La policía y los servicios de emergencia estaban despejando la calzada. Hacía algo más de una hora del trágico accidente. Llevaba tiempo sin ver a la presunta homicida. Posiblemente se la habían llevado detenida y en esos momentos estaría testificando en algún lugar del juzgado. La familia del cadáver también se había retirado. Por desgracia, pensé, en las próximas horas tendría que arreglar los papeles con los servicios funerarios y sobrellevar el tortuoso periodo del tanatorio y el deleznable pero folclórico instante del funeral. Las flores, los llantos, la caja, el hueco, el luto, que tantas veces había visto y sufrido, se hicieron preso de mis pensamientos.
Con minuciosidad, un policía tomaba, con una cinta métrica de precisión, las medidas del frenazo que había provocado uno de los coches antes de colisionar. A su lado, un fotógrafo de la Guardia Civil de Tráfico retrataba algunas muestras que se esparcían por el pavimento, para ser utilizadas, posiblemente, con posterioridad en el juicio. Junto a una furgoneta de color oscuro, similar a las que utilizan los servicios funerarios, una pequeña ráfaga de viento movía varios arbustos y esparcía hacia la cuneta los restos de gasas, papeles térmicos y demás enseres que se habían quedado olvidados sobre la carretera, a la espera de que los coches o los servicios de limpieza los hiciesen desaparecer.
Justo cuando me disponía a apartar la mirada del cristal, cansado de la escena, un hombre con una gabardina marrón de loneta y otro con traje y corbata a rallas, ambos de edad media y bastante gordos, llegaron en un Peugeot 407, se bajaron y se acercaron al lugar de los hechos. Tenían toda la pinta de ser de la judicial. Algo de lo que pude cercearme poco después. Más concretamente cuando Javier, susurrando, confirmó sus identidades.
– Los tenientes Martínez y Gómez. Viva la judicial de esta ciudad, ¡cojones! – murmuró el abogado.
Aparté la mirada del cristal.
Con dificultad para pronunciar palabra, debido a la sequedad bucal, comencé a hablar.
Javier había apartado también la mirada de la escena. Estaba revisando cuidadosamente unos documentos. Esperaba que yo le diese cuanto antes lo que tenía y tanto necesitaba.
– El Hijoputa, ese cabrón que lo hizo por mí, o eso me dijo, y toda la gentuza que le rodeaba, tenían claro que picaría. Que era la persona perfecta para culpar cuando la muerte del cura saltase a la luz pública – dije.
– Disculpa, pero no te entiendo – musitó mi abogado, justo después de levantar la cabeza de los documentos y clavar la mirada en mi rostro.
– Muchas veces, sinceramente, me planteo que no soy tan listo como decían aquellas pruebas.
– Julián, ¿se puede saber qué cojones me estás diciendo? Estoy empezando a asustarme.
– Que, aunque mi capacidad de cálculo sea asombrosa y mi memoria sobrenatural, soy incapaz de descifrar las cosas más simples de la vida. Aquellas que rigen las relaciones interpersonales e intrapersonales. Aquellas que nos hacen humanos y nos permiten, al menos, vivir en sociedad.
– Si sigues hablándome en clave o de esa forma tan metafórica, nuca te entenderé -. Volvió a recriminarme mi abogado, para así intentar reconducir una conversación que había empezado sin más y de la que no encontraba nexo alguno.
– Río Colorado y el Gobierno, a través del Partido Popular, encomendaron al alcalde, como te dije, la labor de quitarse al padre Faustino del medio. El aparato gubernamental y la minera se comprometieron a poner todo de su parte para que la operación fuese un éxito. Entonces, el alcalde, el rival a batir, pero a la vez el soporte de toda la trama, el hombre al que le movía el odio hacia los malos usos del cura en otra época, se puso en contacto con el encargado de impartir justicia en la zona: el coronel de la Guardia Civil, Román Guzmán. El mismo que durante todo ese tiempo había tenido como soplón al Hijoputa.
-Pero, Julián, ¿qué estás diciendo? – me preguntó de nuevo mi abogado, ya cansado por no encontrar el hilo conductor a mi relato.
– Si tengo que describir a este ser, es decir, al Guardia Civil, indicar que es de ese tipo de personas asquerosas que cohabitan con la multitud, cumpliendo la desagradable función de equilibrar un sistema inestable. Él, desde su juicio, y como juez y parte, dice hasta el punto que llega la ley y cómo se aplica allí donde la justicia es su placa, sus huevos y su nombre. Es, digamos, el escombro con el que todos crecimos y al que todos temimos. Representa la cara b del estado de derecho y se asemeja a aquellos caudillos locales que en otra época impartían ley y orden a base de terror. No puedo olvidar su presencia, tan igual en los últimos treinta años. Esa calva por la mitad perfeccionada por un bigote a medio punto, estampado en su tan conocida e iodada cara de pan. Esa barriga de hombre dejado, sujeta por un cinturón y unos pantalones, muchas veces cercanos a las rodillas. Y esas gafas redondas, disimulando el rasgo más aterrador de su rostro: la mirada con la que suele despedir a los acusados cuando la barita de impartir justicia decide sobre cualquiera que haya osado delinquir bajo su jurisprudencia. ¿Y sabes lo peor de todo?
– Para, Julián. Para con tan sesudo e inoportuno discurso.
– El muy capullo tiene un hijo que lleva mucho, mucho pero mucho tiempo dedicándose a tocarse los huevos y a ponerse hasta el culo. Vamos, lo que viene siendo un personaje. ¡Pero que se joda! Por hijo de puta… que se joda ese maldito madero de mierda.
– ¿Perdona? – me preguntó el abogado, moviendo las manos con el fin de que saliese del estado de perplejidad en que estaba embutido. Y es que, a decir verdad, parecía como si algo sobrenatural se hubiese apoderado de mí. Como si una fuerza divina me hubiese absorbido, para después llevarme a un estado de frenesí y descontrol que se canalizaba a través de un discurso irracional, pero al mismo tiempo cargado de coherencia.
– ¿Qué? – le respondí más centrado.
– Que, ¿qué quieres decirme? – me interrogó algo irritado.
En ese momento fruncí el ceño y me restregué los ojos con la mano derecha.
Después cogí algo de aire e hice ademán de sacarme un objeto del bolsillo.
– Por desgracia – dijo mi abogado – conozco personalmente a ese capullo. ¡Pero no me entero de nada! – me chilló.
Tras estas palabras me senté sobre la mesa del despacho que había en la sala. Me rasqué con fuerza la cabeza. La caspa, que brotaba de mi pelo, empezó a cubrir mis pantalones. Tras unos segundos de no hacer nada, mirando a Javier fijamente a los ojos, continué diciéndole:
– Hasta donde sé, el alcalde se reunió, como te decía, con Román. La estrecha relación que les unía, sumado al poder de influencia del segundo, llevó a José Miguel a pedir ayuda al madero. Si había que matar al cura, era más que obvio que las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado tendrían estar al tanto.
– Siguen sin cuadrarme las cosas – dijo Javier desesperado.
– Solo había un problema: había que buscar una coartada para que la mano del Guardia Civil actuase con la ligereza que acostumbraba en casos de este tipo. Con estas, Román contactó con uno de su máximo colaborador en estos menesteres, el Hijoputa, al que le pidió tres favores: el primero, una pistola, algo fácil; el segundo, un cabeza de turco dispuesto a matar, o sea, yo; y el tercero, una coartada para que la culpa recayese en la persona elegida o designada como cabeza de turco.
– ¿Cómo pudiste caer? – me preguntó, de repente, mi abogado.
-Y fue ahí – continué diciendo obviando su pregunta – cuando el Hijoputa consiguió una pistola, a través de algún lameculos del Americano; me eligió como cabeza de turco; y utilizó, como telón de fondo, la historia que teníamos con el cura y la morfina. Vamos, un plan perfectamente urdido, que dejaba claro el tipo de persona que era el Hijoputa a la vez que lo ascendía a las primeras posiciones de los protegidos de la Guardia Civil. Vaya, que, con esa operación, el cabrón del yonqui de mierda con el que andabas, es decir, el Hijoputa, si no se metía en un lío gordo, tenía garantizada la libertad de por vida.
Tras estas palabras eché la cabeza hacia atrás. Seguidamente fui a la máquina de vending, que había junto a la de café, pedí algo de dinero a Javier y saqué una lata de Coca-Cola.
– Tengo que dejarte una cosa clara – le dije a mi abogado justo cuando abría el bote -. Más que nada para que no empieces a soñar sin antes haberte echado a dormir.
– ¿El qué? – me preguntó expectante.
– Pues que, a pesar de todo, yo no caí en la trampa.
– ¿Cómo que no caíste? – me interpeló sorprendido.
– No, no caí. Y no lo hice básicamente porque no me lo creí del todo. Mira, este país está lleno de chapuzas e hijos de puta. Y si algo tengo claro, es que mi cabeza está por encima del resto. Y no especialmente en lo que se refiere al tamaño, como es tu caso. Mira, Julián, y volviendo al principio y a lo que tú has defendido hasta hace nada: yo no maté a ese cura. Y ya fuera de cachondeos. No, no lo hice. Además, y como experto en la materia, ¿no te parece raro que esa pistola nunca fuese disparada? ¿O que más o menos a la hora del fallecimiento estuviese en un cajero sacando dinero con una tarjeta de crédito a nombre de mi madre?
– Sí, pero bueno. Murió por un ataque de arma blanca y después fue quemado. Eso decía el informe pericial. Además, lo de la hora no es preceptivo del todo. El estado del cuerpo y demás hacían que ese dato fuese un tanto arbitrario. Pero vamos, sé que tú no fuiste. Antes me he precipitado.
Bebí un trago de Cola-Cola.
Después miré a los ojos a mi abogado. En ese momento me di cuenta que estaba preparado para contarle toda la verdad. La misma que había ocultado y que, por desgracia, no me había permitido dar un paso firme y poner fin así a todo el teatro montado en torno a la muerte del maldito cura.
– ¿Recuerdas que te dije o me dijiste que el padre Faustino tenía unas fotografías del arzobispo manteniendo relaciones sexuales con menores?
– Sí, lo recuerdo perfectamente. Te lo dije yo. Pero ¿qué quieres decirme con esto?
– Y que Jacinto guardaba un secreto del padre Faustino. Secreto que había hecho al cura tirarse hasta el fondo de la piscina con el tema de la cantera.
– Sí. Yo mismo te insinué algo de eso.
– O que el alcalde y el policía odiaban en parte al cura por sus malas artes en otra época.
– Sí, era un violador.
– O que no te cuadraba que el alcalde fuese tan lejos.
– Sí, y me sigue sin cuadrar. Aunque tú lo intentes relacionar.
– Recuerdas que el padre Faustino me dijo algo así como que: “el hombre no creía en el hombre porque cada vez estaba más supeditado al condicionante de otro hombre”.
– Sí. Aunque tengo que reconocerte que me estás empezando a marear.
– Lo que quiero decirte, amigo, es que el padre Faustino era un grandísimo hijo de puta. Un grandísimo hijo de puta que estaba cogido por los huevos por los intereses de otro hijo de puta al que temía por la sencilla razón de no hacer público su gran problema.
– ¿Y cuál es o era su gran problema?
De repente sonó la puerta.
Después de esto se abrió y apareció Gabriel, el policía.
– ¿Molesto? – preguntó con cierto cinismo.
-No, ahora no – respondí en el mismo tono.
– ¿Has conseguido lo que te pedimos? – pregunto mi abogado casi susurrando.
-Sí. ¿Puedo pasar?
– Sin ningún problema – le respondí.
– ¿Quién es el acusado? – preguntó el policía irónico.
– Sí, pasa – dijo mi abogado acompañado de un gesto que realizó con su mano derecha.
El policía pasó a la sala cerrando con cuidado la puerta una vez que estaba dentro.
– Tu primo me estaba esperando donde me dijiste. No os parecéis en nada, la verdad. ¡Qué injusta es a veces la genética!
– ¿Te dijo algo? – le pregunté.
– ¿Es que me tenía que decir algo? – respondió.
– No sé, algo.
– Pues no me dijo nada. Se limitó a hacer lo que le habías pedido.
La verdad es que, o te quiere mucho, que lo dudo, o es un vendito, que parece ser más.
– ¿Limpiaba el pasillo?
– Sí, lo hacía con mucho esmero. Bastante profesionalidad en cada uno de sus movimientos – me respondió el policía, a la vez que sacó de su bolsillo derecho una diminuta tarjeta de prepago con una contraseña escrita en un trozo de papel, de un tamaño y forma similar al que tienen los membretes de las oficinas.
– Esta es la tarjeta. El Pin está escrito aquí, en ese pequeño documento. O eso me dijo tu primo.
– ¿Te conoció? – le pregunté.
– Al principio no le cuadró. O eso mostró con sus gestos. Entiendo que esperaba que fuera Javier. Pero al tercer intento me dio la tarjeta.
– ¿Y se fio de un policía?
– Eso parece – dijo mi abogado.
– Para fiarse de él. Madre mía. ¿Y si resulta que es una trampa? ¿Qué hago, caemos todos con él? Madre mía, no me lo puedo creer, de verdad.
– Bueno, ya lo tienes. Eso es lo que querías. ¿O es que no querías eso? – exclamó el policía.
– Eso, ya lo tienes. Tranquilízate – añadió el abogado.
– ¿Y el terminal? – le pregunté impaciente.

Gabriel se quedó en silencio. Luego de esto recorrió con la mirada todo el espacio, se aseguró que la puerta estuviese bien cerrada y se colocó en un punto lo más cercano a la entrada, situado entre ésta y la pared. Con cuidado metió la mano derecha en su bolsillo derecho, sacó un móvil de tamaño medio bastante viejo y lo colocó en el suelo, asegurándose, nuevamente con la mirada, que nada sospechoso le pudiese comprometer. Corriendo, mi abogado, se acercó al punto en que estaba el terminal, se agachó y, realizando también una mirada previa de reconocimiento, lo guardó.
– Aquí lo tienes – exclamó el policía -. Que sepas que me voy a meter en un puto lio por culpa.
– Espero que la sala no tenga cámaras – dijo mi abogado, intentando encontrar alguna con la mirada, que posiblemente estuviese situada en el lugar menos esperado.
– ¿Necesitan algo más? – me preguntó el policía, justo cuando bajaba el volumen del walkie talkie.
– No, es todo – le respondió mi abogado.
Gabriel se limpió el sudor que brotaba de su frente con un pañuelo que acaba sacar del bolsillo. Después lo volvió a guardar y, acto seguido, se rascó el mentón mientras nos observaba. Una vez terminó, subió el volumen de la radio, se colocó los pantalones y abandonó la sala.
Yo, por mi parte, me quedé mirando a Javier, quien, intranquilo, se encendió otro cigarro.
– A este paso, abogado de mi alma, vas a terminar con todo el tabaco.
– Sí, creo que sí. Pero por algo será, también te digo.
– Si no te mato yo, te matará el cáncer.
– Tú, no creo; el cáncer, puede. Eso no te lo niego.
– Oye, una pregunta – le interrumpí.
– Dime.
– ¿Por qué cojones Gabriel es tan servicial contigo? Yo te hubiese mandado a la mierda. Jugártela de esta forma…
– Encima con recochineo. En fin. La verdad es que no sé por qué cojones te hago caso en todas las gilipolleces que me dices.
– No es recochineo y me haces caso porque te recuerdo que al que verdaderamente le interesa todo esto es a ti. A mí, sinceramente, me la pela.
Mi abogado dio una calada intensa al cigarro. Parecía como si quisiese absorber el halo de negatividad que lo envolvía y transitaba por todo el entorno. Ya cuando soltó el humo, y mientras miraba a través de la ventana, me explicó:
– Javier, digo Gabriel, ya no sé lo que digo. Gabriel y yo somos más o menos de la misma edad y, por desgracia, nos conocimos hace muchos años. Bueno, no, creo que Gabriel tiene que tener diez años más que yo. ¡Es insignificante!
– Mira, no soy yo solo el que tiene historias. Recuerda que cuando todo esto termine escribamos un libro – proferí bromeando.
– ¿Me quieres dejar?
– Sí, te dejo.
– Gabriel tenía un hijo.
– ¿Ha muerto?
– Lo sigue teniendo, vaya, no ha muerto. Bueno, ¿me quieres dejar?
– Sí, claro.
– Gabriel tenía un hijo con un problema de hiperactividad y sin una solución clara, y yo una lista con mis primeros contactos importantes. Los médicos cortaron a su hijo, ya crecidito, un tratamiento a base de un tipo anfetamina que no recuerdo el nombre. Como es obvio, el chaval empeoró. Y como también es obvio, el padre empezó a sufrir más de la cuenta por el estado del hijo. Un día, un antiguo amigo, me presentó a Gabriel, quién, destruido, me contó el nefasto caso. Fueron unas cuantas gestiones y algo de dinero en negro lo que costó todo, y lo que, por suerte, cambio el parecer de una historia abocada al fracaso. Sí, es cierto. Desde entonces facilito a Gabriel la droga que el servicio público de salud prohibió a su hijo. El chaval, de unos veintitantos, es ahora un reputado programador informático. O por lo menos eso dice el policía.
– ¿Se sigue drogando gracias a ti? – le pregunté sorprendido.
– Sí, así es.
– Tienes contactos en todos los lados.
– Si, aunque no todos son de fiar – me respondió agachando la cabeza -. Y ahora que tienes el maldito teléfono, cumple tu parte del trato y dame los documentos.
– Dame tú primero el móvil – le reclamé para su sorpresa.
Javier se quedó pensativo. Después frunció el ceño y endureció el rostro.
– No quiero empezar una lucha que no lleve a ninguna parte. Por favor, Julián, dame los documentos y hagamos al menos esto coherente.
– ¿Por qué tiene que empezar una lucha? No te entiendo – le pregunté con el único fin de sacarle de sus casillas.
– Porque te conozco.
– Dame el móvil tú primero y te juro que te doy los malditos documentos.
– ¿Me das a dar los documentos de verdad? – me preguntó, mostrando en su entonación cierta incredulidad.
Mi abogado, en silencio, dio unos pasos hacia delante, se metió la mano en el bolsillo donde había guardado el terminal y me lo entregó.
– Toma. No todos somos y actuamos cómo tú lo haces. Por favor, ahora, cumple tu parte del trato.
Cogí el móvil y la tarjeta de las manos de Javier y lo dejé sobre la mesa. A continuación, saqué los documentos, que guardaba en el bolsillo derecho del pantalón, e hice ademán de entregárselos. Pero, justo cuando sus dedos se acercaron a los papeles, para su asombro, los traje nuevamente hacia mí.
– ¿Qué ostias haces? – me preguntó enfadado.
– Nada – le respondí.
– ¿Entonces? – me molesto aún más tirante.
Para su pasmo, y quizás también para la de quien está siguiendo esta historia, cogí delicadamente uno de los documentos y empecé a masticarlo. Bocado a bocado, y ante el asombro de mi abogado, lo empecé a convertir en una papilla, mientras mi boca se empezó a teñir de negro. A continuación, cuando entendí que estaba lo sufrientemente destruido, lo empecé a escupir. Después hice lo propio con otro y así hasta terminar con el total. Cuando esto sucedió, el pringado de Javier Palencia se acercó a mí y, agarrándome con fuerza del cuello de la camiseta, me preguntó:
– ¿Qué cojones haces? ¿Tú estás gilipollas? Para eso me la estoy jugando yo consiguiéndote un móvil. Eres un maldito cabrón y juro que te voy a destrozar la cara a puñetazos. ¿Pero cómo has podido hacer lo que has hecho? ¿Cómo?, ¿dime?, ¿cómo?
No le respondí.
En cuanto pude me zafé y escupí sobre la mesa los últimos restos de papel que había entre mis dientes.
– ¿No vas a decir nada? – me preguntó, elevando el tono de la voz.
– Solo te interesa tu gloria – le respondí para su admiración.
– Y a ti jugar conmigo. Como has hecho con todo el mundo desde que este puto caso salió a la luz.
– ¿Cómo sabes que esos documentos eran reales? – le pregunté para irritarle todavía más.
– ¡Deja de tocarme los cojones! Y de jugar y jugar y de despistar.
– Tú lo estabas haciendo conmigo.
– Dame el móvil. Si tú no juegas, yo tampoco lo hago.
Mi abogado se abalanzó sobre mí y, tras empujarme, fue a la mesa a coger el móvil. Hábil, como pude, le puse la pierna, evitando que consiguiese llegar a su destino.
– Si yo no juego, ¿qué? – le dije riendo.
– Sí, si tú no juegas, o como quieras llamarlo – me respondió desquiciado, como si hubiese perdiendo el sino de sus acciones y en parte la razón.
Me acerqué a la mesa, agarré el terminal, la tarjeta y la clave y, defendiendo el que en ese momento era mi tesoro más valioso, le grité:
– Estoy a punto de entrar en prisión.
– No si no quieres – me interrumpió.
– Y necesito hacer una llamada.
– ¿Y no hubiese sido más fácil llamar desde la cárcel? Pregunta que, por cierto, debía haberme hecho antes. Porque soy gilipollas, de verdad. Un auténtico pringado que está haciendo caso a un paranoico.
– No – le expliqué en un tono relajado -. Por desgracia no puedo hacer la llamada desde la cárcel. Posiblemente, cuando vuelva al infesto lugar, en que las ratas como yo se pudren o por lo menos deterioran el sino de sus amargas vidas, la persona con la que quiero hablar estará muerta.
– ¿Qué coño estás diciendo?
– Lo que oyes, Palencia, lo que oyes -. Le dije mientras pisaba los restos de los documentos, descomponiendo aún más lo que ya eran residuos sólidos de una historia que, a decir verdad, me la pelaba.