Historias de urinario V

La ciudad…

Reposas huérfano de cualquier compañía al lado del cristal que refleja los perjuicios de tus actos. A tu lado hay mucha gente, pero pocas personas que puedan hacer de tu dialéctica algo con lo que compartir emociones.

La falta de retórica es innata a ti, lo sabes.

Tus sentidos mezclan ruidos, lenguajes extraños, alientos pútridos, perfiles furibundos… Pero no quieres mirar a esa ventana. Las puertas del vagón se cierran y el tren se pone en marcha. Posiblemente llegues tarde. Pero te da igual, no esperas a nadie para ser puntual. Casi un centenar de corazones laten a tu alrededor, a diferentes ritmos, a diferentes intensidades. El tuyo está calmado.

Entiendes a toda esa gente como seres inertes, como unidades sin las cualidades generadas por el córtex. No conoces nada de ellos. Pero en el fondo sientes la necesidad de indagar en sus historias. Posiblemente haya violadores, catedráticos, jueces, albañiles…

El tren se vuelve a detener y entra más gente. No hay ni rastro de personas. Delante de ti se sienta una mujer de unos treinta años. Tus funciones cognitivas se reactivan y tu mente se puebla de pensamientos freudianos. Pierdes el nihilismo con que partiste en el momento que sientes que bajo tu pantalón el lívido te está jugando una mala pasada. Intentas mirar hacia otro lado, pero el inconsciente te traiciona y vuelves a mirar al enjambre del yerro. Crees posible morder la manzana, la serpiente te está tentando. Pones la mochila sobre tus piernas y agarras con fuerza tu polla. Te corres.

El indicador te anuncia que has llegado a tu destino.

Te quedas parado.

Ella se marcha y tú miras al cristal. Ves como tus perjuicios siguen creciendo.