Pedro…
De repente Juan Carlos volvió a llamarme al móvil. De primeras hice ademán de no enterarme. No quería hablar con él otra vez delante del camello. Pero tras insistir otro par de veces y después de que el camello se fuese a mear a un seto retirado, le respondí.
Me puse la raya.
Seguidamente mantuvimos un silencio inexplicable de casi veinte minutos. Ni él ni yo pronunciamos palabra alguna. Solo nos miramos mientras urdíamos posibles respuestas que para más inri no encontrábamos. O eso pensaba yo.
De repente Juan Carlos volvió a llamarme al móvil. De primeras hice ademán de no enterarme. No quería hablar con él otra vez delante del camello. Pero tras insistir otro par de veces y después de que el camello se fuese a mear a un seto retirado, le respondí.
– ¿Cómo vas? – preguntó alterado justo después de descolgar. Por la efusividad, tuve claro desde el principio que quería decirme algo.
– Aquí sigue, sin más. No cambia por mucho que intente lo contrario.
– ¿Puedes hablar?
– Sí, está meando. Desde aquí no me oye.
– Al Miguel habría que matarle – apuntó malhumorado -. Ahora sí que tengo claro que la ha encontrado y que la está vendiendo. Me lo acaban de confirmar.
– ¿Quién?
– El Malagueta. De todas formas, le tengo agarrado por los huevos.
– ¿Cómo?
– Con lo que me contó el Álvaro.
– Pero si él tampoco estaba metido en aquella movida de mierda.
– Bueno, pero se le mete.
– No sé.
Respondí pensativo, para, seguidamente, Juan Carlos, con cierta ironía, preguntarme:
– Y tu hermano, ¿qué?
– Te dije que no ha contestado. Por eso te he comentado antes que estábamos jodidos. Lo que tienes que hacer es localizar cuanto antes al Miguel y presionarle. Y más si tan seguro estás que ha sido él.
– ¿Y cómo?
– No lo sé, pero este tío está loco.
– Voy a llamar al Miguel ahora mismo. A ese le corto lo huevos – señaló un tanto hosco.
– Pues venga, ya estás tardando.
– Pero el Miguel es amigo de los gitanos.
– Los gitanos hace mucho que no vienen por aquí.
– Y si vienen, me curten el lomo.
– No seas mierda y llámale de una vez.
– ¿Y por qué no lo haces tú? Es tu amigo – apuntó con cierto recochineo, como queriéndome decir que con mis amigos era un mierda.
– Hazlo tú mejor.
– ¿Qué pasa, que por ser tu amigo no vas a hacer nada? ¡Nos ha robado!
– No es eso.
– ¡Ay!… Inténtalo tú con tu hermano otra vez, anda.
– Lo intento, pero vuela con lo del Miguel. ¿Estás seguro que ha sido él?
– Que sí. Que el Malagueta le odia. Me lo acaba de contar mientras me daba de probar de nuestra coca.
– ¿Y cómo sabes que era nuestra coca? – pregunté mostrando cierta sorpresa.
– ¿Recuerdas la bolsa del Corte Inglés que utilizamos?
– Sí.
– Pues esa misma revestía la droga.
Colgué el teléfono.
El camello se acercó. Me preguntó con quién habla y le dije la verdad.
Seguimos charlando un tiempo. Le hablé de la última opción, la de mi hermano. Me volvió a amenazar de muerte. Le comenté lo del Miguel y lo que nos había contado el Malagueta. Dio un puñetazo al aire. Mientras todo pasaba, me pareció ver de lejos a Joselu observándonos. No lo di mayor importancia, era imposible que fuese él. Todo sería producto del pedo que llevaba.
De repente, sin saber por qué, el camello cambió de parecer, me dio otro ultimátum de un día y se despidió casi sin decirme adiós. Yo me quedé pasmado. Mirando a la nada mientras su silueta se perdía entre los árboles.
Minutos después de aquello, antes de entrar a casa, a la altura del jardín, saqué de mi bolsillo el teléfono móvil y comprobé las llamadas. No tenía ninguna nueva. Me metí en los WhatsApp y, para mi sorpresa, vi un grupo que se llamaba:
– Cena el día 23
Apagué el teléfono y fui hacia la puerta principal de la casa. De lejos, caminando por la calle sin rumbo aparente, muy normal en él, por cierto, vi al Miguel. No me atreví a decirle nada. Aunque sabía perfectamente que tenía la droga, nunca sería capaz de reprochárselo. Era mi amigo…, ya lo había dicho Juan Carlos, me dije. Yo era una mierda de cara a mis amigos…, ya lo había insinuado, también me dije.
Cerré la puerta de la casa por dentro y saludé efusivamente a mis padres, que estaban en la mesa del salón desayunando un café con churros mientras veían las noticias. No me devolvieron el saludo. De camino a mi habitación supuse que mi madre había vuelto de la compra. Una vez en la habitación me metí en la cama sin sueño alguno y sin quitarme la ropa. Con los ojos completamente abiertos y clavados en la inmensidad del techo, lloré por todo lo que me había ocurrido y pensé en qué me había equivocado.
Una hora después de aquello encendí el teléfono móvil y volví a leer el nombre del grupo:
– Cena el día 23.
