Esteban…
Fue la otra hija de puta. Sabía que con eso me haría daño, que antes o después me enteraría de la mierda que hizo
– ¿Vas a hablar con Rodrigo? – me preguntó Julio tras volver de la barra, mientras colocaba las cervezas sobre la mesa y buscaba la postura más cómoda para atender la conversación.
– No, no voy a hablar con él. No merece mi respeto – le respondí mostrando cierto enojo.
– ¿Cómo cojón haría eso? – me preguntó mientras se sentaba y también colocaba con cuidado, junto a un cenicero de metal, un cuenco con frutos secos y surtido agridulce.
– Fue la otra hija de puta. Sabía que con eso me haría daño, que antes o después me enteraría de la mierda que hizo. El problema, y lo que más me jode, – le dije enfatizando esta última frase – es que ha sido siete años después.
– ¿Y cómo cojones te ibas a enterar si no se lo contaron a nadie?
– Al parecer Judit habló con Rodrigo y le dijo que me lo había contado todo. Que ya no me importaba porque no estábamos juntos. Que, en el fondo, me alegraba.
– Pero ¿cuándo habló, ya no estabais?
– No, ya no estábamos.
Julio miró un cartel de importante tamaño que había colocado en la pared. Era de la gira de Agila de Extremoduro. Después se rascó la cabeza y, elevando el tono de la voz, exclamó:
– Colega, ¡no me estoy enterando de nada! Pero absolutamente de nada.
– Yo tampoco – le respondí aturdido y un tanto condicionado por lo enrevesado de la historia.
– Es que no hay quien entienda nada. Es que nada me cuadra.
– Y a mí, ¿qué te crees que me cuadra? – le pregunté enfadado, como intentando mostrar a través de mi expresión facial mi descuerdo con la historia.
– No sé.
– Tío, no aguanto más. Este es el puto cuento de nunca acabar.
– La verdad es que sí. Parece que esta historia cada vez se alarga más.
Reflexionó Julio al tiempo que yo, en mi interior, pensaba lo jodidamente que me encontraba. Y es que se puede decir que soltar toda esa mierda me venía bien. Pero también se puede decir que, cuando lo hacía, un halo de rabia corría mi interior hundirme aún más en lo profundo de mi ser y devolviéndome un estado de decepción digerido en otro contexto muy diferente.
– Son todas unas putas zorras – gritó Julio parando las conversaciones del bar y reconduciendo las miradas de los parroquianos hacia nuestra mesa.
– ¿Algún problema, amigos? – gritó, de repente, el camarero, mostrando una sonrisa desdentada y cadente de expresión. En ese momento en el hilo musical empezó a sonar ‘Livin’ on a prayer de de Bon Jovi.
– Ninguno – le respondí levantando las manos, como insinuándole que era totalmente inocente.