Joan…
Yo la estaba respondiendo que no podía, porque, entre otras cosas, tenía algún que otro asunto familiar que resolver.
Volvimos al pueblo por la carretera nacional. Preferimos no ir por la autopista luego del aviso de prolongados atascos en diferentes cadenas de radio. Mi padre conducía mientras charlaba acaloradamente con mi hermano. Yo hacía lo mismo, a través del móvil, con Amparo. Habíamos estado mucho tiempo sin hablar y, tras nuestro reencuentro, cada charla se convertía en un intenso debate que, la mayor parte de las veces, terminaba en conflicto – y terminaba a pesar de tener a Álvaro a miles de kilómetros estudiando en el extranjero -. En ese concreto me estaba pidiendo que fuese cuanto antes al pueblo. Que quería pasar más tiempo conmigo y hablar de todo lo que teníamos pendiente. Yo la estaba respondiendo que no podía, porque, entre otras cosas, tenía algún que otro asunto familiar que resolver.
Cuando llegamos a la ciudad y después de deshacer la maleta, quedé con Julián. Tenía intención de contarle que la policía lo estaba espiando. Nos vimos cerca de Casa Campo, en un terreno acotado que hacía las veces de aparcamiento. Entre porros y algún que otro trago a un litro de cerveza que había pillado, intenté ser lo más claro posible. Pero, según pasaba el tiempo y se iba extendiendo la conversación, me era más complicado – tenía claro que decirle todo lo de mi tío y el seguimiento que le estaba haciendo la policía podía provocar dos reacciones a cuál más enrevesadas: una, en que agradeciese mi gesto y entendiese que el acto de decirle la verdad era una prueba más de mi amistad hacia su persona y mi confianza hacia el grupo; y otra, en que se lo tomase muy mal y me apartase de su vida igual que lo hiciese el resto del grupo -.
Tengo que decir que durante el tiempo que estuve charlando con Julián me notó raro. No solo lo escenificó con una actitud bastante raída a la hora de articular la conversación en torno a ciertos temas, sino también a través de varias preguntas que hicieron que me despistase un poco y me hiciesen dudar de hasta mí mismo.
Pasadas dos horas, en las que tampoco dijimos nada más allá de banalidades mal trazadas, fuimos a pasar un poco de yerba que le había pedido un tipo de un barrio del norte de la ciudad. A mí me dio miedo y más tras las palabras de mi tío y toda la historia de la policía. De camino, en el Metro, no hizo más que contarme lo feliz que estaba al ver cómo la gente, por primera vez en mucho tiempo, se despertaba de un letargo democrático que no se había producido, según subrayaba, desde la Segunda República. También me preguntó si la actitud que había mantenido a lo largo de la tarde estaba motivada, en parte, por mi relación con Amparo. No le respondí nada. Lo único que hice fue darle todas las largas que puede para que la charla no terminase en un tema del que aborrecía hablar.
Eran las diez de la noche cuando me despedí de Julián en un andén de la estación de Atocha y decidí regresar a casa en un tren que venía cargado de gente – antes habíamos tomado una cerveza con el tipo al que pasamos la droga. También habíamos andados por varias calles de la zona para comprobar que un coche de la policía municipal no nos estaba siguiendo -. En mi casa, mi padre y mi hermano seguían charlando. Hablaban de mi tío y de cómo se lo había montado a lo largo de su vida para conseguir todo lo que tenía. Decían que había sido muy inteligente y que había sabido estar en cada uno de los grandes momentos que le había regalado la vida. Momentos que, según repetían, la “puta vida” nos da después de buscarlos con intensidad, pero no todos los aprovechamos de igual forma.
Con cierto descaro me acerqué y pregunté a mi padre:
– ¿Por qué pediste al tío que me sacase de la mierda? Y te aclaro: entre otras cosas, yo no estoy en ninguna mierda y menos aún pertenezco a una mierda.
Los dos se quedaron reparados.
– ¿Qué dices, Joan? ¿A qué te refieres con la mierda? – preguntó mi padre arqueando las cejas.
– Digo lo que me han contado. Que tú, papá, pediste personalmente al tío que me sacase de la mierda.
– ¿Quién te ha dicho eso? – importunó malhumorado.
– Fernando, el capataz de la finca.
– Pues miente – respondió mi hermano. Después se levantó del sillón y se acercó a la ventana. La abrió y se encendió un cigarrillo. Mientras, mi padre, se recompuso a la vez que se tensionó de tal forma que parecía prevenirse para lo que pudiese pasar a lo largo de la conversación.
– ¿Qué tipo de favor le has hecho al tío para que me saque de esa supuesta mierda? – elevé la voz al preguntar esto último -. ¡Venga, dímelo! ¡No lo ocultes más! Ten cojones y dime lo que está pasando.
Entonces, mi padre dio un salto del sillón y se acercó a donde estaba. Cogiéndome con fuerza del hombro izquierdo, me preguntó con mucho decoro:
– ¿Puedes venir al sillón?
– No quiero que me cuentes más rollos, papá ¡Quiero saber de una puta vez qué cojones está pasando aquí! – respondí elevando aún más el tono de la voz a la vez que golpeaba el marco de la puerta con la palma de la mano derecha.
– ¡Joan, quieres tranquilizarte! – vociferó mi hermano con un tono bastante enfadado. Acaba de tirar el cigarro por la ventana y estaba preparado, en una posición de auténtica defensa, por si aquello pasaba a las manos.
– Eso, Joan. Tranquilízate. De esta forma no vas a conseguir nada si es que tienes algo que conseguir.
Le hice caso y me acerqué al sillón.
Me senté.
Él hizo lo mismo.
– ¿Por qué dudas constantemente de tu padre y tu tío? Dos personas que te quieren – dijo mi padre de forma pausada. Como quiriendo tranqulizarme con aquellas palabras.
– Te tengo que responder – espeté con cierta sorna.
– Joan – continuó mi padre mientras me agarraba de la mano con delicadeza -, ayuda a la familia de una vez. Deja la mierda esa en la que estás metido, madura y ves a trabajar a la finca. Es un empleo estable. Con futuro. Un empleo que te hará ser un hombre – espetó justo después de apretarme la mano con más fuerza -. Y no te hagas tantas preguntas como habitúas. Lo único que conseguirás es torturarte. Como bien sabes, la vida, a veces, no tiene respuestas. Tuvimos un ejemplo muy bueno de esto mismo con la muerte de mamá.
– ¿No me vas a contar nada de la mierda que os traéis el tío y tú? – aparté mi mano de la suya -. ¿Vas a seguir tratándome como aquel chaval que hace mucho tiempo dejó de serlo?
– Es que no hay nada. Te lo he dicho.
Di un salto del sillón y me marché de casa no sin antes dar un portazo. Con los euros que tenía en el bolsillo, compré un par de litros de cerveza en el chino del barrio, que, por suerte, todavía estaba abierto. Me quedé en un banco del parque más cercano sentado y mirando a la nada. Mientras bebía, tuve la tentación de llamar a Amparo para contarle mis problemas familiares. Pero pronto me di cuenta que de hacerlo cometería un error garrafal. Ella no debería saber nada y más cuando en lo único que pensaba era en perderla de vista.
Ya cerca de las dos de la madrugada volví a casa. Mi hermano se había marchado. Mi padre estaba tumbado en el sillón viendo el baloncesto. No le dije nada. Él ni me miró. Me fui directo a la cama. Aquella noche dormí mal. Muy mal. Igual que lo hice el resto de noches durante un tiempo. Un tiempo en que mi relación con Amparo iba y venía y se llenaba de celos absurdos, en que no acabé de tomar una decisión clara sobre de si ir o no a la finca. Un tiempo en que seguí militando como puede y en que me enteré de lo del cáncer de la madre de Amparo.
Recuerdo la conversación que tuvimos en relación a este tema. En ella, la que supuestamente era mi novia, me contó lo que siente una persona cuando no se habla con alguien a quien realmente quiere y que, a la vez, se está muriendo por culpa de una puta enfermedad que la está comiendo a bocados por dentro
– Tienes que ceder, Amparo. El orgullo no puede privarte de despedirte dignamente de tu madre. Yo, como sabes, la perdí de una forma macabra. Y a día de hoy, te lo juro por lo que más quiero, haría todo lo que estuviese en mis manos para pasar una hora a su lado. Solo una hora, te lo juro. No pido más. Y no lo pido porque es tiempo suficiente para decirla adiós. Pero también, para acariciarla, para saborear su olor, para cruzar una última sonrisa.
– Ya, pero no es fácil. Sabes la situación que nos separa y el tiempo que lleva separándonos.
– Hazme caso, Amparo. Aunque no os habléis, tu madre siempre será tu madre. Su pasado siempre será su pasado. La persona que te trajo al mundo y un día te hizo feliz, siempre será la persona que te trajo al mundo y un día te hizo feliz.
Amparo me besó y acabamos follando hasta bien entrada la noche. Lo hicimos sobre la mesa del salón de la casa. Gracias a la postura que adoptamos, puede comprobar que estaba más delgada. Por lo que deduje que la situación de su madre, unido a su situación precaria que cada vez la estaba atrapando más, le estaba pasando factura.
Al día siguiente me desperté temprano y me fui directo a Madrid. De camino, en el autobús de primera hora, con mucha delicadeza y cierto atino, escribí un mensaje a Amparo. Le dije que me marchaba; que ya nos veríamos más adelante cuando volviese al pueblo; que tenía que hacer algunas cosas en la ciudad que no podían esperar. También le pedí, como mejor supe y pude lingüísticamente, que se despidiese de su madre con la cabeza bien alta antes de que la naturaleza lo hiciese por ella.
