Tras secarme las lágrimas, decidí dejar la iglesia. Antes de marcharme, me despedí de la señora que, en una esquina, rezaba arrodillada. Tenía claro que no era ni la hora ni el momento de actuar. El cura intuía que mi presencia allí no era para pedir asesoramiento espiritual y la feligresa podría relacionarme con el homicidio una vez supiese de tan desagradable noticia.
Cuando salí a la calle, cogí aire y saboreé el aroma que recorría el pueblo. Luego de esto fijé la mirada en la iglesia y la observé con cuidado. El templo, me dije, de granito, adobe y pizarra, completamente deteriorado por culpa del narcisismo religioso y la ineptitud pública, había visto pasar a cientos de generaciones. Su fachada, conformada a base de peñascos contrahechos y caliza desmenuzada, parecía ocultar la esencia de las almas que en algún momento de historia la habían franqueado.
Subí el cerro Porquero en dirección al parque de El Molinillo. Una vez allí, me senté junto al Molino Viejo, un resto olvidado, datado de la época Romana, que servía de base a una fuente pública reconvertida en bebedero para perros. Encendí el grifo y me lavé la cara. Después me la sequé lo más rápido que pude. La temperatura era baja y exponerse a ese contraste térmico producía cierto quemor en la piel.
Ya sentado en un banco de hierro de color verde, junto a un columpio apuntalado sobre hierbajos, empecé a pensar en la paranoia que me envolvía. Por mi mente, en ese preciso instante, pasaron mis primeros años. La facilidad con la que hacía y aprendía las cosas. Mi madre y sus problemas con mi padre. La familia de ambos. Tía Marta y su mierda de vida. Mi hermano Borja. Sí, por mi mente pasó el cuerpo y el alma de un tipo apellidado miserable, por el simple hecho de haber nacido distinto, en un hogar arrugado y en una sociedad, la de Castilla-La Mancha, aplastada por el peso de su propia tacañería.
Y no digo esto último porque en aquel momento odiase la tierra que me vio nacer y en parte crecer – ahora seguro que igual -, la misma en que Cervantes dibujó las andanzas de Don Quijote, sino porque la gente de allí, la colectividad que daba forma a esa composición jurídica sin identidad cultural clara, era la única responsable de que las cosas nuevas no acabasen de llegar, pero también, como no, de que las viejas se enquistasen hasta provocar tumores que trituraban a generaciones, a talentos, a tontos y a todo Dios – bueno, a este no tanto – que se pusiese por delante.
Tengo que reconocer que soy tan visceral con mis afirmaciones porque para cuando entonces pensaba, estaba hasta la polla de escuchar decir a políticos, a iluminados de partido, a gacetilleros propagandistas y a gilipollas de turno que mi región había salido del atraso. “¡No, en absoluto!”. La mía era, y es, no lo niego, una tierra anclada en un medievalismo con cierto color posmodernista, donde lo que valía en el pasado se había adaptado y camuflado en el presente. Y donde la miseria, la desigualdad y, sobre todo, la irracionalidad que nació tras la expulsión musulmana, siguió para siempre siendo juez y parte de un imaginario colectivo católico, despótico e intolerante que cohabitaba feliz con lo que nos decían que era la democracia liberal.
Me levanté del banco y caminé por una calzada construida con gorronas. Cuando se acabó, seguí recorriendo otra de tierra hasta llegar a una especie de laguna abandonada, desde donde pude ver los llanos del Prao’. Aquel lugar, desdibujado por varias explotaciones agropecuarias y campos de cebada y trigo sin planificación clara, fue años atrás el plató de un intento cinematográfico inacabado. Allí, Terry Gilliam, en los años en que yo soñaba con ser director de cine – porque alguna vez quise ser algo -, rodó una adaptación libre de El Quijote que, según puede leer tiempo después, nunca terminó.
Tras recorrer parte del paraje con paso lento, empecé a recordar a los actores, las cámaras, los sonidistas y los iluminadores de aquella producción. A mi memoria llegaron cada uno de sus movimientos. Los gritos en esa lengua que nadie entendía. La multitud colocada en la distancia creyendo concebir un trabajo desconocido. También llegaron los destellos y aquel sabor a cine que entonces recorría mi boca. La necesidad de crear o hacer cultura que poco a poco fui perdiendo. La fuerza autora que la droga y las desilusiones enterraron en lo más profundo de mí ser. A mi memoria, en definitiva, llegaron los metros de cinta que se malgastaron por culpa de algún que otro tractorista despistado o de un montón de chatarra no contralado que, sin más, emergía de entre las espadañas.
Volví a sentarme en el banco verde para al poco enturbiar mis cavilaciones con la que era la única pregunta que las dominaba: matar o no al cura. Si la respondía, sin duda, podría descansar, comenzar una nueva vida y acabar de una puta vez con mi estado putrefacto, con mi existencia de mierda, con el maldito pueblo, con mi familia, con mi pasado, con mis costumbres; en fin, dar la vuelta a una tortilla quemada, en la que el huevo había cuajado sin que ninguno de los cocineros que la vadeábamos nos diésemos cuenta.
Ya cansado de pensar y no hallar respuesta, decidí regresar al pueblo. Cautivo de mis reflexiones, de camino, a la altura del Arroyo Seco me topé con Luis Suárez, un pobre desgraciado, además de un viejo amigo, que se dedicaba a cambiar de oficio cada dos por tres y a criar hijos. A pesar de todo el tiempo que llevaba por Tula, no le había visto. Por lo que, al principio, y como era de prever, o eso supuse, no me conoció. Por un momento pensé en no decirle nada, pero sin más me acerqué a él y le pregunté:
– Hola, viejo amigo. ¿Te acuerdas de mí?
– No – me respondió sorprendido, vestido con un viejo mono manchado de yeso.
– Vengo de recordar el rodaje de la película de Terry Gilliam, el mismo que filmó 12 monos y que en otra época nos hizo creer que seríamos directores de cine, y no la mierda en la que nos hemos convertido.
– Me quedo con el Terry de la Vida de Brian, el de los Monty Python. Y sí, nos hemos convertido en una auténtica mierda. ¡Julián, cojones, qué cambiado estás! – exclamó sorprendido.
– La vida, que pasa para todos. Y no de igual forma, claro.
– ¡Ni que lo digas!
Tras estas palabras nos abrazamos y estuvimos charlando un rato. Hablamos de cine, de nuestras vidas, del trabajo, de la situación del país. Incluso hablamos de nuestras familias.
– Ya tengo tres hijos – me dijo, enseñándome una fotografía con los niños -. Mira, este se llama Aitor, este Gorka y esta, sí, la más pequeña, Andrea.
– ¿Tú mujer es vasca? – le pregunté con cierta ironía.
– No, mi mujer es Vanesa. La de quinto – me respondió sin entenderme.
– ¿Vanesa la de quinto? – le pregunté a pesar de saberlo.
– Llevo siete años con ella, y en cinco de ellos, estos tres hijos.
– Me alegro mucho de verte – le dije, cambiando el tema de conversación.
– Yo también.
– ¿Cuánto vas a estar por el pueblo? Podríamos tomar unas cervezas – me preguntó muy amable.
– No lo sé, la verdad.
– ¿Estás donde tu madre?
– Luis, ¿por qué finges no saber que llevo bastante tiempo viviendo en la Mina?
Tras esto mi antiguo amigo se quedó bloqueado. No sabía qué decir.
Entonces, con cierta prudencia, me respondió:
– Algo había oído. Que trabajabas para… ¿cómo le llama?
– El Hijoputa.
– Ese.
– Pues eso.
– Pero…
– No importa, de verdad – le aclaré. Para seguidamente acercarme a él, darle un abrazo y despedirme de la misma forma que le había saludado.
Para cuando le había perdido, puse rumbo a la iglesia, no sin antes desviarme del camino con el único objetivo de hacer la que podía ser la última visita a mi casa.
Una vez allí, me quedé observándola. Con cierta quietud fijé la mirada en cada uno de los rincones que constituían el que un día había sido mi hogar y en el que en parte había crecido. Absorbí visualmente el patio, el pino lateral, la pintura caída del frontón, las ventanas, los marcos, el hollín que teñía la chimenea, la veleta, el granito, el número seis, la placa con el nombre de la calle, las cortinas pasadas de moda…
Para cuando llegué a la puerta principal, me percaté que estaba entreabierta. Entonces, extrañado, eché nuevamente una ojeada al entorno, con el único objetivo de encontrar a mi padre o a mi madre merodeando. Tras no hallarlos, empecé a plantearme si entrar o no. Después de tanto tiempo me comía la curiosidad de saber cómo estaría la casa por dentro.
Según me fui acercado, y ante la quietud dominante, empecé a sentir cierta intranquilidad: no era normal que a esa hora la puerta estuviese abierta y menos aún que la casa completamente vacía. Así que, prevenido, salté la valla, crucé el jardín y, con cuidado, empujé la puerta.
No lo voy a negar, durante todo ese tiempo me rondó la idea de que mi padre hubiese hecho lo que todo el mundo esperaba que hiciese con mi madre. En cada uno de los pasos que di hasta el interior del inmueble, imaginé el cuerpo de la mujer que me trajo al mundo tendido en el suelo, acuchillado, con los ojos clavados en ninguna parte, esperando que alguien se los tapase por última vez.
Torpemente, caminé por el pasillo hasta llegar a una especie de lacena en la que, por lo general, mi madre preparaba la comida. Era costumbre en ella, como en más de medio pueblo, utilizar la cocina únicamente en los momentos de festividad o cuando la nostalgia, en su caso, la carcomía por dentro.
Ya en su interior, dirigí la mirada atenta a todo el entorno. Tampoco había nadie. Hice lo propio con el resto de habitaciones sin encontrar presencia humana alguna. Entonces pensé que estarían fuera y que, fruto del despiste, propio de la pareja, aunque raro en ella, habían olvidado cerrar la puerta.

Recuerdo que después, durante un tiempo, estuve descubriendo cada uno de los rincones que, por la fuerza, había tenido que abandonar. Los olí, los degusté, sentí lo que producían al tocarlos. Los volví a almacenar no solo en mi retina sino también en mi cerebro y, como no, en mi corazón.
Ya cansado, decidí marcharme, no sin antes volver a la lacena para comer algo. Una vez allí, tras abrir la nevera, di un trago a la leche y cogí un poco de chirizo, que partí en una tabla de madera de roble que robé en un supermercado, uno de mis últimos días antes de abandonar definitivamente mi casa. Mientras masticaba, me di cuenta de que en la encimera había una tarjeta de crédito. Era de mi madre. Por un instante rehusé cogerla. Aunque al poco, ya con el chorizo en el estómago, me di cuenta de que no tenía casi dinero en el bolsillo. Entonces miré en su cajita de los papeles, situada al lado de la ventana, y busqué la carpeta donde guardaba las claves de las cosas importantes, como decía ella, encontrando, sin mucho esfuerzo, el número de acceso a su cuenta. Lo memoricé. Tras esto, caminé hacia la puerta principal, pero, justo cuando estaba a escasos metros de alcanzar el picaporte, escuché la voz de mi padre. Salí corriendo y regresé a la lacena. Allí me agaché e incrusté en un recoveco que había entre la encimera y un armario donde, si no recuerdo mal, se guardaban las sartenes.
Cautivo y en silencio, esperé.
Primero escuché unos pasos.
Después una llave meterse en la puerta principal.
A continuación, el sonido de una puerta abrirse.
Y tras esto, mi padre farfulló:
– Esta mujer siempre se deja la puerta abierta. Otra vez se ha ido a llevar al niño a la iglesia y ha hecho la misma. ¡La madre que la parió! Luego dice que me pongo como una fiera. Si es que es para ponerse.
Justo cuando terminó esa frase, mientras se desaflojaba el cinturón, pasó delante de mis narices.
Tengo que decir que no sé si fueron las ganas que aparentemente tenía de cagar o que estaba completamente borracho, pero, para mí fortuna, no se percató de mi presencia.
Cuando escuché que estaba sentado en el váter, maldiciendo a todo dios por el dolor que le producían las almorranas, salí de la lacena y me dirigí al patio trasero. Allí di una última ojeada al entorno, cerceándome del desastre que lo dominaba. Estaba claro que las cosas no iban nada bien en casa. Nunca antes, en un estado de lucidez plena, mi madre hubiese permitido tal ruina.
Con cuidado de no hacer ruido, caminé hacía la tapia y la salté.
La razón por la que quería sacar dinero, aparte de por no tener ni un chavo, no era otra que estar precavido en caso de que no me atreviese a cargarme al cura. Si a última hora fallaba, tenía que tomar una decisión al respecto. Debería, como poco, alejarme de la Mina y empezar otra vida, aunque fuese por la mitad, fuera de Tula.
Ya en uno de los dos cajeros que había en el pueblo, obvio el nombre del banco para no dar publicidad tan obscenas instituciones, introduje la tarjeta de crédito, pulsé la clavé que había memorizado, tecleé la cantidad de cuatrocientos euros, que estaba disponible, y saqué el dinero, que guardé en el calcetín del pie izquierdo. Luego de esto dejé el banco y empecé a caminar otra vez sin rumbo por la calle. Desde la acera, a través del cristal, puede ver a los que algún día fueron mis amigos enganchados al televisor. Muchos de ellos veían absortos un partido de fútbol. El Real Madrid de sus amores jugaba con no sé qué equipo un encuentro de la Liga de Campeones. Algunos gritaban y coreaban junto a sus hijos, mientras sus mujeres y sus madres, esclavas de su arrogancia, en las cocinas, seguro, preparaban la cena.
Tras un tiempo deambulando sin dirección ni sentido, me detuve en el Pabellón, una zona recreativa que reunía varios espacios deportivos y culturales. Sentado en un poyete, saqué la pistola y empecé a observarla con detenimiento. Nunca antes había utilizado una con una persona.
Cuando dejé de encontrar sentido a la acción, miré el reloj. Hacía alrededor de tres horas que había dejado la iglesia. Era el momento de volver y hacer de una puta vez lo que tenía que haber hecho mucho antes.
Con paso firme, y tras guardarme entre los cojones el arma, caminé hacia la iglesia. No podía mover casi la cabeza. No podía dejar de pensar. En cada zancada que daba, veía como la duda se apoderaba de mis acciones. Como un reconcome me hacía preso de sus intenciones.
Una vez en el templo, detuve la mirada en el símbolo franquista que adornaba la entrada a la vez que empujé con cuidado la puerta principal. Caminé despacio por el pasillo central, contemplando detenidamente una construcción muy distinta a la que observaba en aquellos domingos en que mi madre me obligaba ir a misa. Miré cada una de las figuras, santos para mis abuelos, y examiné nuevamente el retablo y todo lo que allí se contaba. Junto a él, otro símbolo franquista, en el que se conmemoraban los nombres de los hombres caídos en la Guerra Civil por el Bando Nacional, daba paso a la Sacristía, desde donde accedí, por una puerta, a una especie de sala que servía de camino para llegar a un pequeño despacho. En una silla, en el lateral derecho, estaba apoyada la sotana del cura. Junto a esta, en el suelo, colocados con perfección, el par de zapatos que por lo general le hacían el servicio en su día a día.
Tras observar la escena varias veces y embutido en un silencio sepulcral, decidí acceder a otra sala contigua, desde la que se podía escuchar el ruido de la calle. El pasar de los coches, alguna voz suelta y los ladridos de los perros reverberaban en el vacío, haciendo algunas veces de un sonido lejano un ruido un tanto molesto.
De repente, un olor intenso a quemado empezó a colarse por mis fosas nasales. En ese momento me planteé la posibilidad de que hubiese un incendio, por lo que aceleré el paso. Ya en un pasillo encalado, di la luz de una vieja bombilla y, al fondo, en una puerta, encontré lo que parecía una especie de sala. Caminé hacia el lugar acercando la mano derecha a la pistola. Cuando llegué, empujé la puerta y, acto seguido, encendí la luz.
Me quedé petrificado. No podía cree lo que estaba viendo.
Solo, desnudo, en mitad de la sala, pobremente iluminado por una bombilla cubierta de polvo, con sangre en las manos, con la mirada clava en el suelo, con el rostro arrugado por la impresión de algo que yo desconocía, y completamente en silencio, Borja, el tonto de Borja, mi hermano, yacía impasible. Estaba tiritando, no dejaba de tiritar. Temblaba como si un fantasma lo hubiese tocado. Su tez blanca, teñida del amarillo de la luz, estaba empapada en un sudor que parecía congelado por el frio no solo del lugar, sino también de una parte de la escena que me había perdido.
Con cuidado me acerqué. Tenía que tener la temperatura corporal por debajo de los 35 grados. Me quité la sudadera que llevaba y le tapé. No levantó la mirada del suelo. Solo temblaba. De vez en cuando se sorbía el moquillo, que le goteaba de la nariz.
– ¿Qué haces aquí? – le pregunté, sin encontrar respuesta por su parte.
– ¿Qué haces aquí? – volví a preguntarle, sin que se inmutase.
– Borja, atiéndeme, por favor – le grité, agarrándole con fuerza de los hombros.
– Ayudo al cura a tocar las campanas – me respondió casi susurrando.
– Eso ya lo sé.
– ¿Pues entonces por qué preguntas? – me cuestionó molesto.
– Que, ¿por qué pregunto?
– Si – me respondió mirándome a los ojos.
– Porque estás desnudo en mitad de esta sala tan oscura y fría. Además, tienes sangre en las manos. ¿De qué es todo eso, Borja? Por favor: ¿dime qué es todo esto? – le pregunté, elevando el tono de la voz.
-No lo sé. Y por favor, si no te importa, no me grites, me duele mucho, mucho la cabeza.
– ¿Y mamá? ¿Dónde está mama? Oí a papá decir que te había traído a la iglesia.
– ¿Has estado con papá?
– No te interesa. Por favor, repódeme dónde cojones está mamá ahora mismo.
– Últimamente mamá se suele retrasar demasiado. Dice que no pasa nada. Que estoy en buenas manos. Que desde que vengo aquí a tocar las campanas y a ayudar al cura, soy otra persona muy distinta. Eso dice, sí. Eso dice mamá.
– ¿Y dónde cojones está el padre Faustino? ¿Dónde está el puto cura? ¿Digo yo que algo tendrá que ver con todo esto? No creo que no sepa que su ayudante y campanero se pasa las tardes desnudo en una habitación de la iglesia con sangre en las manos.
Borja no me respondió.
– Borja, te estoy hablando.
No me respondió.
– ¡Borja! – Le grité – ¿dónde cojones está ese puto cura? Me cago en Dios y en la puta Virgen, joder. ¿Dónde está el puto cura?
– ¡No lo sé!
Me confesó con un grito seco que retumbó por todo el templo.
– Sabía que ese cura era un cabrón. Lo sabía. Si todo el mundo lo decía. Y yo sintiéndome mal. Ahora sí que me lo cargo. Ahora sí que lo mando al otro barrio. Gracias Dios por ponérmelo tan fácil. Mira, si al final él mismo llevaba razón, que sería Dios el que contestaría todas mis preguntas.
Agarré la pistola y caminé hacia el patio.
Antes de dejar la sala, volví a contemplar la escena. Mi hermano seguía allí sin moverse, sentado, completamente desnudo, más ausente de lo normal. Por un instante creí que estaba bajo los efectos de alguna droga. La escena, en su conjunto, era cuanto menos surrealista. No hacía más de tres horas el padre Faustino había estado a mi lado dudando de mi presencia, y ahora, por la misma puerta por la que había desaparecido, me encontraba a mi hermano en un estado lamentable.
Empujé con cuidado un portón de metal y accedí al patio. El sitio sin luz era bastante lúgubre. Cuando llevaba unos metros recorridos, clavé la mirada en una sombra que había al fondo, justo debajo de un nogal. A simple vista parecía el cuerpo sin vida de alguien. A su lado, en una habitación contigua, una chimenea quemaba un tronco de importante diámetro, que podía verse desde donde me encontraba.
- ¡Padre Faustino! – le grité.
Pero no encontré respuesta.
Por lo que decidí acércame todavía más. Cuando estaba a menos de un metro, pude certificar que era el cura. Estaba semidesnudo. Volví a gritarle apuntándole con la pistola. No me respondió. Me acerqué todavía más. Junto a su cabeza había un hacha de labranza cubierto de sangre. Pude observar como tenía medio seccionado uno de los brazos e importantes incisiones sobre su espalda. Para mi sorpresa, mostraba una dulce sonrisa. Algo que contrastaba con otro hachazo que había recibido en la frente. El resultado de éste, para enturbiar más la escena, dejaba ver lo que no hace mucho había sido el motor de sus pensamientos: su cerebro.
Me agaché y le zarandeé varias veces. Pero tampoco encontré respuesta alguna. Estaba muerto. Más que muerto. Al moverle, pude ver cómo también tenía una incisión bastante profunda en la zona del esternón. Como si después de matarle, quien fuese el autor de aquello, se hubiese ensañado con el cuerpo.
Di unos pasos atrás y empecé a pensar en la escena. Estaba claro que se me habían adelantado. Y que, el autor, como no podía ser de otra forma, se había asegurado de mandarle directamente con el Dios al que tanto rezaba.
Di otros pasos más a atrás.
Luego de esto me senté en un poyete de piedra, desde donde y con detenimiento, pude analizar la escena.
Mi hermano desnudo en una sala con sangre en las manos, me dije.
El cura descuartizado en el patio, me dije.
La pistola en mi bolsillo, me dije.
La operación que me sacaría de la mierda, frustrada en parte, me dije.
¿Qué cojones había pasado?, me pregunté.