Joselu…
Luego de esto, Horacio cogió un muslo de pollo, que aguantaba todavía en su plato, y empezó a masticarlo dando largos tragos al rojo. Saboreando cada pieza con profundidad, como si así fuese a encontrar una respuesta a la pregunta que no dejaba de formularme una vez tras otra.
– No quiero decir nada con eso. Simplemente me gustaría saber si sigues viéndote con Rodrigo -. Me dijo la que era mi pareja justo cuando terminé el vaso de agua que acababa de rellenar en la cocina. Me había levantado porque no me apetecía rojo y porque desde hace un tiempo me venía doliendo de más el hígado como consecuencia de la dieta, pero también, todo hay que decirlo, del exceso de alcohol que dominaba mi vida.
– La verdad es que sí, me sigo viendo con él. Y mucho más de lo que piensas.
– ¡Lo sabía! – exclamó golpeando la mesa del salón, moviendo hacia un lado un cenicero de propaganda lleno de canutos.
– Pero vamos, creo que a ti esto no te afecta en nada. Tú crees en el amor libre. ¿O no es así?
– Sí, es así – me respondió tajante.
Luego de esto, Horacio cogió un muslo de pollo, que aguantaba todavía en su plato, y empezó a masticarlo dando largos tragos al rojo. Saboreando cada pieza con profundidad, como si así fuese a encontrar una respuesta a la pregunta que no dejaba de formularme una vez tras otra.
Al poco, volvió a preguntarme:
– ¿Cuándo fue la última vez que te viste con él?
– No lo recuerdo. Un par de días, quizás tres. Quizás mucho más tiempo – le respondí con una medio sonrisa.
– ¿Encima te ríes? – me preguntó enfadado.
– Por qué no voy a reírme del que cree en el amor libre y se pone celoso.
Horacio dejó la mesa muy enfadado. Fue al sillón y encendió la televisión. Yo, sin embargo, decidí continuar sentado donde estaba. No quería moverme ni hacer nada. Por ello empecé a observar la mesa, los dos platos con restos de comida, los tenedores usados, los restos del pájaro mojados en salsa, el destello de un enfado que se había perdido entre los ruidos del telediario, el silencio de la cocina aromatizado con un hedor a la basura que aguantaba en el armario desde hace unos días.
Al cabo de cinco minutos, cansado de tanto costumbrismo, me levanté, caminé con lentitud a través de la cocina y fui directamente al salón.
Ya dentro fui al sillón y me senté a su lado:
– ¿Qué haces viendo los deportes, si a ti no te gustan? – Le pregunté con cierta ironía.
– Ni a ti la tele – me respondió con un tono bastante desagradable, como queriendo que lo dejase a solas.
Cansado de continuar con la broma, porque aquello era una puta broma, decidí cambiar la estrategia y, relajando el rostro y el tono de la voz, le dije:
– Te tragas todo, maricona. Y no me refiero al semen que tanto te gusta.
Pero, para mi sorpresa, o por lo menos para lo que esperaba, Horacio arqueó las cejas y, con un tono bastante desagradable, me preguntó:
– ¿Y qué hay del mensaje de esta noche?
– Era una chorrada, de verdad. Bueno, no era una chorrada del todo. Era más bien algo bastante serio. Ha muerto su novia. Sí, la chica con la que en teoría estaba se ha suicidado. Pero vamos, eso a ti ni te va ni te viene.
– No te creo – me respondió con un tono muy categórico. Y lo hizo poco antes de golpear el respaldo del sillón, bajar el volumen del televisor y rascarse el mentón mientras endurecía el rostro.
– No me crees, ¿de qué?
Justo cuando estaba intentando terminar la pregunta, Horacio se levantó, fue a por su mochila de cuero, que guardaba en una esquina de la sala y sacó una agenda que me resultaba bastante familiar. Después, empezó a pasar las páginas y, más o menos cuando llegó a la mitad, subrayó con el dedo unas líneas poco después de comenzar a hablar lo siguiente:
– El otro día vi una carta. No la cogí, pero sí apunté lo que ponía. Quien te escribía, que no sé quién ostias podía ser, decía que te echaba de menos, que quería verte y que te necesitaba.
– Pero, por favor, Horacio. ¿qué cojones estás diciendo? – le pregunté tras soltar una pequeña sonrisa y mostrar cierta absurdez en las palabras que acaba de decir.
– Yo no digo nada.
– Además, ¿qué cojones haces mirando entre mis cosas? – le interpelé un poco enfadado. No veía normal que el que era mi pareja, la misma persona que se pasaba el día diciendo que creía en el amor libre, se dedicase a hurgar en mi intimidad. No era normal que, sin consulta previa, el tipo no solo tuviese controlada una historia de un hecho pasado que no iba a más, sino también supiese de otras cosas de mi vida personal que muy poca gente, por no decir nadie, conocía. Cosas o acciones que podrían quebrar, si no las entendía al completo, nuestra convivencia.
– ¿Te viste muchas veces con él?
– Horacio.
– ¿Era Rodrigo?
– Horacio.
– ¿Era Rodrigo? ¿no?
– No, no era Rodrigo, joder – grité -, te he dicho que no era Rodrigo – volvía a gritarle, acompañado el berrido con un importante golpe al respaldo del sillón – Además, a él no le gustaban los hombres y tampoco se enamoró de mí. Lo único que le pasaba es lo que te he explicado antes. ¿No te ha quedado más que claro?
– ¿Quién era?
Me preguntó tajante para yo quedarme reparado. Y es que, sinceramente, no sabía qué responder. Sus interrogantes estaban empezando a tocar temas de los que no me apetecía hablar y que prefería mantener en secreto. Su intención de buscar la relación a esas palabras era errónea, es cierto, pero el camino que estaba llevando para darlas sentido conducía a un campo abonado de informaciones muy personales.
– ¿Qué coño decía esa carta para que te pongas así? – Le pregunté de repente con un tono violento.
– ¿Quién era? – me respondió el sacando pecho.
– ¿Me estás amenazando?
– ¿Quién era?
– Tú no me tratas así cuando eres el primero en decirme que no tienes nada conmigo.
– ¿Quién era, joder? – Me gritó.
– Juro que no te reconozco. Nunca pensé que fueses así. Y más por un tema como éste que a ti, y según me has dicho una y otra vez, te da igual.
– ¿Este de la foto es Rodrigo?
– ¿Qué ostias estás diciendo gilipollas? Qué foto, qué Rodrigo, joder.