Estaba cansado de sugerir a Javier lo que había detrás del relato que narraba el asesinato del cura. De que no se diese cuenta de la verdad y lo que escondía Jacinto del padre Faustino. De la posición de chantaje que el primero ejercía sobre el segundo. De todo lo que estaba haciendo el segundo para atender o salvaguardar los intereses del primero. Y estaba harto no porque no lo comprendiese, sino porque cada vez tenía más claro que el juego que manejaba el muy cabrón se estaba imponiendo sibilinamente al mío.
A pesar de esto último, que tenía lo mismo de plan que de revancha, tiré para adelante. Y lo hice con el objetivo de demostrarle que el jaque no es mate hasta que no se ejecuta. Y para que esto ocurra, hay que moverse en el tablero como poca gente puede hacerlo. Es decir, como solo unos pocos sabemos.
De repente empecé a sentir un pequeño dolor en el estómago. Como si cierta acidez quemase mi esófago. Sensación que pronto se reflejó por toda la zona que comprendía el espacio que separaba mis cojones del abdomen. Por lo que comencé a caminar intranquilo bajo la mirada atenta de mi abogado, que dejó de pronunciar palabra unos minutos antes.
Cuando se me pasó, en no más de unos treinta segundos, volví a pensar que era el momento de seguir jugando un poco más con Javier y probar hasta donde llegaba su codicia (o eso que llaman los capitalistas: su ambición profesional) y contrarrestar, con esto, su juego maquiavélico. Por lo que caminé hacia donde se encontraba, lo miré absorbiendo con mis ojos a los suyos desde una posición altiva y, chulesco y en un tono un tanto chabacano, le pregunté:
– ¿Sabes lo que te digo?
– ¿Qué? – respondió, sorpresivo, mi abogado, clavando la mirada en el gesto grosero que mostraba, seguro que pensado en lo que escondía Jacinto del padre Faustino.
– ¡Qué me estoy cagando! – enuncié, elevando el tono de la voz.
– ¿Cómo que te estas cagando? – me interpeló, quizás no tan sorprendido como harto de tan soberana idiotez.
– Porque me estoy cagando – le respondí con cara de preocupación, poco después de empezar a tocarme la tripa.
– ¡Cómo te vas a cagar ahora! Vamos a ver, hemos suspendido la declaración porque, de repente, has cambiado tu alegado, ¡y todo lo que se te pasa por la cabeza es cagar!
– No, se me pasa por el culo. Además, me ocurrió algo muy parecido el otro día. No es ninguna novedad para ti y, menos aún, para el juzgado – le respondí, con cierta doblez.
– ¿Te estás quedando conmigo?
– Mira, Javier, me estoy cagando y voy a cagar. Díselo al madero que hay en la puerta. Al Gabriel ese. Es tu amigo.
– ¿Y qué ostias has comido para que te cagues ahora? – me preguntó cabreado.
– Pues… me pusieron de primero pollo con tomate, y de segundo… ¡Y qué importa eso ahora! Déjame ir a cagar, joder. Además, te va a venir bien. Así recapacitas, piensas y entiendes, de una puta vez, lo que escondía el tal Jacinto al padre Faustino.
– Encima con cachondeo – voceó mi abogado.
– ¿Quieres que cague aquí? – le pregunté mientras fingía que me bajaba los pantalones.
– No me lo puedo creer.
– Javier…
– Espera, no te muevas – me respondió, estrujándose los nudillos.
Javier dejó la sala.
Minutos después regresó con Gabriel.
Al entrar, el policía me miró a los ojos y me preguntó con cierto desdén:
– ¿Qué te sucede ahora?
– Que me cago.
– El tiempo se os está acabando, Javier. Creo que es mejor que le convenzas para que se aguante.
– Sí, ya sé que es mejor – profirió, con la cabeza agachada, mientras se encendía otro cigarrillo -, pero es que dice que se caga.
– Es que me cago, te lo juro – recalqué al policía, volviendo a simular que me bajaba los pantalones.
– Me tienes que dejar que te espose. No puedes salir de esta sala si no es de esa forma – dijo Gabriel cambiando el tono de su voz -. Una vez regreses, haré llegar al juez este movimiento. No creo que sea necesario antes.
– Vale, aquí tienes las manos – se las puse -. ¿Pero me dejarás, por lo menos, limpiarme el culo sin esposas? ¿O por el contrario me lo harás tú?
Sin responder a mi pregunta, Gabriel desprendió de su cinturón unas esposas y me las colocó. Luego de esto, bajo la mirada atenta de Javier, me sacó de la sala y me llevó a unos servicios que había al final del pasillo, en un área de tránsito que partía en dos la zona central del juzgado.
Cuando llegamos, Gabriel detuvo el paso y, un tanto serio, me advirtió:
– Ahora te voy a quitar las esposas. Vas a pasar tú solo. No quiero que hagas ninguna tontería. ¿Te queda claro?
– ¿Entonces no me limpiarás el culo? – le pregunté, con un tono vacilante.
– No.
– ¿Y si me escapo, como ocurre en las películas? – le giñé el ojo tras la pregunta para demostrarle mi chulería.
– No lo creo, el baño está enrejado. Y si lo haces por aquí – dijo señalando a la puerta -, te vuelo los sesos como en las películas – añadió, simulando con la mano un disparo de una pistola
– ¿No me digas?, ¿qué miedo? – dije con cierta sorna y con la mirada desafiante.
– Venga, pasa – indicó, empujándome hacia el interior del urinario, sin darme la posibilidad de hacerlo yo mismo.
Una vez dentro, fijé la mirada en el espejo. Tenía el pelo crecido y las ojeras me oscurecían el rostro.
Tras unos segundos de quietud encendí el grifo y me lavé la cara. El agua me refrescó las ideas.
Seguidamente di la vuelta y centré la mirada en los tres sanitarios que había justo detrás de donde me encontraba. Me metí en el del medio. Una vez dentro, me bajé los pantalones y empecé a apretar el culo, pero fui incapaz de cagar. Repetí la misma operación unas cinco veces, sin éxito alguno.
Tras subirme los pantalones, bajé la tapadera del váter y tiré de la cadena. Seguidamente metí la mano en un hueco que había entre el sanitario, la pared y el suelo. Tras rebuscar un rato y no hallar nada, me subí encima de la taza. Durante unos segundos rebusqué también en otra oquedad que había justo detrás del depósito de la cisterna; incluso dentro de ésta, pero tampoco hallé nada. Esta misma acción la repetí en el váter de la derecha y, después, en el de la izquierda, en el que, para mi sorpresa – ahora diré por qué -, y dentro de la cisterna, encontré un documento perfectamente doblado, que estaba metido en una bolsa de plástico del Mercadona.
Una vez comprobé que era lo que andaba buscando, (pues andaba buscando algo, como era más que obvio después de tanto registro), lo sequé con cuidado, lo desdoblé, lo revisé para que no faltase nada, lo volví a doblar y me lo guardé entre los huevos. Para no dejar pistas, hice pedazos la bolsa en que estaba metida el documento, que envolví en papel del váter y arrojé por los tres sanitarios, en diferentes tiradas.
Antes de disponerme a salir por la puerta, volví a fijar la mirada en el espejo. Allí empecé a pensar en lo bueno que sería que existiese la telepatía. De ser así, en ese momento podría haber enviado un mensaje de agradecimiento al bueno de mi primo Juan Ramón.
Este tipejo, ya que no hay otro adjetivo que lo defina mejor, encargado de la limpieza del juzgado de un tiempo a esa parte, escayolista la mayor parte de su vida y sobrino consanguíneo de mi madre, había conseguido el puesto de trabajo en el juzgado gracias a un conocido de un amigo. La decisión de abandonar la que era su profesión de toda la vida, la construcción, no fue voluntaria. Ni mucho menos. La crisis económica se había llevado por delante a todo un sector, destrozando con ello a todo aquel que estaba bajo su yugo.
Como cabeza de familia y poseedor de varias deudas, tuvo que tomar una decisión laboral decepcionante, pero práctica para su entorno: dejar la profesión de sus sueños para dedicarse en cuerpo y alma a quitar la mierda que generaban las sobras de la sociedad. Es decir: trabajar en el juzgado como detergente de los restos de un sistema y de una vida, la suya, que tiempo atrás estuvo dominada por el lujo y la zozobra.
Días antes de aquella mañana, me vi con él en uno de los poco bis a bis que tuve antes del juicio. Entonces le pedí que buscase en el jardín de tía Marta. Concretamente, en la caseta de aquel perro que nunca tuvo, pero que hizo, muy común en ella, por si acaso. Allí, en el lado derecho, justo en el espacio que había entre uno de sus muros y el viejo almendro (árbol que plantó en otra época vete tú a saber quién) había enterrados unos documentos de vital importancia para cambiar por completo el que parecía el desenlace esperado.
Nada más contarle todo esto, mi primo, sorprendido, como era de esperar, me preguntó que, si los documentos eran tan importantes, por qué no los había sacado antes a la luz pública. A lo que yo le respondí que no era el momento. Que cuanto más tranquilas estuviesen las aguas, mejor iba a ser para todo el mundo.
– No te entiendo, primo – me reconoció con cierta preocupación –. Lo que me estás contando es surrealista.
– Tampoco puedo explicarte mucho más – le confesé mientras me frotaba los ojos -. Te lo aseguro. ¿Me haces el favor o lo descarto?
– Tengo que pensarlo – respondió con la mirada perdida -. Me puedo meter en un lío. Y tú sabes que, desde que dejé la obra, las cosas en casa están muy… justas. Y a la Noemí ya la conoces, todo el día dándome la brasa con que soy un desgraciado, mientras ella se dedica a rascarse el coño. Si se enterase que estoy aquí, puf, me mata. Tú no sabes que boca trae de ti: que si eres un asesino; que irás al infierno; que eres un drogadicto y un chulo; y que la culpa la tiene tu madre, mi tía. ¡Porque ojo como se mete con tu madre! Yo aquí me cabreo mucho. Pero bueno, a lo que iba. Me lo tengo que pensar, de verdad. Entiéndeme, no es nada fácil para mí.
– Tú verás lo que haces. Solo te estoy pidiendo un favor como primo – le dije, concienzudamente, recurriendo al chantaje emocional, algo que siempre me había funcionado a pesar de ser casi diez años mayor que yo.
Y es que, sinceramente, había sacado a mi primo todo lo que había querido, cuándo quería y dónde quería: de pequeños, esas aventuras en el campo; de menos pequeños, el acceso al alcohol y las drogas; y de algo mayores, recursos económicos de todo tipo, sobre todo cuando aquí un servidor no tenía casi nada en el bolsillo y él ganaba a la sazón que decoraba los techos de aquella España en construcción.
– La verdad es que no sé hacia dónde vas, aunque lo supongo – empezó a explicarme, para mi sorpresa, Juan Ramón-. ¿Cómo te hago llegar los papeles? – me preguntó después.
En un principio me quedé absorto. No lo niego. Pensaba que esta vez el pringado de mi primo no iba a caer en mis chantajes. Pero con aquella pregunta, la cosa parecía ir por otros derroteros.
Fue entonces, con cuidado, cuando empecé a explicarle mi plan. Siempre pensando, eso sí, en que en el bis a bis no hubiese micrófonos. Aunque, a decir verdad, ahora con el tiempo, creo que no era tan importante para que la policía escuchase la conversación que mantenía con un paleto de pueblo.
– Al lado de la sala de declaraciones hay una habitación o, mejor dicho, un espacio encapsulado en que los acusados esperan hasta que son llamados a declarar. Creo que los policías la llaman la lateral, o algo así. Siguiendo el pasillo, que nace de una de las puertas de esa sala, la otra da directamente a otro pasillo que conduce a la sala de vistas, como a unos diez metros, si no me falla la memoria, hay unos baños públicos que suelen ser utilizados por el personal, pero, en ocasiones, y cuando la urgencia apremia, por los acusados. Esta sala tiene, al parecer, baños, pero semanas atrás hubo una avería y, según escuché a un grupo de maderos en una de mis esperas, no serán arreglados hasta que no se aprueben los presupuestos de no sé qué. Puntualizaciones aparte, lo que te cuento de ir al otro baño, lo digo a sabiendas, ya que en mi visita anterior cagué. Sí, planté un pino como Dios manda. ¿Hasta ahora más o menos ubicas lo que te voy diciendo?
– No sé, primo – me respondió, intentando darme largas con una construcción lingüística pausada y un tanto contradictoria que no superaba las tres palabras.
– ¿Qué no sabes? – le pregunte insistente.
– No sé.
– ¿Ubicas lo que te voy diciendo? – le vociferé.
– … sí, lo ubico – me reconoció, agachando la cabeza y proyectando la mirada en la madera de la mesa en la que estábamos.
– Bien, voy a intentar forzar un receso en mi declaración. Un parón, vaya, alegando causas que todavía no he calibrado y que a ti no te importan. De ser aceptado, con suerte nos meterán al payaso de mi abogado y a mí en la sala de que te hablo. Después haré lo que sea para llegar al baño. Me inventaré que me cago o algo parecido. Ya funcionó la otra vez. Lo único que te pido es que escondas bien el documento que encuentres en la caseta del perro.
– ¿Y dónde? – me interrumpió exhausto.

– Busca un hueco. El juzgado es viejo. Bastante viejo. Si no recuerdo mal había cisternas. Puedes meterlo en una. Eso sí, forra bien el documento para que no se moje. También puedes meterlo detrás de la cisterna, entre la cerámica y la baldosa de la pared.
– ¿Cómo la película del padrino? – me preguntó, sonriente, recordando, seguro, uno de los títulos favoritos de su padre, un apasionado como pocos de los Westerns y el cine negro que emergió en los setenta y llegó a España a través de la tele pública y el viejo cine del pueblo, ya cerrado.
– ¿Y cuándo, en teoría, lo coges? Eso no puede estar ahí mucho tiempo. Imagínate que lo ven y empiezan a relacionar. Y vuelvo a decirte que yo no estoy ahora para líos. Líos que, por cierto, pueden ir más allá.
– El miércoles de la semana que viene. Es el día que tengo para exponer mi último alegato. El payaso de mi abogado me lo dijo antes de ayer, en un encuentro que tuvimos para preparar la cita.
– ¿Y si me pillan?
– Nadie te va a pillar. La administración española es un puto desastre. ¿No lo ves cada día?
– No sé, primo. Es todo tan raro.
– Confía en mí, de verdad. Siempre fui el listo de la familia y, cuando me he propuesto algo, no he fallado. ¿O al caso no ha sido así hasta el momento?
– Muy bien no te han ido las cosas en la vida. Has tenido problemas con las drogas, tus padres te echaron de casa, nunca has tenido un trabajo estable, estás a punto de entrar en la cárcel acusado de la muerte de un sacerdote…
– En tu mano está evitar esto último – le interrumpí vacilante -. Es muy fácil, todos los factores que te hacen dudar, están a tu favor.
– Es que primo…
– Juan Ramón, por favor. Ya no lo hagas por mí. Hazlo por tu tía y tu primo Borja. Lo deben de estar pasando muy mal.
– Ya lo sé, primo. Ya lo sé que lo están pasando muy mal – señaló cabizbajo, para y elevando el tono, preguntarme: ¿Por qué mataste a ese cura? Si tú nunca creíste en los curas.
– Yo nunca maté a ese cura y, esos papeles, lo demostrarán.
– No lo puedo hacer. Lo siento, primo.
– Sí puedes.
– No puedo, de verdad – dijo mientras se levantaba –. Gracias por confiar en mí, pero yo, por desgracia, no soy la persona adecuada para tal fin. Lo siento en el alma. Espero que alguien pueda ayudarte y pronto se esclarezca la verdad, según dices, de ese asesinato.
– ¡Primo! – le supliqué, cuando ya estaba cerca de la puerta del bis a bis.
– Lo siento – me contestó, mostrando cierto arrepentimiento en su rostro y poniendo sus manos en forma de rezo.
A pesar de aquella renuncia, sabía perfectamente que Juan Ramón Almaros García haría lo que le había pedido. Tenía claro que la curiosidad le llevaría a la caseta del perro. Que después escarbaría con alguno de los artilugios de cuando era escayolista. Que seguidamente sacaría una caja de metal. Que la abriría. Y que, cuando leyese lo que allí se guardaba, dejaría el documento donde le había dicho.
Era tan relevante la información que contenía, y de tal magnitud el giro que podía dar al caso, que no dudaría en hacer todo lo que le había pedido. Y no lo dudaría por mucho que la petarda de su mujer le dijese lo contrario. Sí, Noemí, la cansina de Noemí, la zorra de Noemí seguro que le torturaría para que se alejase, como con frecuencia decía, del asesino, drogadicto y mala gente de su primo. Pero solo para que se alejase. Porque tengo claro que le propondría que fuese a un periódico y vendiese la información. Dinero les hacía falta como nunca. O que la entregase directamente a la policía, sobre todo si esto complicaba algún más la sentencia. Pero sabía que mi primo no lo haría. Lo sabía. Lo tenía muy pero que muy, muy claro.
De repente aparté la mirada del espejo y fui caminando lentamente hacia la puerta. Antes de salir, recoloqué los documentos entre los calzoncillos. Cualquier ruido que los papeles pudiesen generar, o simplemente cualquier mala postura por mi parte, podía delatarme.
Ya fuera puse los brazos a Gabriel para que me esposase.
– Al final he decidido no fugarme – dije al policía, vacilante.
– Ya sabía que no lo ibas a hacer – me respondió algo molesto por tanta sorna.
– Vamos a la sala.
– ¿Te has quedado bien? – me preguntó con una media sonrisa.
– No he cagado una mierda.
– Serán los nervios. ¡Vamos!
– No sé, pero hace un momento no podía más y voy, me siento, y nada de nada.
– ¿Ha sonado varias veces la cisterna?
– Tiro de la cadena para provocar la evacuación cuando no puedo. Es una vieja costumbre de mi abuela. Por lo general, me suele funcionar.
Tras volver a ponerme las esposas, caminamos hacia la sala. Desde donde estábamos, pude ver la gran aglomeración de periodistas que se amontonaban en la puerta. A sabiendas de su interés por captar cualquier imagen, dirigí la mirada hacia el lugar. Era justo, por mi parte, regalar al becario de turno – que seguro consumía la beca a mi acecho – un plano del asesino más irracional de los últimos tiempos. Tengo claro que con eso llegaría a la redacción y la jefa o jefe le felicitaría, engordando así su autoestima todo lo que no iba a crecer su bolsillo.
Cuando llegamos a la sala, Gabriel me quitó las esposas y, con cuidado, abrió la puerta.
Javier estaba sentado con la mirada perdida. Se acababa de terminar el cigarro, o eso dejaba entrever lo cargante del ambiente. Con su mano derecha sujetaba los restos de un café que, de quedar algo, debía estar frio.
Sin hacer ademán de mostrar tranquilidad, se levantó de la silla y se acercó a la puerta.
– ¿Ya has cagado para un buen rato?
Preguntó Javier con cierta acritud.
– No ha cagado, o eso me ha dicho. Habrán sido los nervios. Pero vaya, que no ha echado una puta mierda.
Le respondió Gabriel con una media sonrisa.
– Es cierto, no he cagado.
– ¿Entonces qué cojones has estado haciendo tanto tiempo? ¿Te las has estado pelando? ¿O qué?
Volvió a preguntarme Javier, ahora malhumorado.
– Apretar. Pero vaya, no he estado más de cinco minutos.
– Hazlo pasar, anda.
– Sí, Javier- respondió Gabriel educadamente -. Digo, voy – se desdijo.
– ¿Has visto la cantidad de periodistas que hay en la puerta? – le pregunté para romper el hielo.
– No, no los he visto. He estado todo el tiempo aquí. Pero vamos, serán los que había esta mañana.
– El abogado Palencia se hace más famoso de lo que nunca pensó, gracias, como no, a los servicios prestados a un politoxicómano acusado de la muerte de un cura. Ya tienen titular – subrayé con cierta ironía.
– Muy largo – respondió Gabriel.
– ¿Puedes marcharte, Gabriel? – le pregunté al policía para su sorpresa y la de mi abogado.
– Sí, disculpa. Es que…
– ¿Puedes hacer lo que te ha pedio Julián y cerrar la puerta por fuera? ¿No tiene el juez tanta prisa? ¡Venga ya! – le gritó Javier con un tono un tanto desagradable.
– Cuida tus modales, soy la autoridad.
– Vete a tomar por culo, Gabriel.
– Vuelvo a decirte que estas faltando el respeto a la autoridad. Como sigas así, te juro que curso una amonestación – subrayó el policía endureciendo el tono.
– Apuntado queda, pero, por favor, vente ya, como bien nos has dicho: no tenemos todo el tiempo del mundo.
Una vez solos, Javier me preguntó:
– ¿Por qué querías que se vaya con tanta urgencia?
– Porque quizás te interesen muchas claves del caso que se te escapan y no eres capaz de comprender. O por lo menos eso me haces creer. Claves, por cierto, que pueden llenar las portadas de los que fuera esperan.
– ¿Los periodistas?
– Javier, apunta: lo que es coger la ironía no va contigo.
– Vete a tomar por culo y suéltalo ya. No tenemos tiempo.
– A eso voy – respondí mientras me desabrochaba la bragueta.
– ¿Por qué te metes las manos en los huevos?
– Porque me pican, creo que tengo ladillas.
– ¿Te pican? – me preguntó, extrañado, no siendo consciente del subtexto que contenía la afirmación.
– Sí, me pican, y a ti la curiosidad.
– Trabajar contigo es la cosa más surrealista que puede ocurrir a cualquier abogado – añadió a la vez que golpeaba la pared con cierta rabia.
-Anda, si soy un lingote de oro para tu bolsillo y, cómo no, para tu carrera. Cuantos mediocres como tú hubiesen soñado con un caso como el que te ha caído.
– Pero tú, ¿qué te crees?
– Lo que te digo. Solo me creo lo que te digo. Javier Palencia, mi abogado. El bueno de mi abogado. La persona encargada de protegerme.
– ¿Pero qué cojones estás diciendo?
– Lo que oyes.