Julián García, capítulo 18

A media tarde, una vez se colocó el Hijoputa y las nubes tiñeron el día de gris, dejamos la casa. Tras hacer una llamada telefónica, un coche vino a buscarnos y nos trasladó al reino de basura donde mi salvador vivía y desde donde dirigía sus operaciones.

Por el camino me percaté del mal estado de quien ya era un narcotraficante en decadencia. El Hijoputa perdía la concentración con facilidad, se le habían caído la mayor parte de los dientes y un temblor incesante acompañaba a cada uno de sus movimientos. A esto había que sumar su aspecto famélico, el mismo que desvirtuaba aún más la imagen de ese loco calculador que un día había conocido.

Una unidad de naves industriales, en un estado avanzado de ruina, nos dio, tras pasar una curva, la bienvenida. Desde el cristal del coche, desdibujado por la lluvia incipiente, pude ver, en lo alto del cerro, los restos de la vieja mina: un espacio singular y bastante inhóspito, encallado entre dos rocas de granito, un arroyo y una nave porcina.   

La Encomienda, como se llamaba, había sido un punto de extracción de plomo que, en otra época, aportó mucho trabajo a la zona y cantidades ingentes de dinero a quienes la rentaban. Con dos pozos de más de 200 metros profundidad, explotados por la empresa Río Colorado en la mayor parte de su extensa vida, el lugar había dejado de ser un sin fin de anécdotas y gratos recuerdos de los vecinos de los pueblos colindantes, para convertirse en un punto clave del narcotráfico. El rojo plomizo de la tierra, salpicado por escombros de épocas muy dispares y trigales coloreados de un amarillo agudo, contrataban con lo tétrico y siniestro de un espacio que pasaba a ser trivial para ojos del común de los mortales cuando eras consciente de lo que allí se cocía.   

El coche nos dejó al borde de un camino que moría justo al lado de la puerta principal. Bajo la intensa lluvia, entre el barro, caminamos cerca de un kilómetro hasta acceder a un paso secundario, punto que llevaba a otro sendero que, a su vez, conducía al viejo molino de la mina. Allí, bajo un cobertizo de chapa oxidada y medio arrugada, estaban Evaristo y el Miguel, dos camellos desdentados, de poco fiar y mal olientes que, según deduje con el tiempo, vivían para consumir y hacer el trabajo sucio de la mente perversa que les dominaba: el Hijoputa.

– ¿Dónde has estado? – preguntó Evaristo con cara de preocupación.

– No tengo tiempo de contaros todo. En otro momento, quizás.

– ¿Quién es éste? – inquirió el Miguel clavando en mí su ojo retorcido.

– Nuestro nuevo socio – le respondió el Hijoputa mirándome a los ojos -. ¿Porque entiendo que te unes a nosotros? Nadie ayudaría a un tipo como yo si no es por algo parecido.

– Sí, me uno a vosotros – le respondí esbozando una expresión de seguridad.

Tras esta breve conversación, entre espadañas, cascotes y desecho metálico seguimos caminando hasta llegar a otro molino, este de menor tamaño.  Allí, en el sótano, al que se accedía por una escalera de caracol oxidada, el Hijoputa y su equipo tenían lo que a simple vista era su casa, pero que cumplía también las funciones de centro de operaciones.

El sitio, bastante sórdido y mal iluminado, debido en parte a que la luz del exterior era más bien escasa, estaba dominado por un olor desagradable, que procedía de una habitación contigua que hacía de baño y de la acumulación de lo que parecía ser caca de paloma. 

– Aquí es donde vivimos – dijo el Hijoputa justo al bordear la esquina -. Y en la otra habitación es donde cagamos.

– ¿Ya no vives en la casa de la sierra? – le pregunté sorprendido.

– Esa era de mi padre. Demasiado peligrosa.

– Bueno, también te prohibió que estuvieses allí. Sobre todo, cuando se enteró que fuiste tú quien dio a la policía información de su paradero. Por lo de…- dijo, ingenuamente, el Miguel.

-A nadie le interesa, Miguel – le interrumpió el Hijoputa.   

Luego de dar una vuelta por lo trigales que crecían alrededor de la mina y de contarme más o menos lo que esperaba de mí, me explicó con detalle el que iba a ser mi futuro trabajo:

– Te moverás en trasporte público, al que tienes que llegar andando tras una hora de caminata hasta el pueblo. Tus repartos se basarán, principalmente, en coca y hachís. Pero no niego que también muevas jaco, MDDA y pastillas. Digo que también, porque cada vez estamos moviendo más MDDA. Sabes, las drogas de diseño se están comiendo todo el mercado. Los fines de semana, los chavales, prefieren chupetear que ponerse un tiro. Pero vamos, ese reparto es más bien para los viernes. Preferimos moverlo muy de vez en cuando. Ya sabes, quien lo pilla son camellitos del dos al tres. Tipos que, en un principio, no tienen peligro, pero a los que la Guardia Civil sigue para enganchar a gente como nosotros. Y luego está el tema del jaco, reservado a los que ves y a algún que otro colgado de la zona. Pero vamos, los que menos. ¿Tú ya no te pones de nada?

– Bueno, nada, nada… – le respondí.

– Controla si lo haces. Y que nunca se te ocurra tocarme los cojones.

– ¿No mueves más? – le pregunté para su sorpresa.

– ¿A qué te refieres?

– No sé.

– Pues si no lo sabes tú, mal vamos. Voy a tumbarme un rato. Estoy cansado. No me he recuperado del todo.

– ¿Hijoputa?

– Sí.

– Gracias.

– ¿Gracias? – me preguntó con una medio sonrisa -. Vete a tomar por culo.

– ¿Hijoputa?

– ¿Qué?

– ¿Dónde duermo?

– A mí que cojones me cuentas. La mina es muy grande.

– Ya, pero quizás haya un sitio…

– Búscate la vida, tío.    

Con estas nuevas normas y con esa rutina tan peculiar, fui pasando los días. Trabajando para una pequeña mafia rural controlada por un personaje en decadencia.  

A pesar de esto último, el Hijoputa, según pude comprobar, sobrevivía sin ninguna dificultad. La razón estaba fundamentada en que, además de camello, hacía también de soplón de la Guardia Civil. Su función no era otra que trasladar a un contacto de la benemérita los movimientos más significativos de los delincuentes de la zona, a cambio de cierta libertad a la hora de operar. Gracias a sus malas artes habían caído varias bandas en clubes de alterne, algún que otro camello local y se había conseguido controlar el tráfico de pastillas en la Family: una discoteca de tecno por la que pasaban los mejores disc-jockeys​ del momento y en la que los jóvenes se dejaban las neuronas, el hígado y, unas cuantas veces, la vida.

El Hijoputa nos solía repetir con frecuencia que la Guardia Civil nunca nos tocaría. Esto se debía a nuestro trabajo de reparto era a su vez un proceso de rastreo que, por lo general, ayudaba a la Guardia Civil, según los chivatazos de nuestro jefe, a componer, de forma pormenorizada, un mapa de los puntos de venta y distribución de la comarca.

En lo que respectaba a la forma de comunicarse con los maderos, tengo que reconocer que fue algo que, a decir verdad, nunca me interesó, pero que, fruto del azar, una tarde averigüé. En aquel momento estaba lavándome los calzoncillos en una charca que había justo al lado de un viejo depósito. El sol pegaba con fuerza. De repente, vi como alguien se acercaba a la puerta principal de la mina. Por un momento me puse en estado de alerta, quien fuese portaba una cámara de fotos y tenía intención de colar la valla. Pero pronto deduje que no era peligroso. Y es que, sin razón aparente, el supuesto fotógrafo dejó la cámara en el suelo, se agachó, levantó una piedra que había junto a un muro de granito y extrajo una cartera de cuero. Con cuidado la abrió, sacó un documento, lo leyó y se lo guardó el en bolsillo. Seguidamente dejó la cartera en su sitio y empezó a fotografiar el entorno. A las dos horas, abandonó el lugar.      

Tiempo después de aquello, una mañana, el Hijoputa se presentó con un documento similar al que extrajo aquel tipo de aquella cartera de cuero. En él se podía leer, con buena letra, que nos alejásemos. Que, al parecer, iba a haber detenciones.   

“Será mejor que os retiréis durante un tiempo – sentenciaba -. Vamos a hacer varias detenciones y estáis entre los nombres que barajamos. No voy a joderos, porque nuestra amistad y nuestra sociedad no han terminado. Un paso atrás. Más adelante os informaré. Lo importante es depurar y que esto vuelva a su ser”.     

Aquella misiva enfureció al Hijoputa, con la misma intensidad que le llevó a desconfiar hasta de su sombra. Fue tal la situación de psicosis, que la mayor parte de las noches se levantaba aterrado pensando que venían a matarle. Muchas de ellas, nos cogía por sorpresa del cuello y, apuntándonos con una pistola, nos pedía que le jurásemos que no éramos el enemigo. Una paranoia continuada que, a decir verdad, y para más inri, empeoró del todo el día que cayó el Americano: el gitano al que pillábamos la droga y que servía de enganche para toda la comarca.

Este nuevo contexto, hizo que el ambiente, en una zona rural como la que nos encontrábamos, se tornase muy pero que muy oscuro. Los enganches menores empezaron a pedir y los mayores a buscar al soplón del enlace principal. A esto hubo que sumar que la ración diaria de mis compañeros comenzó a escasear. Una coyuntura que enturbió todo hasta la medianoche de, si no recuerdo mal, un 7 de julio. Fue ahí, cuando, completamente destruidos por el mono, a las doce de la madrugada, los tres me llevaron a punta de pistola a la casa del padre Faustino. Necesitaban consumir. No tenía droga. No les quedaba más remedio que trasladarse a la ciudad para comprar. En los últimos días no lo habían podido hacer. Una huelga de autobuses había colapsado el trasporte público y las comunicaciones privadas, fruto de las persecuciones, eran peligrosas. Así que solo quedaba una opción: extorsionar al padre Faustino para, a través de su amigo el médico, conseguir morfina.

Recuerdo como, sin escrúpulos, los tres agarraron al cura y le ataron a una silla. Después, con una barra de hierro oxidado, le golpearon hasta casi el desmallo. El sacerdote se negaba a ceder a las presiones. Entonces, el Hijoputa, haciendo honor a su alias, le llevó a la cocina, encendió el fuego y puso a calentar una cuchara hasta rozar la incandescencia. Sin pensarlo, la posó sobre el hombro izquierdo del cura, haciendo que soltase un alarido, que terminó en un desmallo de unos cinco minutos. Ya recuperado, casi sin opción, el cura accedió a llamar al médico. Tras una conversación larga, en la que reconoció temer por su vida, consiguió la dosis de morfina, poniendo fin a una noche aterradora en la que Dios se olvidó de sus clamores.

Lo malo de todo, es que a un yonqui tiende a ser muy creativo cuando la droga escasea. Y digo esto, porque, poco después de aquel incidente, con la sequía narcótica a toda pompa, y mientras el cura comenzaba una batalla campal en contra de la construcción de una cantera, los cuatro empezamos a joder al párroco por sistema para que nos siguiese consiguiendo morfina: el suministro en la zona no existía, viajar a la ciudad era jugarse la cárcel y el par de tres se subía por las paredes.

El problema llegó cuando el médico cortó el suministro. Entonces ni la cuchara ardiendo ni mil torturas inimaginables sirvieron para que el padre Faustino nos dijese quien era el tipo que nos pasaba la mierda.

Fue en ese momento cuando me di cuenta que tenía que volver a la ciudad. Nada aquí tenía sentido, y lo único que me esperaba, por cómo se sucedían los acontecimientos, era la cárcel. Eso sí, todo cambió cuando el alcalde de Tula, su ilustrísima, o como se le quiera llamar, José Miguel Martínez, quiso hablar en persona conmigo. Aquellas palabras dieron un giro de ciento ochenta grados a lo que me estaba pasando por la cabeza. Entonces los planteamientos que esgrimía, y las intenciones que barajaba en busca de un futuro más habitable, las guardé a la espera de que el nuevo horizonte que se abría me aportase una nueva perspectiva. Vaya, que me dejé convencer por lo que, sin pensarlo, el empanado del alcalde de Tula me regaló para mi sorpresa y la de cualquiera que se hubiese topado con ello.