La última cena. Fuck off, amor 3

Rubén…

a cosa había ocurrido en unas fiestas patronales. La madre de Lucía dirigía un grupo de danzas que la hermandad del pueblo había traído para celebrar la ofrenda florar a la Virgen.

La casa de campo donde estaba la pareja perteneció en otro tiempo al abuelo de Rubén, el padre de su padre. Jacinto, así se llamaba, fue un importante terrateniente de la zona que mandó al mayor de sus tres hijos a estudiar a Madrid la carrera de matemáticas. A él también se le había dado bien esta ciencia. Algo que le ayudó, sin duda, a amasar una fortuna vendiendo grano importado de la Argentina.

Su mujer, Anacleta, había sido ama de casa y la encargada de parir al padre de Rubén y a sus dos hermanos. También había sido la responsable de presentar a su hijo David, el padre de Rubén, a su futura esposa, Lucía. La cosa había ocurrido en unas fiestas patronales. La madre de Lucía dirigía un grupo de danzas que la hermandad del pueblo había traído para celebrar la ofrenda florar a la Virgen. Una de las bailarinas, era Lucía.

Después del evento, la madre de Lucía se fue con la madre de David – la hermana mayor – a tomar un chocolate con churros y en ese transcurso, mientras Lucía bebía una horchata fresquita, coincidieron. Ocurrió justo cuando Rubén se disponía a atracar el bolso a su madre. De esto hace más de 30 años. Ahora tienen más de cincuenta. Entonces se dieron la dirección postal y fueron quedando regularmente. Ahora cada uno vive en un lado y, para lo único que quedan, es para tirarse los trastos a la cabeza y decir que todo está liquidado.

La casa de campo había sido construida con piedras del monte en los años sesenta. Fue un capricho de Jacinto y una forma de tener un sitio donde retirarse con sus amigos a hartarse de vino. El lugar también había servido para que sus hijos acudiesen con sus ligues y para que sus nietos lo convirtiesen en un punto de reunión y encuentros varios más cercanos a la fiesta que al trabajo. También había servido como aposento provisional de los gitanos que, cada mes de octubre, venían al pueblo a vendimiar. Su abuelo los metía allí. Muy a sabiendas que, en cada campaña, desaparecían dos o más obsequios que su abuela colocaba a modo de adorno. ¡Y qué disgusto le provocaban los hurtos! El mismo que le hacía pensar que meses antes de esa cena se estaba encontrando con la muerte. Y lo estaba haciendo mientras David, su hijo modelo, jugaba al escondite con la que había sido su mujer de toda la vida.

– Las patatas están listas. ¿Te ha respondido alguien a la hora que llegan? – preguntó Diana con la mosca detrás de la oreja.

– No, la verdad. Y te digo que no sé si va a venir alguno.

– No me jodas, Rubén. ¿Y qué hacemos con la comida?

– Mañana es 24 diciembre, nos la comemos toda – respondió bromeando -. Confía en ellos. Son un desastre, pero seguro que vendrán.

– ¿Oye?

– ¿Qué?

– Que no te he preguntado.

– ¿El qué?

¿Tu hermano finalmente va mañana a cenar con tu madre y contigo?

– Eso esperamos. Aunque no lo sé. Ya sabes cómo está con lo de la novia. ¡Pero si está estudiando Magisterio de Educación Física y le han quedado un montón de asignaturas!

– No todo el mundo es como tú.

– No, no lo digo en plan negativo. Lo digo más que nada porque está perdido. Yo creo que le da hasta la droga. Fumar, fuma porros. Pero me da que la coca también la ha catado más de una vez.

– Por eso anda tanto con tu padre – recalcó Diana, que apuntó seguidamente sonriendo -: No por la droga, claro.

– Vaya par de dos. ¿quién me iba decir que acabaría así?

– Ya.

– ¿Y sabes lo peor? – preguntó Rubén con cara de cierta preocupación.

– ¿Qué?

– Que me han dicho que mi padre anda con el padre de Miguel y Amparo dándole que te pego a la bebida en el bar. Con la que tiene liada con lo de su madre.

– Oye, ¿van a venir los dos?

– Están invitados.

– No sé. Ya sabes cómo están las cosas.

– Es Navidad. Tampoco sé cómo está con Joan y le había invitado. Ahora bien, como te he dicho, este no viene seguro. 

– Oye.

– Dime.

– ¿Te enteraste de lo de Clara?

– Cómo no me voy a enterar.

– Joder, suicidarse. Pobre Rodrigo.

 Rubén se rio.

– ¿Por qué te ríes? Es una putada lo que le pasó. 

– Cosas mías.