Tres años después del juicio
En un lugar de La Mancha llamado Tomelloso
Un narrador cualquiera…
En el hilo musical de un restaurante de Tomelloso sonaba un disco de canciones sueltas de Frank Sinatra. La luz era baja. En algunos puntos inexistente. En el ambiente se respiraba un olor a comida que, de vez en cuando, se mezclaba con el perfume de algún que otro cliente.
Isidro Jiménez estaba sentado en una mesa en mitad del salón, justo en frente de la única ventana que daba al patio interior del local. Con cautela, observaba la carta. Había varias pizzas. Muchas galardonadas con premios internacionales. Ninguna le llamaba especialmente la atención.
Con cierto enojo, aunque sin abandonar las formas, avisó al camarero, quien, resuelto, se presentó.
– ¿Qué quería el señor? – preguntó el camarero mientras se recogía el pelo, dejando entrever la delgadez de su rostro, muy en sintonía con la de su cuerpo.
– ¿Qué pizza me recomiendas? – le preguntó Isidro impaciente.
– La carta es extensa, señor – le respondió cogiendo otra carta que había sobre la mesa -. Pero a mí, especialmente, me gusta la Dulcinea.
Isidro observó con detención los ingredientes de la pizza.
Después, asombrado, exclamó:
– ¡Campeona del mundo! Joder, no sabía que en un sitio como éste se pudiesen degustar platos con tan honorables galardones.
– Sí, así es señor. Nuestro restaurante es muy conocido. Nuestras pizzas han conquistado el paladar no solo de nuestros paisanos, sino también de muchos de los mejores cocineros de todo el mundo – añadió el camarero.
– ¿Y viendo la composición y la forma de las pizzas, no tendréis alguna más… digamos de la tierra? Alguna que se asemeje a lo que pudiese encontrar en cualquiera de los restaurantes de la zona. Eso sí – sonrió -, reconvertido en pizza.
– Creo que esa pizza que le he indicado lo es – apuntó molesto el camarero -. Lleva perdiz, queso manchego, lomo, tomillo… ingredientes todos de la zona.
– Ya veo, ya. Bueno, ya leo.
El camarero se acercó a Isidro y, señalando con el dedo su carta, le aclaró:
– Aunque en la misma línea tiene la de Matanza. Entre otros ingredientes, la pizza contiene morcilla, jamón, bacón… ¡Más de la zona, imposible!
– Parece que está mejor esta segunda. Lleva razón.
– ¿Se la apunto? – preguntó el camarero mientras sacaba del bolsillo de la camisa la agenda para tomar nota.
– No, todavía no, disculpe. Estoy esperando a un compañero. Gracias por la información. En cuanto llegue, se lo consulto y le pido la pizza.
El camarero se marchó.
Isidro siguió mirando la carta con detenimiento. Como si estuviese intentando descifrar una composición química inenarrable para el común de los mortales.
De repente, sonó el teléfono móvil.
Isidro miró la pantalla.
Lo cogió.
– Buenas… Sí, sí, estoy al fondo… Claro, vente aquí… no te preocupes por el retraso, me ha servido para averiguar lo que creo que puede ser nuestra comida… Nada, nada, no te preocupes… Sí, sí, ahora vemos y decidimos entre los dos.
Cinco minutos después, mientras Isidro memorizaba los ingredientes más apetecibles de una la de las pizzas, una mano se posó sobre su hombro. Para su sorpresa, quien estaba detrás era Luís María Urquijo.
– ¿Entiendo que eres Isidro Jiménez? – preguntó colocando la mano para que se la estrechase.
– Y tú Luis María Urquijo, el mítico editor bilbaíno. Encantado de conocerle – respondió Isidro devolviéndole el gesto.
– Encantado.
– Nunca pensé que el restaurante con las mejores pizzas del mundo estaba en Tomelloso – musitó el editor con cierta ironía, dirigiendo una mirada al entorno.
– Castilla-La Mancha es así de extraña. Parece que no tiene nada y luego resulta que es todo lo contrario. Siéntate, por favor – dijo Isidro señalando el sitio reservado.
– Muchas gracias – respondió mientras tomaba asiento.
Tras sentarse, Isidro Jiménez y el editor entablaron una primera conversación que dedicaron a conocerse más a fondo, a la que le siguió una segunda centrada en la elección de los platos. Con gustos distintos, el par de dos empezó a discutir sobre cuáles serían las pizzas que saciarían mejor sus paladares. Finalmente, se decantaron por la que les recomendó el camarero y por la de matanza, dando así el gusto al anfitrión de la velada.

– Me contaba por el mail que Esteban Fernández, el escritor de la obra, ya no vive – dijo Luís María.
– Así es.
– Y que dejó escrito en el testamento que los derechos de su obra pasaban a tu propiedad.
– Así es.
– ¿Has traído el documento?
– Si, está en la carpeta – subrayó Isidro señalando una carpeta de color azul que había en un extremo de la mesa -. ¿Lo quieres ver?
– No hace falta. Luego me lo enseñas, si quieres. Ahora vamos a tratar otros temas.
– Vale.
– ¿Hay algo más que se especifique en ese documento? Vaya, en el testamento.
Isidro miró la carpeta. Después se rascó varias veces el mentón. Antes de colocar los codos sobre la mesa, y ya con el editor un tanto impacientado, respondió:
– Sí. Por eso he rehusado mandarte directamente la obra. Hay cosas de ese testamento que prefería aclárate en persona.
– ¿Cosas?, ¿cómo cuáles?
En ese momento llegaron las pizzas. El camarero colocó una a un lado de la mesa y la otra al otro. Ambas humeaban. Isidro sonrió. Luís María las saboreó con el olfato, haciendo ver que, solo con ese gesto, se había saciado.
– ¿Por cuál quieres empezar? – preguntó Isidro al editor.
– Me da igual. Aunque preferiría que, mientras se enfrían, me cuentes qué especifica ese testamento – le respondió incisivo Luís María, intentando no desviarse de una conversación que por las formas consideraba de vital importancia.
– Como le o te…
– Te.
– Como te comentaba, Esteban Fernández está muerto. Se quitó la vida reciénteme en la cárcel. Unos dicen que fue con una cuerda, otros que con medicamentos. Los más atrevidos hablan incluso de que lo han matado por rencillas del pasado. La cosa es que la familia no se ha pronunciado al respecto. Por lo que barajo el suicidio.
– Todo apunta a eso. Pero vaya al grano.
– ¿Recuerda el caso de Teófilo Gómez?
– ¿El cura que fue asesinado en un pueblo de Toledo hace unos años? En Pulgar, creo que se llamaba; el pueblo, digo – contestó el editor mostrando cierta incredulidad.
– Sí, el cura asesinado por un yonqui – aclaró Isidro. – Pues él fue el autor.
– ¡Buah! – Exclamó, de repente, el librero -. Pues que le zurzan.
– Sí, en parte. Bueno, la cosa es que el tal Esteban escribió una novela en la que cuenta su vida y parte del proceso judicial al que se enfrentó por la muerte del sacerdote. Ahora bien, todo esto lo hace de una forma… ficcional. Vaya, que se inventa la trama del asesinato, parte de su vida y, cómo no, el nombre de los personajes.
– ¿Y tú me llamas porque ahora quieres que publiquemos el texto? ¿Quieres que el relato ficcional de este mediático asesino de curas, que además se ha suicidado, o eso crees, se convierta en el último super ventas del mercado español?
Isidro se quedó en silencio. Después miró al camarero y, tajante, le respondió:
– Si.
– ¿Y qué tiene que ver eso con lo del testamento?, si se puede saber – preguntó Luís María tras coger algo de aire, como si quisiese mostrar cierto grado de intranquilidad.
– A ver cómo te lo explico, a ver – respondió el anfitrión -. El testamento dice, concretamente, que yo actuaré como representante legal. Que la autoría recaerá sobre una figura anónima. Que los nombres, tanto de personajes como de lugares, serán modificados a interés de la editorial. Pero que en ningún momento deberán mostrase los verdaderos, salvo los inevitables, claro. Y lo último: que todo el dinero de la parte proporcional correspondiente al autor irá destinado a una asociación para enfermos mentales de la que rehúyo especificarte el nombre.
El editor cogió un trozo de la pizza Dulcinea. Tras soplarlo, empezó a degustarlo. Lentamente sus papilas comenzaron a interpretar la información que la combinación de alimentos, recién calentados al horno, enviaban. Al poco, su rostro reflejó un estado de placer, que quedó representado a través de sus palabras.
– Está bastante buena. Nunca pensé que esta combinación de sabores tan de esta zona y tan propios de otros platos, podría regalar al paladar tal sumatorio de sensaciones gustativas.
– Eso me dijeron.
– El sabor es intenso, pero en la boca se hace muy agradable. Es como si te preparases para algo fuerte que, al contacto con la saliva, se convirtiese en todo lo contrario.
– ¿Está caliente? – preguntó Isidro interesado.
– Un poco. Pero se puede comer sin ningún problema. Entra de igual forma que sabe.
– Voy a probarla.
Entonces, el anfitrión hizo la misma operación. Despacio, cogió la porción más pequeña de la pizza y la colocó en su boca. Con la misma intensidad la empezó a masticar, hasta poco después comenzar a sentir la orgia de sensaciones gustativas descritas por el editor.
– Llevas razón. El sabor es…
– Indescriptible – sentenció -. Oye, una pregunta.
-Si – respondió mientras seguía masticando la porción.
– ¿Me dijiste que eres abogado?
-Así es. Abogado de oficio. Aunque también trabajo para clientes. Si tu editorial me necesita para algo, aquí me tienes. Eso sí, no tengo mucha idea de legislación cultural, pero todo se aprende.
– Lo tendré en cuenta. Pero yo te lo preguntaba por otra cosa – subrayó, más serio, Luis María.
– Dime, ¿por qué?
– ¿Qué parte del pastel te llevas con todo esto? – inquirió el editor un tanto mordaz, cortando el tono y la intensidad de la plática.
En ese momento Isidro dejó de masticar. Solícitamente, colocó la porción sobre el plato. Después, agarró una servilleta y, con cuidado, se limpió las manos.
– ¿Así ves a los abogados? – preguntó enfadado.
– Entiende que lo que me está contando es cuanto menos incoherente. Debo saber, antes de hacer el intento, ya no digo de publicar, dónde me meto. De lo contrario podría tener problemas. Y problemas, en un mundo como el mío, significa la muerte laboral.
– Yo no me llevo nada, Luis. Si con esto te quedas más tranquilo.
-Y entonces ¿por qué lo haces? Es decir, por qué, con tu situación laboral, que sé que no es muy buena, te da por perder el tiempo en una empresa que poco o nada te va a rentar.
– ¿Tú no tiene amigos? – preguntó enfadado Isidro.
– ¿Eras el abogado del yonqui?
– Eso da igual.
– ¿Y dices que es una ficción de lo que pasó?
– Sí, eso te he dicho.
– No recuerdo muy bien ese caso. Lo que no entiendo es, por qué, si tenemos la posibilidad de contar la realidad de lo sucedido, lo vamos a hacer de forma ficcional.
– Yo no te he dicho eso.
Luis María sonrió.
– ¿Puedo ver el testamento?
– No lo tengo – respondió, para sorpresa del editor, el anfitrión.
– Me dijiste que estaba en esa carpeta – señaló -. La azul, la que tienes justo ahí, junto a donde antes estaba la carta.
– No lo he traído. Te engañé – respondió el abogado.
– ¿Me puedes decir el nombre de la asociación? – preguntó con sorna.
– De momento, no.
– ¿Puedes, al menos, facilitarme el texto?
– ¿Lo vas a publicar? – preguntó el anfitrión ante los ataques más que evidentes.
– Tendré que leerlo y ver si no me meto en un lio. De partida, me estás engañando. No me creo nada de lo que me acabas de contar. Todo suena como a un cuento de…
– ¿Lo de la historia del cura?
El editor buscó algo en el bolsillo de la chaqueta americana que vestía. Tras unos segundos, extrajo una carpeta pequeña, que colocó sobre la mesa. De esta sacó un documento que, con detenimiento, empezó a leer.

– No, eso sí. Lo de la historia del cura si me lo he creído.
– ¿Entonces?
– ¿Tu eres el abogado Isidro Jiménez de…? – Buscó en el documento –, ¿de Esteban Fernández Camacho, el asesino del sacerdote Teófilo Gómez Felpeto, el cura de Pulgar, como se le conocía en la prensa?
– Sí, ¿y qué? – confesó sorprendido.
– Pues que una cosa es lo que me has contado, y otra, muy distinta, que quieras convertir en un super ventas una historia escrita por ti mismo. Una historia, por cierto, que abra la puerta, bajo un seudónimo, a interpretaciones de un caso que se cerró con muchos interrogantes. ¿Me equivoco por algún casual?
Isidro se echó para atrás.
Después respondió:
– Eres el tercer editor que se niega a publicar este libro.
– Si tengo el testamento del que me has hablado, publico el libro sin ningún problema. Si no, nada. Y también necesitaría el texto. En algún momento lo tendré que leer. De todas formas, te digo una cosa: ¿eres abogado o gilipollas?
– ¿Por qué me pregunta eso?
– ¿Crees que con tan mala argucia vas a convencer a un editor?, y más como está el mercado de los libros hoy en día.
– ¿Quieres que pidamos otra pizza? – preguntó Isidro, intentando desviar el tono cada vez más hiriente de Luis María.
– ¿No crees que es suficiente?
– Tengo hambre.
– Pero yo nada más que decirte. Y, de hecho, te diría que vayamos terminado el encuentro. No quiero que me relacionen con un problema.
– ¿Por qué eres tan drástico?
– Hazme llegar una copia del testamento y del texto -. Dijo el editor mientras se levantaba y se colocaba la chaqueta que vestía, que contrastaba con las botas de piel de cocodrilo que calzaba – Después, ya hablaremos – añadió en un tono serio -. Ahora, por favor, pida la cuenta. Tengo un encuentro a las seis de la tarde en Molina de Aragón, Guadalajara. Me voy a ver con un tipo joven de pluma ágil que, según me ha dicho, tiene algo muy potente que enseñarme.
– No le entiendo, de verdad. Le estoy regalando un super ventas – respondió Isidro incrédulo.
– O un problema, compañero.
– Es una ficción. Nadie se va a dar cuenta de nada. De verdad – subrayó casi suplicando.
– Hay muchos programas y revistas de lo más raro que puede convertir la ficción, como la llamas, en un problema.
– Camarero, nos dice lo que es – profirió Isidro, levantando la mano y aprovechando que, quien había sido requerido, pasaba a su lado a toda velocidad.
– ¿No les han gustado? Las pizzas, digo – preguntó el camarero al ver que ambas estaban casi sin tocar.
-Sí, es que llevamos algo de prisa – respondió el editor -. El trabajo manda y tenemos reuniones en puntos muy distintos de esta geografía tan amplia.
– Si quieres se las pongo para llevar – indicó el camarero señalando las pizzas.
– No, no hace falta, muchas gracias – respondió, de repente, el editor, cogiendo una porción y dando un bocado grande a una de las dos –. Ummm, las prisas nos están privando de un auténtico manjar. Gracias, de verdad – añadió.
El camarero se marchó.
Al poco regresó con la cuenta, que dejó sobre la mesa.
Isidro se quedó absorto. Luis María, con un tono irónico y desafiante, de pie, continuó masticando y saboreando las porciones que había engullido.
– ¿Le importaría pagar? – preguntó Isidro mientras buscaba algo en su chaqueta -. Creo que me he dejado la cartera en casa. Soy un verdadero desastre. ¡Y luego dices que me quiero aprovechar de ti!
-Ya. No se preocupe – respondió mientras masticaba.
– ¡Se lo digo en serio!
– No pasa nada. No hace falta que me justifique lo que es más que una evidencia – profirió el editor con una actitud guasona.
Isidro agachó la cabeza. El editor sacó la cartera, depositó la cantidad requerida y colocó su silla en su sitio.
– Tiene mi dirección – le indicó enseñando una tarjeta -. Envíeme lo que le pido y ya vemos si publicamos. No quiero meterme en líos.
– Vale.
– Encantado de conocerte – Luís María se despidió poniendo la mano.
– Encantado – le respondió sin llegar a dársela.
– Que pases una feliz tarde. Yo, ahora, voy a coger el coche – dijo simulando que conducía -. Y me voy para la vieja Castilla.
– Se intentará. Aunque voy de entierro.
– ¿Algún familiar? Si es así te trasmito mi más sentido pésame.
– No, de un viejo amigo.
– Pues de igual forma lo siento. Y espero que no fuera mayor.
– No, de mediana edad. Colaba bien la treintena.
– Una putada. La vida, que muchas veces es tan dura como corta. ¡Hasta luego!
– Hasta luego.
El editor, chulesco, dejó el restaurante. Isidro, cabizbajo, empezó a mirar el móvil. Marcó un número, aunque no se lo cogió nadie. Tras pasar unos segundos detenido, como si estuviese pensando en lo frustrante que había sido su intento de colar al editor la verdadera historia de ‘Julián García, un Quijote del Siglo XXI’, empezó a morder casi sin hambre la porción de pizza que había sobrado. Una vez la terminó, recordó al camarero que el dinero de la cuenta estaba encima de la mesa. Este acudió a su aviso, se lo llevó y al rato trajo las vueltas. Isidro las cogió y se marchó del local.