julián garcía, capítulo 13

Llevábamos una media hora en la sala contigua a la sala de vistas. Todo estaba tranquilo después del numerito que acababa de montar en los pasillos. Javier seguía sentado en la mesa del despacho. Tenía la mirada clavada en unos documentos que había encima. Por la expresión de su rostro, supuse que no los leía. Lo que intuía que estaba haciendo era repasar información legislativa para dar más empaque o legitimad a una escena que poco antes había degenerado.   

Mientras tanto, había apartado la mirada de la ventana para fijarla en el suelo, pudiendo comprobar la perfección del pavimento de cerámica pulida sobre el que se descansaban nuestros pies y el resto de muebles que adornaban el lugar. Al mismo tiempo pensaba en las afirmaciones realizadas por mi abogado. En cómo había desvelado una parte de la historia que creía que no conocía. En cómo, para mi desgracia, había cometido unos cuantos errores ante el juez y ante su persona. En cómo, y contra lo que yo pensaba, el tonto de Javier había conseguido arrastrarme a su terreno, guardando hasta el último momento del proceso una porción de información que, por sí sola, neutralizaba la actitud burlesca que tenía hacia él.   

Fue entonces cuando tuve claro que era absurdo seguir jugando en el sentido que lo venía haciendo. Que conociese o no la verdad, no iba a cambiar nada la decisión que tomase en última instancia ante el juez. Su palabra siempre iba a ir en contra de la mía. Además, con todo lo que sabía, podía jugar desde una perspectiva más creativa y seguir demostrándole, primero, que era más tonto que yo, y segundo, que de este proceso solo le interesaba la fama que le pudiese reportar, muy a pesar de que recalcase todo lo contrario.  

Fue por esto que, de repente, para su sorpresa, con voz pausada, pero sin detener en ningún momento la alocución, susurrando en muchas partes como si no quisiese que mis palabras trascendiesen más allá de la distancia que distaba de mi abogado al lugar en que estaba, empecé a decirle: 

– Al padre Faustino no le interesaban los restos de los últimos caballeros que defendieron el territorio de la invasión Islámica. Ni que existiese una gruta donde supuestamente fue escondido el tesoro de la Mesa de Salomón.  

“Eso lo sabía todo el mundo en el pueblo. Al padre Faustino solo le interesaba el padre Faustino. Y creo que, a estas alturas, sabes por dónde voy.

Los técnicos de Río Colorado llevaban meses estudiando el lugar. Según los informes prospectivos, la cantidad de granito que a priori albergaba el filón no solo surtiría los intereses de la compañía minera, sino también los de las empresas minoristas de la zona. Creo recordar que hubo otro punto señalado por la minera que nunca se explotó. La razón fue que estaba ubicado en el corazón de una finca que pertenecía a una familia de importante linaje. Idea, esta última, por cierto, desechada pronto por la empresa, entre otras cosas porque el Ayuntamiento pujó para que la explotación fuese en el término municipal: ya sabes cómo es la política con esto del empleo.

Por otro lado, los técnicos de Río Colorado llevaban meses estudiando el suelo. Y Jacinto Donato y sus hijos haciéndoles imposible el trabajo. Esto se debía a que parte de los terrenos de la explotación pertenecían a esa familia. Y, según creo, por la ley de minas, o no sé por qué historia, estaban obligados a cederlos, en concepto de alquiler, a cambio de una mísera aportación económica.” 

Le expliqué a Javier, mientras intentaba encenderse un cigarrillo con un mechero que, a priori, no funcionaba.

– ¿Pero no entiendo por qué el padre Faustino era defensor, en el fondo, y según insinúas, de los Donatos? – me preguntó con cierta ironía.

– Todos tenemos trapos sucios, y más en los pueblos.

– ¿Qué trapos sucios? – preguntó, nuevamente, queriendo demostrar que no conocía la implicación real de Jacinto en todo esto. 

Entonces me quedé inmóvil y, como queriendo parecer que mi cerebro no procesaba nada, pero dejando claro con una expresión un tanto extravagante que no estaba en ese lugar y a esa hora y en ese momento, profundicé mentalmente en la vida y obra de quien hablábamos.     

Y es que Jacinto Donato era hijo de un agricultor que tuvo cierta influencia en el pueblo durante el Franquismo. El pequeño de tres hermanos, se hizo cargo del negocio familiar tras la muerte de su padre, en extrañas circunstancias, poco antes de la Transición. Sus otras dos hermanas tomaron la prematura decisión de mudarse a la ciudad para ganarse la vida, arrendándole al benjamín de la familia la labor de cultivar las tierras.

Jacinto no destacó nunca por su belleza, y menos aún por su intelecto. Gordito, patoso y tontorrón, a la edad de 20 años, tras volver de la mili, se casó con Elvira, una chica tan fea como él, pero algo más espabilada, de un pueblo de la zona. De aquel matrimonio nacieron Justo y Alberto, el Gordo y el Flaco, mote que acuñaron en homenaje al dúo cómico Laurel and Hardy.

Este par de dos, de la misma línea intelectual que su padre, y una belleza proporcional a la del matrimonio, tuvo muy claro que lo de la escuela era un trámite para dedicarse a su verdadera pasión: el campo.

En el pueblo siempre se decían cosas raras de la familia. En el imaginario local habitaba la leyenda de que el padre sodomizaba, además de a la mujer, a los dos hijos. Rumor que nunca quedó demostrado, y que los servicios sociales, obligados a esclarecer el caso tras la denuncia de unos cuantos maestros, no dilucidaron nada.

Lo que sí quedó claro es que los tres, padre e hijos, eran un equipo muy sólido en su día a día. Trabajaban sin descanso desde que el sol salía por la mañana hasta que la luz costaba demasiado por la noche. Eso sí, la productividad dejaba mucho que desear: era muy sonado en el pueblo el dicho de “trabajas más que Eugenito y sacas menos en claro que un Donato”. Pero ellos eran felices. O por lo menos, eso parecía.

Según cuentan, el día que recibieron la noticia de que una empresa tenía previsto expropiarles los terrenos para construir una cantera, Alberto, el más pequeño, cargó su escopeta y la echó al maletero de su Pick-Up. Media hora después se personó en la puerta de la Consejería de Fomento, administración competente en la materia, para reventar, si hacía falta, la cabeza al responsable de turno en caso de que finalmente se optase por agujerear la tierra de su padre.

– Esa tierra se la quedó mi abuelo cuando nadie la quería porque solo eran piedras. Si, solo piedras y cuatro chaparros. Fue él, que en paz descanse, quien consiguió que esos terrenos se utilizasen para la caza. Y ahora, después de muchos años, de mucho trabajo y de mucho, mucho, mucho estar ahí, la caza nos da también mucho dinero. ¡No podéis destrozar el trabajo y la dedicación de toda una familia porque a vosotros os salga de los cojones! ¡Sois una pandilla de hijos de puta!

Le dijo a un funcionario, mientras el encargado público se meaba en los pantalones por ver al pedazo de loco en la oficina con una escopeta al hombro.

– Pero yo no te puedo ayudar. Solo estoy para las firmas – le respondió tartamudeando.

– ¿Y quién me puede ayudar? – le insistió, ya apuntándole con la escopeta.

– El jefe.

– El jefe. ¡Me cago en los putos jefes!

– Esto funciona así. Lo siento. Es la administración.

– Sois una pandilla de flojos, eso es lo que os pasa.

– Hacemos lo que nos mandan.

– ¿Qué?

Le preguntó acercando aún más la escopeta.

– Nada – respondió templando.  

– ¿Cómo puedo llegar al jefe?

– Primero tienes que ir a secretaría para que secretaría – empezó a decirle el empleado farfullando –  se ponga en contacto con sus secretarios, y estos te deriven con el director general competente en la materia. Que, a decir verdad, no recuerdo su nombre. Ah, también existen otros métodos para llegar. Por ejemplo: mediante una cita que pida el alcalde de tu municipio. Esta la debe tramitar a través del secretario o gabinete competente. 

– ¿No te dice algo lo que te está apuntando? Con esta escopeta me he cargado ya a unos cuantos conejos, por no hablarte de palomas, vencejos y no sé qué pájaros más. Ah, también reviento la cabeza a los chotos. Lo digo para dejarte claro que, como te suelte un tiro, no te libras.  

         Le insinuó con una media sonrisa.

– Mis pantalones lo dicen todo. Pero también tengo que remarcarte que yo soy un simple funcionario y aquí hay unos cauces administrativos bastante cerrados. La administración, es la administración. Si no les gusta, voten otras opciones políticas de corte más liberal. 

– ¿Quieres que te reviente la cabeza, pedazo de hijo de puta?

– ¡Ay, Dios míos! ¿Por qué cojones pedí el concurso de traslados?  

A pesar de todo, aquel acto macabro, muy sonado en el pueblo, no sirvió de nada. El responsable de Fomento desoyó las demandas de los Donatos, Alberto pasó la noche en prisión, tuvo un pequeño juicio, fue sancionado con una multa de no sé cuánto y la explotación de la cantera se hizo efectiva.

De este modo la familia, muy acostumbrada a saltarse la ley o a tomársela como le venía en gana, compró munición y se tiró al monte. Sin descanso, declaró al ayuntamiento, a la administración y a la empresa una ofensiva de guerrillas que tuvo su extensión política en la reivindicación del padre Faustino. Llegó a tal grado la contienda, que, un día, mientras un par de topógrafos tomaban medidas de la zona, el Gordo y el Flaco quemaron un terreno colindante – sin mucho peligro forestal – para asustarlos. Con tan mala suerte que el coche de los agrimensores estaba al lado y, como era de esperar, salió ardiendo.

– Ramón, ¿qué cojones es eso?

Le preguntó, seguramente, un topógrafo a otro.

– Pues no tiene pinta de ser una quema de rastrojos.

– Entonces, ¿qué puede ser?

– Pues no lo sé, sinceramente. 

– Lo digo porque el coche estaba aparcado por allí. Y ya oíste al jefe lo que nos refirió de la gentuza esa, los….

Le dijo el otro con toda probabilidad al primero para, a continuación, ambos escuchar una explosión que confirmó sus malos presagios.

Incluso a unos ciclistas, que nada tenían que ver con aquello, les retuvieron en mitad de la vía una mañana de primavera. Al no hacer mucho caso a las intimidaciones, importantes, la pareja se adelantó y soltó las vacas bravas en mitad de la vía. Cuando los deportistas llegaron al sitio tuvieron que subirse a un árbol, sin poder bajar hasta que el dúo de animales, y no me refiero a los de los cuernos, fueron conscientes de que lo de la cantera poco tenía que ver con los afectados.

De repente sentí como un pito, realizado tras la fricción de los dedos de mi abogado, me sacó de mis abstracciones y me devolvió a la sala contigua a la sala de vistas.

Fue entonces cuando, tartamudeando en las primeras palabras de la frase, le respondí:

– Ahora después te cuento lo de los trapos sucios. Vayamos por partes.

“Como sabes, el padre Faustino empezó escribiendo artículos de opinión en medios regionales, y continuó una protesta que arrastró, en un principio, a vecinos y arqueólogos, y, posteriormente, a intelectuales y la Iglesia. El lugar, como bien sabes, tenía un valor histórico incalculable para la institución religiosa. O por lo menos así se hizo ver a través de varias publicaciones en medios.

Recuerdo que hace poco leí un reportaje, en el que se recopilaban una serie de artículos sobre el tema, firmados por Gregorio Froilán, un intelectualillo de la zona, de familia noble, del que se intuía que trabaja a sueldo para los curas. En dichos artículos se esgrimían una serie de argumentos científicos que justificaban, por un lado, el valor arqueológico del lugar, y por otro, ponían de relieve la implicación de la Iglesia en este tema.  Aunque, bueno, todo el que conocía algo al respecto sabía también que la verdad era otra.

– Profundiza. No tenemos mucho tiempo para que andes con rodeos – me interrumpió Javier, de repente.

– Como bien sabes, la historia siguió su curso, canalizada a través de dos versiones: una, la real, la que conocía parte del pueblo; y la otra, la oficial, la que se contó al resto de la sociedad. Con una excepción: nadie sabía por qué el Arzobispado estaba tan interesado, por mucho valor histórico que tuviese el lugar, en la defensa de esos terrenos.

De repente, sonaron dos golpes secos en la puerta. 

– Adelante – dijo Javier.

Tras la puerta, apareció Gabriel Moreno, el policía que poco antes habíamos mencionado y quien esperábamos tras la puerta.

Por contaros algo de la vida de Gabriel, ya que le he mencionado varias veces, y tomará más cariz a partir de ahora en la historia, deciros que era un agente de baja graduación que pringaba la mayor parte de su jornada en los juzgados como si de un ujier se tratase. De complexión delgada, cara de pánfilo y aspecto desaliñado, había sido para mí, de un tiempo a esta parte, lo que se podía considerar lo más cercano a un amigo. Y digo esto porque, a pesar de lo que se me imputaba, y del rechazo que generaba, siempre intentó agradarme para que la estancia me resultase lo más placentera.

Algunos ejemplos de lo que hablo fueron aquella lata de Coca-Cola que un día sacó para que la bebiese, mientras esperaba en una sala contigua al juzgado esposado a casi cuarenta grados. O aquella grata conversación sobre fútbol en la que opiné y propuse sin tener ni idea de lo que hablaba.

Fue la escena algo así:

“Yo no sigo mucho el fútbol, pero por lo que recuerdo, me quedo con el gol de Zidane en aquella final de la Champions contra el Bayer Leverkusen”, le dije. “Y dale con el Real Madrid y con Zidane. Mesi, Mesi es el que mueve todo. Es el puto amo desde hace mucho tiempo. Además, todos los diarios coinciden en que es el mejor jugador de la historia”, me respondió. “¿Igual la prensa de Madrid dice eso?”, le pregunté. “Lo dices con la boca pequeña”, sentenció. “No me lo creo”, negué. “Pues créetelo”, afirmó. “¡Anda!”, exclamé. “Eres un madridista”, remarcó, enfurecido, poco antes de que una llamada por radio lo devolviese a las oficinas.

– El tiempo del receso está llegando a su fin – adelantó el policía tras abrir la puerta, intentando mantener la hechura mediante una sonrisa cómplice cuando nos miraba. – Solo quería trasmitiros el mensaje. La fiscalía está un poco enfadada con este parón y está pidiendo al juez que reinicie la declaración. Además, se han enterado del intento de fuga o vete tú a saber lo que has intentado, Julián. Algo, por cierto, que ha sentado fatal. Así que todo lo que estéis preparando, finiquitarlo lo antes posible.

– Agente, dígale al juez que no tardaremos. Solo necesitamos un poco más – le respondió Javier, educadamente.

– Le entiendo. Yo solo le transmito lo que me han dicho. ¿Queda claro?

– Sí, señor agente. Queda claro.

– Bien, pues espero que no tenga que volver a personarme.

– ¿Oye, Gabriel? – preguntó mi abogado, rompiendo la cordialidad.

– Señor agente – matizó el policía, poniéndose en su sitio.

– Señor agente, disculpa.

– Disculpado quedas.

– ¿No tendrás mechero? He intentado encenderme un cigarrillo hace un momento y no me funcionaba. Y la verdad, es que no sé si fumas. Pero bueno, creo que sí, o por lo menos lo haces a escondidas en la ventana del registro.

– ¿Cómo sabes eso? – preguntó el policía enfurecido.

– ¿Me dejas el mechero?

– ¿Cómo sabes eso? – volvió a preguntar aún más enfurecido.

– Son muchas las horas por aquí y también muchas las vueltas por los juzgados. Uno ve cosas que el común de los mortales obvia.

– Toma – indicó molesto.

Gabriel sacó un mechero de su bolsillo y se lo entregó.

Justo cuando lo iba a coger, Javier le agarró de la mano.

– Yo me he portado siempre muy bien contigo -, musitó Javier -. Ya sé que pintas una mierda, pero haz lo que esté en tu mano para dormir un poquito más esto. Necesitamos tiempo. Las cosas no han ido tan rápidas como creíamos.

– Bien lo has dicho tú: yo aquí no pinto una mierda.

– Bueno, pues estate atento, por lo menos.

– No me toques los cojones, Javier – recalcó con enojo el policía -. ¡Que siempre me estás metiendo en líos! ¿Atento a qué? 

         – Gracias por el mechero.

Le respondió mi abogado, justo después de encenderse el cigarro.

– Abre por lo menos la ventana, ¡qué me van a llamar la atención! – aclaró el policía.

– No está el patio para abrir la ventana – respondió Javier.

– ¿Por qué?

– ¿No sabes la que hay liada fuera?

– Ah, sí, el accidente. Es verdad.

– Pues entonces, ¿crees que nos puede apetecer tener la ventana abierta? 

– Hay detector de humo.

– Mentira, hubiese saltado.

– Bueno, haz lo que quieras. Pero como te pillen, ya diré que no soy el responsable.

– Eres el responsable.

– No soy el responsable.

– Estate atento, por favor. Necesitamos tiempo.

– Yo no pinto nada.

– ¡Vete a la mierda!

Tras estas palabras, Gabriel cerró la puerta, y Javier, mientras soltaba humo por la nariz, me dijo:

– Puedes seguir con lo que me estabas contando.

Durante unos segundos me quedé mirándole como si quisiese decirle algo.

Después, continué: 

– El apoyo al padre Faustino siguió. Las disputas fueron cada vez más intensas. El conflicto creó dos bandos en el pueblo. Incluso se escuchó que Jacinto, el bruto de Jacinto, el insensible, el sin principios, el que le importaba una mierda la contaminación, el que solo trabajaba por dinero tenía previsto integrase a un partido de corte naturalista para conformar una lista electoral y presentarse bajo esas siglas a las próximas elecciones.

“Decían las malas lenguas del pueblo que todos le advertían de lo que perseguía tal agrupación política. Entre otras cosas acabar con la caza. Algo que, a primera vista, perjudicaba directamente sus intereses. Pero a la vez algo que le importaba una mierda, siempre y cuando encontrase el suficiente soporte humano para detener la cada vez más eminente explotación de sus terrenos.

– Muy bien todo lo que me estás contado. La verdad es que es muy detallado y, como siempre, con un dominio perfecto del relato de los hechos. Pero, ¿me puedes explicar de una vez qué cojones era lo que escondía Jacinto del padre Faustino?

– Que, ¿qué era? ¿No lo intuyes ya a estas alturas de la película?

– Pues no, la verdad.

– Joder, Javier, ¿ahora eres tú el que te estás quedando conmigo? Pero si casi me lo has insinuado antes.

– ¿Me lo puedes decir?, por favor.