Amparo…
No tenía claro quién podría ser. Para mi sorpresa, vi la silueta plana y apagada de Delegado. Agarraba un vaso de agua vacío con la mano derecha. Con la otra se rascaba los huevos.
Se lo tenía que contar. Era absurdo seguir ocultando a mi padre un asunto que con el tiempo conocería todo el pueblo. Es cierto que no era nada del otro mundo comparado con lo que le había sucedido de un tiempo a esa parte, pero saber de verdad cómo estaba actuando su hijo, le haría entender muchas cosas de su situación real. Sobre todo, cosas relacionadas con la limosna que le daba el cura.
Justo cuando iba a responder a su pregunta, escuché un grito seco. Era de mi madre. Mi padre se quedó parado. Me miró fijamente a los ojos. Seguidamente dio un paso atrás y dijo:
– Mamá.
Salió corriendo. Por segundos no supe qué hacer. No tenía claro si acompañarle o mejor seguir en la cocina. Pero pronto me di cuenta que no debía hacerlo.
Estaba nerviosa. Caminaba de un lado a otro de la cocina. Miraba por el filo de la puerta para ver si podía enterarme de algo. Afinaba el odio todo lo que me dejaba el ruido del entorno. Pero nada. Lo que estuviese sucediendo en aquella habitación se estaba quedando en aquella habitación. Si aquel grito había sido el final de una vida, lo sabría cuando mi padre se díganse a contármelo.
Entonces, para relajarme, me puse a mirar un viejo cuadro en el que figuraban dibujos de hortalizas y productos de la huerta. Recuerdo que lo compré con mi madre cuando apenas tenía cuatro años. Un gitano de un mercadillo se lo vendió por cuatro duros.
En ese momento se abrió la puerta de la cocina. Di un paso atrás. Me tensé. No tenía claro quién podría ser. Para mi sorpresa, vi la silueta plana y apagada de Delegado. Agarraba un vaso de agua vacío con la mano derecha. Con la otra se rascaba los huevos.
– ¿Qué haces aquí? – preguntó sorprendido.
– ¿Y tú? – pregunté con ironía.
– Vengo a por un vaso de agua.
– ¡No digas a mi hermano que estoy aquí!
Delgado endureció el rostro y empezó a andar.
– ¿Dónde vas?
– A por agua.
– Camina – dije con un tono grosero.
Delgado caminó hacia la pila. Cuando llegó, apartó unos cuantos cacharros. Después llenó el vaso de agua. Lo dio un trago y lo volvió a llenar. Tras esto se dio la vuelta y se marchó. Justo cuando estaba llegando a la puerta, le dije:
– No digas nada a mi hermano de que estoy aquí.
– Descuida.
Delgado dejó la sala.
Minutos después le escuché hablando con mi hermano.
Salí al patio y me encendí un cigarrillo. Por unos instantes me puse a pensar en lo absurdo del momento. Justo cuando estaba dando la última calada, y por mi cabeza resonaba el grito casi mortal de mi madre, apareció mi padre. Tenía la cara descompuesta.
– ¿Qué pasa entre esos dos?
Me di la vuelta. Fruncí el ceño.
– ¿Qué tal está mamá? – pregunté con un tono borde.
– Bien. Vaya, como siempre. Si a eso se le puede llamar bien.
– ¿Qué le ha sucedido?
– Una crisis. Muy frecuentes últimamente. La situación es muy grave. Ya te lo he dicho.
– Pobrecilla.
– Sí, la verdad es que sí. Pero de poco nos sirve lamentarnos. Hay que ser positivos.
– ¿No prefieres estar un rato más con ella? A lo mejor te necesita. Yo puedo volver otro día.
– No, no puedo hacer nada más por ella. Ahora necesita descansar todo lo que pueda.
– Pues nada, entonces.
– ¿Qué pasa entre esos dos? – preguntó cortante, cambiando de conversación -. Entre Delgado y mi hijo, digo. La verdad es que me intriga.
Me quedé reparada. Después, con total naturalidad, respondí:
– Miguel chantajeaba al cura.
– ¿Al padre Julio?
– Sí.
– ¿Con qué?
– Pilló a Delgado follando con el cura. Al parecer llevaban años manteniendo relaciones sexuales. Les pilló ahí, dándole que te pego.
– Madre mía. ¿Y tú como lo sabes?
Cogí aire. Aparté la mirada del rostro de mi padre. Después le dije.
– Me lo contó Miguel.
– ¿Hablabas con Miguel? – me preguntó sorprendido; poco antes de coger una silla y sentarse. Una silla, ya desconchada y casi oxidada, en la que, en otro tiempo, mi madre solía pasar las tardes cosiendo trapos o leyendo novela rosa.
– No, no hablo con Miguel – le respondí a la vez que caminaba hacia su posición.
– ¿Entonces?
– Me escribe cartas.
– ¿Pero si no sabe casi escribir? A diferencia de ti, la escuela no fue su fuerte.
– No le subestimes.
– ¿Y con qué le chantajeó?
