Otro que se cuela
Juan Manuel González Benítez, el médico
Me llamo Juan Manuel González Benítez y soy doctor en psiquiatría. Trabajo en coordinación con un equipo de terapeutas en el Centro de desintoxicación ‘Los Rincones’, ubicado en la ciudad de Madrid. Muchos me preguntarán que quién me ha dado permiso para participar en la historia. Y yo les responderé que nadie. Que lo hago por el simple hecho de explicar un capitulo clave para entender todo el correlato, que tiene que ver con la estancia del señor García en el centro de desintoxicación.
Me gustaría decirles que no conocerán nada más de mí. También que seré más un médico que un narrador – por lo que perdonen mi redacción y ortografía – y que los gastos del tratamiento, según la factura que emitimos al familiar en cuestión, corrieron a cargo de Marta Aranda, su tía materna.
En relación a esto último, contarles igualmente que el ingreso del paciente se produjo tras que fuese dado de alta del Hospital 12 de octubre de Madrid, una vez descartada una infección por tuberculosis. Ni los estudios posteriores ni los informes que nos fueron remitidos, determinaron que el señor García sufriese tal dolencia. Es cierto que adjunto al informe prescriptivo se nos facilitó un parte psicológico, en que se hacía una primera valoración del susodicho y se determinaba su compleja situación pisco-social y sus problemas con las drogas.
Ahora bien, quiero, antes de nada, y para no faltar al ritmo de la narración, recordarles cómo va la historia. Sobre todo, en lo que se refiere al momento en que Javier, el abogado, y Julián, el acusado, debatían sobre el signo de la declaración, poco antes de volver a personarse ante el juez.
Así, decirles que, en ese contexto, el abogado Palencia le pidió un favor al acusado García: el esclarecimiento de ciertas incógnitas para tornar un caso que, a juicio del primero, tenía a otros por culpable. Los enigmas de los que os hablo, y que constantemente el abogado repetía al acusado en cuestión, quien a su vez los negaba, eran los siguientes: quién facilitó a Julián la pistola que presuntamente tenía cuando fue detenido; quién le contó toda la trama que la Iglesia urdía con el Gobierno en relación a unos terrenos para la construcción de un colegio concertado; y a quién protegía Julián para no decir la verdad.
Dejando de lado el correlato, y volviendo a lo que a me trae, quiero empezar diciendo que el señor Julián Aranda ingresó una tarde fría de marzo para tratar una adicción a la heroína, algo no muy común en los tiempos que corren y menos aún en individuos de su edad.
Pero, ¿qué es y qué consecuencias tiene la heroína para quien la consume?
Según las definiciones médicas, la heroína es un opiáceo (narcótico) ilegal. Una vez que se sienten los efectos de la droga, la necesidad de volver a consumirla (ansiedad) es fuerte. Cuando se interrumpe luego de haberla consumido regularmente, aparecen síntomas de abstinencia físicos enérgicos y dolorosos.
Esta droga produce una profunda sensación de placer y relajación (euforia) que dura un corto período de tiempo. A esto le sigue un período de adormecimiento y luego agitación cuando aparece la ansiedad para consumir más. Luego de un corto período de consumo regular (día o semanas) se desarrolla una dependencia a la droga. Esto significa que el consumidor se enfermará sin ella (abstinencia) y la necesitará para poder sentirse bien. Así es como el consumo de heroína crea dependencia física y adicción (dependencia química).
Como todos sabrán, la heroína es adictiva porque activa regiones del cerebro que son responsables de producir la sensación agradable de recompensa y dependencia física. Juntas, estas acciones hacen que el consumidor pierda el control y desarrolle rápidamente una dependencia a las drogas.
Los signos y síntomas del uso de heroína incluyen: euforia, adormecimiento, depresión respiratoria (que puede progresar hasta que se interrumpe la respiración), pupilas pequeñas (estrechas) y náuseas, necesitar de dosis cada vez mayor de la droga para obtener el mismo efecto, pérdida de peso, marcas (cicatrices) en brazos y piernas e inestabilidad emocional.
Entre otros síntomas y signos del proceso de abstinencia se incluyen: lagrimeo, secreción nasal, bostezos, pérdida del apetito, temblores, pánico, escalofríos, sudoración, náuseas, calambres musculares, no poder dormir bien (insomnio), depresión y cambios de humor y aumento de la presión sanguínea, pulso, ritmo respiratorio y temperatura.
Pues bien, el susodicho en cuestión ingresó, como les decía, una tarde de marzo con un cuadro de ansiedad severo, además de un trastorno del ánimo que le diezmaba las funciones psicosociales básicas. Durante el primer análisis, el paciente respondía a estímulos con lentitud, tenía dificultad para memorizar y continúas crisis de pánico cuando se enfrentaba a contextos sociales concretos. A todo esto, había que sumarle un problema hepático, que tuvo que ser tratado por un médico externo, y una infección, que derivó de una herida en un brazo con origen desconocido.
Lo primero que se le aplicó, una vez llegó a nuestro centro, fue un tratamiento a base de metadona, combinado con una terapia de conducta. Posteriormente, para evitar el riesgo de adicción del narcótico, se le administró un tratamiento de buprenorfina. Para calmar los signos depresivos y ansiosos, también presentes en el susodicho, le fue prescrito un generador de serotonina – Xanx -, al que se aumentó la dosis conforme el sufrido iba estabilizándose. Otros preparados que recibió en menor medida y tiempo fueron aquellos para calmar la diarrea, las náuseas y los múltiples dolores que presentaba por todo el cuerpo.
La recuperación en el centro se extendió a lo largo 12 meses, tiempo que duró el tratamiento químico. Allí, el paciente, recibió una terapia cognitivo-conductual que le permitió modificar las expectativas y los comportamientos relacionados con el uso de drogas, y aumentar, satisfactoriamente, o así lo recogieron los psicólogos, sus habilidades para lidiar con varios factores de la vida que frecuentemente causan estrés. Tanto los tratamientos conductuales como los farmacológicos ayudaron al señor García a restaurar a buen ritmo la función cerebral y reinsertarle a la vida a un nivel normal.
Más en concreto, en la primera parte del proceso de desintoxicación, se procedió a eliminar totalmente el consumo de las sustancias adictivas. Aquí acabamos con la dependencia física del susodicho, y recuperamos las vitaminas y los minerales perdidos por el consumo excesivo de drogas y alcohol.
En la segunda parte eliminamos la dependencia psicológica de la adicción del señor Aranda. Para ello se le proporcionó los métodos de conducta o pautas narrados, con objeto de evitar a toda costa el consumo de drogas. Esta fase se inició con el paciente internado en la clínica y con el tiempo se le fue permitiendo recibir vistas y salir del centro.
A día de hoy, se desconoce el que paciente participe en algún centro en la fase de mantenimiento. Algo altamente recomendado a un barón de su edad y con un índice de recaída, según el último estudio que le fue aplicado, significativo.
En lo que respecta a los informes de resultados y análisis prescritos por el equipo de terapeutas, se coincide que el paciente era una persona de alta inteligencia, proclive al vicio y que lo utilizaba para evadirse de un contexto que aborrecía – provocado por múltiples factores estrechamente relacionados con su coeficiente y su situación social -.
Durante su estancia en el centro, fue un paciente unitario, bastante individualista, que antepuso en todo momento su beneficio al de los demás. También mostraba poco interés por la vida, algo que ralentizaba su recuperación. No por esto reveló algún tipo de dificultad en el tratamiento, y menos aún causó trance alguno que fuese motivo para su expulsión. Más bien, y según varias observaciones recogidas por los psicólogos, el susodicho tenía una conducta particular que definía más su carácter que el comportamiento, fruto de la situación que atravesaba. Lo que quiero decir con esto es que Julián Aranda era un tipo como arriba se ha descrito, mucho antes de que fuse adicto a las diferentes drogas que consumió hasta la fecha de ingreso.
Asimismo, cabe recordar una información más: a la hora de enfrentarse a contextos que no consideraba idóneos, se mentía con total normalidad, construyendo variables discursivas que muchas veces llevaban a la confusión al conjunto de terapeutas. Era normal en él escuchar por su boca historias inventadas que se ajustaban a la perfección a la realidad, y que significaban un embrollo para los profesionales de la psicología a la hora de desenmarañarlas. Vamos, que el susodicho en cuestión enredaba a todo el centro de vez en cuando con embustes bien urdidos y difíciles de desmontar.
Durante su ingreso no echó de menos a ninguna figura familiar y menos aún a allegados o conocidos. Tan solo mostró algo de afecto por su tía Marta. Principalmente tras una visita de ésta en la que se enteró que fue ella quien estaba financiado todo el tratamiento. Según un testimonio ofrecido a un psicólogo, Marta era la prolongación de su madre, cautiva, de forma voluntaria, la segunda, por el animal de su padre.
El enfermo se despidió un día dejando constancia de que no volvería al centro.
Recuerdo que dijo: – Gracias por todo. Soy otro, pero a la vez la misma persona. Hasta nunca. O que ese nunca dure muchos años.

