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capitulo 82. fuck off, amor

Amparo…

Estaba completamente borracha, viendo como cinco tíos se ponían hasta el culo de cocaína, mientras uno de ellos me animaba a subirme con él a la planta de arriba de la casa.

La separación de Joan se alargó a lo largo de los meses. Él se volvió a Madrid y yo me quedé sola en la casa de campo. Intenté rehacer mi vida sin su presencia, sin su olor, sin sus palabras. Follé con otros hombres para olvidarle. Pero poco a poco me di cuenta de que le necesitaba. Y no era una necesidad emocional, anclada en el amor puramente dicho. Era una necesidad más cercana a tapar algo que se llamaba soledad. Sí, soledad. Una maldita palabra que se apoderó de mí hasta ser una parte más de mi día a día.  

Una noche de invierno, Raúl, un amigo suyo, se acercó a la mesa donde estaba. Me vio bastante borracha en una esquina del bar del pueblo. Me preguntó que qué me pasaba y que si había vuelto a saber de Joan. Le dije que no. Que desde su marcha lo más que sabía es que estaba en Madrid. También le reconocí que en el fondo le echaba de menos. Aunque le dije que sabía vivir sola y que no le necesitaba. Su amigo me comentó que Joan estaba en una situación similar a la mía y me aniñó a llamarle.

No tengo muy claro cómo siguió la conversación. Solo recuerdo que acabé en una casa de campo de un pueblo de al lado. Estaba completamente borracha, viendo como cinco tíos se ponían hasta el culo de cocaína, mientras uno de ellos me animaba a subirme con él a la planta de arriba de la casa. Lo que sí tengo claro es que no pasó nada. Y lo tengo claro porque el colega de Joan, cuando vio que aquello se iba de las manos – o eso me hizo creer -, me montó en su coche y, por un camino que no recuerdo, me llevó a casa.

Aquella mañana amanecí tirada en el sillón del salón completamente cubierta de vómito. Tenía varias contusiones por el cuerpo. Por lo que deduje que me había caído intentando entrar. En el móvil tenía un mensaje del amigo de Joan. Me contaba que me había dejado “en la puerta principal de mi casa tras ponerse feo lo de la casa” y me animaba nuevamente a “hablar con Joan”. Le respondí gracias. Y le pedí que borrase mi número de teléfono. No sé por qué hice esto último, pero lo hice.  

Días después de aquel episodio empecé a trabajar como cajera en el supermercado del pueblo – concurrí a una oferta a la que se presentaron varias candidatas, entre ellas una prima por parte materna que tenía tres hijos y un marido que se negaba a pegar un palo al agua -. No me quedaba casi dinero y lo que ahorré de José Ramón era insuficiente para pagar el alquiler de la casa, la comida y los vicios. Tengo que reconocer que estuve contemplando la posibilidad de empezar a cobrar por el sexo, aunque pronto me di cuenta de que ese camino no era el que más me convenía en ese momento de dolor.  

Recuerdo cómo bajaba andando todos los días al trabajo, algo que me obligaba a levantarme casi dos horas antes. También recuerdo cómo, en la tienda, me encontraba con mi madre, con quien no cruzaba palabra. Tengo muy nítida la imagen de ésta marchitándose. Parecía como si estuviese sufriendo una enfermedad degenerativa. Aunque también es cierto que, cuando conocía de las calamidades que estaba pasando por culpa del inútil de mi padre – a quien veía también en el supermercado comprando cerveza -, todo encajaba.                

Uno de esos días en el supermercado, mientras colocaba unos productos de limpieza, apareció el amigo de Joan, Raúl. Iba con la que supuse que era su madre. Vestía una chaqueta unas tallas más grande, que le hacía parecer mucho más gordo de lo que en realidad era. Tras pagar, Raúl me pidió que nos apartásemos un poco para charlar. Pedí autorización al jefe y nos fuimos a la calle, justo al lado de la puerta principal.  Allí estuvimos hablando un rato y me volvió a animar para que llamase a Joan. También me invitó a salir otro día con él. Pero justo cuando debatíamos dónde quedar y yo le daba el teléfono móvil para hacerlo – que aparentemente había borrado –, su supuesta madre empezó a ponerse borde y Raúl tuvo que irse a carreras. No concretamos nada. Algo que tampoco hicimos por el móvil.

– Llama a Joan ya – me dijo mientras se perdía por la calle bajo la intensa y cabreada mirada de su madre. 

Y así fue como, sin pensarlo mucho, levanté el teléfono y le llamé. Quedamos para hablar en el pueblo y lo hicimos a la vez que paseamos bajo un sol invernal que poco a poco iba calentando nuestro cuerpo. En esa conversación salieron los asuntos más tristes y las realidades más ocultas que ambos habíamos tapado. El punto final de la conversación, cómo no, se centró en la figura de Álvaro.

– Estoy cansado de que siempre digas tonterías de Álvaro que no logro comprender y que en parte me hacen plantearme preguntas que pasan de lo racional – me recriminó casi a voces, moviendo los brazos de forma agresiva. Llevaba una chaqueta de color rojo que le regalé, la cual le convinaba a la perfección con el rubio de su pelo y afinaba su perfecta cara afilada. 

– No te entiendo, le respondí – mientras cubría mi cuerpo del frío con los brazos. Las temperaturas no superaban los cinco grados.

– Pues eso, que parece que tienes celos de Álvaro. Como si Álvaro quisiese algo más que una amistad de mí.  

– Pues en parte sí – respondí tajante. Justo después de haberle agarrado del brazo.  

– Ah, sí. Con que estamos en esas. ¿De verdad crees que mi amigo quiere conmigo? Tú te drogas, tía.

– Sí, sí lo creo.

– ¿Y por qué? ¿No estarás insinuado que Álvaro es homosexual? – preguntó de una forma muy agresiva.

– No, yo no creo que Álvaro sea homosexual. Lo único que creo es que Álvaro está enamorado de ti.

Joan se echó a un lado. Endureció el rostro y abrió los ojos con fuerza. 

Después, casi chillando, me preguntó:

– ¿Qué cojones estás diciendo?

– Lo que oyes. Si no, analiza todo. Piensa de verdad. Tan listo que te crees. Utiliza la cabeza de una puta vez, joder. 

– Cada día lo flipo contigo más, Amparo.

– Además, creo que hasta tu amigo Raúl piensa lo mismo – le mentí.   

– ¿Raúl piensa eso?

– Sí.

– ¿Eso es lo que te ha dicho esa mierda?

– No le insultes.

– Que no le insulte. Lo que voy a hacer es llamarle.

Joan cogió el teléfono móvil.

– Para – le dije quitándoselo de la mano -. Me lo he invitado todo.

– ¿El qué?

– Lo de Raúl, lo otro lo creo.

– Eres una hija de puta.

Tras estas palabras Joan se fue. Yo me quedé sola sentada en un banco. Mirando a la nada. Pensando en la mierda de vida que llevaba.

Dos días después de aquello volvimos a vernos, aunque de una forma más fría. Una forma de entender la relación que se convirtió, de un tiempo a esa parte, en la única forma de entender la relación. Y es que, nosotros, Joan y yo, volvimos a lo que éramos antes, pero con menos cariño. Aprendimos a entendernos y a utilizarnos como antídoto para la soledad. Dedujimos que el uno más uno era más productivo que el dos.

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