Esteban…
Y es que, en ese momento, no tenía ganas de nada. Estaba totalmente desconectado. No podía creerme lo que acababa de hacer. No podía dejar de pensar en que todo, en parte, había sido así por el maldito pasado.
– ¿Nos vamos a casa? – me preguntó Julio con la lengua trabada.
– Lo que quieras – le respondí sin más, siendo presa de un estado de apatía que me dominaba por dentro.
Y es que, en ese momento, no tenía ganas de nada. Estaba totalmente desconectado. No podía creerme lo que acababa de hacer. No podía dejar de pensar en que todo, en parte, había sido así por el maldito pasado. Repetidamente me preguntaba dónde se encontraba el sentido de la vida, en qué punto del espacio sideral habitaba. Pero no daba con la respuesta. Todo había vuelto al mismo punto y ese punto me convirtió en un ser inerte.
“¡Qué asco de vida, de verdad!” – me dije mientras masticaba la pastosidad que se me había formado en la boca y metía en mi bolsillo mi cartera NIKE de color negro.
Me levanté de la silla, coloqué las manos sobre mi frente y aspiré con fuerza, cogiendo todo el aire que me permitían mis pulmones, carcomidos para entonces por el tabaco. Después, mientras me colocaba la coca en los huevos, clavé los ojos en el cuerpo desaliñado y enclenque de Julio. Estaba pagando lo que quedaba y comprando más cervezas para beber en casa. Y es que allí, sobre el sillón, continuaríamos con la coca. Allí agotaríamos lo que quedaba de noche y transitaríamos en lo posible, lo que pudiésemos de mañana.
Y así fue…, una calada tras otras… un trago tras otro… una raya tras otra. Hablando de lo mal que nos iba todo. Reduciendo nuestros logros, mínimos, a auténtica basura. Saboreando el amargor de la droga y mezclándolo con el de la vida. Mientras escuchábamos, a duras penas, la bazofia del último disco de Extremoduro. Ese hombre que tanto y tantos le habíamos hecho caso. Ese hombre que venía a decir en una canción, algo así como que: “al camino recto se llega por el más torcido”. ¿Pero era verdad aquello?, joder. Era verdad aquella puta mierda de afirmación, joder. Porque, después de todo y tras sentirme tan mierda y engañado, era imposible que las cosas se pudiesen torcerse más. Lo de Rodrigo y una suma de desencuentros habían derruido los palos del gallinero que tanto me habían costado construir. Y las gallinas que dentro habitaban, había dejado de poner huevos para desgracia de la tortilla de vida que tanto acostumbraba de desayunar.
¡Qué mierda de vida!, repetíamos una y otra vez. ¡Qué mal nos salía todo!, nos decíamos hasta la saciedad.
– ¿Quieres otra raya? – me preguntó Julio con la mandíbula dislocada, intentando dar forma a una sonrisa imposible.
– Sí, la quiero – le dije poco después de dar un trago a una cerveza, soltar el humo de un porro y sentir el vacío que ausente dominaba el espacio acotado de aquella habitación.

