capitulo 73. Fuck off, amor

Miguel…

Antes de marcharme, fui a despedirme a la habitación del padre Julio. Decidí pasar sin llamar. Allí los pillé nuevamente en pleno acto, lo que provocó que lo detuviesen bruscamente.

La noche que Juan Carlos y Pedro perdieron la coca estaba en casa del padre Julio. Concretamente en el salón que había pegado a la sacristía de la iglesia. Delgado estaba recibiendo su sesión semanal de sexo. Yo, mientras tanto, veía la televisión. Recuerdo que era una película muy rara de algo del oeste y extraterrestres paranoicos. De fondo se escuchaban los gemidos. Subí el volumen, pero se hacía imposible concentrarse. Fue por esto que decidí liarme un porro. Después salí al patio interior de la iglesia, lo fumé y, nuevamente, con los ojos como tomates, volví a la televisión. Al rato, cansado del truño que me estaba tragando, decidí ir a dar un paseo por el pueblo. La temperatura no era muy baja y seguro que lo agradecerían mis neuronas.

Antes de marcharme, fui a despedirme a la habitación del padre Julio. Decidí pasar sin llamar. Allí los pillé nuevamente en pleno acto, lo que provocó que lo detuviesen bruscamente.

– Me marcho a dar una vuelta. Seguro que no vuelvo y me voy directamente a casa. Por cierto, como sigáis follando sin escrúpulos delante de mis narices, voy a subir la cantidad que me pagas por mi silencio. Esto ya pasa de castaño oscuro.

El padre Julio fingió una sonrisa mientras metía el pene en sus calzoncillos. Delgado me miró con desprecio justo cuando volvía a cerrar la puerta.  

Luego de irme y de dejar la casa del cura, empecé a caminar por el pueblo sin una dirección clara. Las calles estaban vacías, así que me adentré en el campo. La noche era luminosa gracias a una intensa luna. Algo que facilitaba el caminar aun no habiendo farolas. Pasadas varias horas, decidí dar la vuelta. Ya iba siendo hora de volver a casa.

De camino al pueblo, me encontré con un perro. El animal estaba herido entre unas zarzas. Intenté socorrerle, pero fue imposible. Un cepo había agarrado su pata derecha y estaba sangrando con intensidad. Posiblemente en horas moriría. Por lo que, para evitar que sufriese, cogí una piedra de gran tamaño y la estampé contra su cabeza. La sangre salpicó por todos los lados, entre otros por mi pantalón. Justo cuando observaba la escena escuché el ruido de una radio. Levanté la cabeza y fui con la mirada hacia donde me guió el sonido. En la carretera, a un lado, estaba la policía. Evité su presencia para prescindir de registros y caminé en dirección contraria. Lo hice durante unos metros, porque justo cuando me disponía a dejar la carretera, la luz de un coche me hizo perder la visión. Me eché a un lado y vi como de su interior salía proyectada una bolsa contra el suelo. Ya pasado, me di cuenta que era el coche de Pedro.

Casi en el pueblo, empecé a dudar de si dar la vuelta o no. El contenido del paquete era algo que me generaba cierta curiosidad. Tanta, que casi sabía lo que había en su interior. Fue por esto que di la vuelta y regresé al lugar. Siempre había tenido buena orientación, así que, pronto, di con lo que andaba buscando. Y en efecto, mis sospechas se confirmaron. Lo que acababa de encontrar era un paquete de coca.

Lo escondí entre la chaqueta y lo llevé a mi casa. La probé. Estaba algo cortada, dije. Todavía se podría cortar más, pensé. La escondí en un armario de mi habitación.

A la mañana siguiente dude de si entregarla a sus dueños o quedármela. Pero, finalmente, me decanté por la segunda opción. A media mañana decidí preparar algunos gramos, los cuales pasaría por los pueblos de la zona. Como trasladarme, pues no sabía. Ese era un problema en parte porque no tenía carnet y en parte porque no podía contar con nadie que me ayudase. Entonces cogí la BH vieja de mi padre y pedaleé durante seis kilómetros hasta el pueblo más cercano. En éste, en los bares, pronto encontré compradores.