– Gracias por todo. Soy otro, pero a la vez la misma persona. Hasta nunca. O que ese nunca dure muchos años.
Aquel día, el de la salida, caminé sin prisa en busca de una nueva vida. Distaba un año mi ingreso y, el contexto, había cambiado bastante.
Miré el reloj. Eran algo más de las tres.
Me senté en un banco. Seguidamente encendí un cigarrillo, el único vicio que por aquel entonces tenía. Cuando lo terminé, empecé a pensar en Marga: la chica de mis amores, el amor del que poco sabía desde que fui ingresado.
A la caída de la tarde caminé hacia la que era su casa.
Una vez allí, llamé varias veces al timbre, pero no salió nadie. Miré por la ventana. A simple vista parecía que el bajo, en que un día la dejé, seguía habitado. Entonces pregunté a la que debía ser una vecina, quién, con bastante desdén, me corroboró que allí seguían viviendo, al menos, tres personas.
Para cuando caminaba calle arriba, cabizbajo, me encontré a una de sus compañeras. Carla, así se llamaba, me contó que Marga se borró del mapa poco después de que yo también lo hiciese. Que sus problemas económicos, sumados a los de salud, llevaron a la que un día fue mi novia a un callejón sin salida.
– ¿Y de verdad no sabes dónde pudo ir o si está mejor? – la pregunté impaciente.
– La verdad es que no.
– ¡Pero era tu compañera de piso!
– Ya, era – me respondió, encogiendo los hombros mientras adelantaba el paso.
– ¿No se pasó nadie de su familia? – la pregunté, intentándola sujetar con mis palabras.
– No.
Volví a subir la calle. Estaba intranquilo. No tenía lugar al que ir, algo que me obligaba a volver al pueblo. La otra opción era buscar un curro de camello, iniciativa que deseché pronto por razones más que obvias.
Entonces recordé que Marga tenía una tía que se llamada Fausta. Era el único familiar del que había hablado en todo el tiempo en que estuve con ella. También recordé su dirección. Sin pensarlo, me dirigí a su casa.
El chalet de la tal Fausta estaba ubicado en la Colonia de los Ángeles, una urbanización situada junto a la Casa de Campo. De construcción casi homogénea, los edificios conformaban un puzle que se extendía a lo largo y ancho de una serie de calles más o menos simétricas. El barrio era tranquilo. Tanto que la mayor parte de los vecinos tenían la puerta abierta.
La tía de Marga vivía en el número 14 de la calle Manuel Roses, en un chalet de tejado rojo y pintura proyectada con una enredadera deshojada cubriendo la fachada.
Apoyado sobre una puerta de metal, pulsé el timbre y esperé a que alguien respondiese. En un principio no tuve suerte, pero, al poco, una anciana de gafas prominentes, pelo blanco y estatura media apareció tras la puerta. Con la voz quebrada, me preguntó:
– ¿Quién eres, hijo?
Durante unos segundos me mantuve callado. No sabía qué responder. Cualquier consideración inapropiada le podía suponer un problema y sería motivo más que suficiente para cerrarme la puerta en las narices.
– Soy Julián.
– ¿Nos conocemos de algo?
– No.
– Si vienes por el tema de la luz, el gas o el teléfono, me temo que no voy a poder abrirte. Es que mi hijo me lo tiene prohibido. Ya sabes, se producen tantos robos que…
En ese momento agaché la cabeza. Dudaba de que aquella señora supiese algo de Marga. Además, de ser así, poco podía hacer por mí. Era tan mayor que seguro le vendría a la cabeza un vago recuerdo y me regalaría una sonrisa por haber sido un tiempo su pareja.
– Pero sabes una cosa, yo creo que tú no vienes por el gas – me dijo, para mi sorpresa.
– La verdad es que no. Vengo por Marga, su sobrina. Hasta hace no mucho fui su novio. Pero las cosas de la vida nos separaron y, desde entonces, no sé nada de ella.
– ¿Os dejasteis, como decís ahora los jóvenes?
– No.
– Entonces, ¿por qué os separasteis?
– Cosas de la vida – la respondí bruscamente.
– A Marga llevo mucho tiempo sin verla. Unos seis o siete meses.
En ese momento me cambió la expresión de la cara. Era la mitad del tiempo más o menos de que nos vimos por última vez.
– Me contó que dejaba la ciudad. Que tenía intención de vender la casa y marcharse lejos.
– ¿Qué casa?
– La que tienes detrás.
Volví la cabeza y vi un bloque de dos alturas en el que había una casa cerrada a cal y canto en bastante mal estado.
– ¿Vivía ahí?
– Ahí vivía su madre. Yo soy su vecina.
– ¿No eres Fausta? – la pregunté confuso.
– Sí.
– ¿Entonces no eres su tía?
– No.
– ¿Y quién eres? – la volví a interrogar equívoco.
– Su vecina.
– ¿Y por qué dices que vivía su madre?
– Porque murió poco antes de que marchara. Hace seis o siete meses, como te decía.
– ¿Murió?
– La verdad que vaya vida de pena. Esa mujer vio cómo a su propia hija de diez años se le escapaba un tiro de una escopeta que hasta el día de la muerte adornaba la chimenea del salón. Tiro que para desgracia de todos reventó la cabeza a su padre, tiñó la cocina de rojo e incrustó los sesos del muerto entre las rendijas de los baldosines.
– ¿Marga mató a su padre? – pregunté extrañado.
– Sí y no. Eso nunca se supo. ¿Y sabes lo peor de todo?
– ¿Qué?
– Que todos los vecinos echamos la culpa al jardinero.
– ¿Al jardinero?
– Sí, al que limpiaba el jardín a la familia. Un tipo bastante majo, de origen ecuatoriano, que se ganaba unos dinerillos.
– No entiendo.
– Tampoco preguntes. Aquí todos tenemos la boca muy pero que muy cerrada -, dijo la anciana con una actitud hosca.
– ¿Y no sabes dónde fue? – pregunté a la señora para cambiar el tema de la conversación.
– Hijo, ¿tú querías a esa chica?
– Sí, fue el amor de mi vida – la dije para salir del paso.
– ¡Qué pena que no la acompañases en ese entierro! El de su madre, digo. Allí solita, sin nada ni nadie.
En ese momento no sabía qué decir. El testimonio de aquella anciana me había descolocado por completo. ¿Cómo Marga había podido ocultarme todo eso? Aunque, por otro lado: ¿esa vieja estaba diciendo la verdad? A primera vista parecía un poco chalada.
– ¿Eras Julián, me habías dicho? – me espetó cortando mis pensamientos.
– Sí.
– Espera.
Despacio, no andaba muy bien de las piernas, la tal Fausta fue dentro de la casa como si fuese a por algo. Al rato, fatigada, volvió a aparecer.
– Horas después de la tarde del entierro, Marga me contó que había conocido a alguien. Que por fin había conseguido sentirse acompañada tras casi veinte años de soledad. También me dijo que llevaba tiempo sin ver a esa persona, un tal Julián, es decir, tú. Y que la próxima vez que lo viese, o lo hiciese yo, seguro que sería porque vendría buscando dinero. Por eso me pidió que te diese la dirección de mi hermano, que lo más probable, muy común por sus rarezas, no tuviese camarero. ¡Acércate y coge el papel! Pareces un buen chico -. Me dijo levando la voz a la vez que pulsando el interruptor que desbloqueaba la puerta.
– ¿Papel de qué? – la pregunté mientras el sonido del aparato tortura mis oídos.
– Es su dirección, hijo. Para que vayas a trabajar allí.
Poco después de aquellas palabras, recuerdo como bajaba los escalones del portal mientras miraba la casa donde Marga había pasado su infancia. Entonces la imaginé dentro, siendo una chica anormal. Perturbada por haberse cargado a su padre. Contando los días para empezar una nueva vida junto a una madre y un vecindario cómplice de un asesinato. Pensando en esa cocina llena de sangre y de sesos. En el jardinero acusado de algo que no había hecho. Y luego después otro día marchándose. Huyendo de un mundo y un contexto que, para su desgracia, la había condicionado de por vida.
– ¡Chico! – gritó la señora.
– ¿Sí? – respondí sorprendido.
– No olvides decir al testarudo de mi hermano que vas de mi parte.
Durante unos segundos me quedé pensativo. Mirando a aquella mujer como si fuese algo más que una señora que acababa de conocer.
Seguidamente la dije con una sonrisa:
– Se lo diré. No te preocupes.
Dos días después de aquella conversación estaba en la puerta de la casa del hermano Fausta.
Ignacio Martínez, así se llamaba, tenía más o menos sesenta y cinco años, quizás sesenta y seis, no lo puedo concretar. De joven, según me contó, había querido ser ingeniero agrónomo, pero la falta de pan en el pueblo solo le permitió marchar a la ciudad para ganárselo. Tras trabajar para varios caciques de barrio, que le daban poco más que para criar a su familia, decidió montar un bar. Su mujer, Martina, y sus tres hijas, le habían animado a embarcarse en tal empresa, entre otras cosas por tener lo que en aquel entonces se conocía como “don de gentes”.
Como era de esperar por sus cualidades sociales, el negocio marchó bien casi desde el principio, algo que llenó los bolsillos de Ignacio, le endureció el carácter y le desvió hacia planteamientos ideológicos totalmente opuestos a los que profesaba cuando llegó a la capital de España. Y es que, como buen empresario, el hermano de Fausta empezó a votar a la derecha, se compró un coche alemán y contrató a cuatro y luego ocho desgraciados para llenarse aún más los bolsillos.
– ¡Quién le ha visto y quién le ve!
Solían decir sus vecinos cuando pensaban en la metamorfosis intelectual y moral que había sufrido. Cambalache, por cierto, más justificado, pues de aquel Ignacio del pueblo solo quedaba la fe en San Justino.
Cada domingo, y algunos días más, el marido de Martina se duchaba, afeitaba y perfumaba y, con sus mejores ropajes, se personaba en la Parroquia Virgen de la Fuensanta del barrio de Carabanchel. Allí se confesaba y pedía para que sus bolsillos se siguiesen llenado, su hija pequeña, Julia, se licenciase en medicina y para que su Martina lo dejase un poco más en paz.
Entre tanto ésta era la que verdaderamente disfrutaba del capital. Cansada del espíritu luterano del hostelero, sustentado en la idea del trabajo y el ahorro, la señora Martínez había dejado el olor a lejía para dedicarse en exclusiva al cultivo de su físico, a pasear con las amigas y a comprar compulsivamente cuando el cabeza de familia descuidaba la tarjeta de crédito. Porque eso sí, las cosas del dinero, algo muy claro en la casa, eran asuntos de Ignacio. Éste administraba al detalle los gastos y cuantificaba también al detalle los pasos de una mujer con la que ya solo compartía la casa y un contrato que adolecía en el registro civil.
Pero Ignacio nunca se divorciaría. Así lo había jurado: hasta que la muerte nos separe. Y así lo mantendría de por vida con el apoyo incondicional pero ciego del padre Armengol, el párroco del barrio con el que jugaba al chichón y bebía vino de pitarra cada martes.

Ignacio y su mujer vivían en un piso de doscientos metros cuadrados en Goya, en un barrio mejor y más lejos de donde habían criado a su familia, cerca de la madrileña calle General Ricardos. La casa de encima del bar, su primera casa, se la habían cedido a la hija del medio, Lucía, para que criase a su hijo. Su novio, que la había preñado con dieciséis años, desapareció una tarde de primavera dejándola con el bombo y el disgusto de por vida. Entonces su padre tuvo que tomar una decisión: comparar una nueva vivienda y ceder la que tenía a la pequeña desgraciada. Algo, por cierto, que satisfizo a su madre, quien quería tapar ante sus amigas el escándalo y presumir de morada grande y en mejor sitio.
La hija mayor, Cristina, de la que todavía no os he hablado, y que era y seguirá siendo una calcomanía de su madre, vivía con la pareja, a pesar de tener cerca de los cuarenta, derrochando y malgastando el tiempo entre novios que no eran novios y amores que aparecían cuando a la muy hija de puta le venía en gana.
– Sabes, yo voto a la derecha. Y lo hago por un motivo. Sabes. Al principio me creía toda esa mierda de la izquierda. Sabes. Pero sabes por qué me lo creía: porque era un pobre desgraciado como todos esos que dicen ser de izquierdas. Sabes. Luego, cuando pasan los años, sabes, y te das cuenta de lo que es la vida, sabes, pronto metes el voto donde lo tienes que meter.
Me dijo una mañana cualquiera poco antes de poner el bar en marcha.
Y es que Ignacio, a pesar de tener a ocho personas contratadas, o de poder estar en casa descansando o tocándose los huevos en cualquier rincón de la ciudad, siempre estaba en su bar, desde que se abría hasta que se cerraba, un día sí y otro también, supervisando y controlando cada detalle, comprobando que todo estuviese donde tenía que estar.
Según me contó un cliente, el bar de Ignacio empezó siendo un pequeño rincón de mierda. Pero las cosas del destino hicieron que una noche, unas calles más abajo, se quemase una fábrica de harinas, que además tenía asociados un montón de terrenos. Tras el incendio, en un principio trágico, ya que muchos de sus trabajadores ahogaban las penas en el bar de Ignacio, apareció una constructora, quien amplió y transformó por completo la zona. Con más población, mucha joven, Ignacio tuvo que remodelar en una primera fase el bar, para, según fue creciendo la clientela, ampliarlo también hasta hacer un salón de comidas para casi quinientas personas. Fue ahí cuando “El Bar de Ignacio” pasó a llamarse “El descanso de la harinera”, en honor a la mítica fábrica, y lo que era en un principio un tabernero y una clientela decadente enganchada al coñac y a los cigarrillos negros, se convirtió en ocho camareros (muchos más cuando había convites) y un sinfín de consumidores sedientos de café por las mañanas, de comida a medio día, de cañas por la tarde y de alcohol y fútbol por la noche.
El mismo día que llegué a la casa de Ignacio, Martina me abrió la puerta. Tenía la cabeza cubierta de rulos y unas tiras blancas de papel sobre las uñas. Con una dialéctica suave pero la voz rota, me preguntó que quién era. A lo que yo le respondí todo lo que me había dicho la anciana.
En un principio la cuñada de Fausta me hizo esperar en la puerta, mientras hablaba con alguien por teléfono. Pero poco después me invitó a pasar. Incluso me puso un plato de comida.
Ya con la tripa llena, y tras haber hablado de varias cosas insignificantes, llegó el que sería mi nuevo jefe: un hombre a primera vista sereno que pronto aceptó contratarme, y que me ofreció, incluso, un viejo apartamento para que viviese, restando de mi sueldo la parte proporcional que correspondería al alquiler.
– El horario empieza a las seis y termina a las cuatro. Sabes. El resto de la jornada no hace falta que vengas. Sabes. Si no te lo pido, claro. Quiero verte bien aseado, y que guardes, ante todo, la compostura. Sabes. Y, por último: nada de drogas y alcohol. Si noto algo de esto, automáticamente vas fuera.
Me indicó, amenazante, con el dedo índice delante su cara.
Los días con Ignacio fueron difíciles desde el principio. A su insoportable recital sobre las virtudes de la derecha, había que sumar su manía por el orden. Todo tenía un momento y un lugar, un espacio y un tiempo. Y si así no era y no se justificaba, la bronca estaba garantizada. Es verdad que luego pedía perdón. Pero siempre, era luego.
A todo esto, había que añadir lo siguiente: como prácticamente mi vida era trabajo, y a pesar de no cobrar mucho, mi capacidad de ahorro se había disparado, la necesidad de volver a consumir caballo fue un tema cada vez más recurrido por mis neuronas. Por eso, con el fin de disuadirlo, empecé a fumar compulsivamente hachís. Incluso varias noches, en diferentes discotecas, pillé cocaína y pastillas. Hasta que una mañana, completamente colocado, y tras haber conocido al camellito de turno de la discoteca de turno, acabé fumando base.
– Esto es bueno, eh, tío. Últimamente se consume menos. Así que lo mezclo con speed. Los universitarios lo compran mucho. ¿Te pasa algo? – me preguntó el camello de turno tras notarme algo anodino.
– No, nada – le respondí sin mucho entusiasmo, intentado hacerle ver que lo que acababa de hacer no era del todo de mi agrado.
Y saben, tengo que decir que tras esa respuesta… el orden que regía mi vida empezó a trastornarse, las broncas a ser más frecuentes y el camello de turno a rondar demasiado mis pensamientos. Incluso Martina, obsesionada con mi físico (alguien me contó que se masturbaba a diario pensando que me follaba encima de la barra), llegó a hablar conmigo.
– Tienes a Ignacio un poco disgustado. Dice que te nota raro, que no te enteras. Que le sorprende. Más que nada porque eres un tipo con una memoria y una capacidad de cálculo sobrenatural.
– No sé, Martina, debe ser el cansancio.
– Aplícate. Si no irás a la calle. Y sabes, para Ignacio va a ser muy duro. Tengo la sensación que eres como ese hijo que nunca tuvo. Y para mí, ¿sabes lo que eres para mí? – me preguntó relamiéndome los labios con obscenidad.
– No, Martina. No lo sé.
– El polvo que nunca eché.
Aunque parezca raro, aquel día no acabé follando con la esposa de mi jefe. En absoluto. La vieja era vomitiva. Lo que si hice fue empezar a suplir la necesidad de consumir base por partidas a las máquinas tragaperras y sexo con la primera que se me cruzase. Me follaba a todo lo habido y por haber. Jugaba compulsivamente hasta quemar la última moneda que sobrevivía en mi bolsillo. Era lo que se puede decir un enganchado al juego y al metesaca que adolecía para evitar caer en la trampa que tiempo atrás me había llevado a la indiferencia y el fracaso.
A pesar de este contexto tan turbulento, en que la infidelidad jugueteaba con el vicio en todas sus expresiones, tengo que reconocer que lo que me mandó a la calle, porque fui a la calle, era obvio, no fue esta especie de paranoia en la que me había metido. ¡Qué va! Fue más bien una patraña cuanto menos curiosa que trajo agregadas tres vicisitudes: un pacto de silencio, una indemnización sustanciosa y, claro está, un despido.
La historia es que un día Ignacio nos dio la mañana libre. Nos dijo que no iba a abrir el bar por un tema de papeleos que no recuerdo bien. Por lo que empleé el permiso en dormir. Cerca del mediodía, cansado de estar en la cama, recordé que me había dejado el teléfono móvil en el bar.
Tenía una llave del local y conocía el número de la alarma. Pero no por ello me acerqué a la casa de Ignacio y le dije a su mujer que me iba a pasar a por el teléfono. Ella, como era costumbre, mientras me enseñaba las bragas por el hueco de la bata y se relamía los labios, me dijo que no había problema. Aunque antes, llamó a Ignacio.
– No coge el teléfono. Ves de todos modos.
– Gracias, eso haré.
– ¿Julián? – me preguntó mientras me guiñaba un ojo y cuando me disponía a marcharme.
– ¿Qué?
– Te gustaría comer aquí. Hoy no vendrá nadie y estoy un poco sola – me subrayó con una voz cálida.
– Lo siento mucho… – la respondí nervioso para salir del paso – es que necesito el móvil, espero una llamada importante.
– ¡Tú te lo pierdes! – exclamó mientras se sacaba una teta y se lamía con deseo un pezón.
– Martina, por favor – la amonesté a la vez que me tapaba los ojos – es usted la mujer de mi jefe. No se da cuenta que me puedo meter en un lio.
– Hazme sentir placer de una puta vez. Hazme correrme como nunca lo ha hecho el inútil de tu jefe. Fóllame, fóllame, fóllame Julián…
– Me marcho, lo siento Martina. No es que no me guste. Pero la insisto que es la mujer de mi jefe. Podría ir a la calle. Y hay mucho paro.
Tras el numerito caminé hacia el restaurante. Al llegar, noté algo extraño. Aunque estaba cerrado, había una luz encendida que, a simple vista, provenía de un pequeño sótano situado justo detrás de la barra. Entonces comprobé que la alarma no estaba conectada. Por lo que me acerqué al cubo de basura y cogí un listón de un mueble que había medio desmontado. Despacio, abrí la puerta principal del local y caminé hacia dentro. Paso a paso puede escuchar un ruido cada vez más intenso. Como si estuviesen torturando a alguien. Pensé varias veces en llamar a la policía. Todo apuntaba a que tenía retenido a Ignacio en el sótano. Pero, muy al contrario, y armado de valor, me acerqué hacia la oquedad y empecé a bajar las escaleras. Para mi sorpresa, me encontré con algo que sobrepasaba la lógica: Ignacio, completamente desnudo, estaba atado a unas varillas que habitualmente utilizaba para colgar el embutido. Delante de él, una mujer, ataviada con un traje de cuero y bien entrada en peso, le estaba azotando con una fusta.
– ¿Qué cojones haces aquí? – me preguntó sorprendido.
– Había olvidado el teléfono móvil y vine a buscarlo. Martina te llamó… Después pensé que estaban robando y… no sé.
– Coge el móvil y márchate. Te llamo mañana.
– ¿No vengo a trabajar?
– Te llamo mañana.
Al día siguiente, a eso de las doce, me llamó. Quedamos en el bar.
Para mi sorpresa, con un café humeante y una bandeja de churros recién cocinados, en una esquina apartados del tumulto, el que fue mi jefe me reveló todos sus vicios y los problemas que tenía en su matrimonio.
– Se pasa el día gastando el dinero que tanto me cuesta ganar, sabes – me contó con mucho rencor -. Derrochando en milagros estéticos que no tapan el esperpento físico y moral que es. Se pasa el día puteando con todo dios, sabes, esperando a que alguien se la meta sin fortuna alguna. Se pasa el día jugando a ser algo que solo tiene sentido al calor de mi bolsillo. Sabes. Y yo, mientras, trabajo. Sabes. Me encargo de que la familia siga adelante. De que nuestra reputación ocupe un lugar privilegiado tanto aquí en General Ricardos como en Goya. Sabes. De seguir construyendo todo aquello que tan alejado está de lo que tenía cuando me conoció. ¿Os es que, por algún causal, no recuerda la vida que sufría cuando era una desgraciada en el pueblo? Aguanto porque creo en Dios. Porque un buen cristiano no puede romper con el matrimonio. Sabes. Porque no puede adolecer al juicio prejuicioso de quien en la calle soflama en contra de los principios de la Santa Iglesia Católica. Sabes. La misma, por cierto, que moldeó los valores que desde la humildad me trasmitió mi madre y yo he hecho llegar, como mejor he podido, a mis hijas. Sabes – y elevando el tono, me recriminó -: Julián, haz el favor de comer más churros, van a ser para tirar, sabes.
Otro tema que le torturaba, me dijo con cierta condena, eran el embarazo prematuro de su hija y como toda su familia se estaba provechando de su dinero.
– Entonces un día te emborrachas y acabas en un club de mala muerte. Sabes. Conoces que hay gente como tú o peor, y que cosas como ésta te pueden ayudar a salir de una dinámica que detestas, pero aceptas solo porque el orden natural de las cosas no se ha quebrantado. Sabes. Me han dado por culo, me he quemado la polla y gordas como la de ayer me la pelan mientras me azotan hasta casi hacerme sangre. Sabes. ¿Y qué saco en claro? No sé. Sabes. Quizás olvidar por momentos la vida de mierda que tengo. Sabes. O hacer algo nuevo. ¿No es en sí esto un signo de época? Lo de hacer algo nuevo, digo… La vida es una mierda y una contradicción, se mire por donde se mire. Sabes, te voy a despedir, sabes. Porque no sé cómo voy a trabajar contigo sabiendo que conoces mi otro yo. Sabes. Te voy a dar el dinero suficiente para que puedas pasar unos meses hasta que encuentres otra cosa. Sabes. Eso sí, solo te voy a pedir dos favores. El primero, no cuentes nada a Martina, nos hundes la vida. Sabes. Y el segundo, no vuelvas a la droga. Cuando entraste me informé de tu vida. Me enteré que venías de un centro de desintoxicación. Si me preguntas por qué te contraté, he de decirte que por el simple hecho de que todos merecemos una segunda oportunidad. Sabes. Sé que parezco un facha explotador, pero no soy así. A veces el ser humano tenemos que crearnos un personaje que detestamos, solo por el simple hecho de ser respetados. Sabes.
Dejé el bar.
Horas después estaba montado en un autobús camino del pueblo. No me despedí de Martina físicamente. Lo hice por el móvil. Estaba cansado de ser preso de sus lucubraciones sexuales.
En el trayecto de vuelta al sitio en que nací pensé en mi familia, en el grupo de amigos de la infancia, en las raíces de un lugar que me atrapaba y siempre me devolvía cuanto más me intentaba separar. Quizás La Mancha es lo único que nos queda a los perdedores, me dije. Quizás la tierra de Don Quijote y Sancho Panza sea, además de lo que dicen las andanzas de este par de locos, el cubo de basura al que la mierda de siembre volvemos cuando los que mueven los hilos nos recuerdan donde estamos.
– Chaval, ¿tú no parabas aquí?
Me preguntó Carmelo, viajero con el que había hablado parte del trayecto. Un tipo, por cierto, bastante peculiar, que vestía una chaqueta vaquera parcheada y que volvía a su pueblo para despedirse de su madre, que por desgracia para él estaba en su lecho de muerte.
– Sí – le respondí guiñándole un ojo. Gracias por avisar
Siempre hay gente buena en el mundo, me dije.