Rodrigo…
Casi temblando y con frecuentes silencios postergados entre el trajín de las palabras, me pidió que me trasladase rápidamente al ‘Hospital 12 de Octubre’. Al parecer, Clara, mi novia, había sufrido un accidente.
Todo había transcurrido muy rápido. Me encontraba solo en un bar tomando unas cervezas a primera hora de la mañana. La atmósfera del sitio no era muy apropiada. Hacía calor y el olor a sudor se masticaba por momentos. La televisión reproducía un partido de fútbol de principios de los años noventa.
Pensé en ir a pagar. No me quedaba casi galena y tampoco me apetecía mucho más seguir bebiendo. Sinceramente, en aquel momento, no quería enterrar mi frustración laboral y sentimental a base de tragos amargos. El alcohol, lo tenía claro, era un corrosivo que fuerza la sonrisa mientras sibilinamente multiplica las penas.
Miré el dinero que tenía suelto.
Sonó el teléfono.
Era mi hermano.
Lo cogí.
El ruido del ambiente casi no me dejaba escuchar, pero pronto pude descifrar parcialmente lo que me decía.
Casi temblando y con frecuentes silencios postergados entre el trajín de las palabras, me pidió que me trasladase rápidamente al ‘Hospital 12 de Octubre’. Al parecer, Clara, mi novia, había sufrido un accidente.
Pagué y dejé el lugar sin despedirme. El camarero, que más o menos me conocía de otras mañanas de resaca, me miró intuyendo que sucedía algo.
Cogí el primer metro que pasó por ‘Carabanchel Alto’ y me sumergí bajo la ciudad. El ruido de los raíles era ensordecedor. Miré la dirección del hospital en un mensaje de texto. Tenía todavía un largo camino, así que intenté de nuevo llamar a mi hermano. Necesitaba saber quién le había contado la noticia. Más que nada porque, éste, mi hermano, era bastante ajeno a la historia.
En la conversación que mantuvimos me contó que había conocido los hechos por un error de un familiar. También me explicó cómo había sucedido todo. Yo, mientras tanto, solo escuchaba a la vez que, poco a poco, perdía la mirada y mi bienestar se ahogaba en un mar de desesperación.
De repente, como que no quiere la cosa, mi hermano pronunció la palabra muerta. Entonces me quedé petrificado. Justo en ese momento, mientras volvía a mi ser, me aclaró que no fuese al ‘Hospital 12 de Octubre’. Que había recibido otra llamada en la que se le advertía de que el cuerpo de Clara descansaba ya en el tanatorio de ‘La Almudena’.
Rompí a llorar. La gente que ocupaba el vagón del metro se detuvo clavando su mirada en la expresión de derrota que poco a poco se esculpió en mi rostro Las paradas pasaron y el mal estar se fue apoderando de mis vísceras. Estaba muerta, volvió a decirme mi hermano dándome la dirección concreta del tanatorio.
En ese momento, una señora de unos ochenta años, quizás más, se acercó. Me preguntó si necesitaba ayuda. Se lo agradecí y le dije que no, pero ella insistió. Gracias a una conversación un tanto descontextualizada pero útil, la anciana hizo posible que pudiese acabar el trayecto del metro sin caer abatido.
En la puerta del tanatorio una funeraria se marchaba. El lugar era grande, ajardinado, limpio, bien cuidado en todos los sentidos. El silencio, por tónica general, lo dominaba.
Pasé a un hall de mármol y me dirigí a la recepción. Una chica de unos cuarenta y tantos, quizás cuarenta y nueve, me dijo cuál era la capilla de Clara.
Estaba nervioso. No sabía cómo entrar. Así que me fui a una cafetería y me bebí una cerveza de un trago. Después caminé por un pasillo poco iluminado y dominado por un olor intenso a café y desinfectante. Empujé una puerta y pasé a un ascensor. Allí una mujer de mediana edad se alegraba de la muerte de su suegra. Hablaba con otro tipo jactándose de la tragedia y pidiéndole explicaciones de los procedimientos para el reparto de las herencias.
Subí por el ascensor y accedí a la planta donde estaba Clara. Anduve por el pasillo y llegué al lugar. Antes de entrar, miré por una cristalera. En la calle, dos chavales de mediana edad jugaban a al fútbol mientras un matrimonio paseaba.
Cuando entré a la sala en la que se encontraba la capilla de Clara, el panorama era desolador. La madre no levantaba la cabeza, estaba aturdida, entregada al recuerdo de su hija. Su rostro estaba dominado por las lágrimas y su cuerpo parecía estar encajado en un gabán negro que la cubría de arriba abajo. El padre no había ido al tanatorio, o eso parecía a primera vista. Seguro que el dolor de perder a quien era su ojo derecho había podido con un hombre de ciento veinte kilos y mucha mala ostia. Su hermano, Javi, más entero por fuera, pero destruido por dentro, no paraba de caminar de un lugar a otro de la sala golpeando las paredes que acotaban sus pasos. Sudaba, lloraba, intentaba buscar una dirección que no existía. Mientras tanto, su abuela, su única abuela, descansaba en un sillón absorbida por la química, soportando la desazón del momento, el pesar de los años y los injusto de una vida que comenzó con el asesinato de sus padres durante la maldita Guerra Civil y parecía acabar de la forma más trágica que cualquiera puede imaginar. Y todo esto, como no podía ser de otro modo, en el lugar donde se desarrollaba. Revestido por el aura de fantasmas penumbrosos que no eran otros que los tíos, amigos y cumplidos que coloreaban más de negro el final de la vida de la que era mi novia. Clara, la misma que tras un cristal descansaba en un féretro de madera cubierto de flores. Arropada por unas mantas de seda que escondían el frío de su cuerpo muerto. Con la cara de color marfil y muy hinchada. Con los ojos cerrados. Con las manos sobre el pecho soportando los últimos minutos de una vida que ya no era nada más que un trozo de carne y huesos en proceso de putrefacción.
– ¿Qué ha pasado? -, pregunté a su hermano con la poca fuerza moral que todavía tenía. Éste, el hermano, escondido en un traje pasado de moda, aguantaba el rostro que emergía entre los sollozos de quienes llenaban el lugar.
– Se ha muerto – me respondió tartamudeando, como queriendo contener las lágrimas que no paraban de brotarle de sus ojos achinados -. Se ha quitado la vida. ¡Clara se ha quitado la vida! – Repitió una vez tras otra mientras el llanto ahogaba más sus palabras.
Entonces, con paso lento, me acerqué a él, le agarré con cuidado de su hombro derecho y, simulando que acariciaba el tronco de su cuerpo escuálido, volví a preguntarle:
– Pero, ¿cómo ha sido? ¿Cómo ha sido toda esta mierda?
Javier se detuvo unos segundos. Después cogió algo de aire y, con cierto recelo, me respondió mirándome fijamente a los ojos:
– Se ha muerto. Ya no está. Clara no está entre nosotros para desgracia de quienes la queríamos.
Javier apartó la mirada de mi rostro y la fijó en una vidriera que había en la esquina derecha de la sala. – Clara ya no está con nosotros ni entre nosotros – volvió a repetirme caminando con lentitud hacia el lugar en que descansa el cuerpo sin vida de su hermana. Sorteando en el trayecto las miradas furtivas de quienes le observaban y zafándose de una conversación, la que tenía conmigo, que, en ese momento, o así lo intuí, le parecía cargante.

