Solía decir mi madre que cuando recordaba el día en que nací, le venía a la cabeza el olor a cloaca que inundaba el ambiente del hospital. Según contaba, una de las tuberías principales cercanas al paritorio se había roto, provocando la putrefacción del ambiente. Como también recordaba un gesto interpretado por mi subconsciente que para el doctor que atendió el parto fue la muestra inequívoca de lo que vendría después. Y digo esto, porque, a pesar de que no existiese razón científica alguna que avalase la tesis, el ginecólogo alegaría a sus colegas, tras que fuese aupado al club de los niños prodigio, que ya lo había visto poco antes de azotar mi ojete para dejarme claro que esto del mundo duele.
– Esa cara lo decía todo. Y mira que era un recién nacido.
Más allá de la anécdota, quizás innecesaria, no lo niego, la cosa es que a los tres años y tras leer perfectamente, hablar como nadie y recordarlo casi todo, un psicólogo me hizo rellenar unos papeles que me clasificaron como superdotado. Según la escala, poco lógica pero reglada, cumplí los seis con un cerebro de ciento cuarenta y los doce con uno aún mayor de ciento sesenta. Era lo que se suele decir una mente privilegiada que, como se esperaba de una mente privilegiada, sufrió y se sintió fuera de todo con el paso del tiempo. Generalmente lo que pensaba, hacía o gustaba estaba muy alejado de las cosas que se pensaban, hacían o gustaban en el colegio. Es verdad que mi madre planteó en infinidad de ocasiones llevarme a un centro de educación especial, pero a la hora de la verdad, nadie, quizás por la falta de medios en la zona rural en que vivía, se atrevió a dar el paso.
Crecí en un pequeño pueblo situado en el corazón de la Península, en una zona boscosa apostada en el meollo de los Montes de Toledo. De nombre Tula, esta alquería allá por su fundación fue levantada al borde de la ladera baja del pico Guijo, un imponente macizo de granito que, cientos de siglos atrás, emergió entre bosques de encina, roble y pino. A lado de estos, desde la carretera secundaria que llevaba al pueblo por la montaña, se veía un antiguo cartel oxidado que mostraba los vestigios de la única historia que tenía el lugar. Según decía la leyenda, algún arqueólogo de poca monta y las tesis defendidas por el difunto padre Faustino, en su trascurrir descansaban los restos de los últimos caballeros que defendieron este sitio de la invasión Islámica. Al parecer, en el corazón de la piedra, existió una especie de gruta donde fue escondida la Mesa de Salomón hasta ser llevada a Medinaceli, mucho después de lo que decía la historia.
La casa del cura, la iglesia parroquial, la comandancia de la Guardia Civil, el consultorio con cuarto y mitad de médico, una pequeña escuela con pocos alumnos y unas cuantas calles mal iluminadas, que llevaban a la plaza del pueblo, donde las tiendas, las casas señoriales y algunos bares divergidos soportaban el paso del tiempo, eran otros de los principales atrayentes de este sitio vulgar que, tres primaveras después de mi nacimiento, tuvo el honor de dar la bienvenida a Borja: mi hermano pequeño, el hijo que según mi abuela nunca debería haber nacido y el que según mi otra abuela tendríamos que haber escondido.
– Ese chico que no salga a la calle. Es una deshonra para todos.
Una mirada perdida y algunos problemas de aprendizaje, en temas como el habla o la lógica, dieron un veredicto a Borja muy diferente al que tuvieron mis padres conmigo. Según el doctor Casas, así se llamaba aquel pediatra hoy muerto por un cáncer de pulmón, mi hermano pequeño sufría un trastorno de déficit de atención que se extendía a otras deficiencias que, con la edad, fueron concretándose. Un diagnóstico, por cierto, complejo de digerir para mis padres, que les obligaba a ubicar a mi hermano en un colegio especial lejos de su casa. Pero que, al igual que pasase conmigo, otro profesor, del que no recuerdo el nombre, decidió, para desgracia de todos, que lo mejor para Borja era que se quedase en el pueblo. Por lo que mi hermano, en contra de su futuro, permaneció en el centro educativo rural que mal educaba a los superdotados e igual de mal haría con los subnormales.
– El niño no oye o no entiende bien.
Repetía mi madre cada vez que cenaba con mi padre.
– Y el otro oía y entendía muy bien, y mira, tampoco consigue nada.
Respondía mi padre para desdicha de mi madre.
– Eso es porque se aburre. Porque tiene un nivel intelectual muy superior al del resto.
Concretaba mi madre para desmentir a mi padre.
– Cojones, y yo también me aburro en el trabajo y no por eso no rindo.
Sentenciaba mi padre para, así, cambiar el hilo de la conversación y evitar cualquier opinión o supuesto que le pudiese hacer sentir responsable.
Postura, esta última, que, para desgracia de mi padre, por no decir de ambos, nunca pudo mudar de aires una realidad que venía más que dada: mi hermano, como era de esperar, tuvo desde muy pequeño problemas con el aprendizaje. Para él, un chaval de por sí esmirriado y aspecto distraído, le era harto difícil enfrentarse a la adquisición de nuevas habilidades, algo que, por lo general, le desmoralizaba y conducía con frecuencia al triste rincón de la impotencia.
Recuerdo que fueron muchos los medicamentos y los médicos que pasaron por casa, incluso hubo algún curandero que otro, pero pocas las voces que desautorizaron una educación fallida desde su inicio. Y es que mi hermano, para sorpresa de todos, superó curso a curso la primaria sin aprender nada. Sus profesores, poco comprometidos con su educación, y siempre embutidos en la necesidad de quitárselo del medio, le hicieron cumplir los objetivos marcados de manera ficticia, hasta hacerle chocar con una educación secundaria que pronto le relegó al olvido.
– Mamá, no quiero seguir en ese sitio.
Le dijo una vez a mi madre tras regresar del instituto.
Mi hermano, después de varios meses en clase arrinconado, bajo un programa pedagógico errático y la supervisión de unos profesores que poco encajaban con sus necesidades, estaba harto de sufrir las burlas continuadas de sus compañeros.
– Los niños me llaman ‘El Jorja’ y me dan collejas.
Le aclaró mi hermano con su voz gangosa y una lágrima corriendo por su mejilla.
– Pues di a tus amigos que te defiendan.
– No tengo amigos.
– Pues díselo a tu hermano.
– No me hace caso.
Tras esas palabras, mi madre, para salir del paso, prometió a mi hermano que hablaría con su tutora. Conversación que, para sorpresa de algunos, no de todos, no tardó en llegar, pero de la que, por desgracia, no se extrajo ninguna conclusión. O más bien, una bastante negativa: la solución de doña Carmen, así se llamaba la susodicha, fue cambiar a Borja de clase, acusar al resto de chicos de maltrato y despertar la ira de todos, relegando a la supuesta víctima al ostracismo más absoluto. Hecho, este último, que pronto fue compartido por los encargados de impartir clase. Sus profesores, como hiciesen sus maestros, dieron a mi hermano por perdido, centrado todo su trabajo pedagógico en intentar que la exclusión no transcendiese a la familia y, cuanto menos, a la comunidad educativa del centro.
Lo triste de la historia es que un año después de aquel episodio mi hermano dejó el instituto. Mi madre, motivada quizás por muchas cosas que no vienen a cuento pero que eran más que obvias, le requirió para que le echase una mano en las labores domésticas, haciéndole desaparecer por completo del mapa de la vida social del pueblo y convirtiéndole, de este modo, en un desgraciado de por vida.
- Hijo, ¿sabes por qué te pusimos Borja?
Le preguntó una tarde mi madre a mi hermano mientras la ayudaba en las labores domésticas, yo veía la televisión y en la radio sonaba Have you ever seen the rain de la Creedence.
– No, madre.
– Porque así se llamaba un cartero que, cuando era pequeña, vivió y trabajó en el pueblo. Vino de la ciudad huyendo de una vida que le había castigado demasiado: decía que allí había perdido a su hija y a su mujer en un accidente de tren. Que el dolor le hizo viajar sin destino con los ahorros que le quedaban, hasta acabar en el pueblo.
– ¿Y dónde está ahora?
– Se volvió a marchar.
– ¿Por qué?
– Con el tiempo se enamoró de una chica. Era Navidad cuando Borja, el cartero, esperaba a su amada en su casa. Una fatídica llamada le alertó de que la muchacha había sufrido un accidente de tráfico. Recuerdo que repetía llorando que, cuando llegó al lugar de los hechos, estaban esparcidos por el suelo los langostinos de la cena de Navidad, mientras el cuerpo de la mujer se desangraba en la cuneta. Días después dejó el trabajo y no le volvimos a ver.
– ¿Y por qué le pusiste su nombre a Borja? – pregunté a mi madre.
Entonces se quedó pensativa e, intentando mirarnos a los ojos, nos dijo:
– Todas las chicas del pueblo estábamos enamoradas de Borja. Era el hombre perfecto. Pero esto no se lo digáis a vuestro padre, nunca lo entendería.
Yo, por mi parte, he de reconocer, como decía, que con lo de la educación no tuve problema alguno. La primaria y sus cursos pasaron sin más. Asistía a clase, me aburría, atendía un poco y luego plasmaba un examen perfecto en casi todas las asignaturas, especialmente las que implicaban cálculos matemáticos. Eso sí, esto no eximía que no tuviese problemas relacionados con la conducta a casi todas horas y con casi todos los profesores. El exceso de tedio y la banalidad de muchos planteamientos, me conducían a cometarios que, por lo general, me hacían tropezar con el decálogo pedagógico con que se instruía al alumno en cada clase.
– Julián, ¿de qué estoy hablando?
Me preguntó una mañana de primavera doña Justa para ridiculizarme ante la clase.
– De cómo hacer una regla de tres.
– ¿Y sabrías hacerla?
– Sí.
– ¿Pero si no estás atendiendo?
– Con solo mirar la secuencia te digo cómo se hace.
Le respondí insultante para, después, salir a la pizarra, hacer la operación matemática y corregir un fallo que había cometido la muy terca ante el asombro de todos los allí presentes.
La capacidad de cálculo, de almacenar información, la lógica que imperaba en mis pensamientos, la perfección de mis acciones y mi potencial físico con mi cuerpo escuchimizado eran algunas de las cualidades que me definían y me hicieron destacar en mi etapa previa a la educación no obligaría, un periodo en que mis notas, siempre teñidas de rojo por la conducta, fueron excelentes en cada una de las materias que cursaba.
Ahora bien, toda esta inercia ascendente y sin control pedagógico se quebró en el instituto, algo que pervirtió mi conducta definitivamente y me llevó a cambiar las horas de clase por asuntos que se dirimían entre bragas, en los bares y con drogas, siempre, y digo siempre, de por medio.