JULIÁN GARCÍA, CAPÍTULO 16

No tenía donde dormir. Durante varias horas deambulé sin un rumbo claro. Por un momento pensé en volver a casa, incluso en irme a la ciudad. Aunque pronto cotejé los pros y los contras de ambas decisiones y las deseché. A eso de las nueve crucé la plaza del pueblo y llamé a la casa del cura. En un principio no tuve respuesta. Así que me acerqué a la ventana y me asomé con timidez. A simple vista parecía que no había nadie. Aunque, por la hora, era un tanto extraño. Cuando había decidido marcharme, escuché el ruido de una puerta interior. Poco después apareció el padre Faustino.  Llevaba su particular atuendo de cura de la transición, que mezclaba sin elegancia con un aire trasnochado y recalcitrante más propio de los setenta que de la época que nos tocaba vivir.

El sacerdote, sorprendido y en un tono educado, me preguntó por el motivo de la visita. A lo que yo, de primeras, no supe responderle. Pero poco después, armado de valor, le conté, sin entrar en detalles, las razones que me habían llevado a pulsar su timbre. Como era de esperar, el sacerdote sonrío con algunas y con otras, las menos, penó. Después, me invitó a pasar.      

Aquella noche cené bajo su techo. No nos conocíamos mucho, así que le hablé de mí y mi contexto. Me insistió en lo importante de llevar una vida ordenada, alejada de los pecados capitales. Una vida que, por desgracia, la sociedad actual, según su opinión, había pervertido.

– El pecado está tan presente en el mundo de hoy, que el demonio anda a sus anchas por cualquier sitio: hemos normalizado la sodomía; hemos alabado a la mujer impúdica; hemos consentido que el hombre blasfeme. Y esto es solo un poco de tanto y todo lo que recorre el planeta – me proveyó en un momento del banquete con su tono embaucador.  

De primero cenamos unas acelgas con jamón. Para mi gusto, un poco pasadas. De segundo un bacalao frito. No tomamos postre. Algo que no me importó. Más que nada porque en su lugar sirvió varios chupitos de un agua ardiente gallego que fabricaba.

El que supiese hacer esta receta no era fruto del azar. O así me dijo. Tampoco de que en su mucho tiempo libre hubiese aprendido el oficio. Este arte o afición le venía del sitio en que nació: una pequeña aldea de Lugo llamada Valadiño. Allí, su abuelo, el tabernero oficial hasta pasada la Guerra Civil, le había enseñado un arte que había trascendido de generación en generación, y que, según contaba el camarero, tenía que venir de cuando los romanos repoblaron aquellas tierras.

A eso de las once pusimos un debate político en Intereconomía, donde un grupo de contertulios exaltados y muchas veces salidos de sí, proponían la receta a la crisis económica. En la conversación que mantuvimos durante el transcurso del mismo, el cura era partidario de recortar. Decía que entendía que con esto iba a haber más pobreza, pero recalcaba que era algo congénito a la especie humana. También subrayaba que para eso estaba la Iglesia, para corregir los desequilibrios. Y que, en los últimos años, se había gastado sin sentido para ayudar a un pueblo que tachaba de sinvergüenza.

Yo le recalqué, sincera y llanamente, que la política me la pelaba, que no servía para nada.

Después de esa conversación comenzamos a hablar de mi hermano. De un tiempo a esa parte, el cura, gracias a la influencia que tenía sobre mi madre, le había encomendado una pequeña labor: ser el campanero del pueblo y, de vez en cuando, monaguillo. Esto le había ayudado a salir un poco del encierro al que mi madre le había condenado y a sentirse parte de una sociedad que, de por sí, le daba la espalda.   

-Tu hermano es un buen chaval. Se esfuerza muy a pesar de sus limitaciones. Comparto con tu madre que el sistema educativo público sigue cadente de herramientas eficientes para este tipo de alumnos, así como la decisión de sacarle de su seno. El niño está mal de la cabeza. Así lo quiso Dios. Aunque todos somos iguales ante el señor, no ocurre lo mismo ante los hombres. Borja debe empezar otra vida, con otras tareas acordes a sus limitaciones. Ahora bien, tampoco se le debe encerrar como pretende tu madre. Por eso le invité a que fuese mi campanero.

– La escuela de este puto país es una mierda. No sirve absolutamente para nada – puntualicé al sacerdote, intentando quitar hierro al asunto y cambiar de conversación.

– No toda la escuela – me respondió levando el dedo.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Lo que quiero decir es que cuando se apartó a Dios de los libros, todo el sistema educativo se vino abajo. Ya solo importa aprender cuatro números y cuatro letras, y poco o nada a ser personas como Dios manda. Lo que le pasó a tu hermano, lo del acoso, tiene un origen claro: el sumatorio de gilipolleces que se está imponiendo con tal de no dar un par de ostias al alumno. Y luego también tiene la raíz en esa tendencia de intentar ser… llamémoslo modernos o progres. ¿Un niño mal de la cabeza con el resto de niños? ¡Qué venga Dios y lo vea! ¿No se dan cuenta que el niño nunca se podrá adaptar a esas clases?

– Pero tampoco existe una alternativa. Es decir, un colegio especial.

– Porque los políticos se gastan todo el dinero en gilipolleces: que si leyes para maricones, que si abortos, que si dinero para el islam…       

A la una de la madrugada me fui a la cama. La habitación era diáfana, tétrica y fría. Estaba decorada con una estampa de la crucifixión, que colgaba junto a un armario de madera maciza de color negro y un cuadro del Real Madrid elaborado con peladuras de cables.

Aquella noche no dormí. La pasé pensando en mi situación. En qué cojones iba a hacer y en cuánto tiempo iba a permanecer en la casa del cura.

A eso de las cinco de la madrugada dejé la cama, me vestí con cuidado para no hacer ruido y me marché. Preferí no despertar al cura. No tenía ganas de darle una explicación de por qué dejaba su casa. Además, según había oído, era bastante pesado cuando se le metía algo en la cabeza, y aquella mañana apuntaba a que iba a ser fiel a sus costumbres.

Ya con las primeras luces del día me dirigí al Mesón del Galiana, un tipo algo mayor que yo, adicto a la cocaína, que, por sus hábitos, intuía que tendría abierto.

Para mi desdicha cuando llegué estaba cerrado, por lo que me senté en unos escalones contiguos al establecimiento y empecé a pensar en qué hacer. La hora era un poco anómala para estar sin techo en un pueblo. Que me viesen allí podría convertirse en un problema de convivencia. Así que, tras recapacitar, caminé hacia la parada del autobús. La única salida que me pasaba por la cabeza era volver a la ciudad y borrarme nuevamente del mapa.

Pero, para mi sorpresa, como me venía pasando desde la última vez que llegué al pueblo, algo me lo impidió. Según tomaba asiento en un banco contiguo a la parada, el ruido de un motor me distrajo. Alertado, cuando alcé la mirada, vi como un vehículo se acercaba a toda velocidad. Entonces me levanté y caminé hacia la calzada. Justo cuanto estaba rozando el asfalto, el coche metió un frenazo y se quedó estacionado al lado de un jardincillo. De él se bajó un par de ocupantes con bastante mal aspecto. Al principio no les puse cara. Pero pronto, por la forma de andar y relacionarse, supe que uno era la respuesta a mis preguntas y, cómo no, a mis problemas: el Hijoputa. 

Agustín Martínez el Hijoputa, el tipo del coche, ostentaba el cargo de camello comarcal, además de descerebrado provincial. En su currículum vitae figuraba también que llevaba bastantes años en el difícil arte del trapicheo, moviendo por la zona todo tipo de sustancias u objetos ilegales. Y cuando digo todo tipo, no me refiero solo a drogas, como habréis imaginado, sino también a armas a pequeña escala y, de vez en cuando, a productos para el engorde del ganado. Era muy frecuente ver a Agustín por las mañanas con los desdentados del Polígono pasándoles jaco y por las tardes negociando en un latifundio una cantidad tasada de kilos de glicerol. Esto último, en concreto, le hizo, allá por los años noventa, convertirse prácticamente en millonario, pero del mismo modo endosar una deuda tras otra hasta acabar en paradero desconocido.  

Eso sí, que el Hijoputa fuese de tal runa no era fruto del azar. No, qué va. Tal personaje, desgraciadamente, se había criado en un ambiente familiar con unas peculiaridades muy particulares, y eso, a todo el mundo, y digo a todo el mundo, no creo que nadie lo niegue, le pasa factura.  

De madre alcohólica y hermano muerto por la heroína en plena Movida Madrileña, el que luego sería mi salvador había aprendido a convivir con un sabor a pena y vergüenza a partes iguales. Gustillo que poco a poco le forjó un carácter difícil y poco humano, acorde a un mundo cuanto menos imposible. Dejar pronto los estudios, fumar antes de los diez, probar el sexo cuando el resto se la pelaba y llevar de la mano a su madre del bar a su casa fueron algunas de las vicisitudes que definieron su personalidad.

Para colmo, a todo este mejunje de desdichas había que sumar la imposible historia de su padre: José Luis Martínez Rodríguez, alias ‘Josele’.

Barriobajero de Carabanchel, criado a base de la mísera pensión de viudedad de su madre y la suciedad de las escaleras de todo el vecindario, el cabeza de la familia del Hijoputa forjó un importante historial delictivo a base de descontar horas al servicio público de educación y cometer hurtos al por menor. Un historial que poco a poco fue creciendo, hasta quedar abalado por sus méritos a la edad de dieciséis años. Algunos del tipo de: pequeños robos, tráfico de drogas, atracos, alunizajes, persecuciones policiales y cárcel, mucha cárcel: treinta y cuatro veces a la edad de veintidós años; treinta y cuatro detenciones que hicieron de su vida una película de acción, que llevó a la madre a prácticamente desentenderse del que era su vástago, su único hijo, el padre del Hijoputa.

Pero esto último, lo de que su madre decidiese olvidarse de su único hijo, no fue hasta la detención número treinta y cinco, momento en que su carrera delictiva llegó a la cumbre.

Era verano. Una tarde más Josele se reunió con sus dos amigos del alma, Capi y Batiz, para fumar yerba y pensar en cómo sobrevivir sin dar un palo al agua. El padre del Hijoputa acababa de salir de la detención número treinta cuatro, la misma que le había retenido durante treinta y ocho horas. Mientras se contaban las batallitas y escuchaban Pedrá de Extremoduro, Capi, el más celebrar de los tres, y en un alarde no sabemos si de lucidez, dijo que tenía pensado un robo de verdad, algo muy grande, un palo que les sacaría de la miseria. Sorprendidos, ambos, le preguntaron en qué consistía; y éste, rotundamente, y contra todo pronóstico, soltó por su boca:

– El Banco Central de Fuenlabrada. Quiero robar el Banco Central de Fuenlabrada. Un bastión de los ahorros de la gente obrera del sur. El lugar perfecto para hacernos ricos con muy poco esfuerzo.

Años después de aquella excéntrica idea, el padre del Hijoputa solía contar, en esas conversaciones que mantenía con amigotes tomando unas cervezas, que después de esas palabras de Capi se rieron. Pero tras los carcajeos y conocer a Fausto, una leyenda en eso de los robos, las cosas cambiaron de perspectiva.

Y es que este tipo, el tal Fausto, además de ser un auténtico hijo de puta, trazó un plan claro y asequible para sus intendentes: aprovechar las doce de la mañana de un jueves, momento posterior a la hora de reponer la caja fuerte, reventar la puerta, apuntar con una recortada a los empleados y decir muy, muy alto:

  • ¡Esto es un atraco, cojones, dadme todo lo que tengáis!

El coche que eligieron para el palo fue un Renault 21. Capi se quedó vigilando. Los tres, ataviados de peluca y bigote postizo, entraron a la hora acordada, con la intención, según sus estimaciones, de robar un millón de pesetas…

Pero solo con la intención.

Y lo digo porque el cabeza de familia de nuestro protagonista entró el primero, clavó una recortada en el culo a un calvo que había en la recepción y le gritó muy, muy alto:

– ¡Si no me das la pasta, te reviento la cabeza, puto calvo de mierda!

Con esas, el calvo, acojonado, pero lleno de valor, sacó todo el dinero al tiempo que pulsó un interruptor, y la policía, como era de esperar, se presentó en pocos minutos, esbozándose el siguiente retrato de los hechos: un guardia de seguridad muerto, tres clientes heridos, varios cristales rotos, un policía en coma, una persecución de película por las calles de Fuenlabrada y un coche empotrado en la estación central de RENFE.

Ahora bien, todo esto no quedó ahí. ¡Cómo iba a quedar ahí!

Josele salió del vehículo como pudo. Cojo, a consecuencia de un disparo, corrió por las calles de la ciudad hasta esconderse en la trastienda de un restaurante de unos chinos, al parecer conocidos. Con tan mala suerte que la sangre, fruto del tiro, le delató, llevando a los maderos a este rinconcito de orientales en que los rollitos de primavera, por cierto, se vendían al ritmo que se traficaba con putas.

Y lo demás, pues muy fácil: una detención a lo yaqui, un juicio mediático en la prensa de la ciudad y una condena no superior a veinte años.   

Ya en prisión, el padre del Hijoputa siguió siendo fiel a su esencia, y solo cinco meses después de su llegada, armó, junto a otros dos reclusos, la huida perfecta de una de las cárceles de mayor seguridad del Estado: la de Carabanchel.

Durante dos meses, el trío estuvo comprobando la frecuencia con la que pasaba el personal a la sala de limpieza, lugar en el que se encontraban todas las lavadoras, cañerías y llaves de paso de la cárcel. Después, hablaron con el Chula, un atracador de poca monta, feliz de estar entre rejas, y le convencieron para que reventase el grifo de su celda. El objetivo de esto último era hacer bajar a los funcionarios a la salda de limpieza para que cortasen la fuga de agua que tal faena provocaría. Una vez ocurrido, los tres reclusos romperían el retrete de las duchas comunes, bajarían por el desagüe hasta el pozo negro y evitarían las hélices de la depuradora. Inmediatamente, y ya en la sala de limpieza, se encontrarían con los funcionarios de la cárcel que, seguro, estarían arreglando la avería provocada por el nefasto atracador. Lo siguiente sería apalearles y utilizarles como moneda de cambio, con el objetivo de huir de prisión.

Pues bien, con todos estos mimbres se fijó una hora y un día. El Chula reventó el grifo de su celda. Los tres el retrete de las duchas comunes. Después bajaron por el conducto sorteando las hélices y, llenos de mierda, se encontraron con dos policías y un fontanero. Fue ahí cuando el padre del Hijoputa se sacó del bolsillo una pistola, les amenazó de muerte, les molieron a palos, les robaron la ropa, les ataron y, disfrazados de maderos y de fontanero, los tres delincuentes huyeron por la puerta grande de la prisión, un 24 de diciembre, al ritmo de villancico y a ojos de todo Carabanchel. 

¿Pero de dónde cojones sacaron la pistola? Os preguntaréis: pues del tinte del pelo de uno de ellos, del jabón de lavar de otro y de las manos pasteleras de otro más, un auténtico mago de la repostería que moldeó una pipa que, a ojos de cualquiera, parecía una auténtica pistola.

¡Toda una hazaña! 

Con este caldo de cultivo como legado, que el Hijoputa entrase en negocios ilegales no era nada de extrañar. Al igual que su padre, desde edades tempranas se vio sumido en un mundo confuso y fuera de la ley, que, para su desgracia, pronto le consagró como líder. Un líder, por cierto, que poco a poco fue moviendo los hilos de un espectro rural y delictuoso, que tenía como protagonistas a políticos, policías, empresarios, yonquis, abogados y un largo etc.

– ¿Tienes algo de jaco?

Me preguntó el Hijoputa nervioso, poco después de encontrarnos.

– ¿No saludas a los viejos amigos?

– No tengo tiempo para esas gilipolleces. Llevamos horas sin jaco y lo necesitamos. Además, los maderos nos vienen siguiendo. El coche es robado. Seguro que tienes para un chino. Me habían dicho que le dabas últimamente.

– No tengo nada, llevo bastante sin consumir.

– ¡Cómo que no tienes nada, joder! ¡Cómo que no tienes nada! – gritó envalentonado, despertando a algún vecino que otro.

–  Porque no tengo nada, Hijoputa.

– Tú eres un cabrón. Todos sois unos cabrones. Me estoy volviendo loco, joder -. Volvió a gritar antes de entrar en un estado de cólera al que le siguió otro de shock.

Horas después de aquello, a las afueras del pueblo, el Hijoputa estaba tirado, en un parque, completamente inconsciente. De su compañero no sabía nada. Se había marchado seguro que asustado por el numerito y por la más que eminente llegada de la Guardia Civil.

Yo, sin embargo, permanecí a su lado. Y no lo hice porque le compadeciese, el tipo me la pelaba, sino más bien porque, si mejoraba, podría garantizarme bienestar durante un tiempo.  

El sol empezó a incidir de lleno sobre el entorno. El Hijoputa temblaba y sudaba sin parar. Su estado era cada vez más delicado. De vez en cuando me agradecía que estuviese allí y me pedía que marcase el número de alguien cuyo nombre no lograba entender.

De repente, el Hijoputa comenzó a convulsionar, algo que me puso aún más nervioso. Recordaba perfectamente lo que era un mono, y aquello no tenía pinta de serlo.

Me fui a la carretera en busca de ayuda. Sabía que detrás de los setos, que crecían justo a nuestro lado, habría algún mirón que otro que me podría echar una mano. Pero, para mi desgracia, no fue así, algo que me sorprendió. Por lo que volví rápido al sitio donde estaba.

Justo cuando me acercaba, me percaté que había alguien junto al Hijoputa. Por un momento creí que podría ser la Guardia Civil. Pero pronto, supe que no estaba en lo cierto.

– Rápido, ayúdame a llevarle a mi casa.

Me gritó el padre Faustino, mientras le golpeaba la cara y medía las pulsaciones.

– ¿Qué haces aquí? – le pregunté sorprendido.

– Sabía que ibas a meterte en problemas no tardando mucho.

– ¿Me has estado siguiendo?

– No del todo. Pero es cierto que te he estado vigilando.

Horas después, el padre Faustino y yo estábamos tomando un refresco en el patio de su casa. Dentro, el Hijoputa descansaba.

– Debes encontrar el camino, hijo. Ya has dejado la droga. Deja ahora todo ese mundo. Búscate un trabajo. Sé un hombre de bien y gánate el pan como cualquiera. Eres listo, joven… Solo te falta rectitud.  

– ¿Qué has dado al Hijoputa para que se le pase el mono de una forma tan eficaz? – pregunté, para su sorpresa, al padre Faustino.  

– Morfina. Trabajé con yonquis en otra época en la ciudad, cuando los hijos de los obreros, los llamados a la revolución, morían a miles por esa mierda. La sustancia es tanto o más adictiva. Pero es socorrida cuando no se tiene caballo.

– Joder, curioso.

– Sí, bastante. ¿Nunca te han operado?

– No.

– Pues la sensación que experimentan los enfermos cuando se les anestesia debe ser muy similar a la que experimentáis vosotros cuando tomáis esa droga del demonio.  

Tras estas palabras, el padre Faustino se levantó y se fue directo a una habitación exterior que había contigua a donde nos encontrábamos. Durante un tiempo estuvo buscando algo.   

– ¿Tanta amistad os une? – me preguntó, con cierta ironía, una vez regresó.

– Es un hijo de Dios – le respondí con doblez.

– Es cierto – me dijo mientras tomaba asiento.

– Oye, padre, ¿cómo que los curas tenéis de estas cosas? Es decir, ¿cómo que tenéis morfina? ¿Os la distribuye el Vaticano para luchar contra las crisis de fe?  

El padre Faustino soltó una leve carcajada y, seguidamente, exclamó:

– ¡Qué va! Esas cosas no las tenemos los curas. Lo que pasa es que tengo un amigo médico que no le es difícil conseguir la sustancia.

– ¿El médico del pueblo?

– No, pero tampoco te diría quién es. Más que nada para que no se entere el Hijoputa. Sabes, en la II Guerra Mundial las farmacias de medio Estados Unidos tuvieron que poner rejas. La interrupción del tráfico de opio por la guerra hizo que la morfina se cotizase muy cara. Y cuando hay mono, ya sabes, las normas de cualquier tipo, en este caso las del mercado, pasan a un segundo plano.