y llamar a Julia, con un resultado calamitoso. Zaco me contó que de esa conversación salió la renuncia por parte de ésta de ir a Madrid y una segunda conversación para decidir quién se hacía responsable de la niña que ambos habían traído al mundo. Y es que la pareja, un año antes decidió salir por la tarde a tomar unas cervezas. La cosa es que aquello se alargó, y a las cinco de la mañana, con el termómetro bastante bajo, echaron un polvo en mitad de la calle. De aquellos lodos nació Daniela, la niña en cuestión, un descuido que comprometió al par de dos de por vida en lo afectivo, truncando del todo el sueño de Zaco de ir a la capital sin ningún tipo de carga.
Y subrayo esto último porque el que fue mi jefe no solo tuvo que emprender una nueva vida de mierda a solas en otra ciudad, sino que se marchó dejando a su hija a más de 300 kilómetros, con el añadido de una pensión que le hacía tiritar a diario.
– No la suelo ver muy a menudo. Quizás un par de veces al año.
Me confesó una vez de las tantas que cerramos el bar, mientras bebíamos y agotábamos los restos del último gramo.
– ¿Y en un principio ella iba a venir a Madrid?
– Sí, éramos los tres los que cambiábamos de vida. Pero, como sabes, así se pusieron las cosas.
– ¿Y por qué no te lo dijo antes?
– No debe ser fácil confesar que no quieres a alguien.
– ¿Puedo verla?
– Claro.
Zaco sacó la cartera y me enseñó la foto de su hija.
Después me miró a los ojos y me dijo:
– Sé que fumas base o caballo. Y mira que yo no soy ejemplo de nada. Pero desde que te conozco he visto cómo esa mierda te está consumiendo. Cuídate y no sigas haciendo el gilipollas.
– No me coloco tanto.
– Si necesitas ayuda para ir a algún sitio, te la puedo prestar. Mi padre en Valencia conoce a gente. Yo un día renuncié a su ayuda. Pero desde lo del bar suelo pedirle muchos favores.
– Gracias, Zaco, de verdad. Pero te juro que controlo y que lo voy a dejar no tardando mucho – le respondí para justificar una mentira más que obvia.
– ¿Sabes? – me preguntó con lágrimas en los ojos.
– ¿Qué?
– Eres la primera persona en esta ciudad a quien le cuento lo de mi hija. ¡Y ya van unos cuantos años aquí! – sentenció agarrándome del hombro.
– Eso es que somos, algo más que lo que pone en el contrato – confesé devolviéndole el gesto.
– Debe ser eso.
– ¿Te puedo hacer una pregunta? – le pregunté.
– Otra, porque ahora mismo acabas de hacerme una – me respondió bromeando, como queriendo hacer todavía más emocional ese momento.
– No, de verdad.
– Sí, claro.
– ¿Tú crees en el hombre?
– Creer en qué sentido.
– En el que te figuras.
Zaco se quedó pensativo.
Después me miró a los ojos y me aclaró:
– Nunca me lo he planteado – dijo articulando lentamente cada una de las palabras – ¿Quieres otra raya? – preguntó con otro ritmo verbal – Tengo otro gramo en el cajón.
– Bueno – sonreí.
– Ves como no soy ejemplo de nada.
– Nadie somos ejemplo de nada.
Entonces Zaco fue a un cajón que había detrás de la barra y cogió otro gramo de coca.
Ya de vuelta, me preguntó:
– ¿Tú crees que algún día seré un buen padre?
– ¿Por qué me preguntas eso? – le inquirí extrañado.
– Por nada.
– Ah.
– Está amaneciendo.
– Eso parece.
Recuerdo el día que me despidió. Un palo para los dos, sinceramente. Estaba limpiando el baño de hombres, horas antes de abrir una noche más, cuando Zaco se acercó. De un tiempo a esa parte había observado un cambio en su actitud, como si tuviese algún problema.
Con un tono bastante serio me pidió que fuese con él al almacén. Una vez allí se sentó en una especie de sillón y abrió la pantalla de un ordenador portátil, que apoyó sobre una mesa de madera. Acto seguido sacó un recibo de un cajón de metal que había empotrado en una estantería contigua.
– ¿Sabes lo que es esto? – inquirió.
-Veo que un recibo de la tienda del Espía, en el que se recoge que has comprado una cámara oculta de vigilancia por un valor que no te puedo decir, más que nada porque la vista no me alcanza.
– ¿Y sabes por qué he comprado eso? – me preguntó frunciendo el ceño.
– No.
– ¿De verdad? – me volvió a preguntar con ironía.
– De verdad.
– Julián. No soy gilipollas. Te dije que dejases esa mierda.
– No sé por dónde vas, Zaco.
-Ven y lo verás tú mismo – me indicó, señalando con la mano al monitor del portátil.
Entonces Zaco amarró el ratón y abrió un archivo de vídeo que había en el escritorio.
– Y qué quieres decirme con eso: ¿que no puedo hacerlo aquí? – le dije tras verme fumando caballo en el servicio -. Si quieres, no lo hago – le recriminé, intentando exculparme.
– A mí lo que hagas con tu vida, mientras que la gente no te vea, me la pela – exclamó enfadado.
– ¿Entonces?
– Me caes bien, pero no voy a permitir que me robes.
– Robarte ¿de qué? – le pregunté molesto.
– ¡Mira!
Zaco dio a reproducir otro vídeo en el que salía metiendo la mano en la caja registradora que había detrás de la barra.
– Tengo hasta quince archivos diferentes – me dijo malhumorado -. Y ya llevaba más de un mes y pico sospechando. Cuando acabes la jornada, te vas a la puta calle – sentenció indicándome con el dedo la salida.
– Pero no me puedes hacer ésta – le supliqué -. Te prometo que no volverá a ocurrir. Y si quieres, lo que crees que he robado, descuéntamelo del suelo.
– Mientras sigas consumiendo esa mierda, nada va a cambiar. Y como sé que no vas a dejarla, lo mejor es que te marches de aquí antes de que te abra la cabeza. Porque si sigues media hora más delante de mis narices, te juro que hago que pagues las deudas.
– Pues hasta siempre, entonces – le respondí malhumorado.
– Cuídate, pues.
– Igualmente.
– Hablamos para arreglar los papeles del despido.
– Hablamos.
Tras esas palabras abandoné el bar. Durante horas caminé sin dirección ni destino hasta terminar tumbado en un banco, donde me quedé dormido. Sobre su dura madera descansé hasta que el rocío de la medianoche me despertó. Tenía frio, también hambre. Así que me fui a un restaurante turco que había a unas manzanas. Cuando llegué, estaba cerrado, por lo que di media vuelta y fui hacia el Parque del Sur, donde cené un bocadillo en un asador que había junto a Plaza Elíptica.
Ya con las primeras horas de la mañana caminé entre la multitud invisible que se amontonaba en la plaza en busca de trabajo. Después bajé al intercambiador, cogí el metro en dirección al centro y fui pasando estaciones hasta llegar a Lavapiés. Desde allí marché andando hacia Tirso de Molina, donde me senté a respirar mientras el sol de la mañana de mayo me calentaba el rostro.
Fue quizás ese calor no tan agradable, proyectado sobre mi piel, el que me hizo pensar en cómo el hastío, el paro, la pérdida de derechos en nombre de la austeridad y una crisis que nadie entendía estaba llevando a miles de personas de todo el país a manifestarse en la calle.
En aquellos días las ciudades respiraban mal humor y la policía dedicaba su empeño en aplacar el descontento que poco a poco se iba transformando en revolución. Los palos, como se decía a pie de cañón, cundían. Los gritos, en nombre de la igualdad y en contra de los privilegios, servían como analgésico de una sociedad cansada de la mediocridad de sus políticos y de la violencia por sistema que recibía. Y subrayo esto porque, por fin, y aunque cueste creerlo, la precariedad y los recortes sociales habían dejado de ser simples indicadores sociológicos para convertirse en conceptos que el común de los mortales tachaba de injustos.
Aunque siendo sincero, no lo voy a negar a estas alturas, este contexto, a priori complejo, no fue tan desfavorable para mí como a simple vista pudiese parecer, pues, a decir verdad, entre otras cosas me sirvió para conocer a la que pronto sería mi compañera sentimental. Marga, la susodicha, en una noche en que la sociedad rugía en la calle y yo estaba completamente colocado en mitad del tumulto, se puso en pie sobre un poyete de granito que hacía su función de separador y, con no más que su voz, empezó a departir a la multitud. La que sería mi pareja habló de los narcopisos: un concepto moderno que definía a las casas en que los camellos del siglo XXI pasaban droga a los yonquis. Según su testimonio, en los últimos años muchos de esos pisos eran alquilados adrede por inmobiliarias a traficantes, con el objetivo de expulsar al resto de vecinos del inmueble y dar rienda suelta a su avaricia financiera.
– Está muy claro. Los vecinos se marchan vendiendo el piso a la inmobiliaria. Y así un propietario tras otro, hasta tener el bloque a su antojo para dedicarlo al negocio que les interese – gritó Marga mientras el resto de compañeros atendían.
– ¿Y de eso la opinión pública no sabe nada? – le preguntó uno de sus amigos.
– Sí, pero como con todo, la gente mira para otro lado.
– La verdad es que es una historia muy interesante. Además de una gran putada – interrumpí, mirándola un tanto cesante.
– ¿Qué?, perdona – me preguntó sorprendida.
– Que eso de los narcopisos es una historia muy interesante, o preocupante, que no podemos olvidar. La droga también juega un papel importante en la especulación. Y la izquierda debe describirla como factor de control – respondí, apropiándome así de algunas frases de aquel doctor apellidado Bécquer que años atrás salía en televisión.
– Sí, es verdad. La droga como factor de control. ¿Sabes que muchos gobiernos la han introducido en los barrios obreros para desactivar cualquier movimiento de protesta?
– Sí, la droga es la pandemia que arrasará a la juventud del siglo XXI. Más del noventa por ciento de los jóvenes la han probado o la probarán en un futuro próximo. Y aunque todo queda muy bien en la publicidad del Ministerio de Sanidad, y en la de las tantas e inútiles fundaciones promovidas por grandes cooperaciones, muy pocos son los organismos que se interesan realmente en dar una solución a este problema. Ahora bien, la droga no es solo la coca, el cannabis, el caballo, el éxtasis… la droga también es el tabaco, el alcohol, las pastillas adelgazantes o para incrementar la musculatura, así como la infinidad de antidepresivos que se venden para simular una felicidad imposible de alcanzar en un mundo que de por sí invita al suicidio. Por lo que, en contra de la opinión general y del discurso fundado por la administración sanitaria de este país y de todos los países del primer mundo, tengo que decir que la democracia liberal moderna necesita tener a su pueblo drogado. Un exceso de democracia mandaría al pario cualquier proyecto capitalista. Así que, si se quiere que esto funcione, se necesita una sociedad adormecida. Y muy especialmente una sociedad adormecida en los barrios obreros, núcleos de mano de obra barata donde en su aspiración vital colectiva, está únicamente codificado el mensaje de salir el fin de semana para llenar la nariz de cocaína y follarse a la primera o primero que pase – la contesté siguiendo al detalle lo que dijo el médico aquél.
– ¿Cómo te llamas? – me preguntó, acercándose a donde estaba.
– Julián, Julián García.
– Yo soy Marga – me expresó soltando una pequeña sonrisa.
– Encantado de conocerte.
– Lo mismo digo. Por cierto, ha sido muy gratificante escucharte. Se nota que estás puesto en la materia.
– Uno intenta estar informado de aquello que un día puede volverse en su contra.
Para nuestra sorpresa, y quizás la de muchos, tras esas palabras iniciamos una amistad que, con el paso de los días, se transformó relación. Una analogía social en la que ella nunca conoció mi lado oscuro, el de ser un adicto a todas las drogas habidas, y yo menos aún supe lo que había más allá de su nombre y el entorno en que se movía cuando no estaba a su lado.
De lo que sí estuve al corriente desde un primer momento fue de que Marga trabaja en la calle como vendedora ambulante. Fabricaba, no recuerdo con qué material, pulseras, anillos y todo eso. Abalorios varios que vendía sin ningún problema a turistas y viandantes que creían que en aquellas plasmaciones residía parte del encanto de la ciudad que estaban conociendo.
También supe que vivía en un bajo bastante deplorable con otras dos compañeras y una tortuga, cerca de la parada de Metro de Carpetana y que lo financiaba, supuestamente, con lo que sacaba de la venta ambulante.
– Sabemos que no podemos aceptar ser quien paga el pato de un sistema suicida del que poco participamos en la toma de decisiones. Ellos nunca pierden, mientras nosotros, desde el sillón, vemos cómo se va derrumbado lo que tanto costó levantar a nuestros padres. Lo que quiero decir con esto es que la pérdida de derechos no tiene que ser asumida como producto de las circunstancias – dijo Marga un día en su casa, mientras un grupo de colgados la escuchábamos con un canuto en la boca y varios litros de cerveza por la mitad sobre la mesa.
– Porque saben: lo que verdaderamente me produciría frustración sería que de aquí a unos años todos aceptásemos que la reducción del salario, el retroceso de derechos y la destrucción en sí del contrato social fuesen el precio que pagamos por vivir, como nos dicen, por encima de nuestras posibilidades. ¿O no lo ves así, Julián?
– Sí, lo veo así – le respondí ausente, más centrado en mis pensamientos que en aquellas palabras.
– ¿Por qué no comemos algo? – preguntó, de repente, una de sus compañeras. Posiblemente hambrienta por tanto consumo de hachís.
– Julián y yo comeremos más tarde – respondió muy tajante Marga.
Algo, que a decir verdad no hicimos. Porque la que era por aquel entonces mi amor podría creer mucho en la revolución, parecer una persona de principios claros que no se dejaba llevar por ideas vacías, mostrase lo suficientemente consecuente para dar la espalda a convencionalismos baratos. Pero no por ello dejaba de ser una más de las tantas mujeres que andaban sometidas a la dictadura de la estética. Una tipa de cuerpo cenceño y vestimenta hippy, cara lasa y pálida, melena rubia y lisa, que según narraban algunos informes médicos, a los que tuve acceso con el tiempo, sufría de anorexia y bulimia.
En lo que respecta a mí, vaya, a mi persona más allá de la suya, pasé el romance viviendo en una zona abandonada al lado de la carretera que bordea la antigua cárcel de Carabanchel, en una pequeña construcción de rasillas revocadas con yeso a la que accedí gracias a mi nuevo trabajo pasando hachís para los moros. El lugar, particular como pocos, servía también como prostíbulo en las noches ardientes de sexo y sueño disipado, en las que las chicas de la calle tenían que refugiarse del frio o del albur del entorno, así como de centro de operaciones para la trata de blancas y otros menesteres turbios del mismo tipo.
Era curioso, en relación a esto último, ver como la que en teoría era mi casa se convertía en una especie de destierro al que uno tampoco podía acceder por el simple hecho de ser el único lugar al que recurrir cuando el frío y el hambre llamaba a la puerta de mi mismo.
– Creo que te quiero.
Dije a Marga una noche, absorbido por un chute que me tenía cabeza abajo.
– Sí, yo también te quiero – me respondió con una expresión que denotaba indiferencia, que no era apreciable por la baja intensidad de la luz, proyectada por un par de cirios.
– ¿Qué te pasa? – la pregunté preocupado, observando una telaraña que colgaba de una esquina de la chabola de rasillas en la que vivía.
– Que no me encuentro bien.
– ¿Has comido?
– Sí.
– ¿Entonces somos novios? – volví a insistirla, llevando la conversación a mi terreno.
– ¿Es que no lo éramos? – me respondió con cierta ironía. Para después darme un beso y jurarnos un amor lo suficientemente intenso hasta que, sin más, todo empezó a truncarse.
Sí, como lo oyen.
Recuerdo que fue más o menos una tarde noche de un mes de agosto, con todo el calor sacudiendo sobre Madrid, cuando, por razones tan simples como el acoso policial y la competencia desleal de los chinos, el negocio de las pulseras dejó de ser rentable para Marga. En las semanas previas, el Ayuntamiento de la capital de España había sacado una ordenanza que obligaba a regular sus funciones a los vendedores ambulantes e incrementaba la vigilancia policial en este sentido. A eso había que sumar que en la esquina en la que solía parar Marga había abierto un ultramarino chino, quien preso de la rentabilidad del abalorio, terminó decidiendo ampliar sus horizontes comerciales.
Se me viene a la cabeza como Marga empezó a ponerse nerviosa y como, tras esto, dio paso a un estado de abatimiento, al que le continuó otro de deserción y otro más de orientación. Fue ahí cuando la que era mi amor intentó reconducir su vida. Algo que, por razones más que obvias, no consiguió, canalizando su frustración, como venía siendo habitual, a través de la anorexia.
– Nunca te he preguntado en qué trabajas -, me comentó con los ojos gachos y bastante débil por la falta de alimento -. Ni si quiera voy a preguntártelo ahora. Solo quiero pedirte una cosa.
– Lo que quieras. Aquí estoy. Eso es el amor, entiendo – le dije acariciándole el pelo.
– Como sabes, esto de las pulseras no funciona. Y sin las pulseras, no hay dinero. Así que me gustaría pedirte un favor – apuntó, para seguidamente y agachando la mirada trasladarme -: ¿me prestas algo de dinero hasta que todo remonte?
– ¿No piensas buscar otro trabajo? – la pregunté enfadado.
– No quieres dejarme dinero.
– No es que no quiera dejártelo, es que no lo tengo.
– No me lo creo.
– Pues es verdad, joder. ¿Por qué te iba a mentir?
– ¿Eso es lo que te importo? – Me preguntó suspirando.
– No es eso Marga.
– Entonces, ¿qué es?
– Pues otra cosa.
– Otra cosa como qué.
– No lo sé. Además, ¡no me toques los cojones ahora! – la grité malhumorado.
– ¡Vas a permitir que me muera! – exclamó subiendo el tono.
– ¿Por qué te vas a morir? Ya encontraras algo. O seguro que vuelve a funcionar lo de las pulseras.
– No te das cuenta que estoy enferma. ¡Qué no como! – me gritó desesperada.
– Pues come.
– Eres un hijo de puta sin sensibilidad.
Expresó casi susurrándome a la vez que golpeaba con lo huero de su mano derecha el banco en el que nos encontrábamos, todavía ardiendo por el calor del día.
Semanas después de aquella conversación, y con nuestro amor prácticamente extinto, me detectaron tuberculosis, enfermedad que me llevó en un principio al hospital y, posteriormente, a una clínica de desintoxicación.

