La ciudad
Nos conocimos en otra lengua. Yo había viajado lejos para acrisolarme de todos mis fracasos como ciudadano posmoderno 2.0. Tú venías de las ruinas de lo que era lo mismo pero en otro lugar. O eso me contaba Dimitri, un sindicalista despatriado, que, cada tarde, en ese intento de hablar un inglés con acento soviético, añoraba los vestigios de un pasado que tropezó con su propio muro.
Tú acostumbrabas a decirme que querías ser una Pretty Woman y encontrar a un hombre que te devolviese a tu hijo, que te enseñase a olvidar el pago de la factura del gas, de la letra de la casa, el arreglo de ese coche que llevaba meses en el taller y, en definitiva, de una vida para el trabajo que tanto te aturdía y te hacía llorar a media tarde.
-Está en otro país. En otra ciudad. Junto a su padre, un hombre listo y con dinero. Él le puede dar una vida mejor-. Insistías e insistías para quizás mantener fresco el recuerdo del pequeño.
Nos conocimos en otra lengua. Yo solía contarte que en mi país, ese que había crecido al calor de un milagro económico hediondo, todos estábamos en el purgatorio rindiendo cuentas a Adam Smith por haber vivido, o eso nos decían, por encima de nuestras posibilidades.
-Tendré una vida mejor. Encontraré un trabajo bueno. También a un hombre maravilloso y mi hijo volverá conmigo. Viviremos en una casa grande donde el gas no será un problema. Y viajaremos en un coche nuevo. Mi hijo conocerá Polonia. Y Europa. También conocerá Europa. Y será un buen europeo.
Una tarde te encontré escuchando Pretty Woman. Estabas sola, sentada llorando con un cigarro en la boca. Los últimos rayos del sol dibujaban en tu rostro una silueta que maquillaba la desazón del llanto. Yo, ignorante al pensar que la música te había apenado, me recordé aquello que decían Adorno y Horkheimer en La dialéctica de la Ilustración: la industria cultural defrauda continuamente a sus consumidores respecto a aquello que continuamente les promete.
-Me llamó. El padre me llamó- susurraste escondiendo la mirada.
Entonces, Dimitri se acercó.
-Soy una mala madre. Sí, soy una mala madre por estar aquí aprendiendo un idioma para encontrar un trabajo mejor; y, quizás, por buscar a un hombre maravilloso que nos haga soñar a mi hijo y a mí.
Días después partí. Las nubes taparon una tierra y me devolvieron a otra. Dejé atrás tu historia. Tu mundo. El sabor a fracaso de un modelo al que aspirabas y del que no querías entender que estaba inventado para no soñar, para no vivir, para ser un engranaje de una máquina creada por hombres que encadenan a los hombres.
Recuerdo que trabajaba en algo que en nada se parecía a lo que había estudiado. Entonces recibí una carta en la lengua en la que te conocí. En ella me contabas que eras feliz, que estabas en Varsovia, tu ciudad. También explicabas que el coche seguía sin funcionar, la factura del gas sin pagarse y que el trabajo era el mismo.
“Pero estoy junto a mi hijo. Su padre se marchó con otro hijo años después de hacerlo con una mujer distinta. Luchamos, malvivimos, pero estoy junto a él. Si algún día tengo dinero, iremos a verte”.
Nos conocimos en otra lengua. Yo había viajado lejos…
