Pedro…
Tras colgar el teléfono lo guardó en su bolsillo y se acercó a donde estaba. Se encontraba muy cabreado. La cara lo decía todo. Pero también la expresión de sus ojos, que relucían, como consecuencia del consumo del cristal, en los primeros albores de la mañana.
Vi pasar a mi madre por la calle justo delante de mis narices. No se percató de mi presencia. Iba con paso ligero, oculta en un viejo y arrugado anorak que la resguardaba del frío de la mañana. Seguro que se dirigía a comprar el pan o algún producto más concreto para la comida. Las horas eran muy determinantes para saber que estaba en lo cierto. Y más en ella, que a media mañana solía agobiarse cuando no tenía las cosas perfiladas como su cabeza cuadriculada marcaba.
El camello, en otro lado del parque muy cerca de donde había aparcado el coche, mantenía una conversación acalorada por el teléfono móvil. Por lo que intuí, regañaba con la que entonces era su novia, a la que había dejado para ocultar cinco gramos de cocaína. Ella se negaba a guardarlos más tiempo. Decía que antes o después su madre los descubriría. Hecho que podría complicar su vida y, aún más, su relación sentimental con el que estaba al otro lado de teléfono.
Y es que la tipa, de un pueblo cercano, se prendió años atrás del camello simplemente porque la coca le salía gratis. Esta maniobra, arriesgada entonces e imprudente ahora, le había costado muchos disgustos y arruinado su reputación en el pueblo como mujer y amiga. Era frecuente encontrarla con no más compañía que su novio en eventos a los que antes acudía rodeada de gente.
Tras colgar el teléfono lo guardó en su bolsillo y se acercó a donde estaba. Se encontraba muy cabreado. La cara lo decía todo. Pero también la expresión de sus ojos, que relucían, como consecuencia del excesivo consumo de cristal, entre los primeros albores de la mañana.
– Estoy hasta la polla de la panda de inútiles que día a día me rodean – dijo mirándome a los ojos -. Quiero la coca o el dinero, y la quiero ya –. Me increpó -. Por cierto, he estado hablando con mi novia y me ha dicho que Miguel anda pasando coca. ¿De dónde cojones la ha sacado ese?
Quedé parado. Él frunció el ceño.
Después, tragando algo de saliva y con cierto cosquilleo en mi estómago, le respondí:
– Se la habrá pillado a los gitanos
– ¿A los gitanos? Esos ya no vienen por aquí
– Pues no sé.
– ¿Miguel sabía algo de que vosotros ibais a mover la coca?
-Puede, Juan Carlos es un poco bocas.
El camello se dio la vuelta. Miró hacia la dirección en la que se encontraba mi casa. Después, elevando el tono de la voz y subiendo los brazos en señal de enfado, exclamó:
– ¡Estoy hasta la polla de este puto pueblo y, sobre todo, de vosotros! No hacéis más que meterme en líos -. A continuación, añadió en un tono más para sus adentros -: Y luego soy gilipollas. Este rollo que traéis conmigo, con los gitanos no sucedería. Ya os hubiesen rajado.
Tras estas palabras metió un puñetazo al aire, sacó de su bolsillo derecho una navaja y, con mucha agresividad mientras le temblaba fuertemente la mandíbula, la puso en mi cuello.
– Mira, cabrón, quiero la pasta de una puta vez. O la coca, me da igual. Es que, si no, te voy a matar. Pero no solo a ti, no. Voy a matar a… ¿cómo se llama la maricona de tu hermano?… este… Joselu. Si voy a matar a la maricona de Joselu.
– Tío, en serio, te he dicho que tendrás la pasta en breve – le respondí muy nervioso. Sintiendo el frio del metal sobre mi piel.
– ¿Cuánto es breve?
En ese momento quitó la navaja de mi cuello. Después se apartó y caminó unos pasos hacia adelante.
– Perdona si me he puesto un poco nervioso. Es que a veces no puedo controlar tanto estrés y lo pago con quien primero pillo.
