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capítulo 69, fuck off amor

Miguel…

Esto llevó al cura a dar unas cuantas vueltas a su sesera y a urdir un plan que consistió en utilizar parte del dinero del cestillo para sufragar los gastos alimenticios hasta que encontrase un trabajo establ

Los días iban pasando al lado de Delgado y del padre Julio. La situación de mi madre cada vez era más jodida y mi padre poco a poco se iba hundiendo más en ese pozo que ya de un tiempo a esa parte le ahogaba.

La comida empezó a escasear en casa. Algo que comenzó a truncar mi salud, a deteriorar mí físico y, como era de esperar, a llamar la atención del padre Julio. Éste, preocupado, pronto me preguntó que qué me pasaba. Y yo, siendo sincero, le dije la verdad. Esto llevó al cura a dar unas cuantas vueltas a su sesera y a urdir un plan que consistió en utilizar parte del dinero del cestillo para sufragar los gastos alimenticios hasta que encontrase un trabajo estable.

Y así hicimos, en parte, claro. Mientras hacía que buscaba un curro por todas las fábricas y negocios del pueblo – tampoco eran muchos -, el padre Julio, cada mañana, me daba un dinero, yo iba a la compra, llenaba la cesta con comestibles varios y la llevaba a casa. Así una vez tras otra. Sin descanso. Recibía, compraba y llevaba. Ponía la mano, agarraba y daba. Pero todo se truncó el día que, completamente abatido – la situación me superaba tanto emocional como físicamente -, me dio por emplear la limosna del cura en otros menesteres. Algunos como la compra de ropa de marca, de chorradas tecnológicas que apenas utilizaba y, como no, de droga. Si, la compra de porros, cocaína y alcohol que utilizaba como ungüento para borrar de mis neuronas la situación de mierda que las pisoteaba.

Como era de esperar, la falta cada vez más significativa de limosna en casa empezó a turbar la tranquilidad momentánea de mi padre, que para entonces gastaba mayoritariamente el dinero de la pensión de mi madre en sus vicios y en menor medida en todo aquello que tenía que ver con enseres o instrumentos que la ayudaban a tener, al menos, una vida más digna.

– ¿Pero el padre Julio no te puede dar algo más de dinero? –, me preguntó un día desconsolado; agarrado a una botella de ginebra mientras las tripas le decían que en su estómago faltaba alimento.  

– Me ha dicho que sabe que te gastas mucho dinero en alcohol. Que no quiere seguir pagándote las borracheras. Que lo hace por tu bien. Yo le entiendo, la verdad. No es nada justo que estemos privando de esa ayuda a muchos otros vecinos que seguro lo necesitan más que nosotros.  

– ¡Pero qué alcohol ni ocho cuartos, joder! ¡Si nos van a cortar hasta la luz! Quizás deba ir a hablar con él. Seguro que no estás gestionando bien esto. Eres joven. El padre Julio te verá como un pobre chaval – exclamó enfadado.

– No vayas a hablar con él porque lo vas a joder todo. ¿No te das cuenta del aspecto de borracho que tienes? ¿Cómo quieres que te diga lo que piensa?

– ¿Borracho?, ¿la cara que tengo es de borracho? Madre mía. Lo que tengo que oír. Estoy así de la pena, hijo, de la pena que tengo por tu madre y, sobre todo, por ti. Sí, por ti. ¡Qué va a ser de tu futuro si no cambias un poco!

– ¡Qué te he dicho que no!, joder, que no vas a ir a hablar con él – espeté gritándole a la cara.

Entonces cerró la boca y se sentó en el sillón. Clavó su mirada en el gotelé de la pared y empezó a susurrar algo que no entendía. Tenía el rostro petrificado. Los ojos vidriosos. Agarraba fuertemente la tela del reposabrazos del sillón. Clavaba los pies con intensidad al suelo, como queriendo hundirlos.    

Después, llorando, pues empezó a llorar, dijo:

– El alcohol es lo único que me permite mirar hacia delante. Llevo mucho tiempo sin trabajar, nadie me quiere porque soy un viejo y, mira tu madre, cada día más muerta que viva. Gracias al alcohol, hijo, puedo respirar un poco. Ver la vida al menos como la veía antes de que toda esta muerta inundara nuestra existencia. O por lo menos la mía. Una sonrisa mirando al vacío, sabes, hijo, provocada por una borrachera, se convierte en una sensación inexplicable que poco se le parece a la que estamos atravesando. No sé si me entiendes. Pero me da igual.     

Me acerqué y, agarrándole del hombro delicadamente, contesté:

– Papá, hazme caso. Ir a hablar con el padre Julio lo único que puede hacer es empeorar las cosas. Dejar de beber no lo vas a hacer, me lo acabas de decir, te hace feliz. Y como no nos dé más dinero, estamos jodidos. Muy jodidos, papá.

– Te comprendo, hijo, te comprendo – dijo agarrándome de la mano con fuerza, mientras una lágrima le corría por la mejilla.

– ¿Cómo sigue mamá? – le pregunté con una voz temblorosa.

– Ha vuelto a vomitar sangre y esta tarde ha empezado a decir tonterías. Creo que está empezando a perder la cabeza. Es normal. Antes o después iba a pasar. Es una fase del tumor. Me lo han dicho los médicos. Luego seguro que dejará de conocer. Y luego, pues eso, dejará de existir.

– Voy a pasar.

– Está dormida, no la molestes.

Le hice caso.

Di un paso atrás y fui a la mesa camilla. Sobre ésta descansaba una pila de documentos contables.

– Bueno, ¿qué pasa, que no tenemos para la luz? Le pregunté mientras fisgaba en alguno de los documentos.

– No sé si vamos a poder pagar todas las facturas este mes.

– ¿Son muchas?

– Unas cuantas… y la cuenta asciende a más de… más de 300 euros.

– Joder, es dinero.

– Mucho.

– ¿Has probado con los servicios sociales?

– Si, ya te lo he dicho. Pero como siempre todos son trámites y todo es muy lento. Pedimos una ayuda que seguro llegará cuando tu madre no esté.  

– Volveré a hablar con el padre Julio.

– Gracias, hijo.

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