Tráfico de sentimientos…
Su mirada autócrata enderezaba los cuerpos que, como perros, ponían la boca. El cerrojo de la puerta marcaba el ruido del intestino de un puñado de niños que engordaban bajo la humedad de una cubierta de cal. Se servían los siete platos de metal inoxidable; esa misma tarde se habría puesto fin a una empresa que llevaba varios meses tras un objetivo.
Atrás quedaba la vida del pueblo. Aquellos primeros años criado bajo la nieve, bajo el indulto lúgubre de haber nacido en el seno una estirpe de arado y jornal mal pagado. Atrás quedaban los días al lado del río, el olor a butano, a gasógeno, el ruido de la tramontana escarcha derritiéndose bajo el pavoroso sol de invierno. Pero, sobre todo, atrás quedaba el recuerdo de aquellos que un día se propusieron poner esa semilla que a otros les permitiría engordar sus maltrechas arcas.
Esa mañana todo mostraba evocaciones, mientras las siete dentaduras masticaban un trozo de ternera cocida y un poco pan. Todo era el producto de una dieta cuantificada para mantener los cuerpos sanos.
Él masticaba el trozo. Dejaba que esa carne lo mantuviese entretenido antes de que el juego, que una tarde le separó de su familia, encontrase su fin.
Él terminó su plato, se sentó en una esquina y miró a sus compañeros saborear el insípido dejillo a carne vieja camuflada bajo el influjo del agua cocida.
Él lo sabía. Quizás ellos no, pero él lo sabía y lo sabía mientras se quitaba con las uñas los restos de carne que se prendían entre sus dientes.
La mirada autócrata se volvió a presentar. Antes se escucharon unos pasos y el roce de un cerrojo.
La mirada autócrata impuso su despotismo con el dedo índice.
Él abrió los ojos, dedujo que el juego había acabado. Como acabó para su gran amigo Adem y como lo hizo para muchos que, como él, habían pasado por ese horrible sitio.
El frio se coló por sus huesos. Lo hizo bajo las paredes escarchadas de un pasillo iluminado por una luz intermitente, la misma luz que le condujo a una sala perfectamente aclimatada con apariencia de quirófano.
Fue obligado a darse una ducha y colocarse un pijama. Después fue dirigido a una camilla dominada por una iluminación blanca y de alta intensidad.
Una inyección le privó de ser persona. Poco después un médico pasó un bisturí por su costado y, a continuación, aplicó minuciosamente sus conocimientos para extraerle los dos riñones. Estos fueron colocados en una nevera.
Él fue desconectado. Su nombre Branko dejó de designar a un ser humano consciente. Ya solo era eso, lo que fue, y pronto sería cenias.
Ahora solo interesaban los riñones de Branko. Estos mismos darían la vida a José Antonio, un niño que, a más de cuatro mil kilómetros, estaba muy enfermo. Su padre, hombre de dinero, había venido hasta este remoto lugar para poner punto y final a la vida de Branko y reiniciar la de su maltrecho hijo.
Branko fue quemado en el viejo horno de cocer el pan.
Al día siguiente la mirada autócrata puso seis platos de metal inoxidable.