Joselu…
hay un momento más claro que más o menos puede servir para ilustrar aquello de lo que os hablo. Sí, maricones. Me refiero a un puto beso que di a una joven por no reconocer públicamente mi condición sexual
Siempre fui marica, es algo que tengo claro y en lo que no pienso mucho. También es verdad que supe que era marica, bujarra, gay o como se quiera llamar manos o menos a la edad de doce años. De todas formas, en el fondo, y a pesar de los pesares, a mí siempre me gustó ser como ellas. Y aunque durante un tiempo intenté ser como ellos, ni estos ni mi sexo pudieron transformar lo que verdaderamente componía mi género. Sí, mariconas, mi género.
Es cierto que es difícil recordar una acción o momento que me defina en la posición sexual contraria a la que he ocupado a lo largo de toda mi vida. Siempre que descarte, eso sí, aquellas tardes jugando a los papás y las mamás con mi amiga Maica, en la que obligadamente era el papá; practicando deporte con mi amigo Rubén o todas esas cosas cotidianas que cualquiera interioriza como normales y que a uno le parece atrevidas, complejas, contra natura o simplemente ridículas.
No obstante, pensándolo bien, hay un momento más claro que más o menos puede servir para ilustrar aquello de lo que os hablo. Sí, maricones. Me refiero a un puto beso que di a una joven por no reconocer públicamente mi condición sexual – todo hay que decirlo: vivía en un jodido pueblo y cualquiera soltaba que el ojete de don Severino me era más apetecible que aquel coño de la de segundo -.
A lo que iba…
Ocurrió una noche de un viernes. Tenía esa edad en que uno empieza a emborracharse los fines de semana. Hacía frío. Mucho frío. Iba escondido bajo mi chaquetón de plumas con apeste a tabaco. Aquella noche me toca enrollarme con la putita peripuesta del grupo – la tía buena pechugona con quien todos por aquel entonces se la meneaban. La misma que con el tiempo acabó presa de su propia belleza: con cuatro hijos, un marido alcohólico y una frustración elevada a niveles patológicos -.
Bueno, a lo que iba…
Recuerdo que marché junto a sus tetas durante una hora. Íbamos hasta arriba de vino barato y hierba. Durante el camino hablamos de todo. La conté mis penas, mis alegrías, mis miedos, mis sueños. Sí, maricones. La conté que quería viajar, conocer mundo, dejar atrás el pueblo, hacer todo aquello que en la tierra que me vio nacer era imposible. También la conté que quería ser músico, actor, bailarán en los teatros de la Gran Vía. Incluso la dije que un día soñaba con dominar el planeta y cuando fuese dar un repaso a todas esas leyes que nos limitan la libertad, para que nadie y digo nadie, sufriese la pena que produce no poder realizar aquello que verdaderamente deseas.
A lo que iba.
Cuando llegamos al peñón que sobresalía al lado del depósito del agua, justo en frente de las escuelas, apareció el problema que estaba esperando. Tras subirme a una piedra – me sacaba una cabeza – y acercarme a sus labios para besarla, un cortocircuito dejó inoperativo mi sistema nervioso. Fue ahí cuando me di la vuelta, agaché con cuidado la mirada, me encendí un cigarro y, embutido en el abrigo de plumas que vestía, empecé a fingir un fuerte dolor de cabeza. Sí, maricones. Una jaqueca que me partía el cerebro en dos y prácticamente no dejaba moverme. Como si un ictus estuviese haciendo de los suyo entre mis neuronas.
– ¿Qué te pasa? – me preguntó muy preocupada. Acercándose con cuidado donde estaba. Cerrando aún más sus ojos achinados mientras penaba con su mano derecha su melena rubia perfectamente alisada.
– Nada – la respondí colocándome las manos sobre la frente a la vez que presionaba los ojos hacia dentro y fruncía el ceño -. Me duele mucho la cabeza. No sé qué me pasa. Ha sido algo verdaderamente extraño que en el fondo me asusta.
– Has fumado mucho – apuntó deteniéndose a algo más de un metro.
– Puede ser eso, quizás – puntualicé.
Entonces, ella continuó caminado. Cuando estaba a menos de cincuenta centímetros de donde me encontraba, con la voz apagada, volvió a realizarme la misma pregunta.
No contesté.
Me puse en pie, me aparté y le dije que quería volver a casa. Que el dolor se estaba intensificando. Que tenía miedo de que fuese por algo relacionado con la hierba que había fumado.
Ella aceptó.
Me cogió de la mano y, con un movimiento de cabeza, me indicó que nos fuésemos.
Por el camino no hablé. Solo caminé. Consumí los pasos simulando que lo que tenía bajo mi corteza cerebral era algo que podría joderme el resto de la vida. Algo tan sumamente chungo que me había llevado a renunciar a probar sus labios, los más deseados de todo el pueblo.
– No pasa nada, se ve que no te gusto – me dijo medio llorando. Parecía que la trola que acaba de contar no la convencía de todo. Y menos a una alumna aventajada en eso del amor.
– No es eso, de verdad. Es que no puede resistir este puto dolor de cabeza. Me es… – continué sin saber cómo terminar aquella frase absurda que, a cada palabra, se iba desmenuzando como si de arena de playa se tratase.
– Déjalo, será cuando tenga que ser. Yo te esperaré, porque te quiero. Siempre te he querido.
Reconoció con su inocencia en el momento en que ambos nos separamos en una esquina, situada en un cruce de calles del centro. La misma que, sin duda, partió nuestra minúscula vida en pareja en dos.
Ya de camino a casa, recuerdo las sombras de la noche, la escasez de luz de las farolas iluminando rincones inapropiados. También recuerdo el silencio y la vergüenza que inundaba mis pensamientos. Ella desapareciendo en la lejanía y la puerta de mi casa más cerca a cada paso. Pero del mismo modo recuerdo como aquella vía y mis pasos atravesándola, fueron, sin duda, la metáfora de mi vida en el pueblo. Un camino en solitario rodeado de mis miedos, siendo lo que no era y escondiéndome hasta de mí mismo. Un camino basado en la fabulación y la oscuridad, en el fingimiento y el deseo insatisfecho hasta que, un día, de nuevo en una esquina – distinta, claro – le conocí a él.
– ¿Tienes fuego? – me preguntó con cierto ramalazo. Dejando claro la maricona que era o por lo menos llevaba dentro.
– Y ganas de follar – le respondí lo más directo que pude.
Luego de esto me llevó a su coche, me puso contra el salpicadero y me reventó el culo. Sí, me desgarró literalmente el ano. Me hizo trizas el agujero que tanto me había perforado con todo tipo de cacharros y que de un tiempo a esa parte también hacía las funciones de escupidero de mierda.
Aunque, siendo sincero, con el tiempo tengo que reconocer que esa puta fisura, dolorosa, eso sí, fue la puerta de una liberación que me permitió ser yo y lo que siempre había sentido. Una especie de bálsamo contra lo que simulaba ser entre la jauría de animales que me rodeaba, que sanó las heridas de ese personaje cada vez más inverosímil que deambulaba por la tragedia que yo mismo había conformado. La tragedia o, incluso, comedia, que a uno le era imposible fingir en los contextos donde se desarrollaba.
Y después de ese extraño rollo con aquel profesor de matemáticas – por cierto, a eso se dedicaba, no os lo había contado – llegaron otros y después otros rollos con otros de otras profesiones y deseos. Así un año tras otro, un tipo tras otro, una polla tras otra, un tamaño tras otro… Hasta que el hecho de tener que esconder mi condición sexual porque sí me hartó y dejé el pueblo. Sí, maricones, dejé la cuna que me había mecido al tran tran de la mentira y me embarqué en un crucero que me condujo de por vida a una forma de entender la vida que se parecía a lo que mi mente procesaba.
