Rodrigo…
A eso de las cuatro cayeron algunas gotas. Las suficientes para que la visión del cristal quedase parcialmente interrumpida y mostrase la realidad como la vemos muchos de los que hacemos que el mundo gire.
Javi se había tranquilizado.
Nos encontrábamos sentados en una mesa lejos de la barra. El silencio dominaba nuestra conversación. Los nervios de antes habían dado paso a un mutismo que, al menos, hacía posible el momento.
– Sé que no estábamos bien – expliqué a Javi con la voz temblorosa, apretando los puños debajo de la mesa -. Sé que juntos no teníamos otro cometido que destruirnos, pero nunca pude imaginar que esto terminaría así.
– Mi hermana siempre fue un bicho raro y alguien difícil. Perdona si te he echado la culpa y el numerito del cuello, pero tengo que reconocer que tú fuiste de las pocas personas que supo estar a su lado. En mi casa lo comentábamos mucho, te valorábamos. Es verdad que al principio teníamos miedo de que fueses un hijo de puta más, pero luego nos dimos cuenta de todo lo contrario, y eso lo agradecimos.
– Antes me has dicho que soy parte de la culpa, y si te digo la verdad, lo creo – bebí un trago de cerveza -. Por eso asistiré al entierro y me iré para siempre…
En ese momento me detuve. Pensé durante unos segundos y, por pura intuición, decidí no contar la historia al completo. No sé por qué, de repente, Javi había cambiado la actitud. Aunque pronto caí en la cuenta de que aquello tenía una única explicación: sabía perfectamente que mi aparición en el día a día de su hermana, había alargado su vida. La que era mi novia tenía claro que no quería vivir, y aunque reunía razones para hacerlo, las rechazaba por mí.
– ¿Quieres un cigarro? – me preguntó Javi.
– Bueno – le respondí alzando los hombros.
– Pues vamos fuera. Pero antes, espera, quiero darte esto – Javi sacó un papel arrugado de su bolsillo -. Lo escribió Clara poco antes de morir. Me lo acaba de entregar mi madre. Es una especie de carta en la que se despide de su familia y amigos, y en la que dice, por cierto, que te quiere y que allá donde vaya te querrá.
– Yo también la quiero y siempre la querré, Javi -. Respondí emocionado, sujetando las lágrimas que no dejaban de brotarme de los ojos.
En el entierro estuve en un segundo por no decir en un tercer plano. Como pude me escondí entre la gente, convirtiéndome en un figurante más del desenlace tan triste que estábamos absorbiendo.
Me marché sin decir adiós.
Esa noche no pegué ojo. La pasé mirando por la ventana. Observando el flujo de humanidad que coloreaba las calles de aquel barrio de Madrid.
A eso de las cuatro cayeron algunas gotas. Las suficientes para que la visión del cristal quedase parcialmente interrumpida y mostrase la realidad como la vemos muchos de los que hacemos que el mundo gire.
En un principio no conté a nadie lo de Clara: ni a mis padres, ni a mi familia, ni a mis amigos. Pero, no sé por qué, con el tiempo tuve la necesidad de hacerlo. Por lo que busqué en la agenda.
Al primero que mandé un mensaje fue a Esteban. Él también era parte de todo esto, aunque no lo supiese y no hubiese estado presente.
Después lo intenté con Joselu, pero no pude. Una hora más tarde le escribí un privado al perfil de Facebook.
Para cuando me sentí aún más solo, escribí a mi madre. La conté todo.
Poco después, con las primeras luces del día, fui a la cama.
Antes miré el móvil. Se había creado un grupo. Se llamaba textualmente:
- Cena del 12.
Caí dormido derrotado por la enfermedad de estar vivo. Perdido en sueños que no recuerdo.
La alarma de Facebook me despertó. Joselu acababa de responderme. En el mensaje me contaba algo que no lograba entender.
¡¡¡¡¡¿Qué cojones quería decirme la puta maricona?!!!!!
