julián garcía, capítulo 19

Javier me miró fijamente a los ojos. Luego de esto, con el iris inyectado en sangre y el rostro retorcido, me preguntó: – ¿José Miguel Martínez se vio contigo? ¿El puto alcalde de Tula? ¡Venga ya! No me lo puedo creer por mucho que me lo digas.

– Sí, se vio conmigo – le respondí sonriendo. 

– Pero, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿por qué? Dios, Julián, ¿por qué cojones no me has dicho esto antes? ¡No entiendo nada de lo que está pasando! – exclamó mi abogado a la vez que se echó el pelo hacia atrás, descubriendo unas prominentes entradas. 

-Yo tampoco – le dije, con un tono amable, intentando que se tranquilizase.

– Pero…

– Me dejas contártelo – añadí.

– Sí, claro. Por favor. ¡Cómo cojones no me has dicho esto antes! – profirió todavía atónito.

– Porque, por desgracia, no estás prestando atención.

– ¿Cómo? ¿Que no te estoy prestando atención? – preguntó avalentonado -.  Pero si llevo casi un año, o no sé cuánto tiempo más, escuchándote un día una cosa y al otro una versión nueva – añadió, para, seguidamente e irritado, expresarme: – no me jodas, Juliá, no me jodas. Por favor, que me caliento. ¡No me jodas más de lo que lo has hecho hasta ahora!       

– ¡Escucha! Y deja de jugar conmigo. – le señalé elevando la voz y pidiéndole que se tranquilizase.  

– Lo hago, lo hago. Pero es que no me puedes decir a estas alturas que no te presto atención cuando me hablas. Además, yo no estoy jugando contigo. Creo que se te está yendo la pelota.    

– La política solo entiende de una cosa: de votos – empecé a explicarle con voz pausada, para ver si así podía arrastrarle a la plática.

“Y generar empleo y sensación de riqueza – continué -, como bien sabes, es algo que trae muchos votos.

La cantera iba a dejar directa e indirectamente dinero en el pueblo. Eso lo sabían todos los partidos políticos y, especialmente, el que para entonces gobernaba Castilla-La Mancha, el PP de María Dolores de Cospedal. La comarca, fuertemente deprimida por la crisis económica, había sufrido una sangría de empleo y población sin precedentes. Eran tantas las personas que habían emigrado, que los principales negocios de la zona tuvieron que cerrar. Como es obvio, esa situación menoscababa el rédito electoral de la comarca: puntal fundamental del entramado político a la hora de determinar el llamado diputado decisorio. Vamos, el diputado que, en el Parlamento autonómico, determinaba hacia qué lado vencía la balanza electoral; es decir, si ganaba el PP o el PSOE ¿Me vas siguiendo? – le pregunté para captar aún más su atención.

– Voy cogiéndolo. Por lo que tengo entendido esto es algo muy sonado siempre que llegan las elecciones. Lo del diputado decisorio, digo – me respondió, ya más tranquilo, mi abogado.

– El beneficio de la cantera, de hacerse realidad, no solo repercutiría en el pueblo, sino también en una comarca que, tradicionalmente, se había dedicado al negocio de la piedra.

– Vaya – aclaró efusivo mi abogado – que si se explotaba la cantera el motor económico de la zona echaría a andar de nuevo. Y los vecinos, contentos, votarían al partido del gobierno, consiguiendo así el diputado decisorio.

– Ya veo que te vas enterando. Pero, ¿me dejas continuar?

– Sí, disculpa.   

– Como bien sabes y como plan de choque contra la crisis, a pesar de los recortes sociales, el ejecutivo del Partido Popular había puesto en marcha el llamado Plan de los Montes: un conjunto de acciones e inversiones legales e ilegales, este dato es importante, para reactivar social y electoralmente la comarca. Entre las acciones ilegales estaban las de facilitar, a una empresa concreta, la adjudicación del contrato de la cantera y la concesión de una subvención, a través del departamento de Desarrollo Rural, para arreglar, si fuese necesario, las vías que conectaban la explotación minera con la carretera nacional. Ya en la parte legal, bueno, a medias, no lo niego, el gobierno autonómico tenía previsto conceder una línea de ayudas al pueblo de Tula, dirigidas principalmente a educación y sanidad, en concepto de obras, siempre y cuando el Ayuntamiento, del mismo signo político, hiciese la vista gorda en tan turbulento proceso de adjudicación.

– Alucino, de verdad -, interrumpió mi abogado.

– El problema llegó cuando, contra todo pronóstico, comenzó la campaña de acoso y derribo del padre Faustino contra la apertura de la cantera. Fue ahí cuando el departamento de Patrimonio tuvo que actuar y, aunque hubo ciertos movimientos políticos, incluido el cese del jefe de servicio competente, por imperativo legal se tuvo que poner en marcha, si no recuerdo mal, un proceso de inspección técnica.

– El cual estaba trucado, entiendo – apuntó Javier.

– Sí, pero ese no era el problema. Más bien era, por un lado, la falta de agilidad de la administración para resolverlo, y, por otro, no menos importante, el ronroneo de los medios de comunicación que, poco a poco, se iban haciendo eco de las reivindicaciones del cura.

“Entonces el gobierno autonómico amenazó al alcalde competente, José Miguel Martínez, con aplazar, para después de las elecciones, las ayudas a educación y sanidad si no se quitaba del medio al sacerdote. Decisión, por cierto, que, de no producirse, supuestamente perjudicaría al edil de cara a sus votantes. Y digo supuestamente, pues, contra todo pronóstico, meses después, el alcalde de Tula ganó las elecciones, muy a pesar de no haber recibido las ayudas fruto de su desobedecía previa. ¿Me alcanzas la silla? – pedí a mi abogado”.

– Sí, toma – me respondió, para seguidamente cogerla y acercármela. 

– Al mismo tiempo – añadí mientras me sentaba -, vaya, antes de las elecciones, justo cuando los suyos dieron al edil el toque, y a través de un alto cargo del Partido Popular de Castilla-La Mancha, se amenazó al arzobispado con sacar a la luz varios asuntos escabrosos de otras épocas, si no paraba los pies o por lo menos dejaba de apoyar al padre Faustino. Recuerda que, hasta entonces, la Iglesia había sido el principal soporte mediático y legítimo del cura. Por cierto, los curas tampoco hicieron mucho caso.

– ¿El alcalde te contó lo de la concertada? Y no yo, como insinuabas -, me preguntó y aclaró intrigado mi abogado.

– No, el alcalde no me contó nada.

Le respondí, tajante, colocando la palma de la mano derecha entre su rostro y el mío. 

– ¿Qué quieres decir con eso? Con lo de que el alcalde no te contó nada. 

– Me quieres escuchar, por favor – le indiqué molesto.

– Lo hago.

 – Tiempo después de las elecciones, con todo el poder de su partido perdido, incluidas las ayudas para su pueblo, así como el llamado diputado decisorio en la comarca, el recién elegido alcalde se puso en contacto conmigo a través del Hijoputa. Dijo que quería verme en los restos de la Presa Romana, frente a la Chopera de la Alcantarilla.   

– Conozco la zona, he pateado todo el entorno en busca de pistas que nunca han aparecido – puntualizó.

– En un principio pensé que me citaba para que le ayudase a poner fin a la situación de acoso y derribo que teníamos contra el padre Faustino. Pero no, para nada. El acalde me quería para otra cosa que, con lo dicho, puedes imaginar.

– ¿Qué cosa, Julia? – me preguntó intrigado.

–  Para que me cargase al padre Faustino.

– ¡Cómo! – profirió el inocente de mi picapleitos, completamente sorprendido, agitando los brazos y dejando entrever en su rostro cierta irritación. 

– Me entregó una pistola en una bolsa de plástico – continué explicándole -: contenía cinco balas. Se las había entregado, la pistola y las balas, el Hijoputa.

– Pero no entiendo nada – me interrumpió, confuso, mi abogado -. ¿Por qué cojones no te la dio directamente el Hijoputa?, la pistola, digo. ¿O por qué no le encargó directamente esta mierda a él? ¿Tanta garantía le dabas al acalde?

– ¿No te queda claro a estas alturas cuál era y sigue siendo la función del Hijoputa? – inquirí, intentando que mirase un poco más allá de lo que a simple vista refería la pregunta.   

– La de confidente de la policía. Pero decías, según recalcaste en las primeras declaraciones, que no se fiaba de ellos.

– Nos engañaba. Siempre lo hacía. Es para lo único que ha sido bueno.

– Ya veo, ya. Ya veo – subrayó Javier, a la vez que se encendió un cigarrillo y fijó la mirada en el exterior.  

– Pero lo mejor de todo, vino después.

Sentencié, de repente, para sorpresa de Javier.

– Después, ¿por qué? – me preguntó inquietante. 

– Durante todo el tiempo en que el alcalde estuvo conmigo, convenciéndome para que perpetrase el asesinato, a cambio de algo, claro, no paró de mirar el teléfono móvil. En cada mirada, como es obvio, marcó la clave de acceso. Y como también es obvio, cada una de las veces vi el número que, como intuyes y dada mi memoria, recordé.

-Pero, ¿qué tiene que ver eso con todo esto? – me volvió a preguntar un tanto perdido -. Lo del teléfono móvil y la clave, digo.

No le contesté.

Con esas, continué:

– Tras una hora de conversación, el alcalde decidió marcharse.

– Espera, espera – exclamó mi abogado apagando el cigarro casi entero y alzando los brazos -: ¡Cómo cojones, José Miguel, se la iba a jugar tanto dando una pistola a un yonqui para que se cargase a un cura! No lo entiendo. Es una barbaridad –. Y subiendo el tono, añadió: – ¡Julián, por favor, esto no tiene sentido!

– Todo a su tiempo, amigo. No te precipites. Sé un buen abogado. Un grande, como los de las películas de Hollywood.  

– Lo soy.  

– ¿Me dejas? – le injerí con una sonrisa.

– Sí, te dejo.

– Tras una hora de conversación, el alcalde decidió marcharse. Yo me quedé sentado pensado en la oferta que me había hecho.

– ¿Pero qué oferta?

– Me quieres dejar seguir.

– Sí.

– Yo me quedé sentado pensado en la oferta que me había hecho. Luego de un rato, y sin una respuesta clara, decidí marcharme también. Con tan buena suerte, o mala, que, de camino, me encontré con su teléfono móvil. Al parecer se le había caído. En un principio lo guardé con la intención de dejárselo en algún sitio donde lo pudiese encontrar. Pero, llevado por la curiosidad, descarté esa opción y me puse a comprobar qué contenía. Había mensajes de todo tipo: políticos, sentimentales, de amigos… Eso sí, nada relacionado con el caso. Cuando me disponía a dejarlo, me encontré con algo que, a decir verdad, me hizo comprender la envergadura de todo.

– ¿El qué?

– ¿Te puedes encender un cigarro y así dejas de interrumpirme constantemente? – le pregunté fingiendo estar molesto.

– Sí, lo haré, va siendo necesario – me respondió mientras lo buscaba por sus bolsillos.

– Pues entonces, vamos.

– Lo hago, lo hago.

– En el móvil había un documento extenso, escrito por él a modo de notas, en que se detallaba todo lo que te he contado arriba.

– Ya decía yo que de dónde lo habías sacado. Y me estabas diciendo que había sido yo quien te lo había contado. Un error que me estas reconociendo de tantos que has cometido. Un error que viene a probar muchas cosas.

– Pero había otro documento más. Era algo que no sé qué hacía ahí, pero que ponía todo patas arriba.

– Para, para, para… -, me dijo, con voz pausada, mi abogado.

– Sigo. Y lo hago porque eres incapaz de callarte y seguro que no te estás enterando de nada.

– ¡Vete a tomar por culo!

– En el móvil había un documento de la Consejería de Educación en que se detallaba cómo el entonces gobierno del Partido Popular tenía previsto ceder suelo público a la Iglesia, a través de una artimaña ilegal, para la construcción de un colegio concertado.

– ¡El concertado! 

– Según decía el texto, al principio de la anterior legislatura, la de 2011-2015, como más o menos te he contado, un importante cargo con nombre xxx se había reunido con un representante con nombre xxx de la Iglesia Católica.

“Había sido tal la campaña electoral teledirigida desde los púlpitos – continué -, sobre todo en los años duros de la crisis, que eran muchos los débitos que el PP tenía con los curas. Uno de ellos la construcción de un colegio concertado en un municipio de nombre xxx al norte de la provincia de Toledo. La compra del terreno y la construcción del centro correría a cargo de la Iglesia en un 50 por ciento y el otro 50 lo abonaría la Junta en concepto de subvención. En el documento se incluía, además, un anexo en que se comprometía una campaña de acoso y derribo contra la educación pública y a favor de la concertada, en el municipio en cuestión, con objeto de justificar su necesidad en un contexto, en su mayor parte, obrero.

Los resultados de esa reunión fueron positivos y, en un periodo de un año, según lo previsto, se acordó ceder los terrenos a la institución eclesiástica. Después sería el Obispado el encargado de levantar el colegio en un tiempo también de un año, colegio que debería ser inaugurado a principios del período electoral, es decir, meses antes de que muriese el cura.

Los dos individuos reunidos acordaron también verse en fechas sucesivas, que no aparecían en el documento, como tampoco el resultado de las mismas. Lo que si figuraba fue el inicio de los trámites para proceder a la cesión del suelo público para la construcción del inmueble. Pero la intensidad de la crisis cambió el rumbo de los acontecimientos. Al parecer, el Obispado había acordado con el PP encargar el proyecto de construcción del centro educativo a una empresa de nombre xxx que acaba de ser investigada por la Púnica. Más que nada, porque, como decía, parte de la obra, además del terreno, estaba financiada con dinero público y se había inflado el presupuesto para sacar más tajada. Y no para que los curas, la empresa y los políticos implicados se llenasen los bolsillos, que era lo más lógico, sino más bien para pagar con el excedente la rehabilitación de las dependencias del retiro y formación de los curas de toda la zona; vaya, la rehabilitación de los seminarios.

La cosa es que, como te decía, el miedo a que se relacionase a la empresa con la trama y a su vez a la trama con la Iglesia hizo que la operación se detuviese. Así pasó el tiempo y cerca de las elecciones de 2015 la entonces jefa del ejecutivo autonómico, en una de sus visitas a la localidad, anunció, ante los medios de comunicación, que se estaba barajando la posibilidad de construir un colegio, sin determinar la titularidad. El objetivo era hacer de esta noticia una promesa electoral para ejecutar la obra cuando los nubarrones en torno a la operación se despejasen. Pero como era de esperar, no se despejaron, y con esta promesa se cambió de legislatura y de Gobierno.

El problema fue que el nuevo ejecutivo del PSOE tampoco supo qué hacer con el asunto. Lo digo porque en el intercambio de carteras, el antiguo secretario general de la Consejería de Educación, con el nombre xxx, y el nuevo, con nombre xxx, acordaron enterrar el tema vivito y coleando. De no ser así, la prensa podría hacer públicos una serie de documentos que imputaban al nuevo secretario general, al del PSOE, por una serie de acciones irregulares que cometió muchos años atrás y que el PP no había sacado a la luz por intereses varios”.

– Y ya solo quedaba lo mejor.

– En efecto. Al igual que la concertada, la cantera podría generar algún que otro dolor de cabeza al nuevo Gobierno.

“El Plan de los Montes – continué – estaba asentado sobre la ilegalidad. Eso sí, es cierto que sacar a la luz toda la corruptela que tenía aparejado supondría acabar con los intereses económico de una empresa que había financiado alguna que otra campaña electoral al PSOE de Castilla-La Mancha. Y es que Río Colorado, como gran multinacional que era, siempre fue consecuente con su realidad y con su posición, trasformando tanto la primera como la segunda en donaciones electorales que, durante los diversos mandatos, se convirtieron en prebendas como las de la cantera.

Fue por esto por lo que el Ejecutivo entrante acordó mantener una reunión, lo antes posible, con la minera y ver así cómo enfocar el escenario surgido tras la debacle política de los líderes intelectuales del Plan de los Montes. Un escenario, por cierto, en que el padre Faustino y su vocero, la Iglesia, eran los verdaderos antagonistas.

Tras horas de charla y debate acalorado, y una vez tuvieron claro que lo racional para el común de los mortales era cuanto menos turbulento, pensando en términos legales, electorales y económicos, la solución acordada, por ambas partes, con el objetivo último de que la cantera fuese para delante, no fue otra que quitarse del medio al cura y a la Iglesia. Si la campaña del sacerdote de Tula seguía creciendo en popularidad tanto en la presa como en los corros del bar, antes o después saldrían a la luz las irregularidades de la explotación minera, arrastrando con ellas a todo Dios como si de un torrente de agua se tratase.

Fue entonces cuando xxx del nuevo Ejecutivo contactó con xxx del partido que personificaba al anterior gobierno. Ambos representantes se citaron en el restaurante de una gasolinera situada casi en el límite con la Comunidad Madrid. El encuentro tenía un único tema: la mina. La razón no era otra que ser conscientes de que, ambos partidos, estaban pillados por lo huevos por las tantas deudas que habían contraído con Río Colorado.

En dicha reunión, entre cafés y algún que otro cubata, esto lo supongo, fijaron dos objetivos: el primero: amenazar a la Iglesia – la vocera desobediente – con el tema de la concertada; y el segundo: quitarse del medio al cura.       

Para llevar a efectos el primero y, ante todo, para que no salpicase a nadie, se acordó acusar al anterior secretario general de la Consejería Educación, al del PP – que ya no importaba una mierda al partido en cuestión, más cuando había cesado de su militancia por discrepancias varias y algún que otro enganchón bastante molesto con la dirección regional -, de ser el responsable junto a la Iglesia de lo turbulento o irregular que había escondida tras el caso del colegio concertado. Para ello se trazó un procedimiento que, como es obvio, le convertía en único implicado del Ejecutivo, encalomándole la autoría intelectual – la moral a la Iglesia, válgame Dios -, a través de no sé qué artimaña legal, de las reformas de los seminarios. ¡Vaya, que lo que se hizo no fue otra cosa que urdir una estrategia jurídica y administrativa para que el fin ante la opinión pública no fuese otro que el enriquecimiento personal del susodicho y el beneficio propio de la curía con la titularidad del centro educativo en tal pueblo de la provincia de Toledo y el arreglo colateral de los espacios para la formación de los futuros sacerdotes! Una estrategia que, de salir a la luz en forma de delito o de noticia, no perjudicaría mucho al partido en que el ex alto cargo había militado, más que nada por el periodo democrático en que supuestamente se iba a producir: poco después de elecciones.

Al mismo tiempo, y ante la posible contestación por parte de la defensa del antiguo responsable de la Consejería, el nuevo gobierno destruyó y camufló cualquier prueba que pudiese relacionar al actual secretario general con ciertos temas ilegales que cometió en el pasado y que, como oro en paño, guardó el PP. Es verdad que me preguntarás qué cómo los pudo destruir o camuflarlos en ese momento y no antes, cuando entró al gobernar. Supongo que no es lo mismo uno que dos.

– ¿Y para llevar a efectos el segundo objetivo contactaron con Jose Miguel?

– Así es. El responsable xxx del PP se puso en contacto con José Miguel. Seguro que después de felicitarle por su triunfo electoral y lamentarse por el diputado decisorio perdido, le dijo que, si no quería que las irregularidades de la cantera saliesen antes o después a la luz por el ruido que estaba provocando el cura, algo que directamente le implicaría, tenía que quitársele del medio.          

Javier se frotó lo ojos. Había sido mucha la información que había recibido de golpe.

Luego de esto, estiró los brazos y, aturdido, me preguntó:

– Hay cosas que no me cuadran. Primero: ¿qué hace José Miguel con esos documentos?  Y segundo: me sigue pareciendo muy fuerte que el alcalde de Tula, y subrayado esto, se hiciese cómplice de un asesinato.  

– Primero, no tengo ni idea que hacía con esos documentos. Y segundo, no si tú has sido víctima de las imprudencias carnales del padre Faustino.

– ¿Cómo que las imprudencias carnales? – me preguntó el abogado con cierta sorpresa.

– Las mismas que me sugeriste en el pasillo.  

En ese momento mi abogado se detuvo.

Después clavó su mirada en la mía.

Casi inmódico y con el ceño fruncido, me dijo:  

-Y una cosa más: ya sé que tienes una memoria de cojones y he creído entender que si me cuentas todo es porque quieres volver al motivo que nos ha traído hasta aquí. Pero tengo que decirte que, por desgracia, tu argumento como tal, de cara al proceso judicial, se diluye. Vamos, que lo que quiero preguntarte es si no tendrás algún tipo de prueba; algo con lo que podamos sostener todo en caso de salir con un nuevo testimonio.

En ese momento me metí la mano en los huevos y, mientras sacaba el papel que me había traído mi primo, le dije:

– Como sabía que tu ambición no tiene límites, y éste es el caso de tu vida, no lo voy a negar, ya es mucho el tiempo que he pasado a tu lado, he traído una copia del documento original. Un duplicado en que se detalla todo lo que te he contado con firmas y fechas y, claro, con nombres y sellos.

– ¡No me lo puedo creer! – exclamó, casi tartamudeando, Javier, a la vez que retiraba las dobleces del papel -.  Dios, ¿no te das cuenta de la magnitud de todo esto? ¿Por qué no lo has dicho antes? – me preguntó al tiempo que se echaba, sorprendido, las manos a la cabeza, descubriéndose, nuevamente, unas prominentes entradas.

– Para un momento.

Instintivamente Javier se quedó en silencio.

– ¿No te importa quién es el asesino del padre Faustino?

– Está claro que tú, pero con la que hay liada…

– ¿Ahora resulta que soy yo?

– Pero si me lo acabas de decir.

– ¡Yo no maté al padre Faustino! Javier, veo que sigues enfrascado en una idea que, para tu desgracia, te está alejando del camino.

– ¿Y quién lo hizo entonces? Acabas de reconocerme que te encargaron el asesinato – inquirió.

– ¿Quieres los documentos? – le pregunté levantando los legajos.

– Sí, claro que quiero los documentos. Te pueden venir de puta madre. ¡No te das cuenta!

– ¿Me pueden venir de puta madre? – le sonsaqué enfadado.

– Ya.

– Mírame a los ojos – recalqué, acercándome donde estaba, para clavar así mi mirada en la suya.

– ¿Por qué ostias quieres que te mire a los ojos?

– ¡Mírame a los ojos! – le gruñí.

En ese momento, despacio, Javier se acercó y fijó su mirada en la mía con cierto recelo, como si no se fiase de lo que pudiese venir después.

– Para relanzar tu carrera, como veo, imputando a curas, políticos y empresarios, vas a tener que conseguirme primero un teléfono móvil y una tarjeta de prepago. ¿Te queda claro?

– ¡Qué ostias estás diciendo ahora, eso es ilegal! – exclamó elevando el tono de la voz -. Yo no puedo hacer eso. Además, es imposible. ¿Qué pasa, que no mides tus palabras o qué?

– Habla con Gabriel, el madero. Sé, por lo que os he oído, que te debe muchos, muchos favores. Di que te consiga el aparato. Un móvil que esté liberado. De la tarjeta de prepago se encargará mi primo Juan Ramón – miré el reloj -. En estos momentos, seguro, estará fregando el pasillo. Solo tienes que acercarte al servicio del fondo y esperar. Él te conoce. La señal será una sonrisa y un guiño que tú harás con el ojo izquierdo.

– ¿Y quién cojones es tu primo?; ¡Pero tú estás gilipollas!

– Solo tienes que guiñar el ojo izquierdo y sonreír. Es muy pero que muy fácil, de verdad.

– No entiendo nada – exclamó cansado, intentando hacerme ver que nada de aquello tenía sentido. 

– Entiéndelo, no te queda otra si quieres estos documentos – le dije levantándolos.    

– ¿Y cuándo has hablado con él? – me preguntó nervioso.

– El otro día en un bis a bis, en la cárcel. Tuvimos una conversación muy larga en la que tratamos muchos temas. Uno de ellos, el del móvil.  

– Pero, ¿para qué ostias quieres ahora un móvil y una tarjeta? – gritó -. ¿Qué quieres, liarla del todo?

– ¿Quieres relanzar tu carrera? Es el momento de tu vida -. Le dije enseñándole los documentos, simulando así su destrucción con un movimiento de manos.

– Eres un grandísimo hijo de puta – gritó mi abogado golpeando la pared y enfurecido. 

– ¿Quieres relanzar tu carreara? Es el momento de que llegues al lugar que tú crees que te mereces, y no sé si por el que, durante tanto tiempo, has luchado en juzgados de mierda con mierdas como yo.

– Cabrón, cabrón, cabrón – rezongó.    

– Seré un cabrón como me repites, pero, amigo, ya sabes.

– ¿Oye? – me preguntó inesperadamente.

– ¿Qué?

– ¿Cómo cojones has conseguido meter ese documento aquí?

– Tanto te importa.

– ¿Tu primo Juan Ramón, también?

– Tanto te importa.

– ¿Lo hablasteis también en el bis a bis?

– Tanto te importa.

– ¿Por eso te estabas cagando?

– ¿Quieres que haga pedazo los papeles? ¿Lo quieres? – le grité, para cogerlos y simular que lo partía en dos y pensar, seguidamente, que en ese momento quien ganaba el juego era yo.