Joselu…
gente que ocupaba lugares y que a su vez realizaba acciones en momentos, cuanto menos, distintivos. Gente a la que tengo que definir como los verdaderos artífices de que yo, como soy y no como era, encontrase la felicidad que otro contexto, otra gente y otro momento me habían robado.
Ir a la capital fue una auténtica liberación. Una forma sencilla de normalizar una situación corriente que a ojos de mi entorno era un problema. Allí conocí a muchos chicos, malviví, me enamoré y desenamoré, me convertí en la loca más cliché de la noche de Chueca y bailé un tango con todos mis prejuicios, mientras la precariedad laboral y salarial me acorralaban.
Pero, a decir verdad, todo esto no fue nunca un problema. No. En ningún momento tuve miedo de no tener lo suficiente para evitar acabar en la calle. Más que nada, porque, tras mucho tiempo de dolor, renuncia y espera, era poseedor de lo que siempre quise ser: una marica a la que, en resumidas cuentas, le gustaba comer pollas.
Recuerdo mi primer piso al lado de Huertas. En Madrid, claro. Mi amistad con una prostituta que hacía la calle en Malasaña. Mi trabajo como chico de los recados en un Sex Shop de Gran Vía. Mi otro trabajo en un videoclub. Mis noches de desenfreno y sueño perdido junto a la plaza de Chueca. Las horas en garitos de mala muerte, en los que las drogas se gastaban al ritmo que las hormonas revolucionaban las funciones reproductivas de quienes las consumían.
Recuerdo nombres como los de la Arseña, la anciana de Lavapiés que siempre desayunaba cocido y que de vez en cuando traficaba con cannabis para financiar la parte que no le cubría la pensión. También los de Caín y Abel, dos negros maricas del Barrio Salamanca, que bauticé de esa forma porque me salió del coño y con los que solía quedar en cuartos oscuros de antros que no mencionaré. Como el de José Luis, “el tipo” del quiosco que todavía aguanta en la Puerta del Sol, con quien hablaba de las noticias que publicaban los periódicos que vendía. Era curioso que con este personaje berlanguiano también jugaba a las cartas. Principalmente cuando hacía buen tiempo y nuestras razones nos conducían a pasar un par de horas en alguno de los poyetes de granito de la plaza, mientras la muchedumbre nos embuchaba como salchichas alemanas.
También recuerdo a Faustino, el chapero de Entrevías y mi camello. Esta maricona era algo así como un detective de los cuarenta, demacrado por la calle y la droga, que solía poner en todas sus frases la coletilla “te lo dije, capullo”. Igualmente recuerdo a don Domingo, el cura de la parroquia de Santa María de la Cabeza. El mismo con quien, de vez en cuando, quedaba después de misa para compartir lo que guardaba debajo de la sotana. La persona que confesaba los pecados a otros que como él mordían la manzana prohibida. El desliz personificado que a ojos de Dios se pasaba la Biblia por la punta del coño.
Pero también recuerdo, como no, a Julián. Sí, a Julián. Mi empleador primero en un videoclub y después el artífice de que conociese a muchos de los que considero mis amigos: Steven, Jacint, Pascu, Lorena, Sandra, Curri… Todos ellos – más ellas, es cierto -, personas a las que, como yo, la ciudad les permitió salir de un contexto asfixiante que les imposibilitaba ser quienes verdaderamente sentían. Individuos aislados en muchos casos, que poco a poco saboreaban el poder del colectivo, cuando el colectivo entiende, opera y piensa como los sujetos que en su totalidad lo forman.
En fin, gente que ocupaba lugares y que a su vez realizaba acciones en momentos, cuanto menos, distintivos. Gente a la que tengo que definir como los verdaderos artífices de que yo, como soy y no como era, encontrase la felicidad que otro contexto, otra gente y otro momento me habían robado. Personas que moldearon una figurita de barro preparada para escupir a todo el que, de una forma u otra, intentaba negar mi condición de homosexual que tan exaltante exhibía en las calles de aquel Madrid con olor a franquismo trasnochado.
Fue en una noche de lujuria tomando copas en un bar de vete tú a saber dónde. Sí, maricones. Había mucha gente y el ruido era ensordecedor. En la barra se mezclaban los olores a perfume barato con los del desinfectante del baño. Estaba colocado de coca, de alcohol y de éxtasis, por lo que necesitaba follar como fuese.
Recuerdo el sabor a güisqui bajando por mi garganta y las Spice Gils sonorizando la sala. También recuerdo como, de repente, un neón me iluminó la cara y una mano me agarró del culo. Cuando me di la vuelta, le vi a él. Era el mismo que años atrás me había roto el culo. Sí, aquel profesor de matemáticas que me ayudó a entender que lo mío iba más por el camino que marca el otro lado de la acera. El loco que me chutó una dosis de fantasía para que soñar no fuese lo que solo hacía únicamente entre las sábanas.
Tras una mirada rápida de reconocimiento y una sonrisa de complicidad, nos abrazamos y nos besamos en las mejillas. Después estuvimos hablando un buen rato de nuestras vidas. De qué hacía él en Madrid y cómo había parado yo en esa ciudad del infierno. De sus clases de matemáticas y sus alumnos irrespetuosos con su condición sexual. De mis trabajos de mierda y mis amigos buena gente. De su familia. De lo que tristemente quedaba de la mía. De nuestros amores y desamores. De nuestras vidas que un día se cruzaron y que de nuevo se volvían a cruzar en una escena amenizada por el ruido de la noche.
Al cabo de un par de horas y cuando parecía que lo próximo era terminar en el cuarto oscuro de aquel sitio, me dijo que se marchaba, no antes sin invitarme a una raya cocaína – por cierto, bastante pura para mis costumbres – y darme su número de teléfono. Con este último gesto, creo, me vino a decir que me esperaba en otro momento y en otro contexto.
Para cuando se perdió en la distancia de la noche y del local, un cuerpo robusto y achaparrado se plantó delante de mi persona y me preguntó si quería bailar.
– Claro que sí.
Le respondí. Para seguidamente acabar en su casa diciéndome que era un divorciado al que le encantaba comer pollas y que trabajaba como realizador en una cadena de televisión en la que también se hartaba a comer pollas.
– Sí, lo he hecho siempre. He visto a mis hijos cumplir años mientras se la chupaba a cámaras, fotógrafos, redactores, guionistas, iluminadores y toda esa gente que me rodeaba. Por eso creo en el amor libre, cualquier atadura es sinónimo de represión; y no quiero volver a vivir la represión que viví junto a mi mujer.
Me dijo de forma muy categórica. Y lo hizo después de follar bajo los primeros rayos del sol de aquella mañana en que conocí a Horacio. Sí, maricones, al mismo mencionado anteriormente. El supuesto celoso con quien compartía una conversación por un asunto que…
Me cayo, ya os lo seguiré contando en otras partes de esta puta historia.
