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Capitulo 72. fuck off, amor

Miguel…

stas palabras se escucharon unos pasos en el pasillo. Acto seguido, la puerta del salón empezó a abrirse y, tras ésta, apareció el cuerpo casi inerte de mi padre.

– ¿Y por qué no devuelves la coca a Juan Carlos y a Pedro? – preguntó Delgado mirándome a los ojos, intentando persuadirme de un acto que por mi parte veía imposible.  

– Porque he pasado mucha coca. No lo voy a negar. He conseguido vender una gran cantidad en muy poco tiempo. No por el pueblo, claro – respondí con una media sonrisa, intentando hacerle ver que su propuesta no era realizable.  

– Entonces devuelve la coca y la pasta que corresponde a la parte que has vendido. No creo que la hayas gastado – volvió a decirme insistente.

– Métete en tus cosas, Delgado.

– Tú no sabes la que se puede liar – apuntilló frunciendo el ceño.

– ¿No sé qué se puede liar?

– Pues si Juan Carlos casca lo mío con el padre Julio, seguro que pronto sale que te pagaba para que tú no dijeses nada.   

– ¿Y eso es un problema?

– Sí.

– ¿Cuál?

Delgado se quedó en silencio.

– Mira, Delgado. Todo dios en este pueblo sabe la situación que tengo. Todo el mundo sabe que mi madre se muere y que mi padre es un auténtico desgraciado. ¿No crees que es suficiente para que yo acepté ese dinero? Los únicos que tenéis el lio sois el cura y tú. El cura por hijo de puta y tú por maricón.   

Delgado se levantó del sillón. Empezó a caminar de un lado a otro del salón. Mientras tanto, yo le miraba. Temía que antes o después llamase la atención de mi padre.

De repente, elevando el tono de la voz, exclamó:

– ¡Eres una mala persona, solo miras por ti y tus circunstancias!  

– ¡Cállate, joder!, mi padre – grite.

Tras estas palabras se escucharon unos pasos en el pasillo. Acto seguido, la puerta del salón empezó a abrirse y, tras ésta, apareció el cuerpo casi inerte de mi padre.

Con voz trémula, preguntó:  

– ¿Qué cojones pasa?

-Nada. Y márchate con mamá – respondí.

Durante unos segundos se quedó en silencio. Después, agachó la cabeza, resopló un par de veces y volvió a preguntarme:

– ¿Seguro que no? Parece que regañáis.

Me quedé en silencio. Con la mirada le marqué el camino de vuelta. Tras terminar el gesto, mi padre agarró el pómulo, retorció el morro, volvió a coger aire y se marchó no sin antes cerrar la puerta por fuera.

Cuando Delgado comprobó que no estaba cerca, con un tono menos intenso, me dijo:   

– Devuelve la coca, joder. Tú no sabes qué lío se puede formar. Aunque sea piensa en mí.

– ¿Por qué insistes? No lo voy a hacer. Ya te lo he dicho una y mil veces. Además, Delgado, por qué tengo que pensar en ti. Ni si quiera somos amigos.

Tras mis palabras, Delgado se sentó en el suelo, colocando la cabeza sobre las rodillas. Inmediatamente empezó a llorar. Retiré la mirada de su cuerpo. No quería ablandarme.

– Maldito Álvaro. Maldito hijo de puta. ¡Cómo lo ha ido contando! ¡No podía haberse callado! – repetía una vez tras otra entre sollozos, golpeándose la cabeza con las rodillas –. Como se enteren mis padres me matan, joder. ¡Ay como se enteren mis padres!

– No haberlo hecho. Era más que probable que esto saliese a la luz antes o después.   

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