Julián García, capítulo 6

Hacía bastantes años de aquel cigarrillo que fumé en la boda de mi primo Jaime, el hijo de mi segundo tío materno. Como de aquel vaso de vino caliente que mezclé con no sé qué bebida y que acabé potando en la calle de al lado de la casa de mi vecino, justo donde mi padre vomitaba cuando también se excedía con el alcohol. Pero también hacía ya bastantes años de aquella primera calada a un porro a menos dos grados bajo cero. Como de aquella ralla poco antes de cumplir la mayoría de edad. O de esas pastillas de colores y otras cuantas noches en que subía al cielo escuchando música electrónica mientras me embutía en un mar de luces. O de los ratos sueltos, que luego no fueron tan sueltos, poniéndome tiros encerrado con amigos en un coche mientras hablábamos de cosas banales.

Pero puesto a pensar en otra época, también son muchos los años que hacía de aquellas palabras, a los televidentes trasnochados, del doctor Luis Manuel Bécquer, un personaje que, aparte de médico especialista en adiciones, salía en casi todos los canales de la televisión de entonces.

En una de sus tantas apariciones, una noche en un Late Night de lo más absurdo, en que todo el mundo estaba colocado, y poco antes de acabar sus días con una antigua actriz porno que con el tiempo le acusaría de malos tratos, dijo algo así:

– La droga es la pandemia que arrasará a la juventud del siglo XXI. Más del noventa por ciento de los jóvenes la han probado o la probarán en un futuro próximo. Y aunque todo queda muy bien en la publicidad del Ministerio de Sanidad y en la de las tantas e inútiles fundaciones promovidas por grandes cooperaciones, muy pocos son los organismos que se interesan en dar una solución real a este problema. Cierto es que la droga no es solo la coca, el cannabis, el caballo, el éxtasis… la droga también es el tabaco, el alcohol, las pastillas adelgazantes o para incrementar la musculatura, así como la infinidad de antidepresivos que se venden para simular una felicidad imposible de alcanzar, en un mundo que de por sí invita al suicidio. Por lo que muy en contra de la opinión general y del discurso fundado por la administración sanitaria de este país y de todos los países del primer mundo, tengo que decir que la democracia liberal moderna necesita tener a su pueblo drogado. Un exceso de democracia mandaría al pario cualquier proyecto capitalista. Por lo que, si se quiere que esto funcione, se necesita una sociedad adormecida. Y muy especialmente una sociedad adormecida en los barrios obreros: núcleos de mano de obra barata en los que en su aspiración vital colectiva está únicamente codificado el mensaje de salir el fin de semana para llenar la nariz de cocaína y follarse a la primera o primero que pase por delante de esa misma nariz empolvada.

En respuesta a todo esto, el afamado periodista Manuel Villamar, con la mandíbula torcida y los ojos inyectados en sangre, salió diciendo que tal afirmación era una auténtica fruslería e invitó al doctor a reconsiderar sus palabras y a pedir disculpas a las autoridades sanitarias por la falacia discursiva difundida a través de las ondas.

Petición que el doctor desoyó, dando lugar a una discusión irracional que terminó con los bailes de un homosexual alcoholizado. Un tipo gracioso y lenguaraz, al que seguía con asiduidad por la radio, en un programa muy gracioso titulado La Mandrágora, mientras trabajaba de herrero, carpintero, vigilante de seguridad, vendedor ambulante…: puestos laborales insignificantes que poco me aportaron como persona, pero que me sirvieron para financiar lo único que por aquel entonces me importaba: la droga.

– Los que han sido nuestros representantes políticos en la supuesta izquierda, nos han fallado una vez más. No son la verdadera izquierda, sino esbirros de las grandes corporaciones que se esconden bajo unas siglas y devalúan las condiciones de vida de las personas. Y mientras nos mantienen entretenidos con la recuperación de derechos civiles que no tocan los privilegios del capital o con conflictos inexistes que los medios de comunicación crean como si de seriales televisivos se tratase.

Recuerdo que expuso una tarde mi amigo Guille mientras fumábamos hachís. Un tipo bastante mayor que yo que estudiaba Ciencias Políticas y que intuía un cambio económico y social (o eso le había pronosticado sus profesores) fruto del agotamiento del sistema.

– Ya estás con tus tonterías. ¡Pero si cada vez tenemos más dinero! ¿No te das cuenta cómo está funcionando todo? La economía va de puta madre y, por suerte, no se lo debemos a la izquierda.

Respondió Charly, otro amigo de derechas, hijo de un albañil y una ama de casa, que perdió a un bisabuelo en la Guerra Civil por proteger a ese Dios que poco amparó a su familia cuando tanto hizo falta años después. 

– ¿Y tú no opinas, Julián? – me preguntó Guille.

– A mí me la trae al fresco toda esa mierda – le respondí con bastante desprecio, para así no inmiscuirme en un debate que consideraba banal.

Y es que, con el sistema político actual, cualquier intención de ejercer contrapoder era una auténtica pérdida de tiempo. Si algo tenía claro, era que por delante de los problemas del resto estaban los míos. Sí, los míos. Y digo esto porque para entonces mi conflicto ya no era solo que la gente que me rodeaba me pareciese gilipollas y que no entendiese la simplicidad del conjunto. Mi conflicto cada vez era más mi padre y su problema, el mismo que cualquier día iba a poner fin a una familia de la que no era juez, pero sí parte.

– Voy a marcharme de esa puta casa. Es un puto infierno ver cómo un grandísimo hijo de puta ejerce la tiranía sobre una mujer y una familia que no hace nada por cambiarlo.     

Masculle una noche a mi amigo Guille, tras haber chocado una vez más con el insufrible y casi asesino clima de convivencia que se respiraba en mi casa.

– ¿Y dónde vas a ir? – me preguntó preocupado.

– No tengo ni idea. Pero no aguanto más.

– Lo que tienes que hacer es denunciarlo. Huyendo no vas a cambiar nada – me dijo tajante.

Como venía siendo habitual, no le hice ni puto caso. Y como también venía siendo habitual, continué peregrinando por el mismo camino que de un tiempo a esa parte estaba abrasando mi vida.  Un camino, por cierto, que recorrí como mejor puede, hasta que, una mañana, sin pensarlo mucho, me pegué una ducha, hice la maleta con los cuatro pingos que tenía y me marché a la casa de tía Marta, la sortera de la familia.

Tía Marta había sido siempre una mujer dispareja. La menor de seis hermanos, estudió formación profesional en la Universidad Laboral que le valió tiempo después para aprobar una oposición de nivel C en la administración regional. Puesto que le quitó el tormento de ser mujer y no encontrar trabajo, y más en una ciudad como Toledo, pero que la arrastró a una vida subyugada a la monotonía y el aburrimiento.

A la edad de veinticinco años, tía Marta dejó definitivamente la casa de sus padres. La muerte del abuelo, unido a la necesidad imperiosa de abandonar un pueblo que para entonces la ahogaba, fueron los motivos que argumentó para justificar la compra en Toledo de un piso por el que tuvo que pagar una hipoteca desorbitada. Adquisición que a decir verdad nadie entendió. Aunque es cierto que, tiempo después, se supo que pudo estar motivada por el hecho de empezar a salir con un periodista local; hombre que, de la misma forma que vino, un día cerró la puerta y se fue.

Justo, así se llamaba, trabaja para un periódico local que le daba para saciar sus ganas de escribir y cubrir las deudas que contraía en los bares. Una mañana de invierno, poco después de que el sol se colase por primera vez por la ventana del salón, con la resaca martillando su cerebro, escribió una nota a mi tía diciéndole que dejaba la ciudad y que rehusase buscar explicaciones al hecho de que nunca más volvería a saber de él. Y tal cuál fue, pues ni la policía ni la familia siguieron una investigación absurda que motivó su antigua pareja y que acabó hundiendo más a ésta en la miseria. Cataclismo que comenzó con un mar de lágrimas, a las que les siguió un trabajo monótono, una ciudad y una casa que se desmoronaba y una pena que no curaba ni con más de tres sesiones semanales de psicoanálisis. Por eso, una mañana, se despertó y, si más, y al igual que hizo Justo, decidió marcharse, poniendo el piso de la hipoteca desorbitada en venta y pidiendo un traslado a otro edificio público para no frecuentar el ambiente y la gente que diariamente constituía la vida que llevaba fuera del periodista.

Meses después de aquella decisión, tía Marta regresó al pueblo. Y poco después compró otra casa que, con la ayuda de uno de sus tantos sobrinos, restauró. Esta terapia de choque, que llenaba los huecos de las horas vacías de la tarde, le sirvió para dejar atrás tan dichoso capítulo y comenzar una manera de vivir a la que se haría adicta de por vida. Sí. Y es que mi tía, con eso de que quería volver a encontrar un hombre, empezó a gastar dinero sin sentido en tratamientos de belleza, emprendió dietas suicidas y se hizo adicta a la compra de revistas de estética. Además, como si de una atleta se tratase, empezó a practicar deporte a todas horas y a comprar alimentos y pócimas curativas que pagaba con la misma cuenta bancaria con la que cubría los gastos de psicólogos y antidepresivos.

– ¿Sabe?, hoy estoy mejor. De todas formas, creo que cuando conozca a alguien, ya sabe, todo cambiará.

Le expuso durante una sesión al doctor Juan Carlos Delgado, cansada quizás de que los años pasasen y su felicidad fuese absorbida por las ruinas emocionales que había dejado el periodista.

– ¿Ha pensado que, además de Justo, el motivo de su pena pueda ser motivado por el clima que le rodea?; es decir, el pueblo, el trabajo… – le argumentó el doctor para hacerla ver otra cosa que no fuese su amor truncado.

– Puede ser. La verdad es que el trabajo me deprime – respondió y continuó -: sabe, llevo unos cuantos años levantándome a la misma hora, tomando el café tres veces al día también a la misma hora y saliendo a la misma hora. Y, aunque he cambiado de puesto, no dejo de hacer lo mismo: mando correos, relleno papeles, digo a los mismos tíos los mismos mensajes de siempre y espero a que se repita el proceso legal; que, por cierto, es igual que el del año pasado y que el del anterior y quizás con leves modificaciones con respecto al del otro.

– ¿Ha pensado en cortar con todo?; es decir, plantearse una nueva vida en otro sitio y con otra gente – preguntó el doctor a mi tía tras dejar de tomar nota.  

– Sí. Algún día lo haré.

Y con este propósito en la mente, tía Marta empezó sortear la pena otro poco tiempo más, comportándose de la misma forma que lo había hecho a lo largo de su vida. Es decir: utilizando la resignación como instrumento de empuje ante contextos que suponía inaguantables. Y si no: ¿por qué tía Marta soportó la humillación constante de su profesora doña Brígida cuando no aprendía las tablas?; o ¿por qué tuvo que aceptar ser la que se quedaba fuera de las damas y reinas de las fiestas del pueblo por la invención del señor alcalde de establecer un cupo reducido?; o ¿por qué agachaba la cabeza cada vez que sus jefes la arrinconaban y la acusaban públicamente de errores que no cometía? Pero si hasta solía contar que, el día de su comunión, la catequista, es decir, su propia hermana, le apartó de la lectura pública para no ofender a la hija del señorito del pueblo, que para entonces estaba muy enfada con mi tía.

– Elvira, me da mucha vergüenza, lo reconozco, pero es mi ilusión – le dijo a mi madre a la tonta de mi tía con los ojos empapados en lágrimas.

– Es lo que hay. Somos pobres.

Cuando cumplió los cuarenta y cinco años, y ya con la idea descartada de encontrar un nuevo amor, decidió hacer un viaje al otro lado del mundo. Una aventura, por cierto, que le había recomendado la pitonisa Mariela en un programa de madrugada, de esos en los que para participar hay que llamar a 902. El lugar elegido era Australia. Más concretamente, Sídney. Allí, según nos contó, se encontraría con Justo, que para entonces trabaja vendiendo periódicos en un kiosco y que, según la predicción de la bruja, echaba constantemente de menos a mi tía. 

Pero para su desdicha, el día de la partida, estando completamente sola en el aeropuerto con las maletas franqueándola y los aviones delante de sus narices, la muy desgraciada se encontró con una prima del periodista. Ésta, sin pudor alguno, le dijo que su antiguo amor vivía en Bilbao trabajando para la sección autonómica de El Mundo y que acababa de tener su segundo vástago.

Tiempo después nos enteramos que tía Marta pasó la semana de Sídney encerrada en su casa, no comiendo casi nada y engancha al prozac, mientras gastaba dinero comprando todos los productos que consideraba necesarios y que la teletienda le ofrecía al pie de sillón.

En lo que se refiere a nuestra situación familiar, es decir, a nosotros, tía Marta siempre fue un poco benévola. No sabemos si porque temía a mi padre o porque no acaba de creer a mi madre, nunca mostró la implicación que requería la defensa de una familia que, en parte, también era la suya. Es verdad que nunca nos negó auxilio y que siempre que mi madre salía derrotada de alguna disputa la puerta de su casa estaba abierta. Pero todo esto lo hacía marcando cierta distancia e intentando obviar un contexto evidente para todo el pueblo.

Otra cosa fue con mi hermano y conmigo. En lo que se refiere a Borja siempre mostró su rechazo a los planteamientos del colegio de mantenerlo como un alumno más y pidió para que le trasladasen a un centro especial. En mi caso, prestó todo su empeño, e incluso su casa, para que no acabase tropezando con un mundo al que iba de cabeza. Un mundo, por cierto, en que ella estaba atrapada por otras circunstancias y otras sustancias, y donde solo había espacio, según decía, para la asfixia.  

– ¿Puedo quedarme en tu casa unos días?

La pregunté con la maleta en la puerta y apestando a alcohol.

– ¿Otra vez por aquí? – me respondió sorprendida, con una media sonrisa en su rostro.

– Esta es la definitiva.

Volví a responderla, para sellar así un contrato que pronto empezó a llenarse de vacíos nomotéticos que, ni el parentesco ni el cariño contraído por tantos años, pudo tapar.

– Debes buscarte un trabajo. No voy a permitir que estés ahí todo el día tumbado mientras te drogas. ¿Sabes algo de tu madre?

Me dijo un día, muy enfadada, mientras sudaba subida a la bicicleta estática y veía un programa del corazón.

– No.

– Mañana hablaré con tu tío Juan para que te meta en la aseguradora.

– ¿Y crees que me contratará?

– Se lo pediré yo.

– ¿Qué ves?

La pregunté, cambiando bruscamente la dirección de la conversación.

– Nada, un programa de cotilleo.

– Te pasas la vida frente al televisor.

– A ti no te importa – me expresó molesta.

Tío Juan era el triunfador de la familia, además el mayor de seis hermanos y el hermano que miraba a todos por encima del hombro solo porque había conseguido sacar las castañas de un fuego que abrasó al resto.

A la edad de quince años, el votante de la derecha, el socio quince mil cuatrocientos treinta y dos del Real Madrid, el hijo de Segismundo el Tonto, el emprendedor se fue a la capital de España a trabajar como hujier. Allí, según contaba mientras fanfarroneaba en el bar, aprendió el delicado y difícil oficio de las aseguradoras, gracias a que fue adquiriendo responsabilidades a la sazón de que sus superiores se iban percatando de un talento casi divino. Con el tiempo le hicieron director de una oficina y, cuando supo que aquello era poco para un grande del emprendimiento, cogió a su mujer y dos hijos y se volvió al pueblo. Con los ahorros compró un local, y gracias al compromiso demostrado e intachable currículum laboral acopiado, pidió un favor para abrir una sucursal de la empresa aseguradora en Tula.

– Mi esfuerzo me costó y mis favores tuve que pedir. SEGUROS ARANDA no sale de la nada. Es el resultado de mucho pero que mucho trabajo.

Reconocería en una reunión de las pocas familiares que recuerdo, un encuentro en que también anunció que dejaría a su mujer, la Paca, la compañera de viaje de este sociópata del amor.

Y es que mi tío, además de ser un fanfarrón y la prolongación moderna de Segismundo el Tonto, era también un putero y, en una de sus tantas visitas a estos antros, conoció a Priscila, la reina del desierto moral y social, de origen brasileño, que desde entonces fue su existencia. Y digo esto último porque el hermano de mi madre con tan egoísta decisión no solo perdió a su mujer, la ignorante que le había lavado los calzoncillos hasta entonces, sino también a su cuñado, a su mejor amigo y al par de cachorros que un día engendró y a los que hasta la fecha se les caía la baba cada vez que escuchaban las historias de gloria y proezas que contaba el bueno de su padre.

– Tienes que contratarle.

Le insistió tía Marta a tío Juan ante su negativa en la oficina en una mañana de lluvia.

– Pero si está drogado.

Respondió mientras bajaba el volumen de la radio y dejaba escapar una sonrisa.                    

– No digas gilipolleces, es tu sobrino – le amonestó.

– ¿Mi sobrino? En todo caso el hijo de mi hermana. He cruzado dos palabras con esa mierda en mi vida, casi las mismas que con ella en estos últimos años – dijo un tanto irónico -. Oye, una cosa, ¿le sigue pegando el marido?  – preguntó con mala fe.

– ¿Eso es lo que te importa tu hermana?

– ¿No piensas, a lo mejor, que ella pueda ser culpable de algo? Que no justifico las hostias, pero todos la conocemos. 

– Mira, no voy a seguir con esta conversación porque Julián está esperando ahí fuera, y puede que nos escuche. Pero creo que el tiempo y la vida que llevas te están pudriendo el corazón. Contrata al chaval, y ya hablaremos en otro momento – le recriminó tía Marta a la vez que golpeaba la mesa con su mano derecha y mi cerebro procesaba todo lo que había recopilado mis oídos.         

Para mi sorpresa y la de tía Marta, no lo niego, el tío que casi no me conocía, me contrató. Pero no lo hizo de cualquier forma, ni muchos menos, el pedazo de cabrón me metió en su chiringuito haciendo todo aquello que faltaba por hacer, simplemente porque no servía de nada.  

Yo, por mi parte, guardando siempre las distancias, como bien me aconsejó su hermana, me dediqué a ir a trabajar y cobrar en negro. Fue tan ruin su postura a este respecto, que prefirió jugársela ante una posible inspección de trabajo, antes de hacerme contrato. Según su opinión, debería primero aprender a base de mierda el duro oficio de las aseguradoras y después, cuando tuviese unos conocimientos mínimos, podría optar a un contrato laboral como el que tiene el común de los mortales. Decía que era muy injusto que, así, de la nada, pasase a formar parte de una plantilla de profesionales duchos, compuesta por él mismo, por el incapaz de su hijo, es decir, mi primo, que por interés le había perdonado, y de vez en cuando y en picos de trabajo por el primer pringado que se dignase a aguantar sus horarios infernales y su trato vejatorio.

Con este panorama pasaron las semanas, incluso los meses. Cada mañana, con las primeras luces del día, me sentaba delante de un ordenador amarillento y realizaba una tarea distinta, que poco a poco se fue complicando. Esto último se debió a que mi compañero no era muy bueno en el desempeño de sus funciones y mi tío, que no era tonto a pesar de su parentesco, me las encomendaba. De este modo, lo que no pasaba al principio de hacer fotocopias y limpiar el almacén, se convirtió pronto en manejo de bases de datos, resolución de pólizas y acceso a los documentos y las acciones más secretas de la empresa; una labor, esta última, que me permitió descubrir el negocio encubierto del primero de los hijos de Segismundo el Tonto.

Como buen zorro viejo que era, educado en la vieja escuela del Madrid de los ochenta, nutrida a base de sinvergüenzas y ladrones de guante blanco, el muy cabrón y en cada peritaje pedía al cliente una bonificación en negro a cambio de una valoración favorable. Es decir, si por ejemplo fulanito de tal tenía un golpe con el coche, mi tío se lo tasaba por encima de su valor, llevándose un tanto por ciento de la diferencia. Esto le reportaba un descuento al usuario y un beneficio, como era lógico, al asegurador. Es cierto que la treta no se la aplicaba a todos los parroquianos. De ser así convertía en ineficiente el ejercicio. Solo lo hacía con aquellos que consideraba de confianza o que escogía porque le habían dado la suficiente seguridad.

La cosa fue que, como en el fondo el tío Juan me la soplaba, y más después de las palabras que había dicho de mi familia, y como es obvio, necesitaba dinero para pagar los vicios, me lancé a hacer lo mismo con los clientes que no eran del pueblo, con el fin de que no pudiese sospechar. El problema surgió cuando, como siempre, y fruto de mi avaricia, medí mal. Entonces las cuentas dejaron de cuadrar y la aseguradora raíz empezó a poner en cuestión los informes que enviaba mi tío, único trabajador de la filial junto al inútil e inoperante de su hijo.

Dos meses después de las primeras dudas, el pequeño sistema delictivo que construí en la sombra fue descubierto, el tío Juan me echó de su empresa y, como es obvio y para mi desgracia, salí también por patas de la casa de su hermana pequeña.

– Márchate de aquí. No se puede confiar en ti. Me da pena por tu madre, la verdad, pero lo que le has hecho al tío, no tiene nombre.

Me dijo tía Marta, todavía sorprendida por la noticia, mientras señalaba la puerta principal indicándome el camino. 

– El tío Juan también lo hace. Yo solo copié su modelo de trabajo – le respondí, intentando convencerla.

– Cuídate mucho. Y un consejo: quiérete más. Tenías todo en tus manos para haberte comido el mundo, y no solo no te lo has comido, sino que te has jodido la vida; y se la has jodido a tu madre y a la gente que te quiere, como es mi caso – reconoció apenada.

– Pero, ¡tía Marta!

– El padre Faustino te dará un sitio en su casa hasta que encuentres un lugar donde dormir. Te dejo también el número de Ángeles Cuevas, es de Proyecto Hombre. Puede ayudarte.

– Pero tía, no puedes hacerme esto.

– Por favor, haz la maleta y deja antes de la seis la casa. Si no lo haces, llamaré a la policía.

– ¡Tía Marta! – No me lo pongas difícil.