Una vez en el pasillo y después de zafarme del policía que lo custodiaba, caminé hacia la sala de vistas con la cabeza agachada. Javier corría detrás perdido entre la muchedumbre, que se amontonaba a un lado y a otro del pasaje. Con su actitud dejaba claro que se negaba a poner fin al receso. Veía en esta decisión una derrota. Sabía que después vendrían los medios de comunicación y las respuestas inconclusas. Que una vez cerrado el caso, con la sentencia dictada, aparecería una pista que aclararía lo sucedido, sería absuelto y vería el desenlace desde un televisor de plasma mientras se comía un bocadillo de panceta en un bar de vete tú a saber dónde.
De repente me detuve y miré hacia atrás. El policía no dejaba de repetir que parase, que no diese un paso más o me tendría que esposar. A su lado, Javier, aguantaba, custodiado por la mirada furtiva de unos cuantos cotillas, quienes, con traje, corbata y maletín, se agolpaban junto a una máquina de refrescos y comestibles, situada en el hall principal.
Por la expresión, sabía que mi abogado estaba derrotado, constreñido, cadente de fuerza para articular una contrarréplica que pudiese cambiar el bandazo que había vuelto a dar. Encontré en sus ojos la viva imagen de un aspirante a abogado que truncaba su carrera a la primera, con la diferencia de que eran unos cuantos años los que llevaba trabajando en ese mundo. Tenía claro que nunca se perdonaría este momento, el haber aceptado un caso que le había alzado al estrellato y llevado al barro a partes iguales. Por instantes le imaginé en una oficina cochambrosa a las afueras de la ciudad, rascando dinero a delincuentes mientras la cruda realidad, maquillada con colonia barata y trajes deslucidos, le derrumban cada noche en un bar de carretera.
– ¿Te veo decaído?
Le pregunté justo cuando agarraba el pomo de la puerta de la sala de vistas y me disponía a entrar para pedir a quien fuese que se reanudase cuanto antes el juicio.
– ¿Quién te vendió esa pistola? ¿Quién te contó lo de la concertada? ¿A quién proteges? – me preguntó insistentemente mientras parte de la multitud se sorprendía de la escena.
– Veo que no te rindes -. Le respondí a la vez que bajaba lentamente el picaporte.
– ¿Quieres que te cuente lo que el padre Faustino y el arzobispo hacían cuando estaban en el seminario? A lo mejor te hace cambiar y, de una puta vez, decides a contar la verdad. Porque, aunque no lo creas, yo sé tantas cosas o más que tú – me respondió de forma cortante.
Entonces arqueé las cejas y giré la cabeza.
Javier estaba apoyado sobre la pared esperando a que la pregunta que acaba de formular tuviese su efecto. A su lado, el policía, un tanto absorto e inmiscuido entre la multitud, nos observaba como mostrando no poder hacer nada.
– ¿Tan importante es para ti saber la verdad? – le pregunté con el rostro endurecido -. ¿No crees que las cosas cuando son de una forma, son por algo?
– ¿Estás encubriendo a una panda de hijos de puta? El poder está podrido gracias a comportamientos como el tuyo. ¿No te das cuenta que eres un simple instrumento que a nadie le interesa? Lo que te tenga que ocurrir, te pasará actúes de una forma u otra.
Me quedé absorto. Mi abogado acababa de mover nuevamente ficha de una forma inteligente. Por lo que intuía, durante todo el proceso había guardado parte de una información que, de habérmela revelado antes, seguro que el testimonio manejado hubiese sido diferente. Contra todo pronóstico había revelado, en un momento que seguro ni él esperaba, el receso de una vista, un alegato que, por lo que entreveía, no tenía otro objetivo que el de poner una zancadilla mayor de la que ya había puesto con mi error con la concertada. Estaba claro que solo buscaba el éxito, pero tenía que reconocer que la caricatura con la que muchas veces le pintaba no era del todo cierta.
Me acerqué a él con paso decido.
Cuanto estuve lo suficientemente cerca, le pregunté mirándole fijamente a los ojos:
– ¿Qué quieres decir tú ahora con lo del seminario? ¿Y qué es lo que sabes tú que yo no sé?
Javier no me respondió.
Fue entonces cuando, despacio, pero sin pausa, mi abogado caminó hacia la sala en que nos encontrábamos momentos antes, invitándome con este gesto, acompañado por un movimiento ligero realizado con la mano derecha, a seguirle.
Por un instante me quedé inmóvil. Deduciendo si la mejor opción era seguirle o, por el contrario, continuar con lo que había decidido hacer.
Tras unos segundos de espera, guiado por una sensación inexplicable, quizás producida por la curiosidad de saber la cantidad de información que conocía o por cuánto su conocimiento podría perjudicar mi coartada, a simple vista nada, por cierto, caminé tras él hasta acabar nuevamente en el mismo sitio donde poco antes habíamos estado.
Durante todo este tiempo el policía fijó la mirada en nuestros pasos. Cuando me vio casi en el interior de la sala, pasó por la frente la mano derecha, como queriendo simular que se había retirado el sudor. Estaba claro que el madero acaba de librarse de un marrón que, seguro, repercutiría en cómo le verían después sus superiores a la hora de gestionar el trabajo, y más con un preso con tanto renombre televisivo.
Una vez dentro, y mientras Javier se acomodaba, miré nuevamente a través de la ventana.
Fuera el escenario cada vez era más trágico.
– El padre Faustino proyectaba una imagen de luchador – empezó diciéndome casi susurrando Javier, que para cuando entré estaba sentado en la mesa del despacho como si fuese el propietario del lugar -. Un hombre comprometido con el patrimonio y la historia, que además se desvivía por los desfavorecidos. Pero los que le conocen de verdad saben que este vicario de Dios no es así. O no era así. Saben que este personaje y el actual arzobispo, monseñor Francisco Ramírez, solían hacer muchas cosas no muy buenas cuando estaban en el seminario. Hacían eso que todos imaginamos, pero con la diferencia de que en sus juegos participaban otros. El contacto del que alguna vez te he hablado, y que bien conoces que existe, pero no su identidad, me vino a decir que la Iglesia apoyó al padre Faustino, en un momento en que el tema no le importaba, solo por el hecho de no encontrase con una sorpresa: el padre Faustino estaría dispuesto a filtrar unas fotos del arzobispo, en la etapa del seminario, en la que salía en una orgía con menores. Sí, lo que oyes. Ahora bien, y en lo que respecta al padre Faustino, por qué llegar a tanto por unas simples tumbas y una leyenda que nadie creía. Al parecer, el padre protegía la propiedad de alguien del pueblo, del que no recuerdo el nombre, que guardaba un secreto. Un secreto, por cierto, que desconozco, pero que intuyo que debía ser muy parecido al de su jefe.
– Esos terrenos son del Jacinto. Por si te interesa – le dije con el fin de dar más contenido a una información que me estaba descolocando por completo, y poniendo, como no, muy nervioso.
– Me interesa que me digas la verdad – me respondió poniendo los pies sobre la mesa -. Que me cuentes quién te dio esa pistola, con quién hablaste lo de la concertada. Y que me grites, si hace falta, a quién proteges, si es que proteges a alguien.

Tras estas palabras me di cuenta de que había hecho bien en dar marcha atrás. Sobre todo, para conocer hasta donde llegada la información que guardaba entre sus neuronas mi abogado. Ahora bien, por otro lado, pensé que, con este gesto o movimiento, estaba cayendo o tropezando con el juego que para mi sorpresa me había planteado. Con esta vuelta a la sala contigua a la sala de vistas, estaba consiguiendo lo que el tonto de mi picapleitos quería: que no era otra cosa que le contase la verdad, que muy bien sabía que conocía y que nada tenía que ver con lo que se había hecho público durante el proceso. Tengo claro que, con la estrategia mencionada, tan macabra en muchos puntos y un tanto retorcida en otros tantos, el listo de Javier no buscaba otra cosa más cruel que me ablandase, para que después le chivase qué pasó en realidad y luego hiciese lo propio en el estrado, con el juez delante de mis cojones.
Entonces, me pregunté:
¿Quién era ese cabrón que le había contado todo a mi abogado?, el contacto. Quizás Amadeo Rodríguez, ese capullo que trabaja en sucesos en ABC y que tanto mencionaba cuando se refería a hechos publicados. O quizás el padre Orense, un cura que frecuentaba la Iglesia y que a oídos de todo el pueblo odiaba en lo más profundo de su ser al padre Faustino, entre otras cosas por su carisma y por ocupar una posición que él siempre había deseado.
No sé dónde lo leí o lo vi, la verdad. Pero semanas después de que estallase todo aquello, ya estando en prisión preventiva, se difundió una entrevista que daba un poco más de fundamento a la historia. En ella monseñor Francisco Ramírez respondía abiertamente sobre su amistad con el padre Faustino en la etapa universitaria y, cómo no, en la posterior. Aunque decía que era un entusiasta soñador, algo de difícil encaje para la institución eclesiástica, recordaba cómo su trabajo con los más desfavorecidos y su lucha constante por preservar los valores cristianos a través de la historia, le convertían en un hombre valedor de todos los elogios por quien era el máximo representante de Dios en la comunidad autónoma. Además, en un tono en que no se apreciaba condescendencia, decía que a él le hubiese gustado morir como lo hizo Faustino: igual que Jesús, crucificado por quienes ayudaba.
En esa entrevista, el arzobispo fue también preguntado por si en un futuro se le iba a otorgar al mártir algún tipo de reconocimiento presbítero. Algo que el señor monseñor no descartó, pero tampoco confirmó.
Semanas después de aquella conversación, un medio local asociado con la Guardia Civil, divulgó un soplo de una fuente anónima que aseguraba que estos dos había tenido un romance en su etapa del seminario. Días después el arzobispo volvió a salir en antena desmintiendo todo y acusando a ciertos poderes oscuros de ser los encargados de llevar a cabo una campaña de desprestigio hacia su persona.
Por suerte y para mi conocimiento, tiempo antes de mi detención conocí la verdad de todo esto. Una verdad que venía a cercearse aún más con una noticia que, más o menos, Javier sabía, o, por lo menos, intuía.
– Sé que me consideras un abogaducho de mierda -. Empezó diciéndome Javier, mientras me rascaba los cuatro pelos que tenía por barba, sentado en el sillón -. Un pringado de oficio que sobrevive limpiando el culo a la escoria que cohabita en los juzgados y antes lo hacía a base de trapicheos chabacanos. Y quizás no te equivoques. No lo niego. Pero sabes qué, después de tanto tiempo aquí, defendiendo lo indefendible, por primera vez me doy cuenta de que amparo a un culpable. Pero no a un culpable de asesinato, sino de encubrir a auténticos hijos de puta. Sé que soy un pesado y que vuelvo al mismo discurso, pero me veo en la obligación, por primera vez en mi carrera profesional, si es que la tengo, de pedir un favor a mi cliente.
– ¿Y qué favor quieres pedirme? – le pregunté sorprendido.
– Pues que no temas por los tuyos. Si hoy dices la verdad, la prensa de toda España te garantizará, a base de titulares, que nadie implicado en este maldito circo ponga una mano sobre Julián García y su familia -. Elevando el tono, continuó -: Julián, ese tío era un violador de menores que defendía la propiedad del tal Jacinto, seguramente porque sabía algo que a nadie le interesaba. Además, al padre Faustino le mató otro tipo, a quien me juego el cuello que conoces, pagado por Río Colorado o por el arzobispado. Y solo hubo que acusar al tonto de turno, con un tema más que trasnochado como era el de la morfina. Julián, di la verdad. Sé que te callas porque tienes miedo a que le pase algo a tu familia. Por desgracia, para ti, es lo único que te queda. Y aunque un día te dio la espalda, tu familia, digo, sigue siendo el motor que mueve tus pasos. Pero te vuelvo a repetir, si todo este mejunje cobra el sentido que creo que tiene, que a nadie le pasará nada.
Tras sus palabras me quedé reflexivo. Mi abogado sabía más de lo que yo pensaba. Era curioso que, a estas alturas de la película o, mejor dicho, de la novela que voy trazando, creyese que estaba jugando con la voluntad y el destino profesional y personal de una persona que, en parte, estaba haciendo algo muy similar conmigo.
Después miré por la ventana. En la calle, los bomberos conseguían sacar a la mujer sin vida del coche, poco después de que hubiesen llegado los servicios funerarios. La Guardia Civil acaba de regular el tráfico y, lentamente, la cola de coches que bloqueaba la vía iba desapareciendo.
Cerca de la ventana, apoyado en un árbol, un policía bromeaba con un tipo que debía pertenecer al personal de la carretera, mientras unos pasos más adelante la hija del fiambre era tumbada en la camilla e introducida en una ambulancia para ser llevada al hospital, seguramente a consecuencia de un ataque de ansiedad fruto de lo desagradable de la escena.