Pedro…
Minutos después de que la coca bajase por mi garganta empecé a sentirme mal. Muy mal. La noche había sido larga y el contexto en que me encontraba la había enturbiado aún más. El amargor se intensificó tiempo después y un dolor de estómago hizo doblarme por dentro. Luego de esto empezó a temblarme la mano derecha, por lo que la introduje en el bolsillo de una forma un tanto particular.
Al final accedí y me puse la raya. Suele ser muy difícil decir que no cuando te están amenazando de muerte o, simplemente, amenazando. Pero también es verdad que no siempre tienes que aceptar las cosas por complacer a quien tienes a tu lado.
Minutos después de que la coca bajase por mi garganta empecé a sentirme mal. Muy mal. La noche había sido larga y el contexto en que me encontraba la había enturbiado aún más. El amargor se intensificó tiempo después y un dolor de estómago hizo doblarme por dentro. Luego de esto empezó a temblarme la mano derecha, por lo que la introduje en el bolsillo de una forma un tanto particular.
– ¿Qué haces con la mano? – preguntó frunciendo el ceño.
– Nada, me tiembla. La coca no me ha sentado muy bien. Sobre todo, esta última raya. ¡Qué no quiere decir que estuviese mala!
– Estás blando. Y eso que eres bastante joven. ¡Cuídate!
– Lo haré después de arreglar este entuerto.
– ¿Entuerto? – preguntó con cierta ironía, para seguidamente preguntarme -: Ahora, en caliente, cuéntame: ¿qué cojones pasó?
– Ya te lo he contado mil veces.
– Oye, a mí no me faltes al respeto – apuntó enfadado.
– Pues eso, que ya te lo he contado: que vinieron los malos y lo tuve que tirar.
El camello endureció el rostro y me preguntó:
– ¿Y cómo demuestro que no me estás engañando? A lo mejor has pasado la coca por tu cuenta y, lo que has sacado, lo has gastado en vicios y tus cosas. ¿Ese reloj es bueno? – dijo señalando el peluco que llevaba -. Seguro que lo has comprado con mi pasta.
– Sabes que no. Me conoces de mucho tiempo. Te he dicho que voy a darte el dinero muy pronto – dije suplicando –. Además, este reloj me lo regaló mi madre mucho antes de que nos conociésemos. Otra cosa es que no me lo pongo con mucha frecuencia.
– ¿Aquí no corremos peligro? ¿Pueden venir los maderos? – preguntó intranquilo, cortando la intensidad de la conversación.
– No, por aquí no pasan nunca los maderos. Lo único mis padres, que, al verme, puede que se acerquen. ¡Son demasiados cotillas!
– A mí esos me la pelan.
– Pues eso, dejémoslo estar entonces. No lo demos más vueltas. Te lo cuento: vinieron los malos…
En ese momento un coche pasó muy cerca de donde nos encontrábamos, algo que nos suscitó cierta intranquilidad. En su interior dos hombres de mediana edad empezaron a mirarnos. Por segundos dudamos si podía ser la policía, aunque, al final, lo desechamos. Sus movimientos eran demasiado previsibles para ser maderos. Parecía como si estuviesen huyendo de algo o de alguien. Pronto dedujimos que era una pareja de enamorados que buscaban en la arboleda un sitio donde esconderse.
– Bueno, me dejaste a medias, vinieron los malos, tiraste la coca y: ¿adónde cojones fue?
