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capítulo 33. fuck off, amor

Rodrigo…

Cuando emprendí el camino hacia el velatorio me di cuenta de que Javi estaba fumando en la puerta, justo debajo de una enredadera. Aminoré el paso con el objetivo de no me viese, pero pronto supe me estaba esperando.    

Después del episodio que tuve con el hermano de Clara salí a la calle a fumar un cigarro. No me sentía cómodo en el velatorio. Por desgracia, el espectáculo reciente cundió entre la familia, provocando que mi presencia fuese cuanto menos bienhallada.

En la avenida que separaba el tanatorio de un parque de pinos centenarios, que crecían de forma ordenada frente al Río Manzanares, un grupo de operarios del servicio de basuras se manifestaba. Algunos viandantes se detenían a contemplar lo que estaba pasando. Otros giraban la cabeza ante lo que no dejaba de ser un compendio que mezclaba la fiesta con la protesta.

Pasé a una cafetería que había al final de la avenida, justo al lado de una intersección de dos calles que servía de parada a los autobuses. El establecimiento tenía cierto aire castizo. Estaba dominado por un olor pestilente a puro que se mezclaba con el silencio cómplice de un puñado de parroquianos. Cuando localicé al camarero, un tipo bastante cortés de bigote afilado, le pedí una manzanilla. Sentados en la barra había dos señores de edad avanzada. Uno mayor, con el pelo blanco, y otro algo más joven, completamente calvo. Charlaban enérgicamente mientras bebían dos carajillos y criticaban la situación política del país.

– ¡Puto país, aquí no funciona nada! – dijo el más veterano, golpeando con el puño el mármol de la barra.

– Malditos hijos de puta. Y a ellos no les falta de nada. Seguro que no se habrán enterado de que esos pobres hombres están ahí pasando calamidades – contestó el otro haciéndose el interesante.

– Aunque, a decir verdad, tampoco me parece bien que hagan la concentración delante del tanatorio.

– Ya, pero si te paras a pensar en esas cosas, no la haces en ningún sitio. Cuando no hay una iglesia, hay un colegio y cuando no molestas a los vecinos.

– En la puerta de esos políticos corruptos. ¡Ahí la tenían que hacer! – Exclamó el más joven señalando una noticia de un periódico que había aparcado sobre la barra, justo al lado del grifo de la cerveza.

Aparté el oído de la conversación. Soplé la manzanilla y la bebí casi de un trago. Después puse los ojos en la televisión. No había nada de interés más allá de un programa del cotilleo. Llamé al camarero, le pagué y salí a la calle. Cogí algo de aire y clavé nuevamente la mirada en los manifestantes. Pensé en marcharme, pero pronto cambié de opinión. Cuando emprendí el camino hacia el velatorio me di cuenta de que Javi estaba fumando en la puerta, justo debajo de una enredadera. Aminoré el paso con el objetivo de no me viese, pero pronto supe me estaba esperando.    

– Te hice una pregunta y sigues sin responderme. Llevas como dos horas dándome largas – insinuó con la voz apagada.

– Llevo dos horas intentando darte una respuesta coherente. Pero no soy capaz – dije sin pensar en el resultado de mi respuesta.

– ¡Eres un hijo de puta! – me recriminó elevando el tono. Después continuó: – ¡Eres el puto responsable de la muerte de mi hermana! Sí, tú, cabrón de mierda.

Javi empezó a llorar. Yo no sabía qué hacer. Entonces me di la vuelta y miré nuevamente a los manifestantes. Justo en ese momento pasaron los dos ancianos del bar.

– Y luego dicen que las cosas van a mejor, ¿qué mejor? – se preguntó el mayor de los dos.

– Eso pasa por votar a la derecha – subrayó elevando la mano el más joven.

– O a la izquierda. Bueno, ¿se puede llamar al PSOE izquierda?

– ¿Rodrigo? – me llamó de repente Javi. Estaba más tranquilo. Había tirado el cigarro al suelo. Tenía la mirada perdida.

– ¿Qué? – le respondí con cierto temor.  

– No quiero que aparezcas más por el velatorio. Vete de una puta vez y desaparece de nuestras vidas. Y ten suerte de que no indague más en este asunto. Porque si lo hago y descubro algo, te mato.

– Te estás equivocando, Javi – le corté para evitar que siguiese arrojando toda su ira sobre mi persona.

– ¡Que me estoy equivocando! ¿En qué me estoy equivocando?  ¿Se puede saber? ¡Dímelo!, joder – me volvió a gritar.  

– Javi, tranquilo.

– Solo te he preguntado una cosa – empezó diciéndome mientras me señalaba con el dedo y seguía acercándose – ¿qué te pasó con mi hermana? Y tú, otra vez, eres incapaz de responder algo coherente. Por eso creo que has sido el autor de toda esta mierda

– No tanto como te crees.

Le respondí para su sorpresa. Hecho que le llevó primero a detenerse, después a fruncir el ceño y, en último extremo, a preguntarme:    

– ¿Qué cojones quieres decir con eso?  

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