jualián garcía, capítulo 25

Una vez que Isidro Jiménez salió del restaurante, se cubrió la cabeza con la chaqueta y fue corriendo hacia el coche. Llevaba varios días lloviendo, pero en aquel momento el agua caía con intensidad. Dentro, buscó las llaves de su viejo Audi A4 e intentó arrancarlo, sin suerte en los dos primeros intentos. No fue así en el tercero, cuando el motor, con un sonido tirando a averiado, echó a andar.

Isidro cogió la carretera comarcal en dirección a la autovía de Los Viñedos, la forma más rápida de llegar a su destino.

Por el camino contempló lo que era un pueblo de La Mancha cuando le toca vivir el ansiado gotear de la lluvia. Vio cómo las calles se quedaban huérfanas de su gente y cómo el colorido de las fachadas se tornaba a un gris lóbrego que, muchas veces, invitaba a taparse los ojos. También vio el agua correr por el pavimento enlucido, perdiéndose por el alcantarillado y arrasando tras de sí los restos olvidados antes de la tormenta.  

Una vez cogió el desvío que llevaba a la autovía, pensó en el encuentro que acababa de tener con el editor. Era más que obvio que sus intenciones de publicar aquel libro, al menos con esa editorial, no existían. Que seguir intentándolo de ese modo era la forma más absurda de conseguir algo que, de partida, se presentaba imposible.

Ya en la autovía, el camino fue monótono desde el principio. Poco a poco fue quemando kilómetros mientras escuchaba Radio Clásica y absorbía la estampa regalada por viñas desnudas de su hoja y campos de cereal. Cada dos por tres, el rojizo apagado de algunas tierras daba paso al plomizo de otras, siempre salpicadas por el verdor pardo de los olivares recién recogidos y los pedregales de granito y pizarra que parecían brotar como si buscasen su protagonismo en las llanuras infinitas.     

Pasadas las cinco de la tarde llegó a Sonseca, un pueblo de la provincia de Toledo situado a unos treinta kilómetros de la capital. Allí paró en una gasolinera ubicada a las afueras, llenó el depósito y se compró un bote de Coca-Cola, que bebió con tranquilidad en un banco situado bajo un porche de latón arrugado. También fumó un cigarrillo. Un Fortuna, para ser más exactos, que arrojó, una vez lo terminó, a un charco de lodo que se había formado por una alcantarilla atascada.

Cinco minutos después de aquello, arrancó el viejo Audi y continuó la marcha por una carretera comarcal arropada por encinas y lanchas de granito. En el camino, cambió la emisora y empezó a escuchar un parte meteorológico en que se alertaba de más tormentas. Después miró varias veces por la ventanilla a una casa de labranza. Sorprendido, seguro, por el estupor de un pastor que, a pesar del temporal, recogía sus ovejas.       

Cuando estaba a la altura del cruce de Pulgar, su destino, detuvo el coche en un polígono abandonado que parecía emerger de una selva de olmos y sauces crecidos sin control en los solares adyacentes.

Los estragos de la crisis han dejado espacios fantasmas en mitad de la nada, se dijo.

Paró el motor. Se encendió otro cigarrillo, que apagó tras darlo una calada. Bajó el volumen de la radio. Después miró el reloj. Eran las cinco y media pasadas. Había dejado de llover. Era el momento de cambiarse. Se bajó del coche y fue al maletero. Sacó una bolsa de color marrón y la abrió. Extrajo un traje y una corbata negra, que se puso con esmero mientras temía que el agua volviese a hacer imposible su presencia en el exterior.

Cuando estaba listo, se metió nuevamente en el coche. Lo arrancó a la tercera.

Era el momento de partir. Se dijo. Pero antes, como no, se miró en el espejo retrovisor. A simple vista parecía que nada fallaba. Todo estaba en su sitio. Muy a pesar de las prisas y el lugar en que se había cambiado.

Pasó por el parque del Molinillo y bajó por el cerro Porquero. Después cruzó la plaza principal del pueblo y franqueó la iglesia.

El cortejo fúnebre se había ido, pensó. Ya estarían en el cementerio, se dijo. Algo, por cierto, que pudo comprobar tras ver como algunos vecinos, con rostros apenados, se agolpaban en torno a un bar que había justo delante del templo. Algunos mostraban enojo. Otros comentaban una escena nada fácil para quienes la habían contemplado. Los más lloraban en silencio la ausencia de alguien incómodo.  

Empezó a llover de nuevo.

Eran las seis de la tarde cuando llegó al cementerio. Desde el coche, con el cristal cubierto de agua, pudo ver la multitud reunida alrededor del barranco, a través de una valla de metal que hacía a su vez de puerta principal. Se miró nuevamente en el espejo retrovisor. Parecía como si le importase mucho su aspecto. Como si quisiese que nada fallase. Volvió a encenderse otro cigarrillo, al que dio tres caladas con mucha intensidad, para, a continuación, tirarlo por la ventanilla.    

Bajó del coche. Llovía con fuerza. Sin paraguas, caminó hacia donde se agolpaba la gente. Poco a poco los llantos iban creciendo en intensidad. El sonido del ambiente, dominado por el tintineo de las gotas, era sustituido por rezos y lamentaciones.  

Isidro sujetó las lágrimas varias veces. Cuando llegó, bajo una intensa lluvia más propia de las tormentas de verano que de los calabobos del invierno, vio como el féretro era introducido en el agujero. Se recolocó el pelo empapado y puso la mano sobre el hombro de la tía del difunto, Juana, quien portaba un paraguas.

– Al final ha venido gente. Por lo del cura, pensábamos, que nadie se pasaría por aquí. Parece ser que no fue tan malo como tantos y tantos dicen – dijo la tía, mientras se limpiaba las lágrimas.

– Él nunca fue malo – respondió Isidro -. ¿Ha venido su padre?

– Sí, es aquel de allí – manifestó la tía, señalando a un tipo de aspecto desaliñado y mal vestido que sujetaba el peso de su imponente barriga sobre un paraguas de color negro.

– Llora.

– Lo hace – respondió -. ¿Cuándo te enteraste de la notica?

– Anoche. Me llamó un amigo. Era funcionario en la cárcel. Me contó todo con pelos y señales. La verdad es que nunca esperé este triste desenlace.

– ¿Por qué se ha quitado la vida? – preguntó la tía  a Isidro mirándolo fijamente, como queriendo encontrar en su rostro la respuesta a un interrogante que pocos o nadie conocían.

– Nunca le importó.

– No digas eso – musitó mascando la rabia entre sus dientes, mientras una gota de agua corría por su rostro -. Me han dicho que andas intentando publicar un libro sobre él – preguntó tirante.

– Eso es mentira.

– Déjale en paz. Por favor. Al final al cabo no te hizo nada. Y la decisión que tomase, fue bajo su voluntad.

– Voy a ver a su madre. Quiero darle el pésame. Entiendo que es aquella que llora desesperada apoyada sobre alguien que debe ser un familiar cercano. Por la proximidad, digo.  

– ¿Por qué Julián García, un Quijote del siglo XXI?

– ¿Quién te ha dicho eso?

– ¿Por qué? – preguntó la tía aumentado la intensidad del llanto.

– Voy a dar el pésame a su madre. Ah, te acompaño en el sentimiento – dijo, de repente, el abogado, acercándose a la tía para darle dos besos, algo a lo que no accedió.

Isidro caminó por un pequeño pasillo de piedra. Desde la distancia pudo ver a gente del pueblo esconda entre las tumbas. Más al fondo, sus antiguos compañeros los yonquis y el cabecilla de todos ellos: Ramón el Picias.

Justo al lado de la madre, el alcalde del pueblo, en ese momento reconvertido en Diputado, chalaba con alguien desconocido, mientras, de vez en cuando, regalaba unas bonitas palabras a la madre de la criatura.

De repente, el enterrador, un hombre enclenque de aspecto distraído, dio el pésame a la madre y esta se abrazó a él. Isidro se quedó quieto, intentando que la escena pasase. Minutos después, el abogado se acercó a la madre y casi susurrando, le dijo:

– No sé si me recuerda. Soy el abogado de Esteban, Isidro. Lo siento mucho, de verdad, lo siento mucho – subrayó golpeándose el pecho.  

– Para no recordarte. Entonces hiciste lo que pudiste por este torbellino. Gracias por acompañarnos también en estos momentos de dificultad.

– ¿Él es Sergio? – preguntó Isidro señalando a un chico con cierto aire de retraso.

– Así es. Él es Sergio. El hermano de Esteban. Una de las personas a quien más quería el que estamos metiendo ahí dentro. 

– Lo siento mucho chaval – le dijo mientras le daba la mano –. Muy a pesar de lo que te digan, tu hermano era una persona como pocos quedan. ¡Cuántos como él harían falta en este mundo! 

– Gracias, señor abogado, una gran, gran, gran pérdi, pérdida…

– Ni que lo dudes, hijo, ni que lo dudes.

– Mucho ánimo – dijo Isidro a la madre, agarrándola con fuerza del hombro con una mano y con la otra acariciándola el pelo, que le chorreaba.

Isidro se alejó.

Poco a poco fue dando el pésame a cada uno de los familiares. Cuando terminó, se marchó del cementerio no sin antes despedirse de la tía, quien no le hizo prácticamente caso.

Se montó al coche.

Lo arrancó.

Puso su canción preferida: The Sound of Silence, de Simon & Garfunkel.

Se encendió un cigarro y pisó el acelerador. En el asiento de atrás, entre carpetas, descansaba el texto completo, seguro que con faltas y anacolutos, de Julián García: un Quijote del Siglo XXI.  

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