Miguel…
Fui a la habitación de mis padres. El cuerpo de mi madre – o lo que en teoría era su cuerpo: la extrema delgadez y la inmovilidad lo habían deformado -, estaba en el suelo. Mi padre intentaba levantarlo sin mucho éxito
– El mando a distancia no funciona, así que, si quieres apagar la televisión, tienes que ir tú mismo a dar al interruptor – comenté a Delgado tras verle fisgar el cacharro sin un resultado aparente.
– No, no me levanto, mejor con la televisión de fondo. Así se ambienta el salón – respondió.
– Creo que sé quién se lo ha podido contar a Juan Carlos – interrumpí.
– ¿Quién? – preguntó sorprendido.
– Álvaro.
– ¡Pero si no está ni en España!
– Ya lo sé. Pero su madre limpia la iglesia y, hace poco, en uno de sus viajes, me comentó algo.
– Algo, ¿cómo qué?
– Pues imagínate – respondí simulando un acto sexual.
– ¿Y tú que le contaste?
– Pues imagínate.
– No me imagino, Miguel. ¿Qué le contaste, joder? Dime ¿qué cojones le contaste?
En ese momento mi madre metió un grito que retumbó en toda la casa. Delgado miró aterrado a la puerta. Yo me quedé petrificado.
– Ahora vengo, es mi madre – exclamé intranquilo.
– ¿Necesitas ayuda? – preguntó con la boca pequeña.
– No, no, tranquilo. Quédate aquí. Seguro que no tardo. Esto es muy frecuente.
Fui a la habitación de mis padres. El cuerpo de mi madre – o lo que en teoría era su cuerpo: la extrema delgadez y la inmovilidad lo habían deformado -, estaba en el suelo. Mi padre intentaba levantarlo sin mucho éxito.
– ¿Qué ha pasado? – pregunté despavorido. Estaba nervioso. No sabía qué hacer. Solo veía a mi madre como un cadáver, sin articular palabra, con la mirada clavada en el techo, completamente abatida, casi como un resto orgánico que olvidado aguanta en una acera a que alguien lo quite del medio.
– Se ha caído de la cama. Estaba en la cocina y escuché un golpe. Cuando llegué, estaba ahí, tirada. ¿Tú no has escuchado nada?
– Pues no. Solo un grito muy fuerte.
– Lo dio después. Se tuvo que ver mal. Pobrecilla, todavía, a veces, tiene conciencia.
Caminé hacia donde estaban los restos de mis progenitores. Con delicadeza, aparté a mi padre del medio, agarré a mi madre del costado y la subí a la cama de un tirón. El hecho de no aplicar fuerza me demostró la penosa situación de mi padre. Era más que obvio que el contexto también le había deteriorado físicamente.
Después, con minuciosidad, comprobamos cada parte del cuerpo para cercearnos de si había alguna lesión. No fue así, por lo que la arropamos. Para relajarla, volvimos a medicarla con más morfina.
Mi padre se quedó a su lado. Tenía los ojos llorosos y acariciaba con delicadeza su mano derecha, que además de fría languidecía por la agresión constante que le provocaban los pinchazos.
– ¿Qué estáis hablando el currilla y tú? – me preguntó con cierto recelo.
– No te interesa – respondí cortante -. Creo que me marcho. Si necesitas algo más, me dices.
– Vale, hijo.
– ¿Cierro la puerta? – pregunté justo cuando estaba haciendo dicha operación.
– No, déjala abierta. No vaya a ser que necesite otra vez de tu ayuda.
Volví al salón.
Delgado estaba de pie mirando por la ventana. Parecía tener los ojos clavados en algún punto de la calle que no ubiqué. Al escucharme llegar, giró la cabeza y frunció el ceño. Después, agarrándose el mentón, me preguntó con cierta inquietud:
– ¿Qué ha pasado?
– Se ha caído de la cama – respondí desganado, como queriendo no dar más explicaciones – Solo eso.
– ¿Está bien? – insistió.
– Bueno, bien, cómo quieras llamarlo – respondí con tristeza. La imagen de mi madre, tirada en el suelo, volvió a mi cabeza. El cuerpo abatido de la persona que un día me trajo al mundo recorrió mis pensamientos, retrayéndome a un estado de podredumbre emocional que pronto se tradujo en una lágrima. – ¿Qué mirabas por la ventana? – le pregunté para cambiar de conversación.
– Nada, la verdad. Bueno, un gato. Un gato que jugaba con otro gato. Bueno, un gato que estaba queriendo penetrar a otro gato. Pero el otro gato no se dejaba y la verdad es que era todo un espectáculo. Pero bueno, una gilipollez. La verdad.
– Parecías entretenido.
– Soy fácil de entretener.
Sonreí. Después fui directo al sillón y me senté. Fijé la mirada en el televisor. El bloque de noticias seguía repitiéndose una vez tras otra, dando la misma información sin un sentido lógico. O eso me pareció en ese momento.
– ¿Qué fue lo que vio la madre de Álvaro? ¿Y qué fue lo que tú le contaste? – preguntó Delgado cambiando de conversación.
Me quedé recordando unos segundos. Pensaba que Álvaro no diría nada, la verdad, pero lo dijo. Sí, lo dijo porque también lo sabía todo. Sabía lo mismo que el padre Julio y que Delgado. Vaya, la madre los había pillado con las manos en la masa. Y yo, claro, se lo había ratificado pensando que el muy cabrón sería una tumba.
Tras unos segundos me acerqué a la ventana, agarré a Delgado por el hombro hasta casi hacerle daño y le dije:
– Álvaro lo sabía todo. Todo, todo. Con pelos y señales. Tanto como yo y espero que no tanto como tú.
La cara de Delgado cambió de color, pasando del blanco nuclear que la dominaba a un rojo plomizo muy singular.
– No me estás diciendo la verdad, cabrón – exclamó santiguándose tras decir el taco.
– Si te la estoy diciendo.
– Entonces estamos jodidos, muy jodidos.
