Julián García, Capítulo 1

El olor a nectarina del ambientador de la sala dominaba el ambiente. Me encontraba una vez más ante un hombre de toga negra, con la diferencia de que ahora no era por un simple gatuperio, sino más bien por un asunto de importante calado: la muerte de un sacerdote. Sabía perfectamente que todo lo que pudiese acontecer tras este día cambiaría en parte el sino de mi vida. Es verdad que la cárcel te ofrece una serie de privilegios nada fáciles de encontrar en la calle, pero al mismo tiempo te excluye de otras muchas cosas que no sueles valorar por el simple hecho de ser cotidianas.   

Decía que me encontraba en mitad de un juicio acusado de la muerte de un sacerdote. Y de eso me preguntaba el juez Emanuel Castro. Un tipo educado, pero de nervio fácil, conocido por haber golpeado con su verbo a diestro y siniestro a lo largo de lo que había sido una carrera, la suya, limpia, contundente y, sobre todo, ejemplar. Una carrera, por cierto, que estaba llegando a su fin tras veinte años dedicados a la abogacía y otros tantos a impartir justicia, y que hacía de este señor enjuto, peludo y de tez clara un referente en lo suyo.  

– Entonces, ¿es usted el responsable de la muerte de Faustino Gómez, párroco de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Tula? -. Me preguntó el juez, para no encontrar respuesta por mi parte.

Sinceramente, creo que, en mi último alegato, era lícito un poco de silencio, para por lo menos cuestionarme:

“¿Fui realmente el responsable de la muerte de Faustino Gómez? ¿Era la persona que quemó el lugar donde cada día este siervo del Señor descansaba e impartía la comunión a sus fieles?”

De eso se me acusaba de un tiempo a esta parte.

Entonces:

“¿Por qué cojones había dado la vuelta al caso, cuando casi estaba listo para sentencia, para volver a un planteamiento, el de negar mi culpa, que, de inicio, había desechado?”  

Miré el reloj que colgaba en la pared.

Hacía algo menos de cinco segundos que el juez me había preguntado.

Necesitaba una respuesta.

No podía dejar correr más el segundero. Este giro inesperado en mi declaración acababa de truncar todo. Es cierto que su puta manera de trabajar ponía a cualquiera nervioso. Pero esto no justificaba que necesitase soltar un alegato coherente lo antes posible.

Di un par de vueltas con la mirada a la sala.

Después testeé el ambiente sin extraer conclusión alguna. No había pretexto aparentemente. Un sí o un no debería ser la siguiente palabra que saliese por mi boca. Un sí o un no que cambiaría parte de mi futuro.

“Es hora de responder”, me dije.

– Creo que he sido paciente con usted y, por su puesto, con su defensa. Reconozco sus circunstancias, pero respóndame, por favor, a la siguiente pregunta: ¿es usted responsable de la muerte de Faustino Gómez, párroco de la Iglesia de Nuestra Señora de Asunción de Tula?

– ¡Con la venia de su señoría! Solicito la aplazación o la concesión de un receso para hablar con mi cliente antes de que responda a su pregunta. Sé que esto puede ser a priori un poco escabroso, y más si se tiene en cuenta el punto del proceso en que estamos, pero el escrito de conclusiones provisional cambia con la última declaración de mi cliente, por lo que me veo en la obligación, como defensa suya que soy, de formular y hacer replantearse ciertas consideraciones – exclamó, de repente, mi abogado, Javier Palencia.

En ese momento el silencio dominó la sala. Nadie se movió mientras el juez, o eso parecía, dilucidaba una respuesta. Pero, de pronto, el fiscal Lucio Angulo, el encargado de defender al difunto padre Faustino, preguntó:      

– ¡Con la venía! ¿Su señoría cree necesario un receso después de tantos claros y oscuros, y un giro, en último extremo, de tal magnitud? ¿Le recuerdo cómo fue su primera declaración?

– Hay pruebas que demuestran que mi cliente no estaba en el lugar de los hechos en el momento en que se produjo el homicidio. Los informes periciales lo recogen.

Javier Palencia Alameda, mi abogado, era un tipo anormal. Metro ochenta, complexión delgada, pelo oscuro, tez morena… solía vestir con corbata de flores y combinaba dos o tres trajes a la semana que, por lo general, estaban pasados de moda. En el mundo de la abogacía se le conocía como el defensor de las causas perdidas. Un tipo que, por su ineptitud, o por el simple hecho de conocer poco la ley, trabajaba de oficio o para gentuza como yo.

Según me contó poco después de conocerle, inició sus estudios de derecho de puro rebote:

– Fue una de esas decisiones que uno toma cuando supera los treinta, tiene dinero de trabajos ilegales que no se sabe en qué emplear y le ronda ese gusanillo de probar todo lo que no quiso hacer a los veinte.

En el decálogo diario que frecuentemente interpretaba al vacío, Javier Palencia me recalcaba que no estaba casado a pesar de superar los cuarenta y que utilizaba su coche de segunda mano para descansar las noches en que la que decía ser su compañera, acababa follando con cualquiera delante de sus mismísimas narices. Aquí el que era mi abogado tenía un problema muy serio. No sé si con otras parejas había gestionado mejor el asunto. Pero lo cierto es que en esa ocasión el pobre desgraciado estaba en manos de una arpía que le manejaba a su antojo, y le destruía social y emocionalmente cuando le parecía. 

A pesar de todo, Javier Palencia me repetía una y otra vez que vivió tiempos mejores. Momentos en que el dinero y la fortuna abundaban en su vida. Días en los que la profusión y la soberbia se comían el malestar. Confesión, esta última, por cierto, un tanto difícil de creer. Más que nada porque el desacierto y la ruina eran dos factores adscritos a su persona. Y es que el muy pringado no daba una a derechas cuando había que tirar por la derecha y tropezaba con la izquierda cuando de derechas iba el asunto.

Y digo esto, porque, además de defender las causas perdidas, solía recordarme que también había trabajado por su cuenta. O por lo menos así llamaba a esa tendencia natural que tenía de jugarse la licencia cada vez que conquistar la vida no era sinónimo de batirse el cobre en un juzgado con causas que le reportaban algo más que la supervivencia.

Poco después de finalizar los estudios, Javier montó una especie de bufete con un antiguo colega. Al parecer, según supe, el despacho creaba empresas ‘fantasma’ dedicadas a contratar a inmigrantes dedicados a realizar servicios inexistentes. Cuando pasaba un tiempo, estos, los inmigrantes, conseguían papeles reglados, y los otros, los socios, una sustanciosa suma de dinero.

– Después, tras que la policía sospechase más de la cuenta, trabajamos para una empresa cárnica.

“Aquí creamos lo que llamábamos la subvención – recalcaba – : una cuantía económica reservada a pagar fraudulentamente a los empleados. Cada mes, si estos cumplían bien con su trabajo, se beneficiaban de la prima. Y si no, la perdían. La subvención era una suma tan suculenta que hacía que los empleados se dejasen los huevos por un dinero que cobraban en negro. Dinero que casi nunca recibían.

Nuestro método, como es obvio, subió las ganancias de la empresa, hasta que un día, como también es obvio, los técnicos de la administración fueron honrados, dejaron de hacer la vista gorda, aquello se puso feo y hubo que salir por patas”.

Recuerdo que repetía que todo el dinero que ganó lo perdió al poco de aquello. Según me contó, su socio le estafó y el jefe de la cárnica, ahogado en la cárcel por las deudas, le amenazó con destapar la trama si no le ayudaba con la fianza. Sin tener muchas opciones donde elegir, terminó en la ruina. Momento que aprovechó para dar el salto a la vida pública.

Para entonces el partido que representaba a la izquierda se encontraba de capa caída. Los casos de corrupción y los malos resultados económicos habían alejado no solo a sus votantes, sino también a sus representantes.

– Formar parte de esta gran familia no era muy honroso para el ciudadano de a pie, que prefería robar en el súper antes que ganarse la vida bajo esas siglas – decía Javier.    

Pero a mi abogado no le importó, como era de esperar. Y por lo que fuese o como fuere acabó como cabeza de lista de un municipio, después como alcalde y, tras esto, como máximo cabecilla de una trama que se dedicaba a traer a Europa pasaportes falsos procedentes de Latinoamérica para ser vendidos a precio de oro a los chinos.

– No acabé la legislatura. Compré una mina en Perú con otros dos socios y me fui a vivir la vida. Me harté a follar.

“De vez en cuando íbamos a la mina – solía explicar con nostalgia -, dábamos el visto bueno y pagamos una miseria a una panda de esclavos a los que poco les importaba la vida. Pero un día vino una mafia de la zona y nos quedamos sin la mina y, cómo no, yo, porque mis socios desaparecieron, sin dinero. Nuevamente lo perdí todo”.                                    

Si hablo de su familia su historia se difumina un poco. Es cierto. Oí por los pasillos del juzgado que era hijo de una larga estirpe de descendencia judía, y que su hermano, Fernando Palencia, era un acaudalado arquitecto que había hecho fortuna en la Costa del Sol en los años de la burbuja. La familia de su padre, y de su madre, me contaron, habían huido de la Francia ocupada por los nazis a un país que nunca supe, hecho que motivó que el futuro matrimonio se conociese, y floreciese así un amor que transcendería con los años fronteras y generaciones.

Según fue cuajando el amor y los lazos conyugales haciéndose más firmes, la joven pareja descubrió que parte de sus antepasados eran de origen Sefardí, noticia que provocó que, en los últimos coletazos del franquismo, ya con un hijo en camino y el otro parido, acabasen trasladándose a la Península, concretamente a Toledo. 

En lo que respecta a nosotros, Javier me conoció poco después de que yo entrase en prisión. Nadie quería hacerse cargo de mi caso. No era apetecible para cualquier profesional con dos dedos de frente – o por lo menos con ambiciones laborales – intentar defender a un tipo que se había cargado a un cura, y que además gozaba de tener en su currículo la virtud de ser un acabado.

Aquel día me esperaba en una sala con las manos esposadas cuando la puerta se abrió. La luz era baja y el olor concentrado, de una sustancia que no puede identificar, dificultaba la respiración. Entonces apareció Javier portando un taco de documentos y, nervioso, me preguntó si era Julián García, el asesino del padre Faustino. Yo, entre dientes, le respondí que de eso se me acusaba y, como si fuese un agente, le pedí que se identificase.

– Javier Palencia, tu abogado. La persona que se encargará de tu defensa – me respondió el muy gilipollas.                    

Solté entonces una carcajada y, atrapado por las esposas, le di la mano. Él también sonrió y me devolvió el saludo, no sin antes derramar parte de los documentos que portaba. Después charlamos un rato. Le conté mi versión, y él, avergonzado, me confesó que había aceptado el caso porque necesitaba dinero para comer. También me dijo que no había pasado buena noche. Que el día anterior había pillado nuevamente a su novia con un vendedor de pisos en la cama.

  • La vida es así de jodida.

Le dije. Para después consolarle con mi situación y, sin hacer mucho ademán de ello, organizar lo que podía ser la coartada: un planteamiento incoherente que solo sirvió para desvirtuar aún más el proceso.  

Como era de esperar, con el paso del tiempo nos hicimos amigos. Hecho motivado, como también era de esperar, por la sucesión de los acontecimientos y porque estos tomaron notoriedad en la prensa nacional. Y es que el abogado de mierda Javier Palencia se convirtió en uno de los personajes más populares de la opinión pública española. El pringado de Palencia, así le llamaban muchos de sus compañeros, se coló en los entresijos de las páginas de sucesos de los principales medios, con un caso que horrorizaba a media España. Un hecho que, según su alegato, había generado muchas envidias entre la profesión, pero seguro que no tantas como ampollas levantado en la familia, conservadora, como ninguna.

– ¡Con la venia de su señoría!, – injirió Javier de nuevo tras que el juez desoyese sus argumentos -. Pido, nuevamente, tener un receso para charlar con mi cliente. O, por lo menos, aplazar la sesión para otro día. Repito que su última declaración cambia el escrito de conclusiones provisional. 

– ¡Protesto, señoría!, – interrumpió el fiscal Angulo, elevando el tono de la voz -. Me reafirmo con usted y pido que el acusado formule una respuesta cuanto antes y no desvirtúe más el proceso. Creo que todos merecemos poner fin a lo que ha sido un episodio atroz de nuestra historia que, además, ha transcendido de forma obscena a la esfera pública.

En ese momento el juez Castro se quedó pensativo. Seguramente porque el fiscal Angulo era, además de repelente, un tipo respetado que conocía perfectamente los entresijos de la legislación. Esa clase de juristas que se habían curtido a base de esfuerzo y de tragar con todo tipo de casos en todo tipo de bufetes, al que el tiempo y la paciencia habían aupado a lo más alto.  Después se frotó los ojos, cansados por el uso de lentillas, para a continuación agarrar un bolígrafo y escribir algo sobre un papel.  

– El Ministerio Fiscal no tiene permiso para intervenir. Así que, para la próxima, ruego que se mantenga en silencio. No quiero que con salidas de este tipo se empañe el ejemplar trabajo que viene desarrollando en este caso y en estos juzgados. ¿Queda claro?

– Sí, disculpe su señoría – respondió el fiscal Angulo mientras agachaba la cabeza.

– Bien. Lo que solicita la defensa, a estas alturas del juicio, es un imaginario que se escapa de la naturaleza propia de éste y de cualquier proceso. En mi dilatada carrera no recuerdo un caso en que el acusado se declare de inicio culpable, y luego, en su última palabra, cambie de proceder y se exima de la culpa. Pero en esto de las leyes todo es posible siempre que el supuesto se sujete a las mismas. De inicio debería rechazar lo que la defensa solicita. No lo niego. Pero del mismo modo, como bien expone la misma, el escrito de conclusiones provisional cambia por completo. Algo que pone todo patas arriba y nos lleva, por desgracia, al principio.

– ¡Protesto, señoría! –, interrumpió el fiscal Angulo. – ¿Entiendo que no va a dar pábulo a la defensa?

– Protesta impertinente. Vuelvo a pedirle silencio o tendré que expulsarle de la sala – respondió enojado el juez. – Bien, hacía usted referencia, señor letrado, a la prueba reflejada en los informes periciales. Prueba que la fiscalía desestimó por la escasa nitidez de las imágenes recogidas por la cámara del cajero.

– Así es.

– Algo que, como decía, de inicio la fiscalía desestimó.

– Así es.

Entonces, en un tono desafiante, interrumpí:

– Aparte de estar en el cajero a esa hora, saqué dinero. Como recordaréis, había un movimiento bancario a la hora del asesinato realizado con la tarjeta de crédito de mi madre. Yo se la robé.

Mi abogado me miró fijamente a los ojos. Algo que contrastó con la actitud del fiscal, quien, nervioso, buscaba información entre la documentación que portaba.

– Sabemos que el suceso es uno de esos que nuestro subconsciente marcaría como ficticio, como el encontrado en una novela policiaca. Pero, por desgracia, no es así.

Recuerdo que declaró el día siguiente al crimen y a una marabunta de medios de comunicación el Delegado del Gobierno, Óscar Arroyo, mientras me ocultaba en la multitud sospechosa del pueblo.

– Pero tenemos que confiar en la justicia y en el estado de derecho para que todo el peso de la ley recaiga sobre quien sea el asesino. Ahora la Guardia Civil está trabajando con la intención de esclarecer lo sucedido.

– ¿Se sabe algo al respecto? Es decir, ¿hacia dónde apuntan las investigaciones o a quién o quienes señalan? – preguntó uno de los tantos periodistas que se amontonaban frente a la casa del cura.

– No, todavía solo se barajan hipótesis. Ahora tenemos que trabajar para encontrarlo. Además, como responsable público que soy, me gustaría recordaros que es fundamental la cooperación ciudadana, que todos trabajemos de la mano. Un delincuente así o, mejor dicho, un asesino así, puede matar en cualquier momento, complicando aún más el normal funcionamiento de la vida de este pequeño pueblo.          

– ¡Espero que Dios no vuelque toda su ira sobre quien haya cometido tal barbaridad!, porque, si no, pobre de él -. Gritó una mujer de edad avanzada que andaba por la zona, quizás intentando ocupar unos segundos la pantalla.

– Esos han sido los que se pinchan, los drogadictos que andan de vez en cuando por el pueblo -. Le contestó otra mientras una cámara fijaba el objetivo sobre su rostro y yo intentaba perderme entre la multitud.

– No sea tan lenguaraz, señora. A ver si la justicia va a poner los ojos sobre usted -. Interrumpió el señor Arroyo, posiblemente molesto por haberle robado su importante y necesitado protagonismo ante las cámaras de medio país.    

Recuerdo cómo me contaron que, aquel día del suceso, los informativos de todo el país comenzaron con la noticia atroz de que un párroco y parte de su parroquia habían amanecido calcinadas. Según decían, a lo largo de las primeras horas de aquel fatídico día fueron surgiendo nombres. Hasta que la Guardia Civil y los testigos concluyeron que el responsable era presuntamente un pobre drogadicto natural del municipio.

Bueno, la verdad de todo es que fue el pobre drogadicto, es decir, yo, quien ayudó torpemente – o no tan torpemente – a la Guardia Civil a que extrajese dicha conclusión. Claro está, manejando una coartada que el tiempo y el acontecer del proceso iría cambiado.

– Soy el único responsable de este desastre. No sigan buscando.

Le dije a uno de los coroneles de la Guardia Civil dos días después del incendio, mientras se enfurecía por teléfono por el simple hecho de perder progresivamente notoriedad en el caso. 

– ¿Qué cojones estás diciendo? -. Me respondió mientras se alejaba el teléfono de la oreja y acercaba su mano derecha hacia la pistola descargada que colgaba de su pantalón.

– Que no hagan más el gilipollas. Que fui yo quien quemó al cura.  

Se me acusó, según el alegato de la benemérita, extraído a conciencia del imaginario colectivo del pueblo, de ser parte de una historia turbulenta que decía algo así: 

El párroco tenía amistad con un médico local, de nombre e identidad desconocida, que, de vez en cuando, le conseguía morfina sin receta. Ésta, la morfina, la repartía entre los yonquis para que calmasen las crisis que generaba la falta de caballo. El problema vino el día en que el doctor dejó de ser solidario. Quería a los pobres yonquis, es cierto, o eso apuntaban diferentes fuentes, pero muy por encima de todo estaba su integridad y, cómo no, su carrera profesional: habían sido muchos los años de estudio para tirar por la borda tanto por una honrosa pero desagradecida acción. Entonces, como es obvio, el sacerdote dejó de repartir la morfina entre sus feligreses más devotos, y los yonquis, como también es obvio, se revolucionaron contra la desaparición del cuerpo de Cristo en forma de pico. Así comenzó una campaña en la sombra de amenazas y extorsiones de todo tipo hacia la persona que en otro momento había sido su salvador. Según la información que posteriormente manejó la acusación, los yonquis pidieron al cura incluso conocer la dirección de ese tal doctor sin nombre, dato que, por suerte, no consiguieron – o conseguimos -. Además, ésta también argumentaba como los días se fueron sucediendo entre monos y protestas a la espalda del pueblo, hasta que una tarde, como ya es sabido, el fuego quemó parte de la parroquia con el cura dentro.   

Si me centro en los acontecimientos posteriores al asesinato, es decir, desde que la señora Petra – persona encargada de limpiar la casa del cura – se encontró con el cuerpo, hasta que la justicia me apuntó como principal sospechoso o presunto asesino, y fuera de las especulaciones televisivas, el informe de la Guardia Civil fue tajante desde su inicio: muerte por ignición tras ser agredido con un arma punzante o cortante.

Al parecer, según relataba las hipótesis de la científica, el que fue el asesino, es decir, en teoría yo, habría atacado en un primer lugar al padre Faustino en un espacio sin determinar, para después arrojarlo a la chimenea que había en una habitación contigua al patio trasero de la casa y prender fuego a dicha habitación. Este, el fuego, habría calcinado el cuerpo hasta hacerlo casi identificable y se habría extendido hacia la casa, gracias a la voluminosa vegetación que había en el patio, principalmente compuesta por un tipo de arizónica bastante inflamable. Ante el olor a humo que se empezó a detectar en las viviendas colindantes al edificio, la señora Petra, mujer encargada de los enseres del cura, decidió acercarse. Una vez allí solo le faltó echar un vistazo para comprobar que aquello ardía y que la vida de su sacerdote, el confesor de sus pecados, además de la persona que le daba unos ahorrillos para llegar mejor a fin de mes, estaba en peligro.

Durante una declaración en el juicio la señora dijo algo así:

– Estaba friendo unos pimientos para mi Paco, cuando, de repente, olí como a goma quemada. Entonces salí al patio y pronto supe que ese olor venía de casa del padre Faustino. El pobre era muy despistado con las cosas del hogar, así que me acerqué sin pensarlo por si se hubiese dejado por algún motivo aparente algún fuego encendido de la cocina. La cosa fue peor cuando llegué, la casa ardía. Así que llamé a los bomberos.

En otras partes del informe también se planteaba la posibilidad de que el corte podría haber sido realizado por un arma blanca del tipo de un hacha. Instrumento que, al parecer, y según se especificaba, fue hallado en el patio sin ningún tipo de prueba, quizás borrada por las altas temperaturas. Según las declaraciones de la señora Petra en el juicio, así como las de varios vecinos del lugar, recogidas todas en el informe, el incendio se produjo a última hora de la tarde, entre las ocho y las diez, aunque es verdad que ninguno fue fiel en su alegato.     

– ¡Con la venia de su señoría! Insisto que no me parece lógico que se tenga en cuenta esta última declaración -. Solicitó el fiscal Angulo una vez que encontró lo que buscaba entre sus documentos.

– Señor Angulo, vuelvo a pedirle que no interrumpa – respondió, frunciendo el ceño, el juez -, de lo contario, tendré que amonestarle. Por favor, señor García, ¿puede profundizar en lo que acaba de contarnos?

– En el momento en que mataron al cura yo estaba en el cajero sacando dinero con la tarjeta de crédito que robé a mi madre. Yo no maté, como le acabo de decir, al cura. Y la verdad es que no puedo contarle mucho más. Más que nada porque tampoco lo hay. 

El Juez se encogió de hombros. Después agarró una jarra y llenó un vaso de agua. Lentamente la bebió hasta terminarla.

– Bien, ante la nueva coyuntura que se nos presenta y a tenor de que el acusado ha cambiado su declaración en su última palabra, me veo en la obligación de conceder a la defensa un receso de no más de una hora. El escrito de conclusiones provisional es diferente al presentado. Hable con su cliente y, después, a la vuelta, determinaré si es preceptivo aplazar la sesión para otro día.          

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