Julián García, Capítulo 5

Minutos después de que el juez concediese un receso y de ser reubicados en una sala contigua, Javier empezó a caminar de un lado a otro. Con la mano derecha sujetaba un cigarrillo por la mitad. Con la izquierda un bolígrafo de color azul que movía entre los dedos. Estaba nervioso, muy nervioso. Su rostro lo decía todo. Era obvio que los planes iban más o menos por el camino que esperaba, pero había algo rondando en su cabeza que le hacía dudar de casi todo. 

Muy en contra de su voluntad, yo, mientras tanto, me peinaba el pelo a la vez que pensaba en las últimas palabras que había vomitado por su boca, en mitad de los pasillos, el fiscal Angulo. En cómo este animal de los tribunales, defensor de la doctrina judicial más heterodoxa, se lamentaba de que el escrito de conclusiones tuviese tanta potestad para conceder en último extremo un receso a un asesino de sacerdotes. De que ese documento aplazase lo que tenía que ser un juicio concluso al que se le tenía que haber dado pocas oportunidades por no decir ninguna. De que mi cambio a la hora de articular el alegato definitivo volviese a condicionar el alivio de una familia que solo esperaba un poco justicia.  

De repente miré a través del cristal del ventanal por el único hueco que no tapa la cortina color caoba que lo cubría. Mis ojos, hundidos en dos prominentes oquedades, empezaron absorber una serie de acontecimientos que estaban perturbando el normal funcionamiento de la vida en la calle. Allí, en una vía de doble sentido, perfectamente asfaltada y pintada, un Renault color negro acababa arrollar por detrás a un SEAT plateado. El golpe había sido lo suficientemente aparatoso para arrojar al primero fuera de la vía y destrozar el morro del segundo. Por pura coincidencia, o así lo parecía, en el siniestro también estaba implicada una ambulancia, que, a simple vista, no presentaba daños considerables.

Lo verdaderamente triste de la escena era que, en el interior del Renault, en la parte de atrás, había atrapada, no me aventuro a decir muerta, aunque lo estaba, una mujer de unos setenta años. Justo a su lado, sujeta por el que parecía ser uno de los médicos de la ambulancia implicada, otra mujer, de unos cuarenta, con el pelo rizado, delgada y de aspecto desaliñado, lloraba con desesperación a la vez que intentaba franquear la puerta que atrapaba a la que apuntaba ser su madre.

Detrás del Renault, sentada en un falso bordillo teñido de negro por el roce de las ruedas, con un bolso recolocado entre sus piernas, otra mujer más, de edad media, lloraba desconsolada mientras se cubría el rostro con la mano derecha. Tenía la ropa desgarrada, los brazos manchados de grasa y un golpe en la mejilla, que le oscurecía parte del pómulo. Con la mano izquierda sujetaba un teléfono móvil, que presionaba con fuerza, como si de este modo quisiese descargar toda la rabia que parecía sentir por dentro.

– ¿Quieres dejar de mirar por la ventana y centrarte en lo que estamos? – me recriminó Javier.

– Pobre mujer. ¿Te imaginas estar en su lugar? Su madre está… muerta dentro de ese coche. Y ella no puede hacer otra cosa más que esperar a que saquen el cadáver mientras grita – le respondí para evitar escuchar una vez más lo que debía hacer.

– Llevas todo el juicio contando versiones, sin negar en ningún momento que eres el asesino. Y ahora, de repente, vas, cambias todo y pones en duda ser quien cometió ese crimen. ¡No me toques más los cojones! ¡Cuenta la verdad de lo que sucedió aquel puto día! Tenemos la prueba que demuestra que, según la hora de la defunción, estabas en el único cajero automático del pueblo, sacando dinero con la tarjeta de crédito de tu madre. Julián, te lo vuelvo a repetir: ¡cuenta la verdad! – me recriminó Javier.

– Mira, al final, quien creo que es la hija, se ha desmallado. ¡Dios mío, lo va a pasar muy mal en el entierro! No te das cuenta, Javi, su madre acaba de diñarla delante de sus narices. Posiblemente por culpa de la otra señora. Pero, ¿quién te dice que no de la suya? Debe ser muy duro ver morir a tu madre. Yo he tenido suerte y no he visto morir a la mía, ¿sabes? Es lo que me falta para completar esta vida de mierda. 

– ¡Quieres atender! – volvió a recriminarme Javier enfadado e intentando devolverme a su conversación.

– ¿Y tú crees que la familia estará bien? Que esa hija tendrá una nieta y un marido. Y que todos sus allegados acompañarán a esa pobre mujer en el entierro. Y la de atrás, la que llora. Será la culpable y se la juzgará de, ¿cómo decís los abogados?

– Homicidio imprudente – me aclaró para mi sorpresa.

– Eso, homicidio imprudente. Tiene que ser muy duro, la verdad.

– Mira, Julián. Y por favor, atiéndeme. Acabas de cambiar el alegato. Por lo menos, el planteamiento de la defensa. Tenemos tiempo limitado para construir eso que viene después de decir que tú “no fuiste el asesino del padre Faustino”. Necesito que me cuentes la verdad. Si es así como dices, tenemos un largo, pero limitado trabajo por delante.

Me quedé pensativo.

A continuación, le miré a los ojos y, para su sorpresa, le dije:     

– Javier, ¿por qué eres tan pesado?

– ¿Que por qué soy tan pesado? ¿Me estas vacilando? Acabas de declarar todo lo contrario a lo que venías haciendo y me preguntas que por qué soy tan pesado. 

– Sí -. Le respondí con una media sonrisa, para, seguidamente, cambiar el tono de mi voz hacia uno más reflexivo y empezar a decirle -: sabes, he estado pensando mejor en todo esto. Lo que acabo de decir, digo. Mientras iba de la sala de vista hacia aquí, he dado unas cuantas vueltas a mi declaración, y creo que ha sido un error cambiar mi posición en cuanto al asesinato. Creo, sinceramente, que vamos a utilizar todo este tiempo que nos ha dado el juez para descansar. ¿Y sabes por qué vamos a descansar? Porque voy a decir al juez que fui yo quien abrasó a ese sacerdote. ¿Y sabes por qué?: porque él nos traía la morfina, pero nos falló. Le advertí varias veces que me dijese el número de aquel médico, que, si no, le mataba. Pero no quiso hacer nada.

– Pero, pero, ¿qué cojones estás diciendo? – gritó mi abogado levantando los brazos -. Acabas de decir al cura, digo, al juez… no sé lo que digo. A ver, acabas de decir al juez que tú no fuiste el culpable del asesinato y ahora me cuentas que le vas a contar la versión anterior a tu última declaración. ¿Te estás riendo de mí? ¿O lo estás haciendo del juez? ¿O de todo el mundo? ¡Estás acusado del asesinato de un cura, el padre Faustino!

– Es que no sé ni lo que hice – le respondí, rascándome la cabeza, intentado mostrarle así que pasaba por completo de lo que me estaba recordando.     

– A ver, a ver –  me alegó mientras se colocaba el pelo y apagaba el cigarrillo en un cenicero que, previamente, había extraído de un cajón -. Eso de no saber lo que hiciste fue al principio. Vamos a centrarnos. Deja el accidente y mírame a los ojos. Dime: ¿qué pasó aquella tarde noche?

– No me acuerdo – le volví a decir ahora con más ironía.

– ¡No me jodas, Julián! – me gritó, golpeando la mesa, haciendo saltar unos papeles que había encima. – Entonces, ¿por qué cojones has dicho al juez todo lo contrario?

– Solo te importa la prensa – le interrumpí desafiante, intentando cortarle.

– ¡No me toques los cojones, Javier! Digo Julián.             

De repente, un grito de la calle detuvo la conversación. Por lo que pudimos extraer, un familiar o alguien relacionado con la víctima se había acercado al lugar de los hechos. Nervioso, se movía de un lado a otro, seguro que intentando arreglar con su actitud y desasosiego lo que las normas biológicas hacían imposible.  

– Y todavía no ha venido ninguna ambulancia. Es una auténtica pena.

– ¿Solicito otra habitación para que te puedas centrar? Sé que lo de fuera es muy jodido, pero tenemos cosas más importantes que resolver aquí y ahora.  

– Todo esto me recuerda mucho a aquella tarde noche – dije para sorpresa de mi abogado, mientras me levantaba y me acercaba a la ventana -. Sabes, ¿creo que fui demasiado cruel? Un simple mal entendido no podía acabar así. Él no tenía la culpa de que el cabrón del médico se rajase.

– Tú tienes ganas de tocar los cojones. ¿Ahora lo hiciste tú?

– ¿Crees que iré al cielo?

– ¿Ahora crees en Dios? – me preguntó con sorna. 

– En algo hay que creer – le respondí.

– Mira, déjate de místicas. Vamos a ver. Volviendo a que fueses tú el asesino, que lo dudo. Pero bueno, vamos a ponernos en ese escenario, porque me va a servir para que dejes de decir gilipolleces y vuelvas a lo que has soltado hace unos minutos. Según dijiste en tu primera declaración, nadie te acompañó. Aunque en un par de declaraciones posteriores hablaste en plural.

– ¡Yo qué sé, Javi! – exclamé jocosamente -. No me acuerdo. 

– Mentira, lo recuerdas todo, pero bueno. Dicen que tu hermano Borja acudía a la parroquia. Al parecer tocaba las campanas y, a veces, incluso era monaguillo. Y todo gracias a tu madre, la catequista del pueblo.

– Sí, así es. Allí íbamos los yonquis y los tontos. Pero, ¿qué tiene que ver mi hermano con todo esto? – le pregunté un tanto extrañado al no saber qué buscaba realmente con esa afirmación.

– Nada, simplemente información.

– Ah.

– ¿Sabes quién es Río Colorado? – Me preguntó, de repente, Javier.

En un principio no quise responder. Era la historia de siempre. La que había centrado parte del interrogatorio en otra etapa, la del principio del proceso. No entendía cómo reaparecía otra vez. Lo que sí me quedaba claro era que mi abogado empezaba de nuevo, no sé por cuantas veces, a considerar el caso como una oportunidad que le salvaría del ostracismo profesional. Estaba intentando quedarme con él y, aun así, era capaz de atizarme para construir el alegato que buscaba. El hecho de que hubiese sugerido que no era el supuesto asesino, le había dado alas para que contase la que intuía como la verdad que yo guardaba. Una verdad cuanto menos jugosa para un patán de vuelta que se había movido siempre en la ilegalidad, tropezando por ello con casi todo.

– ¿Por qué vuelves al tema de Río Colorado? – le pregunté.

– Porque es una parte importante de este caso. Aunque no lo creas o no lo quieras creer.

Y sí lo quería creer, sin duda. ¡Cómo no lo iba a querer creer de una empresa con un historial tan amplio y complejo como el suyo! Fue por lo que entonces, sin más, me introduje en mis adentros y, absorto, me perdí entre un mar de pensamientos, mientras las palabras de mi abogado rebotaban en forma de eco por las oquedades de mis orejas.

Rio Colorado, de los Bellamy, pensé, (una familia que vino del sur de Inglaterra en pleno siglo XIX, concretamente Plymouth, hizo dinero con el ferrocarril en la Península y en Cuba y desde principios del XX con la minería), se caracterizó por ser una empresa que gozó de buena salud financiera con los diferentes gobiernos del estado más o menos desde la crisis de 1898. Fue en los años veinte cuando la familia y la compañía entraron prácticamente en bancarrota. La caída de la construcción de líneas ferroviarias en la mayor parte de la Península, la mala o fraudulenta adjudicación de las concesiones de explotación minera y algunas maniobras políticas equivocadas en plena dictadura de Primo de Rivera llevaron a Río Colorado a un contexto económico que pronto se tornó en despidos, quiebras de filiales y en salidas por patas al país vecino de algún que otro dirigente. Pero su apoyo incondicional al bando sublevado durante la Guerra Civil, a través de importantes donaciones procedentes de fondos reservados situados en bancos extranjeros, alemanes en su mayoría, dieron a la minera y hasta nuestros días la vitalidad suficiente, o por lo menos aparente, para hacerse con los más suculentos contratos, muchos de ellos, en mi comarca.

En un documento publicado durante Transición, por un periódico que no merece la pena recordar, ya desaparecido, por cierto, se contaba cómo la empresa había destinado cantidades ingentes de dinero para la compra de armas, así como financiado la logística de algunas batallas importantes como la del Alcázar de Toledo o la del Ebro. Incluso se remarcaba como el mayor de los hermanos Bellamy, John, había vuelto del norte de Inglaterra, de su tranquilo puesto como responsable de ingeniería eléctrica en una empresa de un amigo de su padre, para alistarse primero como recluta y después como encargado de la brigada del Sur, capitaneada por un general del que no recuerdo su nombre.     

Como es obvio, esta posición de influencia durante la Guerra Civil y el Franquismo, hizo a Río Colorado crecer como la espuma, tomando, como muchas empresas de su entorno, una posición de liderazgo que continuó como si nada en el periplo democrático, hasta alcanzar la gloria con el nacimiento de las autonomías (los Gobiernos de José Bono primero y José María Barreda y María Dolores de Cospedal después, demandaron con asiduidad sus servicios). Fue aquí cuando la minera empezó a operar de verdad en el centro de España, principalmente en explotaciones cercanas a Madrid. A pesar de que la mayoría no tenían mucha rentabilidad, los materiales extraídos no eran muy cotizados en el mercado, la cercanía con la capital las convertía en una pepita de oro, y nunca mejor dicho, que garantizaba la utilidad de las explotaciones por encima de cualquier cosa.          

Según contaban los ecologistas, y algunos arqueólogos locales, este hecho, es decir, el que operase en la zona, así como la influencia que tenía sobre la clase política, llevó a la minera a centrarse en la explotación de un monte de granito situado poco antes de llegar al puerto del Guijo, el mismo en que se encontraba la supuesta gruta visigótica, donde, en otro tiempo, supuestamente se guardó la famosa Mesa de Salomón, poco antes de ser trasladada a Medinaceli. Además, en el entorno, enclavado en un espacio de altísimo valor ecológico, había también una supuesta necrópolis con los restos de los caballeros que defendieron el lugar de la invasión musulmana.

En ese momento, el granito no se cotizaba barato, y tenía una importante salida en el mercado. A esto había que sumar que, según los estudios geológicos, que poco a poco iban destapando lo suculento del pastel, aquel lugar guardaba las reservas suficientes para que la explotación fuese rentable el tiempo que cualquier gobierno local, es decir, cualquier ayuntamiento, podría desear en su carrera de maquillar los datos de empleo, siempre tan negativos en una comarca y una región truncada desde tiempos de Cervantes. 

La falta de lluvia de los últimos años y los incipientes latigazos de la crisis económica, habían sido los argumentos sostenidos por el municipio para aprobar, casi por unanimidad y en contra del dictamen de los ecologistas y de los arqueólogos, la explotación de este monte. Además, el Gobierno autonómico también había dado todas las facilidades legales a la empresa e interesados para que la explotación fuese una realidad.

Recuerdo que en una información publicada en La Tribuna – un medio provincial – que relacionaba a la empresa Rio Colorado con el asesinato del Padre Faustino, se detallaba como todos los informes de la Consejería de Medioambiente y la de Cultura habían sido favorables, y se desmentía, en todo momento, que se estuviese atentando contra la naturaleza y el patrimonio, alegando, en referencia al segundo, que lo único que albergaba de histórico ese paraje era una leyenda.

También es cierto que, al mismo tiempo, en otro medio local, se recogía la opinión enfrentada de un arqueólogo y de un grupo de ecologistas que dudaban de la veracidad de dicho informe e instaban a que volviese a ser repetido.       

El problema surgió cuando el padre Faustino, con cierta influencia en el arzobispado, por un tema sentimental de otra época y otro tiempo, o eso decían las malas lenguas, encabezó la protesta, con todo el aparato mediático clerical de su parte, para evitar la explotación de la mina. Esto llevó a que diferentes medios nacionales y algunos internacionales (la BBC hizo un reportaje para un programa que emitía en Prime Time sobre grandes historias de la humanidad olvidadas y en peligro de desaparecer; National Geographic dedicó un faldón en la revista de Historia del mes de noviembre; el periodista Norman Clerk, del New York Times, alertó en un artículo de opinión sobre la mala conservación del patrimonio en la Península Ibérica, poniendo como ejemplo, entre otros, el del yacimiento de Tula; Iker Jiménez realizó varios reportajes, adornando aún más la historia con fantasmas y viejas tradiciones; e incluso la asociación Hispania Nostra ejecutó un campaña que movió la conciencia de medios, pensadores y amantes del pasado), fascinados por las historias de la Biblia y su representación arqueológica en la tierra, caldearan demasiado el ambiente.

Todo este nuevo escenario empezó a quebrar la buena imagen del gobierno recién elegido y la intachable labor de la empresa. Por lo que ambas instituciones, junto con la oposición, plantearon la posibilidad de lavar la cara al asunto mediante una serie de estrategias que deslegitimarían, de hacerse, aún más la imagen de una institución que perdía adeptos a razón de decisiones arcaicas.

Fue por esto por lo que la Iglesia decidió dar un paso atrás. La razón pública y publicada: una serie maniobras, escondidas a la opinión de todos, que, en muchos casos, trascendían lo legal. Y es que según atestiguó el sacerdote a varios allegados, entre ellos a mi madre, en los últimos días antes del citado cambio de sentido, había recibido amenazas de muerte. También les dijo que, según le habían contado, la minera, el arzobispado y los diferentes grupos de poder habrían llegado a un acuerdo encubierto para mantener una la imagen limpia y tapar lo favores y demás vergüenzas que podrían llevarlos a los tribunales. 

Con la institución eclesiástica fuera de combate, ya solo quedaba el cura, el padre Faustino. Alguien, por cierto, que comprobó en sus propias carnes como los sentimientos pasan a un segundo plano cuando la honorabilidad puede verse dañada. Pero, a la vez, alguien que no desistió en la tarea de seguir protestando hasta el final.

Sin medios, aunque armado de paciencia, el vicario de Dios utilizó en sus últimos días sus redes sociales y a los ecologistas y arqueólogos para defenderse. Creó lo que se puede llamar un grupo de presión 2.0 que generaba opinión e información a través de un portal, varios blogs y media veintena de cuentas de Facebook y Twitter. A esto le añadió la buena voluntad de un ejército de jóvenes periodistas en paro, quienes, a cabio de publicar, construyeron un relato que llenó las entradas de los principales digitales de la región.

Pero, para desdicha del cura, y la de todos los implicados, un día de octubre apareció un importante arqueólogo de la Universidad Complutense de Madrid, el catedrático Félix Azumaga (un tipo a sueldo, con amplios y precisos conocimientos en esa etapa en la Península), a quien le bastó con unas cuantas publicaciones en revistas científicas y un par de entrevistas en varias cabeceras locales y nacionales para desmontar cualquier teoría que pudiese probar la realidad de la historia.       

Semanas después de aquel sumatorio de escarnios públicos, y de que el padre Faustino fuese olvidado y humillado por casi todos, su casa y él acabaron quemadas. Entonces la prensa apuntó nuevamente al caso. La empresa, la Iglesia, el Gobierno, el alcalde y los vecinos se convirtieron en los principales sospechosos. El pueblo, y todo lo que lo rodeaba, se transformaron en un plató de televisión, donde la culpa empezó a pivotar entre sus ciudadanos sin un rumbo y destinatario claro. La verdad de lo sucedido se convirtió, para sorpresa de muchos, en el anhelo que media España deseaba encontrar, a golpe de informativo, en sus televisores.  

Aunque, como en cualquier historia humana, cuando la sospecha destaca sobre la legitimidad, surgió de la nada el ingrediente que cualquier plato insípido demanda para ser bien degustado, dando lugar a un nuevo contexto con un solo protagonista: yo; es decir, el payaso abatido y facilón que cualquier escándalo público necesita cuando se niega a destapar la razón por la que ha llegado a ser un escándalo público.

De repente, de la misma forma que me había perdido en mis pensamientos, volví a céntrame más o menos en las palabras de mi abogado, quien, insolente, me gritaba:

– Alguien con poder amenazó a tu hermano o a tu familia. Lo sé. ¿Por qué no cuentas la verdad y dices que fueron ellos los que te pagaron para quitarse del medio al cura? O que simplemente fueron ellos los que se le quitaron de en medio y te acusaron. Te vuelvo a recordar que tenemos la prueba del cajero.

Me preguntó, de repente, Javier, con otro cigarrillo en la boca.

  • ¿Me estás escuchando?

Me volvió a preguntar a la vez que se sentó en una mesa de despacho que había en la sala, justo enfrente de una pequeña biblioteca con libros de diferentes temáticas y varios códigos legislativos bien encuadernados, y contigua a un sillón de licra que estaba junto a una máquina de refrescos y comestibles y otra de cafés, situadas al lado de la puerta.   

– ¿Qué decías? – le pregunté con sorna para tocarle un poco más las narices.

– ¿Veo que no estabas atendiendo? – me interrogó molesto.  

– No.

– Pues te decía que alguien con poder amenazó a tu hermano o a tu familia. Lo sé – reafirmó para, elevando el tono, decirme -: ¡Qué cuentes la verdad; que digas que fueron ellos los que te pagaron para quitarse del medio al padre Faustino! ¡O que simplemente fueron ellos los que se le quitaron del medio y te acusaron a ti! 

– Pero si el cura ya no era un problema para ellos – le contesté malhumorado, al tiempo que me dirigí al ventanal, situado en frente del sillón, y toqué con delicadeza las cortinas -.  Además, ¿cómo iban a caer tan bajo la Iglesia, el Gobierno y una importante empresa de minería? ¡No te enteras de nada!, de verdad – le recalqué, casi susurrando esto último.

– ¿Y los vecinos? Había mucho paro, se necesitaba dinero y la cantera lo daría.

En ese momento solté las cortinas, me giré, caminé hacia el sillón donde estaba Javier y, casi proyectándole el aliento en su rostro, le recalqué:

– Ese hijo de puta nos dejó sin morfina. ¿Te queda claro? 

Javier no me contestó por momentos.

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