Otro más que se cuela
No tiene nombre, el amigo del padre Faustino
He tenido la suerte de darme cuenta de que ya son dos las personas, además de un narrador omnisciente, las que se han colado en estas páginas para puntualizar algún asunto. Bien para narrar aquello que no cuenta nuestro personaje – muy dado a ello debido a su astucia – o bien para dar a conocer partes de la vida desconocidas por quien firma esta locura narrativa.
No voy a decir mi nombre. De hacerlo podría poner en bandeja una identidad que seguro ansían conocer los enemigos del padre Faustino. Es cierto que no tengo muy claro que a estas alturas sigan vivos. Por lo narrado, es más que probable que estén criando malvas. Pero también es verdad que, como se suele decir, mala hierba nunca muere.
Nunca hice nada malo. Todo lo contario. Pero ya sabéis cómo funciona este mundo. Cuando eres señalado por la sociedad, ya puedes tener detrás un gabinete experto en higiene social o, de lo contrario, vas listo.
Bueno, al lío, que me lío.
Soy el médico amigo del padre Faustino. Sí, la persona encargada de suministrarle la morfina que luego repartía entre un grupo de yonquis de su parroquia. Tula, decís por aquí que se llama el pueblo donde estaba.
Quiero dejar claro que no voy a contar la historia más allá de lo que recalca la propia narración que nos trae. No obstante, lo que si voy a hacer es aclarar la verdad de mis acciones.
Se viene hablando de mi desde el principio del relato y nadie sabe claramente por qué. Por ejemplo, no se dice ni cuándo ni cómo hice llegar al cura la morfina. Tampoco por qué dejé de suministrársela.
Lo primero que tengo que dilucidar es que no soy médico, aunque lo haya dicho hace un momento. Quien sí lo es, es mi mujer: responsable sanitaria llamada a revolucionar, en sus años mozos, el concepto moderno de la medicina. Una médica modelo que, como muchas, terminó trabajando en un pueblo pasando consulta a jubilados. Fue allí donde conoció al padre Faustino, por aquel entonces un joven párroco que iniciaba su carrera como sacerdote y dedicaba su tiempo libre a sufragar el aliento de una fe incapaz de olvidar el Franquismo.
Creo que ya me he ido de la lengua.
Decía que no era médico. Lo que sí soy, realmente, es un padre destruido y una persona que echa mucho de menos a su hija, asesinada por una banda de yonquis como los mencionados en estas páginas. Esto último no está demostrado que fuese así. Por desgracia, tras un tiempo de aquella fatídica noche, las autoridades competentes no han sido capaces de dilucidar la identidad real de la persona o las personas encargadas de cometer tan atroz matanza. Y la defino de este modo ya que, la que era mi pequeña, apareció muerta en mitad de una noche. Completamente descuartizada. Con varias partes de su cuerpo desmembradas. Desnuda y amoratonada después de ser golpeada. Violada varias veces y arrojada, por un puente de unos cinco metros, a una autopista.
La hipótesis que siempre barajó la policía fue que mi pequeña, completamente borracha, regresó a casa una fría noche de invierno. Caminaba sola por la calle contigua a nuestra parcela – así lo demostraron las cámaras de seguridad de una farmacia, pruebas que no sirvieron para nada -, cuando un grupo de animales empezó a increparla. Con vacile, seguro que la pidieron que se detuviese y que siguiese un juego que, poco a poco, entendió como peligroso, por no decir aterrador.
Según el análisis forense tuvo que zafarse varias veces. El estado de sus prendas y una cartera desmenuzada, así como los rasguños de sus brazos, fueron pruebas sustanciales para sentar esta teoría. También tuvo que correr hasta que uno de ellos la golpeó en la cabeza con un objeto de un tamaño considerable, del tipo de una biga de madera o de hierro macizo. ¡Qué más da!
Cuando despertó del golpe, por desagracia para ella – y para todos -, no estaba en su calle. Por los restos encontrados se encontraba en el sillón de una casa situada a la salida del pueblo donde vivíamos entonces. Allí fue violada varias veces y golpeada otras cuantas, hasta provocarle la muerte. Una hora después de su fallecimiento y varias horas después de su secuestro, fue arrojada a una autopista desde un puente. Los camiones de media noche que pasaron, según nos explicaron, machacaron su cuerpo. Fue uno de los conductores quien alertó a los servicios de urgencias al creer divisar un perro muerto de gran tamaño en mitad de la vía.
Tengo que reconocer que cuando nos dieron la noticia, a primera hora de la mañana, mi mujer y yo creímos que había sido un malentendido. Que era verdad que nuestra hija no estaba en casa. Pero que tampoco podía estar muerta como se insinuaba. Después de pasar por el depósito de cadáveres, nuestros rostros y nuestras esperanzas cambiaron por completo. También lo hicieron nuestras vidas y también, como no, la forma de entenderlas.
Enterramos a nuestra hija arropados por una oleada de repulsa. Bajo una marabunta de indignados que, como nosotros, lloraban lo que era un escupitajo a las normas de convivencia. Enterramos a nuestra hija despertando un sentimiento colectivo que poco a poco fue apagándose, quizás como las velas que durante los primeros meses cubrieron su lápida.
Como narraba más arriba, mi mujer conoció al padre Faustino en su primer destino, en Tula, según se llama aquí. Al parecer, el cura solía tener fuertes jaquecas, algo que le hacía frecuentar con asiduidad su consulta. Que si un ictus, que si un tumor, que si una enfermedad degenerativa fueron algunos de los males que amenizaron aquellas visitas, que sirvieron también para cultivar una amistad que tenía su representación en comidas de fin de semana y en algún que otro viaje de vacaciones a destinos donde la iglesia ostentaba un importante peso político y de convocatoria.
Fue en uno de esos viajes cuando contamos al sacerdote nuestro problema. O por lo menos el que sería nuestro problema con el tiempo. Mi mujer, poco después de terminar la carrera, ya trabajando, empezó a colaborar con una organización sin ánimo de lucro en la que ayudaba a drogodependientes. Allí, hacía labores de todo tipo, algunas como atender a los yonquis, curarlos e incluso dar asistencia a sus familiares. En los noventa, aunque sorprenda, esta droga del infierno todavía seguía destruyendo a mucha gente y familias.
Recuerdo cómo mi mujer contó al cura que, cuando la metadona no llegaba a tiempo y los enfermos estaban que se subían por las paredes, iba al hospital donde trabajaba, sacaba morfina, que camuflaba con recetas falsas y se la suministraba, calmándoles el mono. También le dijo que nunca especificó a los drogadictos qué tipo de compuesto era, hasta que, un día, uno de sus colaboradores se fue de la lengua, quedándose el nombre de la sustancia en la memoria de todos.
Fue muchos años después de este hecho, una mañana de sábado, todavía en el pueblo donde conocimos al padre Faustino, cuando recibimos la visita de uno de sus antiguos pacientes. Nos dijo que había tardado bastantes días en llegar hasta ese lugar, que necesitaba hablar en privado con mi mujer para “que le salvase la vida”. Parecía nervioso, asuntado, como si se escondiese de algo o de alguien. Pasamos al interior de la casa y, mi mujer, educadamente, le sirvió un plato de comida caliente. También le dio la posibilidad de darse una ducha, oferta que desestimó. Cuando terminó el postre, se fue al cuarto de baño. Tardó casi una hora en volver. Entendimos, por su estado, que estaba poniéndose un pico. Una vez de vuelta, un tanto salido de sus casillas, nos contó el motivo de la visita. Al parecer, había viajado desde la ciudad para pedir que volviese al centro de drogodependientes. Desde que se había marchado, ninguno de los doctores había tirado de la morfina para curar los monos por la falta de heroína. Que además estaban habiendo muchas faltas en las entregas de metadona por problemas del centro con la administración.
En un principio mi mujer se mostró reticente. No quiso meterse en lo que consideró un escoyo, que además podría truncar su carrera profesional. Pero una vez el chico se marchó, en mitad de la noche, se sentó sobre la cama, me despertó y, empapada en sudor, me dijo:
– ¡Tenemos que ayudar a esos pobres! Imagínate que esto mismo le pasase a nuestra hija.
Tengo que decir que en qué maldita hora pronunció esas palabras. Aquella construcción lingüística nos condenó de por vida.
Dos días después de aquella noche, mi mujer se arregló, cogió el coche y, con una nota escrita en carboncillo, me comunicó que se ausentaría un tiempo de casa. Nervioso intenté localizarla a través de su madre, pero no supe nada de ella hasta el tercer día. El mismo en que, cansada, se presentó en casa, comió como si no hubiese un mañana y, muy seria y con un tono distraído, me dijo:
– Voy a ayudar a esos chicos. Necesitan la morfina. El centro está teniendo problemas con la administración y son muchos los días que no tienen nada para calmar la ansiedad.
Desde ese maldito momento, mi mujer, una vez por semana, tras acabar la jornada laboral en el centro de especialidades donde hacía las guardias, sustraía una cantidad concreta de morfina y se la llevaba a la organización para calmar los malos sentimientos de aquellos muchachos.
Todo esto se convirtió en algo cotidiano. Incluso cuando nos cambiamos de pueblo, continuó. No sé si para entonces el centro tenía tal necesidad, pero, para ella, el tráfico de este milagro de la medicina pasó a ser una adicción moral, quizás tan fuerte como la física y psicológica que los receptores tenían a la heroína.
En el nuevo pueblo, por una serie de prebendas que no recuerdo muy bien, tampoco os voy a engañar, mi mujer consiguió una reducción de jornada, algo que le valió para meterse en una organización sin ánimo de lucro y dedicar hasta la obsesión su tiempo y casi su empleo. Y digo que casi su empleo, porque, como es obvio, llegó un día en que el Jefe de Servicio zonal se dio cuenta de que el gasto de morfina no era proporcional a las necesidades o la demanda del centro. Más que nada porque la reserva de esta sustancia no coincidía con lo que se gastaba en el sanatorio, que prácticamente era nada.
Recuerdo cómo mi mujer me llamó y, con voz seria, me dijo algo así:
– Ciertos aspectos se han truncado en el trabajo. A lo mejor tenemos que buscarnos un abogado.
Yo, sinceramente, en un primer momento no le hice mucho caso. Era muy particular su manera de magnificar las complicaciones para que se me pasase por la cabeza tal escenario. Ahora bien, cuando llegó a casa, sentada, tomando un vaso de leche con galletas, pude comprobar el problema de lo que horas antes me había adelantado.
Le dije que lo primero que tenía que hacer era apartarse del centro e intentar desvincularse como fuera de aquel contexto. Y lo segundo, negar cualquier implicación con la falta de la sustancia.
¡Y así hizo por un tiempo!
Hasta que, meses después, volvió a llamar a la puerta otro de sus pacientes y, mi mujer, ahora a través de un contacto en el hospital, volvió a facilitarles la sustancia.
Recuerdo que tuvo que ser poco tiempo después de que mi esposa reincidiese con el tráfico cuando me llamó el padre Faustino, el cura asesinado, la persona por quien intervengo en esta historia.
Estaba paseando por un parque cercano a mi casa cuando el teléfono del cura apareció escrito en la pantalla de mi móvil. Sorprendido, más que nada porque llevaba algunos años sin saber del sacerdote, y algo asustando, no lo niego, lo cogí. Nos saludamos. Al principio de la conversación fue algo parco en palabras, quizás frío, no lo niego. Pero poco a poco se fueron limando las esperezas, para, finalmente, romper a hablar y contarme el motivo de la llamada.
Al parecer, según me dijo, el cura tenía en su cama a un chaval que estaba sufriendo un síndrome de abstinencia muy fuerte. También me pidió si podía hablar con mi mujer, para que el facilitase algo de morfina y así aliviar al muchacho.
Con la que teníamos liada, en un principio le dije que no. No creía que fuese lo mejor implicar a mi mujer en otro embrollo relacionado con la morfina. Más que nada por las consecuencias que esto traía. Pero cuando se lo comenté, poco después de colgar el teléfono, ella me pidió que le ayudase, que el padre Faustino había sido un hombre de bien y seguro quería aquella sustancia para hacer lo que había hecho siempre: ayudar al prójimo. Entonces marqué su número de teléfono, me dijo dónde vivía y me acerqué, a pesar de la distancia, al lugar. Salió rápido, me repitió varias veces que tenía invitados y que no podía dejar la casa a solas. Me abrazó, cogió la droga y se despidió.
Días después de aquello, mientras caminaba nuevamente por el parque, ocurrió lo que esperaba: el cura me llamó pidiéndome otro favor. Al parecer, los yonquis que había socorrido, o el grupo de yonquis al que pertenecía el yonqui que había socorrido, le estaban extorsionado, y temía por su vida. Nos dijo que le facilitáramos la sustancia por un tiempo. Que, si esto se alargaba mucho, llamaría sin dudarlo a la policía, sin implicar a ninguna persona.
Tengo claro que cuando abusas de una sustancia con el tiempo se suele volver en tu contra. Pues algo muy similar a esto fue lo que terminó pasando a mi mujer. Con el tiempo no sé si ella también consumía. Pero la intensidad con que empezó a pedir la morfina a su colega del hospital se salió de lo normal. Si es que había algo de normal en esa relación. Entonces, éste, quizás cansado, pero también aterrado por la posibilidad de perder la licencia, cortó, como vulgarmente se dice, el chorro a mi esposa, quien, histérica, empezó a buscar la droga legal por todos los rincones del sistema hospitalario que conocía, sin hallar ningún resultado esperado por su parte.
Un día, cansada de buscar y no encontrar, se acercó al centro y dijo a sus pacientes, o clientes, vete tú a saber lo que eran, que aquello se había terminado. Que no podía facilitarles por un tiempo más morfina. Algo que algunos entendieron. Y digo algunos. Porque hubo otros, los menos, también es cierto, que empezaron a pensar que mi mujer se había cansado de ellos. Y lo que comenzó siendo unos ruegos en la puerta de mi casa, se convirtió pronto en quejas, pasando por súplicas y terminando en amenazas. Las mismas, por cierto, que empezó a tener el padre Faustino.
Si bien respecto a la muerte del cura no me aventuro a decir por qué fue o quien fue el asesino, no hago así con la de mi hija. Esos cabrones, esos putos adictos de mierda, esas escorias de la sociedad, esas gentes a quien mi mujer había ayudado a cambio de nada, renunciando incluso a su trabajo y a su familia, la que tanto echó de menos después, esos parásitos, decía, esos malditos parásitos, mandaron al frio del alquitrán el cuerpo de quien era una joven con toda una vida por delante. Una joven que convirtieron en recuerdo y en una porción de carne en proceso de descomposición, embutido en una caja de madera.
He tenido que intervenir porque no me podía callar. No, no podía dejar que esta historia se contase por la mitad. Alguna vez si estoy inspirado y la pena me deja un poco en paz, escribiré un libro. Mientras tanto, si es posible, solo quiero aclarar la verdadera historia de por qué el padre Faustino, un amigo de la familia y un buen hombre, no lo negaré nunca, fue capaz de suministrar esa maldita sustancia, que tanto ha permitido avanzar a la sociedad, a esos desalmados de mierda. A quienes una noche destrozaron la razón y el corazón de uno que firma, y la mujer que, a su lado, se cercera de que los anacolutos o las faltas ortográficas no hagan más tediosa aún la lectura de esta historia dentro de un chisme que a su vez está comprimida en la leyenda viva de la sociedad de mierda que desde hace muchos años nos viene tocando vivir.
¡Vaya lio de frase, joder!

