Julián García, Capítulo 14

Tras despedirme de Carmelo y dejar el autobús, marché hacia casa de mis padres por el mismo camino que recorrí cuando abandoné el pueblo (como entonces, revisé la fisionomía de la calle a la espera de que alguna cotilla se posase sobre su ventana en busca de cualquier noticia. No vi a nadie. Pero si me percaté de que la casa de adobe en la que había pasado mi última noche en el pueblo se había derrumbado). Tenía ganas de ver a mi madre, hablar con ella, ver cómo estaba después de todo este tiempo en que estuve fuera. Tenía ganas de saber cómo iba su relación con mi padre. Si seguía siendo igual de tóxica que antaño o, por el contrario, había empeorado.

Una vez llegué a mi casa, llamé al timbre. Nadie abrió la puerta. Me asomé a la ventana de la cocina para ver si tenía suerte. Entonces recordé aquellas lágrimas que soltó mi madre, tras ese cristal, poco antes de marcharme. Me vino el recuerdo la imagen de aquella mujer fuera de sí al lado de los fogones. Intentando pasar la página de una historia que empezaba a bullir delante de sus narices. Con el desgraciado de su marido entrando por la puerta. Seguro que pidiéndola que borrase de su cabeza al que también era su hijo. Seguro que recordándola que el hijo que había traído al mundo era la viva rencarnación de belcebú  

Caminé hacia el patio trasero.

Miré a un lado y otro de la calle para ver si venía alguien.

Después salté la tapia por donde lo había hecho otras muchas veces en el pasado y fui hacia la cocina.

Todo estaba cerrado. Daba la impresión de que, aquel día, por lo menos, el matrimonio y su hijo habían salido a dar un paseo o algo similar.

Miré a través de la ventana de mi hermano, que, tras un enrejado, daba al patio. Desde el otro lado del cristal pude observar que en el interior todo estaba detenido. Parecía como si de un tiempo a esa parte por aquel lugar no hubiese pasado nadie. Y no lo digo por el silencio que se respiraba, sino porque la composición de la habitación, con su cama, su mesa de estudio, su cómoda, sus adornos, sus libros era similar a como la había visto la última vez que estuve en ella. Se puede decir que, o bien a mi madre le resbalaba ya todo o bien los doctores que acosaban a mi hermano la habían recomendado mantener los patrones – algo muy frecuente – o bien el dinero no abundaba tanto como para dar un aire a un contexto anquilosado en los años noventa.           

Ya cuando volvía a la tapia, a fin de regresar a la calle, me encontré con la vieja portería de fútbol. Era la misma en que la mayoría de las tardes jugaba con mi hermano. Allí fui testigo de que Borja no estaba bien. De que, al pequeño Borja, el niño que siempre iba más lento, le faltaba, como se suele decir, un verano.

Me acerqué al artilugio y lo agarré con delicadeza. Sentí como el frío del metal entumecía mis dedos. Como la poca pintura que lo recubría, mezclada con el óxido, rasgaba la palma de mis manos.

Cogí aire y empecé a pensar. Por segundos me vi allí: embarrado, sudoroso, fatigado, con olor a yerba, intentando que ese jovenzuelo hiciese cosas imposibles para su intelecto. Explicándole aquello que a mí tan poco me había costado aprender. Reconociendo que cualquier esfuerzo sería en vano por mucho que me afanase en lo contario. Saboreando el plato de tortilla francesa con jamón cocido que tanto nos gustaba y tan frecuente era en el menú de mi madre. Sobre todo, en las noches que venían después de una larga sesión de fútbol bajo el sol, las nubes o lo que hubiese por encima de nosotros.      

Dejé el amasijo de recuerdos donde estaba y volví a saltar la tapia. Justo cuando caí al suelo, pasó un coche a una velocidad media. El conductor, a quien no reconocí, me miró extrañado. Yo hice lo propio. No tenía por qué ocultarme. No estaba cometiendo ningún delito. Lo único que había hecho era salir de mi casa, por un sitio por el que solía salir con mucha frecuencia cuando olvidaba las llaves.

Caminé por el asfalto absorbiendo los olores del pueblo. Los aromas de la tierra, del estiércol, de las arboledas se mezclaron con mis reflexiones a la vez que las casas, algunas de adobe, otras de ladrillo, las menas de hormigón dibujaron en mi subconsciente un sinfín de recuerdos que, por momentos, me devolvieron a aquellos maravillosos años cuando el pudor no existía y el reflujo cultural todavía no hacía cuestionarme la realidad.

Luego de esto y algunos metros más, subí el cerro Porquero y, tras pasar varias calles, salí a la naturaleza. Llevaba tiempo sin sentirla. Llevaba mucho tiempo sin apreciar en primera persona todo eso que regala a uno de pueblo y que tan difícil es de entender para cualquiera de ciudad. Miré al cielo con celeridad. Agarré la yerba y la arranqué con fuerza. La olí. Después la tiré al camino y seguí andando, ahora de forma pausada. Quería sentir la libertad que tanto me había robado la congestión física y moral de Madrid. Quería encontrar en el espacio vacío del entono todas las leyes innatas que regulaban el funcionamiento del ecosistema. Los principios físicos, la matemática exacta, los componentes químicos, la lingüística que me permitía describir un lugar único que, más feo que bonito, llevaba prendido en lo más profundo de mis entrañas.

Cansado de caminar me di media vuelta y fui directo a casa de tía Marta. Temía que no se tomase muy bien mi regreso. Más que nada por el suceso que había motivado mi huida.

Llamé a su puerta.

Poco después apareció mi tía en bata con la cara cubierta por un ungüento verde bastante desagradable. Fumaba un cigarrillo, que prendía entre unos dedos, los suyos, pintados de colores.

– ¡Qué sorpresa! ¡Cuánto tiempo! – me dijo, mientras hacía ademán de soltar la ceniza en el primer hueco que apareciese.

– Se te ve mejor.

– Bueno, ya sabes que los de la clínica eran bastante serios.

– Quizás no tanto como tú – me respondió con una sonrisa.

– Quizás, tía Marta.

– Anda, dame un abrazo, sobrino.

 – Claro, tía -. La respondí, para, seguidamente, abrazarnos.

Ya en el salón me contó que había vuelto a tomar antidepresivos. Que el trabajo le iba más o menos como siempre. Que en las últimas semanas había chateado, a través de no sé qué red social, con Justo. Que le había contado lo de su nueva vida en Bilbao. Que, incluso, le había invitado a pasarse. Y que su mujer e hijos estarían encantados de conocerla.

– Dice que siempre les habla de mí. Que yo para él fui algo más que un amor.

Casi una hora después de mi llegada, me preguntó que cómo estaba, que cómo me había ido todo este tiempo. También me reconoció que me veía mejor. Que me había cambiado hasta el color de la cara.

Yo le conté lo de la terapia, lo de mis trabajos en Madrid. La expliqué los problemas que había tenido. Y la argumenté por qué había vuelto al pueblo. También le dije que había estado en mi casa y que no había visto a nadie.

– Deben de estar pasando el día por ahí. No me digas donde, porque, yo, más bien, sé poco de tu madre y de tu hermano. De tu padre, o el que dice serlo, paso.

– ¿Por qué dices eso?

– Tu madre responsabilizó a tu padre de tu marcha. Algo que tu padre no toleró. Bueno, sí en un principio. Hasta que un día, dominado por la furia que le caracteriza, descargó toda su ira sobre tu madre. Entonces, tu madre, mi hermana, se presentó aquí con la cara hecha un cristo. Fuimos a urgencias y se comprometió a de una vez por todas denunciar al hijo de puta de tu padre. Pero eso fue aquel día. Desde entonces, no sé nada. Y tengo que decirte que mi relación con ella se ha enfriado bastante.

– ¿Tía?

– Sí.

– ¿Tú crees que el principal responsable de lo que hace mi padre con mi madre soy yo?

– Tu padre ya era así cuando conoció a tu madre. Y, claro está, cuando tú naciste.

– ¿Y por qué cojones hizo todo esto tras mi marcha?

– Bueno. Es la forma que tiene de resolver los problemas. Porque eso sí que no te lo niego: para ellos siempre has sido un problema. ¿Qué hora es?

– Las cinco.

– Hora de tomarme la pastilla.

– ¿Qué pastilla?

– Pues ya sabes… La vida, que no siempre es como una quiere y, claro está, no todo dios lo digiere igual.

– Tía, tú eres más fuerte que…

– Es lo que hay, sobrino.

Decidí quedarme unos días en su casa hasta que encontrase algún sitio donde vivir. El finiquito o soborno que me había dado mi anterior jefe era lo suficientemente sustancioso para poder permitírmelo. Tía Marta solo me puso como condición que me buscase una casa cuanto antes, que ya me había dado una oportunidad y la había rechazado. Aunque, a decir verdad, a día de hoy he de reconocer que me podía haber quedado el tiempo que me hubiese dado la gana – algo que en parte hice -: estaba tan sumamente colocada y metida en cómo sería su reencuentro con Justo, que no se hubiese percatado de nada.

Al tercer día de mi estancia en el pueblo me encontré con mi madre. Yo estaba paseando. Ella venía de la compra. Ambos nos miramos durante unos segundos. Después corrimos el uno al otro y nos abrazamos.

– ¿Qué haces por aquí? – me preguntó sorprendida.

– He vuelto.

– ¿Por qué no te has pasado por casa? ¿Cuánto tiempo llevas?

– Lo hice hace tres días, pero no estabas. Luego me ha dado cosa… ¿Qué tal andan papá y el hermano?

– El hermano, bien. Bueno, bien. Un médico nos recetó unas pastillas que le estamos dando para que se centre más. Pero, por desgracia, creo que le están causando el efecto contrario.

– Estamos todos colocados -. Proferí a mi madre, con una sonrisa en la boca que, seguidamente, me devolvió. 

-Y papá, como siempre – me explicó algo más escalona, como si intense saltarse esta parte de la conversación -. Ya sabes cómo es. Cuando no atiende a razones, todo se nubla. 

– ¿Te sigue tratando mal?

– Papá no me trata mal. Solo que ya sabes cómo es cuando se enfada. No todos tenemos el mismo aguante. Él es así, y es así. No le vamos a cambiar a su edad – subrayó, esto último, con una leve sonrisa. 

– Mamá, es hora de que dejes a ese cabrón -. Le dije borrando la expresión de mi rostro.

– Habla bien de tu padre, es tu padre.

– Pero no quita que sea un cabrón.

– ¡Julián! ¡Yo sé lo que tengo que hacer! – exclamó elevando el tono.

– Sí, lo que has hecho hasta ahora: esconder la cabeza.

– ¿Cómo tú?, ¿no?

– ¿Por qué cómo yo? 

– ¿Sigues consumiendo droga?, por ejemplo.

Me quedé pensativo. No sabía si contarla toda la verdad de lo que me había sucedido.

Después, dije:

– No, ya no me drogo. Tuve algo de tuberculosis. Bueno, no sé si la tuve. La cosa es que me llevaron a un centro, que, por cierto, pagó tía Marta, y me tuvieron ingresado hasta que dejé toda esa mierda. ¿Sabías algo?

– Algo sabía, hijo.

– No sé. Me hubiese gustado que me hubieses hecho, al menos tú, una visita.

– ¿Qué vas a hacer a partir de ahora? ¿Vas a buscar trabajo?

Me preguntó, intentando cambiar de tema.

– Buscaré trabajo y empezaré de cero. 

– El trabajo no sobra en el pueblo. Ya sabes lo que está pasando con la crisis. Aquí las cosas son mucho peor que en la ciudad. ¿Por qué no vuelves a casa?

– No.

– En casa de tía Marta no te puedes quedar para siempre.

– No pretendo quedarme para siempre.

– No la hagas quedar mal. No anda nada bien.

– Tú tampoco andas nada bien.

– Julián, no vayas por ahí.

– ¿Por dónde?

– Por donde solo tú sabes.

– Mamá, me marcho –  dije cortante -. Da recuerdos al hermano. Por cierto, me gustaría verle.

– Pues ven conmigo.

– Ahora no, más adelante. Adiós.

– Adiós.     

Cuando llegué a casa de tía Marta, fui directo a la cama. Ella estaba delante del ordenador chateando. Supuse que era Justo.

Al rato apareció en mi habitación.

– Me dijiste que querías buscar trabajo –apuntó, casi susurrando.

– Sí, eso pretendo – contesté, levantando la cabeza del almohadón.

– He estado hablando con Tomás, el de los muebles. Necesita a alguien.

– ¿El Manco?

– No estás para rechazar trabajos.

– No lo decía por eso.

– ¿Tienes hambre?

– Sí, la verdad.

– Pues ves a la cocina. ¿Sabes? -, me preguntó, cortante.

– ¿Qué?

– Acabo de hablar con Justo. Creo que voy a ir a verle en Semana Santa.

– Tú verás lo que haces – la respondí mostrando mi disconformidad con un gesto.

El Manco. El facha del pueblo. El hombre que anteponía el dinero a cualquier cosa. La persona que vendería a sus hijas si le dijesen que de ello dependen sus ahorros. El tipejo que odiaba a Dios con la misma intensidad que a sus trabajadores. El hermano de Francisco el Médico. El marido de Justina la Beata. El hijo de puta nacido de un chivato del régimen y una madame reconvertida a monja.      

En el despacho de su fábrica, sentado, me encontraba al día siguiente de la conversación con tía Marta. Desde allí miraba a sus empleados a través de una ventana que daba a la manufactura. Abajo, una decena de inmigrantes sucumbía a los designios de un proceso productivo que se resentía poco a poco con el pasar de la crisis.

– No están siendo tiempos buenos. La economía se viene abajo por culpa de los putos socialistas y, nosotros, los de siempre, los empresarios, lo estamos pagando. Hace unos años éramos cerca de cuarenta y ahora no somos más que diez. ¡Y mira qué diez! Todos moros y panchitos. Que no quiero decir que no trabajen. Pero ya sabes, no es igual, nada es igual. Cuando me dijo tu tía que querías trabajar, se me abrió la luz. Ya sé que no es un salario muy bueno, pero entiéndeme, son los tiempos. ¿Y qué dices que sabes hacer?

Me preguntó el Manco tras su discurso.

– Todo lo que me mandes. Aprendo pronto. Ya sabes que era el listo de la clase.

– Bueno, en un principio irás al embalaje. Es lo más fácil, no te lo niego. Pero espero que en un año te hagas cargo del pantógrafo. Esto de los ordenadores no está hecho para esta gente. ¿Me entiendes lo que te quiero decir?

– ¿Cuál es mi sueldo?

– ¿No te lo comentó tu tía?

– No.

– Ochocientos euros.

– Vale.

– Mira – me indicó, señalando al cristal.

– ¿Qué pasa?

– Otro que se me da de baja. Ya se ha cortado. ¡Y ya sabes lo blandos que son esta gente!

El trabajo en la fábrica fue duro desde del primer día. No lo niego. La monotonía, el sobre esfuerzo, el lento pasar de las horas y mi vaga experiencia en el sector (y en todo) declinaron el poco optimismo y las escasas ganas que tenía, embutiéndome, pronto, en un estado de pesadumbre y zozobra, dominado sustancialmente por el caos emocional.  Eso sí, en ningún momento esta realidad naciente impidió que fuese parte de un equipo cuanto menos vigoroso en lo que a al afecto se refiere. Descontando algunas rencillas menores, generalmente los que currábamos nos llevábamos bastante bien. Llegábamos temprano, hacíamos nuestra función y bromeábamos en los descansos exigidos por ley.

Yo trabajaba con Amador: un hombre de origen ecuatoriano que había venido años atrás con su mujer e hijos. Durante las horas que pasábamos metiendo muebles en cajas, solía recordarme sus días al otro lado del charco. Aquella época en que, según decía, su familia tuvo dinero gracias a una hacienda y muchas ilegalidades. Luego llegaron las vacas flacas, como subrayaba frecuentemente, y tuvo que emigrar. En un primer momento lo hizo solo para tantear el terreno y determinar dónde poder instalarse. Algo que, según mi compañero, no fue fácil, pues me contaba que durmió mucho tiempo en una estación de autobuses de Madrid, de la que no recordaba el nombre. Después, cuando consiguió algo de trabajo, trajo a su familia. Al parecer estuvieron viviendo en varios pueblos de la zona hasta recaer en Tula, en un trabajo, por cierto, que consideraba estable, pero a la vez abrasador.

Más allá de Amador, y de sus historias, y en lo que respecta a mi función, tengo que reconocer que pronto las promesas de el Manco dejaron de ser una prioridad en sus decisiones. Como un panchito más, como él solía decir, el cerebro se me empezó a encoger de forma progresiva, y la motivación, si tenía alguna, se borró de mis neuronas. Hasta que una tarde, mientras conversábamos, una fugaz idea – o viceversa – me hizo ver las cosas de otra forma.

– Y sabes, estaba en el centro del campo y Mesi salió corriendo. Se fue de uno primero, luego de otro, y cuando tenía la posibilidad de pasárselo a Xavi y terminar la jugada, va, se regatea a los dos defensas y gol. Un golazo de cojones. ¿La verdad es que sueño con ver un partido del Barcelona en el campo? No me puedo morir sin haberlo hecho. Aunque sea con un equipo de los últimos.

– ¿Te puedo hacer una pregunta? – le interrumpí, de repente.

– ¿De fútbol?

– No, ya sabes que, aunque te empeñas en hablarme de ese deporte del demonio, me la pela.

– ¿Entonces, de qué? – me preguntó un tanto sorprendido.

– De trabajo.

– Adelante, pues – subrayó tras cortar la cinta de embalar de una de las cajas.

– ¿Tú crees que rendirías más si trabajases en posiciones diferentes? Es decir, si una semana estuvieses aquí, otra en la lija, otra en la pintura y así sucesivamente.

– Pues no lo sé. A decir verdad, llevo cinco años haciendo esto y, sinceramente, estoy algo cansado.

– Voy a sondearlo con el resto de compañeros. Este trabajo, un día tras otro, es inhumano.

– ¿Sondear, el qué?

– Lo que te acabo de preguntar. Cuestionar esto mismo al resto.  

– Ten cuidado con el jefe. Como te oiga, ya sabes lo que te puede pasar. Y recuerda, todos no son como yo. En la fábrica hay mucha necesidad y no siempre la gente responde igual.

– Tranquilo, de esto sé un rato.

Como intuía, horas después casi todos los compañeros compartieron conmigo el planteamiento esgrimido con Amador. Para la gran mayoría, era racional modificar la ubicación laboral cada cierto tiempo, abandonando así una organización fordista del trabajo que, concretamente, en ese sector y por su escasa especialización, era insensata.

Con todo más o menos pensado, una mañana, antes de incorporarme a mí puesto de trabajo, fui al despacho del Manco. Este estaba sentado frente a la pantalla del ordenador apostando en un portal que, según las habladurías, le había deportado algún disgusto que otro (cuentan por ahí que el que era mi jefe, en más de una ocasión, llevado por el ardor que provoca el enriquecimiento fácil de internet, apostó sin tacto a carreras de caballos, galgos y, alguna vez que otra, a partidos de fútbol inglés, encontrándose como resultado una consecución de ganancias que, en último extremo, se convirtieron en pérdidas. Algunas tan importantes, según relatan, que enfurecieron a su mujer, hasta tal punto de, en una de ellas, exigirle partir las propiedades, entre las que estaban incluidas la fábrica, los tres mercedes, el chalet de la playa y una finca de caza mayor en el término en los Yébenes).             

Cuando me vio entrar por la puerta, el Manco minimizó la pantalla y, sonriente, me preguntó:

– ¿Qué te trae por aquí?

Unos diez minutos después de aquella pregunta el ambiente se caldeó.

Al parecer, y según repetía el que entonces era mi jefe, no entendía nada de lo que le estaba proponiendo.     

– ¿Y tienes la vergüenza de decirme que todavía no te he dado lo que te prometí? – me gritó enfadado. – Mira, estás trabajando, algo que, como sabes, no es muy normal. Así que ya irás promocionando: ¡pero tienes que ganártelo!

– ¿Y de las propuestas?

– Pero qué propuesta, Julián.

– Lo de la rotación, para aumentar la eficiencia.

– Vamos a ver, Julián. Aquí no hay más que inútiles. ¿Tú crees que si pongo a cada trabajador una semana en distinto puesto esto funcionará?

– Pruébalo. Yo creo que sí. Además, subestimas mucho a tus trabajadores. Son más de lo que tú te crees.

– Julián, trabaja. No todo el mundo puede decir, hoy en día y más como se está poniendo esto, que tiene un trabajo. Además, confié en ti a pesar de tu historial. Y ya sabes lo que te quiero decir con esto.

– No sé lo que me quieres decir con esto – pregunté, molesto, intuyendo por donde iba.   

Entonces el empresario se levantó, fue a la nevera, se sirvió un vaso de güisqui sin hielos y, antes de dar el primer trago, se acercó a mí, y me dijo:

– Julián, tu tío me contó lo de los seguros. También me dijo que te pinchabas, o algo así. Y que tu tía te ha pagado el tratamiento para que estés mejor. Déjate de pensar. Yo para eso no te pago. Si algún día me haces falta, te juro que te pediré consejo. Pero, por ahora, solo te quiero para embalar cajas. Es muy fácil, de verdad. Embalar cajas – me apuntó, acariciándome la espalda como si de un perro se tratase -. ¿Te queda claro?

– Sí, me queda claro.

– ¡Márchate a trabajar, anda! Que yo sigo pagando, pero tú no produciendo.      

Tras mi regreso a casa, me quedé leyendo hasta tarde, en el ordenador de tía Marta, distintos documentos de derecho laboral. Esta había salido con no sé qué amiga a tomar algo, hecho que despejaba, aunque pareciese raro, el chat.

Durante horas buceé por diferente tipo de legislación, alguna tan tozuda que no logré entender del todo. Lo que sí hice fue memorizar aquello que me pudiese ser útil, con el único fin de utilizarlo en pro de mis objetivos.

Diferentes portales y, sobre todo, diferentes blogs, planteaban supuestos parecidos a mis lucubraciones, que unas veces encontraban su respaldo en sentencias firmes y otras, por el contrario, no.   

A la mañana siguiente, en el almuerzo, me reuní con todos los trabajadores de la empresa y les expliqué que el Manco había desestimado mi propuesta. Todos coincidieron en que esperaban tal veredicto y me recordaron que él era el jefe.

– No queríamos quitarte la ilusión, pero este hombre es como es – sentenció Esteban.

– Parece mentira que seas de este pueblo – dijo Mohamed.

– Somos inmigrantes, Julián. Bueno, tú no, pero como si lo fueses – subrayó Virgilio el Chileno.

– Anda, vamos al curro – exclamó Esteban, para, con cierta ironía, añadir –: ¡Y cada uno a su sitio!

Cuando todos dejaron la sala, Amador, compungido, se acercó a donde estaba y, casi susurrándome al oído, me dijo:

– Anda, vamos a nuestro puesto. Y espero que no haya mucho chivato. ¡Qué cómo se entere el jefe, te veo en la calle!

– Gracias, Amador.   

Tras varias semanas de trabajo embalando cajas, escuchando las historias aguerridas de Amador y leyendo legislación de forma compulsiva, de una vez por todas conseguí convencerme de lo importante que era ir para adelante y destruir los cimientos sobre los que se asentaba el sistema de esclavitud normalizado que había instaurado en aquella fábrica de mierda.

Contra todo pronóstico, seguí viviendo en casa de tía Marta y utilizando su ordenador para dar solidez a un discurso que, poco a poco, fui vertiendo entre mis compañeros. Un discurso que, algunas veces, las menos, flaqueaba y encontraba contestación en aquellas voces que eran reacias a cualquier tipo de revolución. Pero otras, las más, insuflaba la suficiente energía para levantar el ánimo aun colectivo derrotado, haciéndole soñar y creer un poco más en su emancipación como ciudadanos no alienados, aunque solo fuese lo que duraba la insufrible y las más de veces tediosa jornada de trabajo.

Finalmente, cuando las ideas parecieron tomar el cariz y la sensatez optima, expuse a mis compañeros la importancia de hacer una huelga. Sí, una huelga. Un levantamiento en toda regla que detuviese la producción y dejase claro al patrón y a la propia patronal del pueblo que, sin los trabajadores y las máquinas funcionado, el capitalismo tiritaba. Que, sin la fuerza productiva, el engranaje que cada mañana movía el pistón dejaba de rotar y la potencia que impulsaba la máquina desparecía, interrumpiéndose el funcionamiento de la cadena de fabricación.

La propuesta de la huelga, como esperaba, fue desestimada en un principio. La razón principal era que nadie quería perder su empleo. Y menos aún a las puertas de una reforma laboral impuesta por Europa, que unos vendían como milagrosa y otros denunciaban como la antesala de la vuelta a las condiciones que nuestros antepasados sufrieron en el siglo XIX. Por lo que, sigilosamente, viré la estrategia y empecé a ganar la confianza de Mohamed y Esteban, los enteradillos del grupo. Fue a ellos, cuando todo parecía estar madurado en lo que a la estrategia se refería, a quienes les propuse una fecha y un lugar para el levantamiento.

– ¿Estás seguro que con esto conseguiremos mejorar? No creo que este cabrón ceda – dijo Mohamed.

– Hacedme caso, de verdad. El derecho laboral nos ampara – le respondí.

– ¡Pero tú no eres abogado! – exclamó Esteban.

– Tampoco hace falta serlo. Además, ya os lo he explicado muchas veces -. Y, entonces, pregunté elevando el tono: ¿Hacemos la jornada de huelga?

– Habrá que confiar en ti – dijo Mohamed.

– ¡Como nos vayamos a la calle!    

A la salida del trabajo, en el bar del Piper, entre cervezas y porros, empezamos a hablar sobre cómo organizarnos. Esta pequeña taberna, de no más de cuarenta metros cuadrados sin contra la terraza, que en otro tiempo fue una posada y que estaba situada junto a la plaza del pueblo, había servido durante el Franquismo de local para las reuniones comunistas. Un marco, cuando menos inconfundible, que hacía del mismo el escenario perfecto para reflexionar, crear propaganda y cerrar el sitio, la hora y el día en que los trabajadores de la fábrica del Manco se levantarían contra su avaricia.

– Esta pancarta será el símbolo que nos unirá como trabajadores. Nos ayudará a entender que, ante todo, somos obreros. Que esa es nuestra condición y estandarte. Quiero, desde aquí, recordaros que tras este día nuestras circunstancias y reparto del trabajo cambiarán mucho en la empresa. Ese hijo de puta de la burguesía no decidirá más de forma arbitraria sobre los intereses de todos nosotros. Es fundamental que le quede claro que la empresa es suya. Pero que la fuerza de trabajo es de quienes estamos aquí. Compañeros, hagamos de este día algo inolvidable – grité subido a una silla, agarrando con una mano una cerveza medio vacía y con la otro el mástil de la pancarta, mientras mis camaradas aplaudían al unísono, más borrachos y colocados de lo que seguro iba yo en ese momento.    

– Julián, ¡el futuro es nuestro! – vociferó Esteban fervoroso, con un cigarro en la mano.

– Lo es, compañero Esteban, lo es – le respondí sonriente, golpeando con fuerza el mástil de la bandera contra el suelo -. Y desde este momento comienza. Desde este momento en que hemos decidido que nuestro destino no está en manos de ningún dios. Menos aún de un burgués de mierda. Nuestro destino solo tiene un dueño: y ese dueño, somos nosotros. Nosotros como colectivo. Pero también como individuos. No lo olvidemos, compañeros. No lo olvidemos. Nosotros como colectivo organizado. Pero también como individuos desposeídos de la alienación que impone el capitalismo.      

Tras unas cuantas reuniones más en aquella taberna (un lugar que, por lo general, olía a tabaco liado y sonaba a juerga. Pero que, cuando se trataba de cosas serías, se trasformaba – en el plano subjetivo – en una especio similar a esos cafés que abundaban en los albores del siglo XX, donde los intelectuales se agolpaban a fin de construir el imaginario que daría sustento a todas las atrocidades que acompañaron a los cien años restantes) y algún que otro desencuentro (eran muchas las voces disidentes que fueron surgiendo. Bien por la forma de acometer la estrategia o bien por lo que exigíamos. Incluso uno de los compañeros, que paso de mencionar su nombre, se reveló contra la revolución y nos amenazó con dar un chivatazo si no dejábamos claro, el día en que se produjese supuestamente el levantamiento, que él poco tenía que ver con tal chifladura), el momento, el día y la hora elegida de la tan esperada huelga llegó.

Un mañana, mientras revisaba el circuito de cámaras de seguridad, como venía siendo habitual, el Manco empezó a escuchar unas voces en la sala de máquinas. Con paso lento pero decidido, se acercó al cristal y, tras quitarse la cera de los oídos con el dedo índice, puso sobre este la oreja.

Al poco, pudo oír lo siguiente:

– Queremos una subida salariar y exigimos el modelo laboral rotativo propuesto por Julián.

– ¿Qué cojones es esto?

Seguro que se preguntó, elevando el tono de su voz, para, a continuación, irritarse, o así lo vimos, dejar su despacho y personarse ante la masa enfurecida capitaneada por un servidor.  

– Serenense y vayan a sus sitios – ordenó, moviendo los brazos -.  Julián, suba a mi despacho. Nuca pensé que tu propuesta iba terminar en lo que creo que es una revuelta.

Pero, para su sorpresa, y por primera vez desde que era jefe, las voces no desistieron, y el jolgorio y el descontrol crecieron aún más en intensidad.

  • Vaya sé, hijo de puta.
  • Páguenos lo que nos debe.
  • Una jornada laboral justa y rotativa.
  • Los inmigrantes no somos animales.  
  • Muerte al patrón.
  • Sí, eso, muerte al patrón.
  • ¡Vamos!

Gritaron varias voces que, por solidaridad obrera, prefiero mantener en el anonimato.  

– Vayamos a por el jefe – señaló otra, reverberando por toda la sala gracias al vacío de la techumbre, la intensidad de la misma y el metal que daba forma a la construcción.

Fue en ese dichoso momento, cuando, Pablito el Senegalés, que era muy patoso, se dejó llevar por las emociones y, sin decir nada a nadie, levantó la pancarta que habíamos hecho, con tan mala suerte que el mástil golpeó el cigarro de Vetusto el Colombiano, que, sin permiso, y en contra de nuestra seguridad, se había encendido. El cigarro cayó encima de un montón de serrín, que pronto echó a arder, desprendiendo un humo negro que, con rapidez, se instauró por todo el recinto.  En ese instante los nervios se apoderaron de todos. La fábrica podía quemarse en una fracción de segundos.

– ¡Corran! ¡Corran!, desgraciados – gritó el jefe mientras huía -. La nave va a echar a arder y solo faltaba que nos quemásemos también todos dentro. ¿A quién cojones se le ha ocurrido hacer esta soberana gilipollez? – preguntó, cuando ya estaba cerca de la puerta. 

Para sorpresa del patrón y los trabajadores, (es decir, de nosotros), con rapidez, Virgilio el Chileno, que solía tener muy buenas ideas, cogió un extintor y, pronto y a pesar de estar caducado, logró sofocar las llamas.

– ¡Estáis gilipollas!

Gritó El Manco para, seguidamente, dejar la sala sin ninguna objeción al respecto.

En ese momento todos agachamos la cabeza. Nadie quería opinar de lo que había sido un auténtico fracaso. Las palabras no eran suficientes para justificar una derrota más de la clase obrera. Pablito el Senegalés, incluso, pidió perdón, justo a la vez que Mohamed, enfurecido, envolvió la pancarta y la tiró al contenedor, maldiciendo en su idioma y pidiendo, en el nuestro, a un dios en que no creía, que lo amparase ante la represaría asesina que seguro vendría al día siguiente.   

Tan solo Virgilio el Chileno, el héroe del desastre, se atrevió a hablar.

– Mañana estamos todos en la puta calle. Ya pueden rezar y pedir al de arriba que el patrón no tenga en cuenta tal patochada. Debería haber hecho caso a mi mujer. Las huelgas nunca fueron bien en mi país. Y si no, que se lo digan a Allende y a los locos que le siguieron. Pregúntenles que les pasó en el Palacio de la Moneda. O si no, a los milicos. ¡Ay, Dios mío! – suspiró -. Maldita revolución y maldito socialismo. ¡Como si el pobre lo vaya a dejar de ser alguna vez!           

Al día siguiente todos estaban en sus puestos, haciendo el trabajo de cada jornada, como lo venían haciendo mucho tiempo atrás.

Ninguno me miró cuando llegué. Ni si quiera Amador me dio la brasa.

Por la tarde, el Manco me llamó a capítulo.

– Te di un voto de confianza, a pesar de los pesares. Te advertí, a pesar de los pesares. Creí en ti, a pesar de los pesares. Y no se te ocurre otra cosa que organizarme una huelga. ¡Tú eres gilipollas!

– Disculpa -, le respondí con la cabeza medio agachada.

– No disculpo, pedazo de hijo de puta. Has intentado hacer pensar a una padilla de inmigrantes. ¿Tú no sabes el daño que puede hacer eso ya no solo a mi empresa, si no al país?

– Lo siento.

– ¡Márchate!

– ¿A mi sitio?

-No, a la puta calle.    

Me gritó mientras miraba al suelo y comprendía que mis días en ese lugar había finalizado de la peor forma posible, la que siempre me acompaña cuando dejo algún sitio.

Como era de esperar, mi salida de la fábrica provocó, automáticamente, mi salida de la casa de tía Marta. A pesar haberme dejado claro desde un primer momento que tenía que buscar otro hogar, la dejadez de la hermana de mi madre me había permitido permanecer en el suyo. Pero este escándalo superaba para ella, y para todo el mundo que lo conociese, cualquier escenario imaginado. Lo estrambótico y retorcido del mismo, y más viniendo de un tipo como yo, no daba pie a la duda: salir de su casa era la última y única palabra que casaba en una conjunción lingüística a la que le seguía, nuevamente, un adónde sin un destino claro como respuesta       

– Julián, no tienes solución – me comentó decaída y estupefacta -. Búscate la vida y no compliques más la mía. Te he dado tantas oportunidades. Sí, tantas oportunidades, que ya no sé si soy tonta o, por el contrario, el único tonto que hay aquí eres tú. Siempre me haces la misma. Siempre me dejas mal delante de quien te ofrezco para salvarte o por lo menos arreglarte la vida. ¿Una huelga? ¿Desde cuándo te ha importado a ti el sindicalismo, la colectividad? ¿Cuándo has tenido principios para revelarte contra todo y confundir a pobres gentes que no tienen otro sitio donde agarrarse para alimentar a los suyos? Eres un desgraciado, sobrino. Un auténtico desgraciado. La vida con gente como tú no puede ir nunca bien.     

Poco antes de marcharme, con la mochila prendida en mi obro y la cara dislocada después del rapapolvo que me había dado mi tía, sobre la mesa del salón vi un billete de avión con destino a Bilbao. Entonces supe que lo de tropezar con la misma piedra no era una cosa solo mía, sino algo que estaba alojado en la genética misma de nuestra familia. Sí, de nuestra maldita familia.