Joan era un tipo pasional, reivindicativo, inteligente en todos los sentidos. Estaba cultivado tanto física como intelectualmente. Tenía un dominio pleno de las habilidades sociales.
No puedo decir que mi relación con Joan fuese una más de las que había tenido. Tengo claro que le quería mucho. Pero ese amor era más interesado que sentimental. Para nada podía decir que lo que sentía tuviese que ver con todo eso que dice que se siente cuando el corazón palpita a mil por hora.
Joan era un tipo pasional, reivindicativo, inteligente en todos los sentidos. Estaba cultivado tanto física como intelectualmente. Tenía un dominio pleno de las habilidades sociales y su don de gentes cautivaba a todo aquel que se cruzaba en su camino. Se puede decir que de cara a la galería era un hombre perfecto como pocos quedan hoy en día. Era, el mito que toda mujer busca cuando lo que quiere es asentar su vida de una manera idílica.
Claro que todo esto de cara a la galería. Porque cuando le empezabas a conocer un poco por dentro, esa percepción cambiaba mucho. Y esto no quiere decir que Joan fuese una mala persona. Ni mucho menos que tuviese mal carácter o algo similar. Joan era más bien lo que todos conocemos como un desastre. Sí, un individuo que entiende que la organización de la vida pasa por hacer todo lo contrario a lo entendido como normal en el argot cotidiano. Y es que Joan vivía en el caos más absoluto. Caos que necesitaba para crecer y comportarse como persona. Caos que le alimentaba de la misma forma que le envenenaba.
Mi relación con Joan comenzó como cualquier otra. Recuerdo con mucho detalle la noche en que le conocí. Como se acercó a donde estaba mientras tomaba una copa en una mesa apartada del bar más grande del pueblo. Como me miró unas cuantas veces con una sonrisa pícara, y como, sin ningún tipo de escrúpulos – muy común en él -, me dijo:
– Dicen que tú eres la puta del pueblo solo porque no reprimes tus ansias follar. Joder, que concepto más arcaico se tiene aquí del sexo. Vaya forma tan absurda de pensar.
Recuerdo como la gente que nos rodeaba, sorprendida, se apartó. Seguro que esperando una mala contestación por mi parte que desembocase en una más que posible bronca. Pero para su sorpresa, no fue así. Y no lo fue porque aquella frase fue las más sincera que un hombre me había dicho desde que tenía conciencia.
-Sí, eso me dicen. Las cosas de los pueblos. Ya sabes cómo es la gente. No ves cómo miran esperando una respuesta que no va a llegar.
Tras estas palabras Joan y yo comenzamos una conversación muy interesante sobre el sexo, la mujer y el entorno rural. Tengo que reconocer que el tipo, a primera vista y con esa capacidad para manejar datos, impresionaba cuando no enamoraba. También hablamos de la legalización de la prostitución y todos los males que esto podría provocar solo por el hecho de asumirla como un simple producto más del capitalismo.
Bien entrada la noche, decidimos dar un paseo por el campo para bajar un poco el alcohol que llenaba nuestras venas. Hacía bastante frío y la escarcha cubría la mayor parte del lugar. La luna iluminaba el espacio. El silencio era sepulcral. En el trayecto me habló un poco de su vida. Me dijo que era de un pueblo de al lado. También me comentó que la mayor parte del año vivía en Madrid con su padre; que su madre había fallecido; que tenía un hermano militar que odiaba; y una tía coja que se había encargado de cuidar a su familia cuando su madre decidió dejar el mundo tras ser atropellada.
A última hora terminamos en mi casa follando hasta el amanecer. Dormimos poco y, a media mañana y tras otro polvo, llamó a su amigo Álvaro para volver a casa. Nos despedimos con un beso. Como si de una pareja se tratase.
