capítulo 8. fuck off, amor

Esteban…

Pasaban coca, yerba, pastillas y toda la mierda que estuviese a su alcance y les pudiese reportar algún tipo de beneficio, con el objetivo de consumir más coca, más yerba, más pastillas y toda la mierda imagibale.

Fue en un día cualquiera del mes de marzo. Para entonces la vida era compleja si a lo brusco de aquello se le puede poner un adjetivo. Los regaños, las malas formas, la pérdida en todo momento del respeto habían dominado el espacio físico y metafísico de la casa. El decoro, palabra que a decir verdad brillaba por su ausencia, desapareció por completo por el mismo camino que lo hizo la compostura.

A eso de las nueve de la tarde, tras apagar la televisión, recibí una llamada Balber, un antiguo compañero de la Universidad. La razón era invitarme a pasar un fin de semana dedicado a la droga y al sueño perdido en la Serranía de Cuenca.

He de decir que este tipo, junto a otros amigos como él, aparte de hacer que estudiaba y seguir sacando el dinero a su padre para sobrevivir de la farsa, se dedicaba a vender droga. Pasaba coca, yerba, pastillas y toda la mierda que estuviese a su alcance y le pudiese reportar algún tipo de beneficio, con el objetivo de consumir más coca, más yerba, más pastillas y más de lo imaginable.

Francisco Pacheco, un enfermero del centro de desintoxicación en que estuve encerrado, me diría tiempo después que esta clase de individuos merecen poco la pena. «No son amigos reales – me concretaría -. Son más bien una especie de virus infeccioso que pervierten al adicto y le atrancan la última puerta que le queda abierta para salir de la mierda. Son, mejor dicho, personajes que acompañan a la soledad que provoca la droga».

Tras colgar el teléfono y después de una larga conversación cargada de banalidades, me acerqué a la cocina y agarré a Judit por la cintura. Ésta, involuntariamente, soltó el tenedor de madera con el que movía unas patatas en la sartén y, seguidamente, se dio la vuelta.

– ¿Qué ostias quieres? – me preguntó malhumorada -. Si preguntas por la coca, se ha ido por el lavabo – completó elevando la voz.

Ante esta reacción, lo suficientemente clara para entender que no se encontraba cómoda con mi presencia, me armé de fuerzas, puse todo mi arsenal de dispendios verbales en juego y, sin más, la dije:

– Me voy a pasar el fin de semana con los de la universidad.

– ¿Con los putos yonkis? – me respondió mostrando cierto asombro.

– Sí, con los putos yonkis. Puta borracha de mierda.

Para mi sorpresa, algo de aquella conversación había sido muy diferente a como venía siendo habitual cuando le planteaba cualquier tipo de plan en el que no apareciese. No puso mala cara como de costumbre y menos aún se dedicó a reprocharme lo mucho que me odiaba. Simplemente se dio la vuelta y, agarrando nuevamente la cuchara, comenzó a remover las patatas.

– Haz lo que quieras.

– Me sorprende tu respuesta – expresé con una medio sonrisa.

– ¿Y qué quieres que te diga? ¿Quieres al caso que te mande a la mierda como siempre y liemos la de dios?

– No, no… ¡Para nada! – exclamé levantando las manos, intentando agradecer con este gesto su postura y respuesta.    

– Pues eso, haz lo que quieras y lo que te venga en gana. Eres un puto yonki. Y como tal, te tendrás que ir con los putos yonkis.

No comprendí nada. Aquella reacción se salía de cualquier lógica. A pesar de todo, fui hacia la puerta. Justo cuando me encontraba bajo su marco, presa de la incredulidad por lo que fuese, se dio la vuelta y, con un tono amable, me preguntó:

– ¿Va alguno de estos?

– ¿De quiénes? – la interpelé frunciendo el ceño.

– De los del grupo.

– Sí, Rodrigo, creo, y no más.

– Ah, pues muy bien.

– ¿Por qué lo quieres saber?

– Por nada, la verdad, por saberlo. Siempre es bueno conocer con quién andas.

– ¿Te molesta? – la pregunté sonriendo.

– No, ¿y a ti? – me devolvió la pregunta irónica, como escondiendo algo que poco tenía que ver con aquella conversación.   

– A mí qué me va a molestar – la respondí mostrando desinterés. 

Aquella pregunta, la de: “¿y a ti?”, se quedó aparcada entre mis neuronas. Pero conforme transcurrió el fin de semana y, sobre todo, tras que Rodrigo fallase a la cita, se convirtió en el detonante para plantearme la posibilidad de que el que era mi amigo se estuviese solidarizando con ella – y alguno más – a fin de adjetivar peyorativamente mi persona.