Pedro…
en una noche de primavera, con una tormenta de fondo y sin saber por qué, acabamos tumbados en una cama del sótano de su casa. Y lo que hicimos no fue dormir un rato por el cansancio acumulado a lo largo del día, sino follar hasta que el abatimiento y la madrugada nos dejó noqueados.
El malestar que había entre Paula y yo poco a poco se fue comiendo la rutina que, para entonces, guiaba nuestras vidas. No sabía nada de Joselu y menos aún de en qué andaba metido y de cómo había quedado nuestra relación como hermanos. Por esto mismo mi madre lloraba mucho. Pero tenía claro que no iba a dar mi brazo a torcer. No, no me iba a resignar a la voluntad de un tipo que, de cara a los demás, directa o indirectamente, me había perjudicado.
Mi adicción a la droga creció, algo que enturbió más mi relación con mi familia y, como no, con la que entonces era mi novia. Allá para cuando todo mi entorno estaba empezando a desmoronarse, y cuando digo todo me refiero a lo concerniente a las relaciones emocionales y familiares, una tarde de verano, bajo un calor insoportable que atontaba, mi jefe nos reunió después del almuerzo. La situación económica de la empresa era insostenible, la crisis poco a poco se iba comiendo la construcción, por lo que la factoría tenía que tomar, inevitablemente, otro rumbo muy distinto.
Ya a la tarde, después de la jornada, bajo un chamizo construido a base de hojalata y sobras baratas de caña, y entre dos bloques que, en teoría, iban a albergar apartamentos en una localidad cercana a la mía, el capataz de la obra nos reunió a unos pocos. La razón no fue otra que decirnos que “lo sentía mucho, que habíamos sido buenos trabajadores durante el tiempo que habíamos currado para él, pero que, por desgracia, como consecuencia del eminente desplome del mercado inmobiliario, estábamos despedidos». También nos dijo que «para los papeles y demás cosas se nos ofrecía asesoramiento legal. Para todo lo demás, que nos diesen por culo”.
Con el tiempo he de decir que el despido me sentó como un jarro de agua fría, aunque en el momento no lo fingiese y recalcase todo lo contario. Muchos de mis compañeros, con los que día a día compartía funciones o estaban en un rango inferior, no fueron a la calle. Algo que, sinceramente, me molestó mucho. Nunca entendí por qué yo y no ellos, que para más inri hacía menos.
Recuerdo que tras esto hablé con mis padres, con los que tuve una fuerte discusión. Ambos achacaban que el despido estaba motivado por muchas razones, entre otras por mi lamentable estado como consecuencia de mi adición a todas las porquerías habidas y consumidas. Hablé también con mis amigos, quienes, falsamente, me apoyaron deseándome toda la fuerza del mundo. Igualmente me dijeron que me ayudarían en la búsqueda de trabajo, algo que nunca fue así. Y hablé, también, por último, como no, con Paula.
La conversación con la que era mi novia pasó de los lamentos a una auténtica consecución de palabras cargadas de ira, malestar y odio acumulado. Paula me repitió constantemente que estaba empezando a estar harta de nuestra relación y que había pensado varias veces hacer un paréntesis. Y así fue, meses después de aquel numerito, mientras me encontraba perdido transitando por la absurdez del no hacer nada y sobreviviendo gracias a los escasos ahorros que engordaban primero con el paro y después con el subsidio, en un parque cercano a la plaza del pueblo, no sé si bajo la lluvia, pero lo pongo porque queda bien, me dio la fatal noticia de que todo había terminado.
– Necesito un tiempo. Las cosas no están nada bien. Y ya sabes… lo mejor será que nos tomemos un descanso sentimental – sí, tal cual lo clavó, aunque parezca todo cursi o irracional -. Un tiempo, vaya. ¿Sabes?, dicen que el tiempo todo lo cura.
Y el tiempo no sé si lo curó. Lo que tengo claro es que cinco meses después, en mitad de una noche de primavera, con una tormenta de fondo, acabamos tumbados en la cama del sótano de su casa. Y lo que hicimos no fue dormir un rato por el cansancio acumulado, sino follar hasta que el abatimiento y la madrugada nos dejó noqueados.
Hubo tal descontrol aquella noche, que meses después recibimos la sorpresa que en parte cambiaría nuestras vidas. Paula me llamó diciendo que estaba embarazada. La verdad es que había oído algo, pero nunca quise saber más al respecto. A mediados del mes de febrero asistí al nacimiento de mi hijo. Mario, así lo llamamos. Bueno, lo llamó Paula.
