Julián García, Capítulo 8

Dejar la casa de tía Marta fue una decisión difícil desde el principio. No solo por lo que significaba alejarme de su figura sino por el hecho de quedarme sin techo. Abandonar por obligación el único sitio que tenía y al que siempre había acudido cuando lo necesitaba, representaba un problema que de primeras arreglé recurriendo a la caridad del padre Faustino, pero que pronto volvió por la dificultad añadida de dormir a escasos metros de la casa de Dios. Lo que quiero decir con esto último es que, para mi familia, y muy especialmente para mi madre, la catequista del pueblo, tener a un hijo bajo el techo del Señor, por ser un desecho de la sociedad, representaba una vergüenza añadida a la de ostentar la responsabilidad de su educación.

Recuerdo que decidí dejar el pueblo una fría tarde de invierno. El cielo estaba completamente nublado y la luz de las farolas iluminaba un manto intenso de niebla, que cubría las calles. Antes de partir, con el viento golpeándome el rostro y la lluvia calándome la ropa, me acerqué a la casa de mis padres con el único objetivo de observarla y extraer una reflexión que seguro no me llevaría a ningún sitio. Una vez allí, con detenimiento, pensé en cómo mi pasado había crecido dentro y caí en la cuenta de que mi presente se planteaba en la distancia. Y es que esa masa de ladrillos y cemento, que había contenido parte de mi existencia, revestía la miseria de una familia en continuo declive. 

Caminé hacia una ventana contigua al patio y vi a mi madre preparando la cena. Supuse que estaba haciendo una tortilla de patatas con espárragos, uno de sus platos favoritos. Tengo que reconocer que no lo vi expresamente. Pero supe de su composición por la expresión que envolvía a su rostro: tan curtido, tan concentrado, tan dedicado a una causa que le apasionaba y que noche tras noche completaba la mesa y la dieta de ese hogar. 

Luego de esto aparté la mirada y la fijé en la puerta principal. Para mi desdicha, allí estaba mi padre mirándome con desprecio. Pidiéndome, a través de sus ojos, que me marchase, que me alejase del mundo que había construido, que no corrompiese aún más con mi infortunio la miseria que era su hogar.

Le dije adiós con la mano al tiempo que le dediqué una sonrisa retraída.

Agachó la cabeza y pasó al interior de la casa.

Volví a mirar a la ventana. Apoyada sobre el cristal, medio cubierta por el bisel de las cortinas, mi madre no dejaba de mirarme. Hasta donde pude ver, una lágrima corría por su mejilla, vertiendo la pena que seguro produce el hecho de perder a un hijo y parte de una familia por no haber podido administrarla como es debido.  

Me di la vuelta y caminé calle arriba hacia la avenida de la ermita, donde se encontraba la parada del autobús. Tenía algo de dinero para marchar a la ciudad. Sin duda, allí podría conseguir lo que fuese para empezar una vida diferente que, por menos, no focalizase toda su miseria sobre la viva imagen de quien la había creado. Serían pasadas las diez de la noche cuando llegué al lugar. Antes de esto había sorteado varias calles, evitando, en todo momento, el saludo furtivo de cualquier allegado que pudiese cambiar el sino de mis intenciones. El autobús no salía hasta primera hora del día siguiente, por lo que no me quedó más remedio que esperar. Miré al cielo como si quisiese invocar a un Dios en que no creía. Las nubes seguían cubriéndolo sin derramar ni una gota de agua. Después analicé con cuidado la fisionomía de las fachadas que daban forma a la calle principal de pueblo. No quería que alguna señora sin nada que hacer estuviese apostillada entre la persiana, el bisel y el cristal de su casa pasando la receta o escribiendo la crónica de una escena que sería voz populi al día siguiente en la frutería, en la carnicería, en la pescadería, en el consultorio médico, en la gimnasia, en la iglesia, en la biblioteca, en la puerta del colegio, en la calle, en la cola del autobús… vaya, en todo el puto sitio en que estuviese.  

Una vez terminé el reconocimiento, salté la tapia que franqueaba una casa de adobe medio en ruinas, situada justo detrás de donde me encontraba, con la intención de buscar un lugar en que pasar la noche y protegerme del frío.

Ya dentro, tras varios intentos, topando siempre con puertas cerradas y techumbres a punto del desplome, llegué a un espacio diáfano que hacía de pasillo, donde deposité el equipaje que portaba. El olor a humedad era fuerte y la temperatura bastante baja, dos contextos atmosféricos que complicaban aún más mi descanso. A esto había que sumar que no era apropiado encender allí una hoguera, más que nada porque de ser así alertaría a los vecinos, quienes, asustados, seguro que llamarían a la Guardia Civil.

Tras un rato de reflexiones y habiendo perdido el miedo al ridículo (ese que tanto condiciona la vida en los pueblos), volví a la calle, fui directo al contenedor de papel reciclado, agarré un par de cajas de cartón y las arrastré hacia el interior de la casa. Como era de esperar, una vecina me miró furtivamente desde su ventana. Seguro que preguntándose qué cojones hacía a esa hora sacando cartones del contenedor. Seguro que apuntando la crónica que tanto ansiaba para distribuirla al día siguiente en alguno de los lugares mencionados con anterioridad, por no decir en todos.   

Ya de vuelta al interior de la casa, o de la ruina de la casa, desmembré los embalajes e hice una especie de camastro, que complementé con una vieja chaqueta que llevaba revuelta entre mi equipaje. En su conjunto la construcción parecía una forma similar a un catre de aquellos que lucían las casas viejas de los pueblos, algo que me positivó de cara a una noche que marcaría un antes y un después en mi vida.  

Con la distancia que marca el tiempo y las reflexiones que se amontonan con los días, tengo que reconocer que aquella noche fue dura, muy dura. Incluso he de decir que pasé miedo. La intensidad de la oscuridad, unido al rechinar constante de las vigas de madera medio carcomidas, hacían del sitio un espacio cuanto menos acogedor. Además, fueron varias las veces en que, por los falsos techos, sentí el movimiento de las ratas, seguro que nerviosas por un olor extraño para ellas, el olor a humano, que de un tiempo a esa parte había dejado de ser el anfitrión de aquellas ruinas. Incluso hubo un momento, seguro que, en duermevela, en que sentí como una mano se posaba sobre mi hombro helado para seguidamente terminar con un tirón de orejas. Entonces desperté muerto de miedo. Por una fracción de segundos pensé que había sido alguna presencia humana. La presión, el ruido sibilino, el olor a algo diferente me lo rubricaron.  Luego creí que quien había estado junto a mi había sido un fantasma. Concretamente, el espíritu del viejo que años atrás habitó esa casa y que, según dicen por el pueblo, murió ahogado en el pozo del patio (cuentan que durante años no se pudo beber de él, ya que fue tanto el tiempo que pasó ahí dentro, que las aguas se corrompieron, provocando fuertes diarreas y vómitos a todo aquel que las consumía). Pero más tarde, cuando los parpados se me volvieron a vencer parcialmente, no sé si por el cansancio o por las ganas que tenía de que pasase la noche de una puta vez, supe que había sido una pesadilla motivada por el sin fin de emociones que recorrían mi cuerpo y, en especial, mi mente.        

Ya sobre las cinco de la madrugada, después de comer un bote de fabada medio congelado y cansado de intentar dormir profundamente y no poder hacerlo, cogí mi equipaje, amontoné los cartones junto a un baúl de madera y estaño que guardaba papeleo administrativo, fotos en blanco y negro y registros civiles de personas fallecidas (la fecha de nacimiento que figuraba en muchos documentos me hacía llegar a esa conclusión. Además, había legajos que se referían a hechos históricos anteriores a la Guerra Civil: cartas, partidas de boda, permisos de caza, registros de propiedades, cantidades económicas cuantificadas con otros valores monetario…; a lo que había que sumar un sinfín de recursos gráficos de personas en contextos fechados entre 1910 y 1932…) y me plantifiqué en la parada del autobús. Con cuidado, me acurruqué en uno de sus silloncitos de plástico y posé la cabeza en el cristal de mitacritalto que hacía de pared y de techo. Luego de esto dejé la mente en blanco y observé el vacío de una noche que, poco a poco, fue dando paso a una mañana gris y lluviosa.

Creo recordar que hasta que llegó el autobús eché alguna cabezada que otra, periodo que también empleé para darme cuenta aún más de que el paso que estaba dando me llevaría, dadas mis circunstancias, a situaciones similares a las que estaba viviendo en ese momento. No tenía dinero, no conocía a nadie y acababa de prohibir cualquier contacto con mi pasado, una horquilla de supuestos infructuosos que invalidaban cualquier esperanza de futuro en que el viento soplase a mi favor.                 

El autobús arrancó a las siete de la mañana. Para entonces llovía sin parar. Los pocos viajeros que habían madrugado se acercaron escondidos bajo sus paraguas. Algunos susurraban. Otros simplemente ocupaban sus asientos como si fuesen masas perezosas. Los pocos comentaban una alborada sonorizada por el runruneo de un programa de Radio Nacional y las gotas del agua impactando sobre el cristal y la chapa de la máquina. 

En el camino los alientos pútridos y olores a sudor se mezclaron poco a poco con la sensación de tristeza que poblaba mis pensamientos. Del mismo modo que el runruneo del motor se sumergió en un mar de susurros indescifrables que taladraban todo atisbo de tranquilidad. El alivio que horas atrás había dado una tregua a la incertidumbre existencial que sufría, contrastó pronto con los afrentosos y desconsiderados campos de La Sagra y las conversaciones celosas de un par de viejas que habíamos recogido en Ugena. Las dos marujas, quizás del mismo pueblo e incluso de la misma calle y como no de la misma religión, se batían en duelo por demostrar quien de sus nietas tenía la mejor carrear universitaria y cuál llegaría más lejos en una vida muy distinta a la que a ellas les había tocado vivir. Y digo esto último porque, ingenuas, dibujaban apasionadamente mundos perfectos a unas chicas que con la mejor de las suertes no dejarían de vivir poco mejor o igual que sus padres.

Llegamos a la estación de Méndez Álvaro de Madrid a eso de la diez de la mañana. El silencio del pueblo había dado paso al ruido ensordecedor de la ciudad y de sus calles. La lluvia había hecho lo propio con el sol, comiéndoselo en un periodo no superior a cinco minutos. El olor a tierra, vegetación y fauna silvestre fue sustituido por un aroma metálico que unas veces recordaba al que desprenden los pozos de sondeo mientras se perforan y otras a cuando asfaltan las calles en pleno verano.

Ya dentro de la estación caminé por un pasillo estrecho entre la multitud, atravesando las dársenas hasta llegar a la puerta de acceso que conectaba la zona de embarque con el vestidor principal, el corazón del recinto. La megafonía no dejaba de repicar las horas de partida y llegada de los autobuses. También recordaba la ubicación de diferentes puntos del edificio a aquellos que se había desorientado por razones desconocidas. Algún que otro agente de seguridad, bajo un halo de chulería, repartía miradas furtivas a todo aquel que se salía de la normalidad, dentro de la anormalidad que, sociológica y físicamente, dominaba el contexto.

Subí por una rampa mecánica que rodaba junto a una cristalera, desde la que pude ver las dársenas y el trajín de sus gentes, y llegué a una especie de paraninfo principal, donde la muchedumbre, desenfrenada y un tanto maleducada, se amontonaba y repartía entre restaurantes de comida rápida, tiendas de suvenires, taquillas y puntos de acceso a las estaciones del tren de cercanías y del Metro.

Habiendo avanzado unos treinta pasos bajo la cúpula de metal que cubría el lugar, me detuve un instante. Después respiré y dejé la mente en blanco, como si la hubiese extraído de mi cerebro y depositado en una caja de zapatos. Entonces sentí peregrinar por mis intestinos las vibraciones de la ciudad. Esa energía tan pasmosa que poco se siente en los pueblos. Ese agitar de las ondas que en la inmensidad de la ruralidad se diluye por el espacio tiempo.

Tras varios segundos de impase, miré a un gran reloj que había en el punto central de la estación, justo encima de una construcción de metal que recordaba a una de esas estructuras modernistas de principios del Siglo XX. El carillón marcaba las diez y cincuenta minutos. Ni un minuto más ni uno menos. Después bajé la mirada al suelo con cuidado. Allí, un grupo de artistas callejeros, representaban una obra de teatro ante la mirada pasiva de la mayor parte de los viandantes. Sorprendía comprobar, sobre todo para un recién llegado, como, a diferencia de los pueblos, hasta los actos más chabacanos pasaban de largo cuando la prisa era juez y parte de quien la llevaba. Es decir, de casi todo Dios que pisaba las baldosas de aquella estación pestilente. Porque esa era otra, a pesar de los aromas que desprendían las cafeterías y las tiendas de perfume, abundantes en los laterales del espacio, a pesar de los perfumes que portaban los trajes de los hombres de negocios, a pesar de los continuos restregares del personal de limpieza, la concentración humana sudorosa interrumpía cualquier manifestación sensata de buen olor que se pudiese imponer.      

De nuevo miré el reloj de la estación. Eran las diez y cincuenta y dos minutos. Había pasado ya casi una hora desde mi llegada. Debía empezar a trazar un plan cuanto antes. Pensé durante unos segundos en la manera de articularlo. Opción que, poco a poco, se fue diluyendo. Entonces devolví la mirada al reloj. En ese momento ya eran las diez y cincuenta y cinco. Una hora redonda, pero a la vez partida. Me dije. Una hora a la que la quedaba un poco para ser otra hora distinta. Me volví a decir. Una hora que, sin quererlo, me recalqué, fue el punto de partida de una forma de entender la vida que comenzó en la calle, como me temía y me había quedado claro la noche de antes, sin nada que echarme a la boca y lugar donde dormir. Y cuando digo nada, es nada más allá de algunas limosnas y un puñado de billetes que guardaba en la maleta de viaje, en la que portaba una chaqueta de pana, un par de pantalones, varias mudas, dos sudaderas, la chaqueta vieja que me había servido de manta y algún objeto de valor que otro. Fue tal el estado de angustia al que llegué, que, conforme pasaron los días y la situación se fue complicando, me planteé volver al pueblo, pedir perdón a mi familia y tragar con todo lo que me había llevado hasta donde me encontraba. Tengo que reconocer que, incluso, una tarde, con algo de dinero que había conseguido, no recuerdo cómo, me planté en una cabina de teléfonos y marqué el número de mi tía. Tras tres tonos, ésta contestó. Pero por lo que fuese, no fui capaz de responderla. Únicamente escuché su voz hasta que su tono amable se perdió por el vacío del aparato y la cerrazón de mi cerebro, confuso de principio a fin.             

Recuerdo la mañana que conocí a Gabriel, o al Ángel Gabriel, como solía llamarle. Este personaje de la calle, cojo de la pierna derecha por un accidente con un tranvía en Lisboa, que escondía el rostro bajo una barba cana reflejo de sus más de cuarenta años, era ese tipo de charlatán, que sobrevivía gracias a la caridad de las casas de acogida y haciendo trabajillos a camellos que le reportaban el dinero suficiente para atender su drogadicción y comer muy de vez en cuando.

– Drogarme y comer son las dos cosas que dan sentido a mi vida. Antes también me interesaba meterla, pero llevo años sin que se me levante. – Me dijo, a modo de presentación. Lo mismo que luego supe que decía cuando se presentaba por primera vez a quien fuese e intentaba brindarle una aproximación de lo que a priori quería ser. 

– Y sí, perdí esta pierna en Lisboa. Un tranvía me arroyó. ¿Y cómo acabé aquí, en Madrid?, me preguntabas. Pues muy fácil. Te pasas una vida dando vueltas de un lugar a otro y un día te ves inmerso en la meca del parasitismo. En el culo de una ciudad en la que la mierda nos agolpamos en rincones y donde, muy de vez en cuando, se nos limpia. Y cuando se nos limpia, pues seguimos para adelante solo y llanamente porque tenemos la suficiente entereza para continuar buscando jaco y emborracharnos en cada esquina.

Para su desgracia, el Ángel Gabriel, aparte de mendigo, camello y alcohólico, era adicto al caballo. El tipo era un superviviente de todos esos escombros que se amontonaron en los ochenta y que, con los años y la intervención policial, se hicieron invisibles. Un residuo social que se pasaba el día quemando jaco sobre plata, mientras la cabeza se le desordenaba y el cuerpo rompía en pedazos. Eso sí, a pesar de ser más o menos educado y servicial, tenía un problema cuando se emborrachaba. En ese momento sus neuronas se truncaban y la bonhomía de su ser daba paso a un espécimen malhumorado, agresivo y tendente a la bronca. Un monstro que el común de los días acababa amoratado en las esquinas de la ciudad, cuando no en el calabozo a la espera de que, una vez más, le considerasen acto para seguir deambulando bajo las sombras de la sociedad.           

– ¿Y dices que llevas varios días vagando por estas calles? – me preguntó, con cierta curiosidad, mientras se colocaba su pierna tullida e introducía sus dedos entre el pelo graso que cubría su cabeza.

– Así es. Y la verdad es que no lo estoy pasando nada bien. Nunca pensé que la calle fuese tan dura.

– Es que Madrid no es una ciudad fácil ni para los mendigos, por mucho que los políticos digan todo lo contario.

– Ya veo -. Le respondí tajante. Para, seguidamente, él, cojeando, se acercó a donde estaba, me observó de arriba abajo, me olió varias veces y me dijo con un tono bastante serio:

– Creo que me podré fiar de ti. Además, hules a pobre. Por lo que no me estás mintiendo. Vente, te llevaré a las vías. Allí hay varias fábricas abandonadas. Suelo pasar la noche. Vamos, no suelo. Mucha gente pasa la noche allí. Esas moles de ladrillos están llenas de olvidados como tú y como yo. Hay muchos que las llaman el vertedero social de Madrid. Incluso suele dormir uno que dice ser poeta y que recita algo así. No te lo diré bien porque me falla mucho la memoria. Dice: montes de cemento y ladrillo, donde la sociedad no sociable se amontona, desagüe del Manzanares vivo, donde las almas sin pan se amontonan. Está bonito. Aunque, si te soy sincero, creo que no es así. Bueno, no sé, da igual. Vámonos.     

– Gracias – le respondí casi susurrando.

– Ah, un consejo de perro viejo: en la calle solo eres tú y tus circunstancias. ¿Te queda claro?

– Sí, si me queda claro.

– Pues con eso, te he dicho todo. Por cierto, lo que te he dicho ya lo dijo José Ortega y Gasset. ¡Mira, hasta sé cosas!

Los días tras conocer a Gabriel fueron algo mejores. Atrás quedaron las tentaciones de volver al pueblo y los miedos de morir de hambre dieron paso a la capacidad de encajar un modelo de vida que no era nada fácil. Y digo esto último porque, de primeras, dormir en aquellas naves abandonadas, en aquellos espacios fríos y ruidosos, llenos de roedores de todo tipo, con espacios infectados por las heces y el orín, percutidos en muchas partes por el ruido de los trenes de cercanías, de mercancía y de larga distancia, carcomidos por historias que circulaban y que decían que bajo la tierra yacían cuerpos de yonquis desaparecidos, no se parecía en nada a hacerlo en mi casa o en la de tía Marta. Para que os hagáis una idea, el sueño ligero era el concepto que podía definir una forma de pasar la noche en la que las pesadillas no rondaban únicamente en las cabezas de quienes las tuviesen, sino que también se hacían dueñas de muchos lugares de la nave, algunas veces en forma de diablos sedientos de sangre, y otras, como usureras con ganas de esquilmar hasta el último recurso vital por muy pequeño que fuese.   

Recuerdo como, una noche, mientras dormía junto a un bidón humeante, que hacía de calefactor a otros ocho como yo, y que por la hora rezumaba los últimos soplos de luz y calor, un colgado, con el que días atrás había mantenido una amena conversación sobre la desigualdad en la sociedad posmodernista, me colocó un cuchillo en el cuello y me pidió que le dijese dónde escondía una porción de pollo que, al parecer, no había terminado en la cena. Porción que, como es obvio, no existía, pues esa noche había cenado las sobras de un bocadillo de tortilla que una familia de pijos había arrojado a la papelera.

Tras repartirle esto una y otra vez, como pude, intenté zafarme de sus amenazas, sin nada de suerte. Cuando ya temía por mi vida, pues la punta del cuchillo rozaba mi ojo izquierdo, llegó el Ángel Gabriel, de vete tú a saber dónde y, con una barra de hierro oxidada, le golpeó la cabeza. Por un momento pensé que lo había matado. Incluso tras comprobar que no era así, le dejamos tirado en la calle junto a un hospital, teniendo claro que en horas lo haría. Pero por suerte nada de esto fue así. Tiempo después, un conocido nos dijo que le había atropellado un tren de cercanías cuando intentaba cruzar las vías huyendo de un atraco a una mujer embarazada.

Pese a todo, no solo fueron duras las noches en aquel lugar. La policía, la escasa voluntad de la gente y las bandas callejeras, algunas con un toque xenófobo, hacían muchas veces imposible hasta la tarea de llevarse un pedazo de bocadillo mordido a la boca y beberse un litro de cerveza caliente. Era tal la agonía de muchas tardes que, una de ellas, armado de valor y con una navaja que había robado en un supermercado, atraqué a una señora mayor de unos ochenta años. La pobre mujer, entre lágrimas, me dio un billete de cien euros y unas cuantas joyas de escaso valor material, no emocional. Ambas sustracciones, tanto uno como otras, las utilicé para cenar en un restaurante de cadena y engañar al Ángel Gabriel con una vieja historia, que paso de contar, y que relacionaba las joyas con una leyenda de mi pueblo y la obtención de suerte a quien se las hiciese llegar a una persona que yo decidiría, por eso de ser quien las poseía.

Con el tiempo tengo claro que la forma de devolver a esa pobre mujer sus recuerdos fue un poco absurda, además de un tanto cobarde. Y digo esto, porque, reconozco que, Gabriel, poco después de que se las dejase para que se las devolviese a la señora, las vendió para comprar más jaco. Pero es cierto que, al menos, con este gesto tan absurdo pude lavar los malos pensamientos que rondaban mi cabeza tras el desatinado hurto que había acometido a aquella pobre señora.             

Fue el Ángel Gabriel, poco después de aquel incidente del robo, y ante mi cada vez más desatinada capacidad para vivir del trapicheo en la calle, quien me presentó a Jacobo, otro parásito como él, con algo más de cabeza, que se dedicaba al tráfico de drogas.

Jacobo, Eduardo Fernando Arsenio Calatrava, así se llamaba, era un comercial retirado de banca que, por culpa de un problema de cuentas y descuentos, había sustituido la concesión de créditos hipotecarios por el menudeo y el consumo de coca. Al parecer, según contaba, sus jefes empezaron a mosquearse el día en que los activos no cuadraron con los pasivos y sus clientes comenzaron a acudir en masa a la oficina que regentaba, la misma que no producía para nada lo que de tal clientela se esperaba. Fue entonces cuando el director de zona, con ojo avizor, se hizo pasar por un cliente y, poco a poco y operación a operación, descubrió todo el entuerto.

– Me pillaron con las manos en la masa – solía decir.

Y fue este tal Jacobo, mientras nos comíamos un bocadillo de calamares cerca de la Puerta del Sol, quien me presentó a Oliver, el hombre que desde la clandestinidad movía la mafia para la que trabajaba el exbanquero.

Oliver, Juan Antonio Fernández Iruña, regentaba un restaurante gallego propiedad de su primo Fidel Iruña Forneiro, un tipo de Arousa que, aparte de pescado fresco y tener una franquicia de restaurantes, comerciaba con coca y algunas sustancias ilegales más. Si mal no recuerdo, el primo, al que a día de hoy no le pondría cara, tenía montada una importante red de tráfico a nivel nacional, controlada en cada punto de venta por un hombre de su más estrecha confianza. En el caso de Madrid, era Oliver, y éste, pronto, gracias a los elogios tanto de Gabriel como de Jacobo, confió en mí la venta minorista de una de las zonas de la capital.

Este nuevo trabajo, no muy normal como otros muchos, pero sí lo suficientemente prolijo para tirar hacia delante, rápidamente me reportó el dinero suficiente para alquilar un piso cochambroso en el madrileño barrio de Lavapiés. La casa, particular como ella sola, estaba ubicada en el corazón de una corrala centenaria. Por lo general, solía oler a pis y a cerrado nada más atravesar la puerta principal, a la que se accedía por una esclarea de madera medio apolillada, que crujía con cada paso. Las paredes de las habitaciones, que rezumaban humedad y hollín por la falta de higiene, se caían a cachos, derramando la cal por el suelo y dejando ver lo inestable de las rasillas que sostenían los falsos muros que componían los diferentes compartimentos del lugar.

De los desagües, tanto de los grifos como del váter como de la bañera, oxidada en algunos puntos, salían bichos y un olor tan putrefacto que muchas veces recordada al del vómito. Dicen, yo no lo vi, que de vez en cuanto también las ratas utilizaban estos conductos para escapar de la agonía que les producía el calor de las cañerías en los meses más cálidos del verano. El sistema eléctrico, otra de las particularidades del lugar, funcionaba bien cuando el propietario de la casa lo pagaba. Por lo que era muy normal ver como las bombillas, que colgaban del techo de las salas, sin ningún tipo de lámpara recubriéndolas, proyectaban una luz discontinua, que por lo general desquiciaba a quien estuviese bajo su arco refulgente. 

Aun así, lo peor no era lo que os he contado, sino más bien la historia tenebrosa que acompañaba al edificio y, en especial, a la vivienda en que vivía. Los vecinos, los más viejos, contaban que, allá por los años setenta, en esa misma casa había sido asesinada una pareja, que no superaba la treintena, por unas deudas de vete tú a saber qué con mafia colombiana. Al parecer, fueron muchos años los que el piso estuvo cerrado a cal y canto, hasta que otra pareja, de Ceuta, por cierto, decidió vivir durante unos meses. Y digo unos meses porque después de estos salieron por patas. Según contaron al propietario, todas las noches escuchaban los lamentos de la mujer suplicando piedad, mientras a su marido le eran arrebañados, primero los brazos, después las piernas y en último extremo la cabeza.

He de decir que ni mis compañeros de piso ni yo escuchamos jamás nada parecido, lo que nos hizo pensar que los fantasmas, como los ricos, poco querían saber de los desgraciados. Por cierto, utilizo esta palabra tan peyorativa porque quienes convivían conmigo no eran el tipo de personas que uno espera conocer cuando comparte casa, sino más bien dos adictos marginales, que se dedicaban con exclusividad al menudeo y al parasitismo social. Uno de ellos, de origen africano, Emanuel, concretamente de Costa de Marfil, ¿o era de Camerún?, no lo recuerdo bien, ocupaba la mayor parte de su tiempo vendiendo ropa falsa en la calle. Y el otro, de Valladolid, el Juli, de una familia bien con la que no se hablaba desde que con 18 años ingresó en prisión por abusar de una chica, que al parecer era su prima, pasaba hachís a los estudiantes y caballo a los cuatro yonquis que todavía sobrevivían en el barrio. Los dos, en su conjunto, representaban la viva imagen de ese concepto que define las malas compañías y del que todos hemos escuchado hablar y que, por alguna razón u otra, nunca hemos llegado a conocer.

Compañeros de piso a parte, he de decir que, del mismo modo que mi nuevo puesto de trabajo me reportó dinero para alquilarme una casa de mierda, también me condujo derecho al callejón sin salida en que estaba metido Gabriel desde hacía muchos años. Digo esto, porque, una noche, mientras dormía en la misma cama en que sospechaba que había muerto ese matrimonio, bajo una gotera que hacía difícil el descanso por el goteo constante, Gabriel llamó a la puerta. Para su estrella, fui yo quien la abrió, encontrándole tras de esta con importantes contusiones en el rostro y varios cortes en los brazos, que no dejaban de sangrar.

– ¿Qué cojones te ha pasado, amigo? – le pregunté sorprendido. Para seguidamente y sin encontrar respuesta por su parte, pasarle al interior de la casa y llevarle al lavabo, donde le senté sobre la taza del váter. Nervioso, dirigí mi mano a una especie de botiquín en que guardábamos los productos de higiene y desinfección y saqué unos algodones y un paquete de gasas. Ante la falta de alcohol y de agua oxigenada, fui al salón a por una botella de aguardiente. Tras dar un trago, una vez de vuelta, empecé a curar con esmero y delicadeza las heridas de mi amigo. Recuerdo como gritaba. Sobre todo cuando sanaba aquellas incisiones que parecían requerir de puntos. Fue tal el dolor que le provocó una localizada en el brazo izquierdo, que estuvo a punto de desmayarse sobre mis brazos.

Ya para cuando parecían estar controladas las hemorragias y las heridas más o menos desinfectadas, fijé la mira en su rostro, que, indiferente, se proyectaba en el cristal del lavabo. Aquella expresión me hizo reflexionar mucho sobre el modelo de vida que llevábamos. Aquella composición de carne, hueso e incluso espíritu me hizo darme cuenta de que era el testimonio vivo de una forma de entender el mundo que se escapaba al común de los mortales y que solo estaba hecha para unos pocos. Los mismos, por cierto, que renunciaban a los placeres más devotos que regala el sistema económico actual y la manera tan cautiva que tiene de organizarse.           

Minutos después de esas cavilaciones, invité a Gabriel a quedarse en casa, ofreciéndole un hueco en mi propia cama. La verdad es que le hubiese prestado el sillón, pero era tan escasa mi relación con mis compañeros, que temía que, por algún causal desconocido, pudiesen molestarse.

– ¿Por qué no buscas sitio donde estar y dejas de dormir en las fábricas abandonadas? – le pregunté, una vez nos relajamos en el sillón, mientras veíamos un programa absurdo en la tele.

– Porque no tengo dinero – me respondió tajantemente, como queriendo escurrir un bulto que le hacía responsable.  

– Pues mira yo.

– Tú renuncias a muchas cosas.

– Como tú, a tu seguridad, entre otras.

Le contesté ofuscado, para, seguidamente, desviar una conversación que poco a poco se aderezó con alcohol y que tuvo un resultado que hasta ese momento no conocía: probar la heroína.

Era tal mi adicción a la coca y tenía tan destrozados los tabiques nasales, que aquella noche necesitaba algo que me calmase la necesidad de consumir, pero que no me abrasase las narices. Por lo que, para mi desdicha, acabé fumando un poco de la sustancia que desde ese momento a una parte de mi vida se convertiría en el único y exclusivo motivo por el que existir.

– Esto no me está sentado muy bien – le dije a Gabriel mientras fumaba, agarrando el papel de plata y aspirando un humo que poco a poco me quemaba la garganta.

– La primera vez no sienta bien a nadie – me respondió quitándome la plata y dando después una larga calada al jaco.

– Espero que así sea.

Le dije poco después de cerrar los ojos y embarcarme en un sueño gustoso, que primero me llevó a mi pueblo, a mi infancia más plena, después me hizo transitar por la ciudad y sus vicisitudes y luego de todo esto me dejó a solas conmigo mismo en el salón, teniendo a escasos centímetros el cuerpo inerte, o eso me parecía, de Gabriel. Un sueño, bien es cierto, que atrajo a mis fosas nasales fragancias nuca olidas por mi nariz, a mis papilas gustativas sabores nunca degustados por mi lengua y a mis oídos sonidos que parecía brotar de las manos y pulmones de los mejores músicos. Pero, de repente, aquel estado casi celestial, aquella forma de entender el tiempo mientras el tiempo parecía jugar con el espacio y el espacio embutirse en más de cinco dimensiones amorfas, pasó de un plumazo a transformarse en un decorado lúgubre y pesado, con tintes medievalescos, en que las sombras dibujaban espectros y formas de vida nunca conocidas. Se puede decir que, ahí, en ese punto, en ese momento, en ese lugar, poco antes de caer inconsciente y no despertarme hasta el día siguiente con un fuerte dolor de cabeza y con la lengua pegada al paladar, conocí la cara b de una cinta musical escuchada por muchos de los que en los setenta y parte de los ochenta vagabundearon como zombis por las calles más agrestes y trastornadas de Madrid. Una cinta que rotaba al son que marcaba el sinsentido temporal y emocional producido por el profuso y libertino efecto del opio. Una cinta que sonaba como ruido estridente para quien no la entendía y como la sinfonía mejor compuesta para el que sabía de su métrica y de la escala en que estaba escrita.                          

En lo que respecta a mi trabajo para El Gallego, he de reconocer que las cosas fueron bien casi desde el primer momento. En pocos meses me hice jefe de zona y responsable de reparto, convirtiéndome en un hombre clave para este camarero metido a traficante. Un salto laboral, por cierto, que me obligó, y como con todo ascenso, a familiarizarme con un método de trabajo rutinario, pero no por ello aburrido.      

Cada mañana, a eso de las 8:00 horas, entraba por la puerta de atrás al garaje de un edificio de unas seis plantas, situado en un barrio céntrico de Leganés. Allí, por un pasillo, accedía a una especie de cuarto de limpieza donde, en una bolsa de deporte, me espera un chándal limpio, una gorra, unas zapatillas y un discman. Tras comprobar que no me había seguido nadie, me vestía, me ponía los cascos y salía a andar por una de las treinta rutas distintas que conducían a los treinta puntos diferentes en que se hacía el reparto. Una vez llegaba a alguno de ellos, intercambiaba el discman vacío por otro relleno de coca, y lo llevaba a una serie de bares que adquirían la droga para su posterior venta.

Ya con la tarea terminada, a eso de las 10:00 horas, volvía al edificio con el discman sin coca y, en el mismo sitio donde había adquirido los enseres, me cambiaba de ropa, dejaba el aparato y salía siendo el yonqui de todos los días por la puerta de atrás, para después gastar el resto de la mañana en otros asuntos que los días y la vida iban dándome. 

En lo que se refiere al pago por mis servicios, Oliver me solía citar en un polígono cercano a una de sus marisquerías. Un sitio, por cierto, en el que, con frecuencia, la policía se congregaba para tomar café, antes de su rutinaria patrulla nocturna. Allí, de forma discreta, me pagaba atendiendo a parámetros cuantificados en términos estrictamente de rentabilidad. Método que no era un problema para mí, pues, normalmente, solía ser bastante efectivo con mis pedidos.      

– ¿Sabes que han cogido a los del Luwarna?

Me preguntó un día Gabriel bastante malhumorado mientras se afeitaba delante del espejo del baño de mi casa y yo le observaba con quietud. 

–  No me jodas – le respondí sorprendido.

– Pues sí. Al parecer estos tipos andaban metidos en el tema de la construcción, y con eso de que todo se está yendo al garete y los políticos están empezando a meter el dedo donde no deben para salvar su culo, les han sacado también el tema del tráfico.

– ¿Pero estos no tenían un puticlub? – le pregunté con una sonrisa.

– Si. Pero ya sabes lo que han hecho los que tenían cuatro duros en este país: hacer casas para tener más – sentenció, gesticulando como si sobre su mano derecha tuviese dinero.  

– Ya veo. ¿Pero no entiendo como si les pillan por un tema de corrupción en la construcción, acaban encontrándoles los negocios de la droga?

– Por chapuzas, según tengo entendido.

– Ah.        

– Por cierto. Descarta ese punto de la ruta y ten cuidado. Tú has sido el enlace y puede que te tengan fichado – me advirtió.  

– Lo haré. Oye, ¿qué querías? – le pregunté cortando bruscamente la conversación.

– ¿Sabes quién es el Peri? – me preguntó con cierta intriga.

– Sí.

– No te arrimes mucho a él – sentenció casi susurrando y acercándose a donde estaba -. Se le van a encontrar muerto por sobredosis en la Cañada y, aunque no investigan mucho, ya sabes que a veces los maderos…

– Vale.

– Y otra cosa. No seas tan madre de Jacobo. A la larga te va a perjudicar. No es un tipo de fiar.

La verdad es que no hice mucho caso a nada de lo que me dijo. Hasta que, una mañana, un par de agentes de la secreta se acercaron al estercolero donde vivía y, tras reventarme la puerta y después la cara, intentaron sacarme quién era la persona que estaba al frente de toda la historia del reparto.

Al principio no les entendí, ya que pensé que me hablaban de Peri, pero pronto me di cuenta de que nada tenían que ver con aquello.

– No sé qué decís, de verdad.

Les repetí varias veces para que, sorprendentemente, uno de ellos me respondiese que se refería a la venta de coca que se hacía, escondida en un discman, a varios bares de la zona.

         – Los del Luwarna han cantado, gilipollas. Deja de callarte y cuenta qué pasa. Sabemos que estás hasta el cuello. 

Me gritó entonces el otro mientras amenazaba con golpearme.

En ese momento me callé. Primero porque me impresionó que los dueños de ese puto bar hubiesen cantado, y segundo porque no podía traicionar a quien me había dado una oportunidad, mejor o peor, en esta ciudad de mierda.

– Te vuelvo a repetir que, si crees que callándote estás consiguiendo algo, te equivocas. A quien estés protegiendo no tardará en aniquilarte si teme por su seguridad.

Y así fue. Pocos días después de aquello, Oliver temió por su seguridad y habló con Jacobo. Jacobo habló con Gabriel, y éste, con un cuchillo de cocina oxidado, intentó rebañarme el cuello.

Sí.

Mi amigo, el Ángel que me había salvado, el hombre que me había metido en el caballo, quiso quitarme del medio para así salvarse su maldito culo.  

Lo bueno de todo es que no anduvo hábil. Lo malo, que me quedé en la calle con la obligación de desaparecer.

– Sabes que nosotros los yonquis le importamos poco a la gente. Somos como ratas que brotan de las alcantarillas.

Me dijo Gabriel con un tono extraño, poco antes de intentar cortarme el cuello.

– ¿Por qué dices eso? – le pregunté intrigado.

– Te presenté a gente. Gente importante que te ha dado su confianza, y la has cagado – continúo con un tono cáustico.

– No entiendo lo que quieres decir.

– Me han chivado que te andan buscando dos maderos. Que te han pillado. Que los del Luwarna han dado tu nombre, y que tú, gilipollas, te has ido de la lengua.

– Yo no me he ido de la lengua.

– ¿Qué pasó el otro día en tu casa?  

– Que vinieron dos maderos. Intentaron sacarme información. Pero no lo consiguieron – aclaré nervioso.

– ¿Sabes que las cloacas en las que nos movemos tienen ojos? ¿Y que esos ojos hablan por cientos de bocas?  

– No te entiendo.

– Te dimos una oportunidad – subrayó al tiempo que sus ojos, como por arte de magia, se le inyectaron en sangre.

– Pero yo no he dicho nada, ¡joder!

– ¡Cómo puedes decir eso, maldito cabrón! – sentenció elevando la voz hasta casi el grito.

– Pero, Gabriel, amigo. ¿Cómo puedes pensar que soy un chivato? – le dije muy nervioso.

– ¡Te lo repito otra vez! 

Me gritó a la vez que la pierna le falló y el cuchillo de cocina oxidado, que guardaba en el bolsillo, se cayó al suelo.

  • ¡Qué haces, Gabriel!
  • Cortarte el puto cuello, cabrón. Porque sabes, eres un chivato hijo de puta.
  • Gabriel, por favor. No quiero hacerte daño.
  • Ya me lo has hecho. Y ahora, te lo voy a hacer yo cuando consiga levantarme. 

Esas fueron las últimas palabras que escuché de su boca, poco antes de que volviese a tropezar y acabase en el suelo con el cuchillo clavado en el hombro. Desgracia que, a pesar de la gravedad, me hizo mirar para otro lado y salir corriendo.

– Te encontraré, cabrón. Y te mataré.