El pueblo…
Sus pardos óculos reflejaban el ardor de alborada, mientras la espiga se mecía bajo el estupor del sol naciente. Los callos habían sido sanados, las gargantas afinadas, los esputos sacudían la polvorienta resequedad del estío.
Ella miraba al morral, las horas y el sudor, a espalda doblada, traería el pan a la hoguera, mientras el mendrugo esperaba bajo el chaparro. El rebuzno del burro daría el alivio matutino, silenciando el crujir de tripas que mal comen. Pero el trabajo era duro, y ella de gañan, con la cabeza agachada y soberbia ante la podredumbre, apretujaría la algarroba.
El sol enlutaba los rostros, apaciguado con aceite de ricino al cantor, viril voz del labriego. Los sudores alienados no atendían al sopor del señorito, que con escopeta al hombro, se divertía con la libre. La brida de la necesidad, sujetaba por el tobillo al jornalero.
En la torre altiva, las campanas aclamaban a las sombras, que acudían al redil de la cruz, buscando la redención en la almoneda de perjuicios soterrados bajo el rezo. Y los fieles, y los fieles que hacían de fieles, escuchaban las plegarias de una soflama soez, buscando la redención en los cielos, de un Dios que poco se acordaba de los callos y del sudor de la tierra. Y ella miraba la cruz, la traición hervía en sus venas bajo la omnipotente presencia del hidalgo de sotana polvorosa y raída.
Acurrucada, bajo la estirpe de la hoguera, calentaba el puchero al retoño, sin recordar las tripas cerradas, cuando el piojo y la tisis era estado de nación. El aroma del salado del pescado, había sido la herencia de un hombre de puño y pocas cruces. Y su jornal a la mitad, que con los dedos contaba, por los estragos de la guerra perdida por casi todos.
Eran otros tiempos…
Sobre la silla, descansa la arruga curtida, apoyando el peso de toda una existencia, con discursos añejos, ahogando el vocablo locuaz en tiempos de abundancia. Con una mirada cansada, reflejo de lo que fue y es, reinterpreta sus historias al vacío de las tardes.