Esteban…
Cada día me levanto con la idea más clara de que soy como un pañuelo. La gente se suena los mocos cuando tiene penas y luego, cuando le da la gana, me arroja a la papelera
– ¿Cuándo crees que pudo empezar todo? -, preguntó Julio más tranquilo, apoyando los codos sobre la mesa y con la cerveza por la mitad agarrada con la mano derecha.
– En el viaje. Fue en ese maldito viaje que hice a la Serranía de Cuenca para ponerme hasta el culo. En teoría Rodrigo iba a ir, pero no lo hizo. Además, no puso nada más que escusas. ¿Te puedes creer que incluso me plantee la posibilidad de que estuviese de parte de Judit para decir lo malo que era?
Julio cambió la mirada hacia otro punto del bar y empezó a pensar. Posiblemente estaba trazando un mapa mental en el que organizaba fechas y acciones. Una especie de criptograma donde colocaba de forma cronológica las piezas para que todo lo que fuera soltando mi boca tuviese cierta coherencia.
– ¿Sabes una cosa? – pregunté a Julio con una lágrima corriendo por la mejilla -. Durante tres años he estado viviendo en una burbuja creada por el centro de desintoxicación a su imagen y semejanza. Pero cuando he empezado a despertar, me he encontrado que la mierda seguía ahí.
– ¿No te sigo? – me preguntó mi amigo frunciendo el ceño.
– Tío, me siento estafado por todo y por todos. No soporto este mundo en que das la mano y tiran de ella hasta que no puedes más. Cada día me levanto con la idea más clara de que soy como un pañuelo. La gente se suena los mocos cuando tiene penas y luego, cuando le da la gana, me arroja a la papelera. Mira mis padres, unos putos desgraciados. Mírame a mí, un yonqui derrotado que cada vez que renace cae en la puta mierda. Mira mi exnovia, una furcia estafadora. Mira mis amigos, unos cabrones traidores, y perdona. Y mira todo. Este puto local. Solo hay gente pedo porque no aguanta lo que tiene. Seguro que ese – dije señalando a un señor desaliñado que intentaba imitar a Michael Jackson con una canción de los Porretas – le ha dejado la mujer y tapa la mierda que tiene con alcohol y cocaína. Y la camarera – una mujer gorda, también desaliñada, con las tetas caídas y el pelo grasiento -. ¿Qué me dices de la camarera? Me apuesto a que al camellito de los dientes azules – un tipo muy delgado, que siempre vestía con camisa y pantalón negro de chándal, y que, en otra época, nos pasaba la droga – se la chupa por una puta raya.
– ¡Calla! Te va a oír, subnormal – me recriminó Julio elevando la voz. – Eso te pasó con alguien que no merecía la pena. Y la vida, no es así siempre.
-Lo dices tú. ¿Te recuerdo el cambio que has dado?
Julio aparató la mirada. Entonces metí un fuerte trago a la cerveza. Despacio, levanté los ojos y los fijé en un cuadro que había colocado justo en la pared de enfrente. Era una acuarela roída de un velero que, solitario, se encontraba en el centro de un mar también de acuarela. Haciendo un esfuerzo creativo, pues mis neuronas andaban un poco dispersas, cerré los ojos, los apreté, despejé mi mente y conseguí verme montado en esa estructura solitaria. Ahí, tranquilo, apaciguado… prevenido también ante la posibilidad de una más que aleatoria tormenta. Gozando de la calma y la fruición. Sabiendo que, en la vida, momentos con tanta carga subjetiva como el que estaba viviendo eran los mínimos.
– ¿Estás bien? – me preguntó Julio tras golpearme el hombro.
– No, no estoy bien. Estoy jodido. Jodido como siempre.

