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La última cena. Fuck off, amor 8

Rubén…

Cuando hubo terminado todo esto, encendió la vieja cadena e introdujo un CD con canciones varias de diferentes épocas.

Después de follar, la pareja se vistió y empezó a calentar la comida. Primero calentó la panceta, después los chirizos y así el resto de alimentos que habían comprado. Diana puso dos copas de vino y cortó el pan con cuidado, pan que colocó en una cesta de mimbre. Seguidamente fue a la nevera, sacó el queso y una ensalada y la llevó a la mesa. Hizo la misma operación que con el pan, aunque el queso lo colocó en un plato de barro que en otro tiempo había pertenecido a la abuela de Rubén.

Cuando hubo terminado todo esto, encendió la vieja cadena e introdujo un CD con canciones varias de diferentes épocas. Lo había grabado un primo de Rubén. En tinta y con esmero, había escrito el nombre de todas ellas en la parte de atrás de la caja que lo contenía. Las más llamativas, las de los sesenta. Y la más especial, The sound of silence, de Simon And Garfunkerl, la cual escuchó la pareja mientras Diana, con su perfecto inglés, la reproducía entre susurros. 

Cuando estuvo la cena lista, y luego colocar los palos de la chimenea para que siguiese dando calor, empezaron a comer. Entre risas, Rubén recordó a Diana algunas anécdotas con cada uno de los invitados a la cena. Le narró las aventuras con Esteban, con Rodrigo y Pedro en la escuela y después de las clases en el campo. Le contó alguna que otra borrachera, más bien pocas, con Joselu. Los partidos intensos con Miguel y las conversaciones profundas con Amparo y su chico, Joan, con quien no compartía ideología, pero que consideraba alguien muy superior intelectualmente.  

Poco después de hablar de Joan, en un tono un tanto melancólico y con la voz trabada por el vino – no estaba acostumbrado a beber -, preguntó:

– ¿Y tú crees que ésta era la última cena?

– Tu eres Jesús y tus amigos los siete apóstoles. Y en vez de Semana Santa se celebra la noche de antes de tu nacimiento. Y en vez de doce son siete. Todo un lío – respondió Diana bromeando, a quien el vino también le había subido un poco.      

– Pues sí, no hay por dónde cogerlo. Pero yo te preguntaba si era la última cena entre nosotros. No si era una analogía con la vida de Jesús de Nazaret.  

– Rubén, la última cena fue hace mucho tiempo. Cada uno tenéis una vida. Es normal que no os juntéis. ¿De verdad te ha rallado que no vengan?

– No, la verdad es que no. Bueno, un poco. Es raro. Sé que hay rencillas y que cada uno tenemos nuestra vida. Pero no sé. Es raro, muy raro. Ni juntarnos, se me hace muy raro.  

– ¿Me alcanzas el pan? – preguntó Diana señalándolo.

– Sí, claro, toma.

Rubén cogió el cestillo de mimbre y se lo dio.

– ¿Dijiste que venía tu hermano?

– Eso espero. Porque si no tanta comida no sé qué vamos a hacer con ella.

– Es que suena un coche.

– ¿Dónde?

– Pues en la calle. ¿Estás tonto?  

– Ah, pues seguro que sea él. Dudo que Rodrigo o Pedro estén ahí fuera. Voy a verlo, si no te importa.

– De acuerdo.

– ¿Has probado las patatas asadas?

– Sí.

– ¿A que en la lumbre están de muerte?

– Sí.

– Te lo dije.

– Anda, ves a ver quién es.

Rubén se levantó y fue a la puerta. La abrió con sigilo. En la calle estaba su hermano. Corría hacia la casa arropado por una chaqueta de cuero. En la calle, la temperatura tenía que rondar el grado bajo cero, si no era más.  

– ¡Corre, que ya hemos empezado a cenar!

Miguel llegó a la puerta y golpeó en la espalda a su hermano. Después le dio un abrazo. Éste ni se inmutó. Solo sonrió.

– ¿Qué tal, hermanito?

– Anda, amante corrupto.

– ¿Amante corrupto?

– ¡Qué tienes a mamá buena!

– Mamá. Jajaja… ah, enhorabuena. Ya eres médico – volvió a abrazarle.

– Anda, pasa de una vez. Y coge panceta, que está de vicio.     

– Te hago caso. Pero antes – sonriendo – colócate la camisa, la llevas toda desordenada. ¡Qué habrás estado haciendo! – espetó mientras se la colocaba y Rubén intentaba zafarse.

– Nada. Anda, pasa de una vez antes de que me arrepienta y no te invite a cenar.

– Siempre tan individualista.

– Pasa, por favor. 

Miguel pasó.

Rubén se quedó detenido durante unos segundos. Miró al horizonte. La oscuridad no le dejó ver. La noche estaba muy cerrada. Después sacó el teléfono móvil y clavó la mirada en la pantalla, que apagada, mostraba el reflejo de su cara. Lo encendió. Se metió en el grupo que había creado para organizar la cena. Lo miró durante unos segundos y leyó algunas de las conversaciones que habían mantenido. Puso la opción de eliminarlo y, cuando iba a hacerlo, cambió de parecer y empezó a escribir con los dedos casi congelados:

Cena el día 23:

“Ha sido una pena. Tenía ganas de veros. No lo voy a negar. Pero por unas o por otras ha sido imposible. Quería daros la noticia de que, después de mucho esfuerzo, ya soy médico. Espero que estéis bien. Y a ver si este verano tenemos la oportunidad de reunirnos de una vez por todas. Un placer estar a vuestro lado, aunque sea en la distancia. Un placer haberos concedido, aunque cada vez os conozca menos. Muchos besos a todos y todas”.

Rubén dio a enviar. Después se quedó mirando la pantalla durante más de un minuto.

Nadie contestó.

Cogió aire. Lo soltó y volvió a la casa.  

Una vez dentro, dijo:

– Bueno, seguimos cenando.            

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